El Pentágono reanuda las pruebas con armas químicas y biológicas

Los imperialistas realizan sofisticados preparativos bélicos para una próxima conflagración internacional que, por sus propias características, no va a consistir, como hasta ahora, en atacar a una víctima propiciatoria del Tercer Mundo, sino a otras grandes potencias. Sus contradicciones internas pasan a un primer plano; la guerra está servida.

Ross Sherwood
http://www.voltairenet.org/article153907.html

El informe anual del Pentágono demuestra que Estados Unidos está preparando pruebas de armas químicas y biológicas al aire libre en violación de las convenciones internacionales, reveló el profesor Francis A. Boyle, reconocido experto en la materia. Se puede esperar lo peor si se tiene en cuenta que el ejército de Estados Unidos ya realizó en el pasado ese tipo de experimentos en varias grandes ciudades estadounidenses, a espaldas de su propia población.

El Pentágono negó que el presidente George W. Bush haya emitido una directiva autorizándolo a reanudar las ensayos de guerra química y biológica (GCB) al aire libre, interrumpidos en 1969 por orden del presidente Richard Nixon. Los preparativos que anuncia el Pentágono indican, sin embargo, que está listo para hacerlo.

El vocero Chris Isleib no respondió al pedido de que comentara un fragmento del informe anual del Departamento de Defensa, entregado al Congreso en abril pasado, que sugiere que el Pentágono se prepara para reanudar los ensayos.

La reanudación de estas pruebas pondría fin a la moratoria en vigor desde el escándalo provocado por una serie de accidentes ocurridos durante los años 1960.

El informe anual del Pentágono aparentemente se refiere no sólo a simulacros sino a ensayos completos [de GCB] en el terreno en lo tocante al perfeccionamiento y la explotación de estos agentes.

En el informe del Pentágono al Congreso se puede leer lo siguiente: Más de 30 años han transcurrido desde que se prohibieron en Estados Unidos las pruebas al aire libre con agentes químicos vivos, y desde la realización del último ensayo de ese tipo, gran parte de la infraestructura necesaria para las pruebas en el terreno, como los detectores químicos, ha desaparecido o se ha hecho seriamente obsoleta. Los incrementos actualmente previstos en el presupuesto de la infraestructura ‘Ensayo y Evaluación’ mejorarán grandemente tanto el perfeccionamiento como la explotación de las pruebas sobre el terreno, con una mejor representación de las amenazas simuladas y de la definición de la reacción del sistema.

El ejército ya reanudó los ensayos al aire libre o se está preparando para hacerlo, declaró Francis Boyle, profesor de derecho internacional en la universidad de Illinois y redactor de la ley estadounidense sobre la aplicación de la Convención sobre Armas Biológicas, firmada por el presidente George H. Bush padre. Boyle ha seguido de cerca el desarrollo ulterior de los hechos.

Estoy estupefacto ante estos hechos, dijo Boyle. Es un viraje político de gran envergadura. El tratado de 1972 contra los gérmenes de guerra [la guerra bacteriológica], firmado por Estados Unidos, prohíbe la concepción de armas que producen enfermedades, como el ántrax, agente patógeno que el ejército considera ideal para la guerra biológica.

El Pentágono está totalmente dispuesto a emprender la guerra biológica mediante el uso del ántrax, advierte Boyle. Se ha adquirido todo el equipamiento, se ha cumplido el entrenamiento y la mayoría de los miembros de las fuerzas armadas estadounidenses en disposición combativa han recibido equipo de protección y vacunas que supuestamente les protegerían de este agente.

Los ensayos al aire libre sacan de los laboratorios la investigación sobre los agentes letales para estudiar la eficacia de estos, incluyendo sus modos de dispersión aérea, y para poder observar su capacidad de infectar y de matar durante los ensayos sobre el terreno. Desde los atentados con ántrax realizados contra el Congreso (1), en octubre de 2001, la administración Bush financió un importante aumento de la investigación biológica sobre el ántrax y otros agentes patógenos mortales en cientos de laboratorios universitarios y privados, en Estados Unidos y en el extranjero.

Los ataques con ántrax dejaron 5 muertos, entre ellos dos empleados de los servicios postales, y otras 17 personas fueron afectadas. Dichos ataques provocaron la suspensión temporal de las actividades en el Congreso de Estados Unidos, la Corte Suprema y en otras entidades federales.

Aunque existe una ley federal que permite al presidente autorizar la realización de pruebas al aire libre con agentes de GCB, Boyle declara que esa ley no resuelve el problema del respeto [del derecho internacional] ya que dicha autorización violaría la Convención Internacional sobre las Armas Químicas (CIAQ) y la Convención sobre las Armas Biológicas (CAB) así como los textos legislativos sobre la aplicación de dichas convenciones a nivel nacional, y esas violaciones serían crímenes [desde el punto de vista legal].

Boyle va más lejos aún al agregar que Estados Unidos ya está violando ambas convenciones así como el derecho penal federal sobre su aplicación. Por ejemplo, en febrero de 2003 Estados Unidos se concedió a sí mismo una licencia para granadas ilegales, de largo alcance y que implican el uso de armas biológicas, con fines evidentemente ofensivos.

Boyle afirma que la manipulación del ántrax con vistas a una posible ofensiva se evidencia en los esfuerzos del gobierno por tratar de almacenar enormes cantidades de vacunas contra el carbunclo y de antibióticos, para 25 millones de estadounidenses al menos, con vistas a proteger a la población civil en caso de que se produzca un ‘efecto de bumerang’ en el uso del ántrax durante una guerra biológica que el Pentágono podría librar en el extranjero.

Teóricamente, agrega Boyle, usted no puede librar una guerra biológica en el extranjero a no ser que tenga cómo proteger a su propia población civil de toda represalia del mismo tipo, de un ‘efecto de bumerang’, o de ambas cosas. En el marco del proyecto BioShield, el Departamento de la Seguridad de la Patria (Homeland Security) está gastando 5.600 millones de dólares estadounidenses en el almacenamiento de vacunas y de medicamentos contra el ántrax, la viruela y otros agentes del bioterrorismo (2). El proyecto ha sufrido retrasos y complicaciones operativas y, el 12 de diciembre de 2006, el Congreso adoptó una ley en la que destina un presupuesto de 1.000 millones de dólares al financiamiento de tres años de investigaciones suplementarias sobre el BioShield en el sector privado.

Dice Boyle que los ataques realizados en octubre de 2001 mediante cartas contaminadas con ántrax dirigidas a los senadores demócratas Thomas Daschle y Patrick Leahy (3) prueban que Estados Unidos dispone de ántrax utilizable para usos militares. La cepa altamente sofisticada de la enfermedad del carbunclo utilizada entonces parecía provenir de un centro de guerra biológica de Fort Detrick, en Maryland, o sea del propio ejército estadounidense. Aquellos ataques mataron a 5 personas y otras 17 resultaron afectadas. Los actuales esfuerzos tendientes a agrandar Fort Detrick suscitaron además una fuerte oposición de parte de la comunidad local, según un artículo publicado en el Baltimore Sun.

Es evidente que una persona que trabaja para el gobierno de Estados Unidos acumuló una reserva de ántrax de calidad militar que puede ser utilizada de nuevo a nivel nacional con fines de terrorismo político, o en el extranjero para librar una guerra ofensiva, declaró Boyle.

La agencia Associated Press ha indicado que el ejército estadounidense está reemplazando su Instituto Militar de Enfermedades Infecciosas, situado en Fort Detrick, por un nuevo laboratorio que comprendería un centro de biodefensa explotado por varias agencias. El ejército declaró a la AP que el laboratorio está destinado a la continuación de investigaciones con fines únicamente defensivos contra las amenazas biológicas.

El hecho de que los científicos del gobierno hayan creado nuevas cepas de agentes patológicos para las que no existe remedio conocido contradice radicalmente el argumento de que la investigación estadounidense tiene fines defensivos. Richard Novick, profesor de microbiología de la universidad de Nueva York, declaró: No se me ocurre una justificación plausible que explique la modificación genética del ántrax como medida defensiva. La alteración de un agente patógeno (antigenicity) consiste en modificar la estructura básica de este de forma que las vacunas existentes resulten ineficaces contra el mismo.

La guerra biológica implica el uso de organismos vivientes con fines militares. Al ser utilizados como arma, estos organismos pueden ser de origen viral, bacteriano o fúngico, entre otros, y pueden ser diseminados sobre una vasta zona geográfica mediante el viento, el agua, insectos, animales o seres humanos, señala Jeremy Rifkin, autor de The Biotech Century (El siglo Biotech).

Boyle afirma que el gobierno federal estadounidense ha dedicado enormes sumas de dinero a la modernización de Fort Detrick y de otras instalaciones de GBC dedicadas al estudio, la fabricación, los exámenes y el almacenamiento de estos patógenos. Según varios estimados, Estados Unidos ha invertido, desde 2002, unos 43 000 millones de dólares en cientos de laboratorios universitarios, gubernamentales o privados estadounidenses que estudian agentes patógenos con posibilidades de ser utilizados en el marco de la guerra biológica.

Según Richard Ebright, biólogo molecular en la universidad Rutgers, más de 300 instituciones científicas y unas 12.000 personas tienen acceso a agentes patógenos adaptados para la guerra biológica y el terrorismo. Ebright comprobó que la cantidad de becas que el Instituto Nacional de la Salud ha concedido a la investigación sobre enfermedades infecciosas que pueden ser utilizadas en la guerra biológica pasó de 33 becas concedidas en el período 1995-2000 a 497 en 2006. Ebright declaró que el gobierno multiplicó por 10 la cantidad de laboratorios con el máximo nivel de bioseguridad, como los de Fort Detrick, incrementando así el riesgo de accidentes y de desvío de organismos peligrosos. Si en una de esas instalaciones, un empleado se lleva una sola partícula viral o una sola célula, lo cual es imposible de detectar o de impedir, esa única partícula o célula puede constituir la base de una epidemia.

Durante la guerra fría, sobre todo en los años 1950 y 1960, diversas agencias gubernamentales emprendieron pruebas con GCB al aire libre en territorio estadounidense y en navíos de la marina estadounidense en alta mar para estudiar los efectos de las armas patógenas. Entre los objetivos se encontraban ciudades estadounidenses, como Nueva York, Chicago y San Francisco, en las que posteriormente se produjeron enfermedades e incluso cierta cantidad de muertes.

Según el artículo de Lee Davidson titulado Lethal Breeze, publicado en el Deseret News de Salt Lake City en junio de 1994: Durante décadas de pruebas secretas de armas químicas, el ejército liberó en la atmósfera del Estado de Utah más de 225.000 kilos de neurotóxicos mortales. Entre ellos se encontraba, agrega, el agente VX. Una sola gota de VX del tamaño de la cabeza de un alfiler puede ser fatal. Los ensayos se desarrollaron en Dugway Proving Ground, pero Davidson estima que hay razones para pensar que algunos [de los agentes] pudieron ser diseminados con el viento.

Documentos del Pentágono que obtuvo el News enumeraban 1.635 pruebas o aplicaciones en el terreno de los agentes neurotóxicos VX, GA y GB entre 1951 y 1969, año en el que el ejército abandonó el uso al aire libre de agentes neurotóxicos activos después de fugas de gas neurotóxico que al parecer mataron 6.000 ovinos en Skull Valley, escribe Davidson. El incidente de Skull Valley también afectó a un ganadero y a los miembros de su familia.

Boyle acusó anteriormente al Pentágono de estar preparándose para librar y ganar una guerra biológica en cumplimiento de dos directivas de estrategia nacional promovidas por Bush y adoptadas en 2002 sin haber informado a la opinión pública para que ésta pudiese debatir el tema. Sostiene que el programa de defensa química y biológica del Pentágono fue modificado en 2003 para poder emprender la aplicación de dichas directivas, lo cual confirma el posible uso de armas químicas y biológicas como primer recurso en una guerra.

Notas:

(1) NdlR: Hay que recordar que aquellos atentados se produjeron en 2 fases. El autor se refiere a la segunda. La primera estuvo dirigida contra 5 importantes medios de prensa: las 3 principales networks (ABC News, CBS News, NBC News) y el New York Post, todos con sede en Nueva York, al igual que el National Enquirer y el Sun, que pertenecen al grupo American Media Inc. (AMI) situado en la Florida. Esta fase comenzó el 18 de septiembre de 2001.

(2) El bioterror, o guerra bacteriológica, es el uso como arma de las propiedades nocivas de ciertos microorganismos o toxinas con vistas a invalidar o matar a un adversario. Prohibida por la ONU, ya que un ataque exitoso podría provocar miles, probablemente millones de muertes y destruir sociedades y mercados económicos, los analistas militares estiman que la guerra biológica resulta poco eficaz en el plano convencional, aunque puede ser un arma sicológica en el caso del bioterrorismo.

(3) Ambos eran entonces fervientes opositores de la USA Patriot Act, NdlR.

Los patrones de la guerra bacteriológica

En torno a las armas químicas y bacteriológicas hemos asistido siempre a una de las más crueles farsas internacionales, lo que demuestra la naturaleza intrínsecamente criminal y perversa de los imperialistas, que por un lado acusaron a Irak de la posesión de armas de destrucción masiva, mientras por el otro, son ellos verdaderamente quienes las almacenan en grandes cantidades y quienes han hecho uso de ellas contra seres humanos indefensos.

El 26 de octubre de 2002 fue solamente uno de los varios ejemplos del empleo cruel y aleve de gases contra personas indefensas. Fue en el teatro Dubrovka de Moscú y costó la vida a unas 170 personas. A los asesinos múltiples ni les importaba ni quisieron distinguir entre rusos y chechenos, entre víctimas y victimarios, seguramente porque todos ellos no eran más que las cobayas de un experimento militar organizado por los servicios secretos rusos, para probar el efecto de un nuevo gas venenoso, del que ni siquiera han sido capaces de dar el nombre. Los verdaderos asaltantes, los verdaderos enemigos de la humanidad, tienen nombre y apellidos: en aquel caso se trataba de Putin. Otras veces se llaman Bush o Blair, pero siempre están en el poder (o muy cerca de él).

Una sustancia química, el ántrax, se hizo famosa tras el 11 de setiembre de 2001, cuando en Estados Unidos fallecieron cinco personas que inhalaron dicha sustancia química remitida en sobres a través de correos, supuestamente enviados por el omnipotente y omnipresente Bin Laden. El ántrax causa neumonía en el ser humano, una enfermedad que en España, si retrocedemos 25 años, evoca el turbio crimen de la colza, también llamado neumonía atípica y cuyos primeros casos clínicos aparecieron junto a la base aérea norteamericana de Torrejón, en los alrededores de Madrid en abril de 1981. Aquella neumonía atípica que mató a 1.200 personas y dejó inválidas para siempre a más de 20.000, no tenía nada que ver con un aceite adulterado, sino que se trataba de un ensayo de guerra bacteriológica sobre seres humanos indefensos. Exactamente igual que el experimento del metro de Tokio en 1995. Exactamente igual que el experimento del teatro Dubrovka en 2002.

De la Alemania hitleriana al Pentágono

Las armas químicas comenzaron siendo un invento de los nazis y sus aliados japoneses, y de ahí pasaron a sus legítimos herederos, Estados Unidos, tras la II Guerra Mundial. El gas sarín, tabún y VX, fueron descubiertos en Alemania a partir de las investigaciones sobre pesticidas ya antes de la II Guerra Mundial, en la etapa nazi.

El doctor Schrader trabajó de 1930 a 1937 para Bayer y sintetizó más de 2.000 compuestos químicos, desde insecticidas hasta gases que se utilizaron experimentalmente en los campos de concentración. Dentro del consorcio I.G.Farben, Bayer fabricó el famoso gas Zyklon B, utilizado en los campos de concentración para exterminar a los antifascistas.

Tras la guerra, Schrader se refugió Estados Unidos, como tantos otros nazis que encontraron allí impunidad ante sus crímenes, a cambio de colaboración política y científica.

En la costa del Pacífico sucedió lo mismo. Durante el proceso de Jabarovsk de 1949 contra los criminales de guerra japoneses, los soviéticos dieron a conocer al mundo el programa de los militaristas nipones para fabricar armamento químico. En aquel programa participó la siniestra Unidad 731 dirigida por el general Shiro Ishi. Todos los responsables fueron juzgados como criminales de guerra pero, como los nazis alemanes, también acabaron encontrando asilo en Estados Unidos.

En 1980 se confirmó que Estados Unidos se había apropiado tanto del programa japonés de armamento químico como de sus responsables, entre ellos el general Ishi, que seguían con el mismo trabajo, ahora al servicio de sus nuevos dueños.

En el Fuerte Detrick, en el estado de Maryland, se encuentra el laboratorio más importante de investigación militar sobre guerra química y bacteriológica. A partir de 1945 allí se refugiaron espías, científicos y criminales de guerra nazis que continuaron sirviendo al imperialismo al otro lado del Atlántico. Los investigadores del Fuerte Detrick se apoderaron también de los resultados de los experimentos médicos realizados por los japoneses en Manchuria sobre decenas de miles de comunistas chinos recluidos en sus campos de concentración, eludiendo la persecución judicial de los responsables de los mismos. En Manchuria los japoneses practicaron la vivisección bajo la dirección de la Unidad 731 al mando del general Ishi. Uno de aquellos criminales de guerra era Naito que fundó una gran empresa farmaceútica tras la guerra, La Cruz Verde, en la que empleó a los antiguos investigadores de la Unidad 731.

Todo empezó en la guerra Corea

En octubre del año 1950 el Ejército Popular de Liberación chino entró en la guerra de Corea y el alto mando imperialista temió la generalización del conflicto en la región. En aquel momento el general George Marshall ordenó el lanzamiento de armas bacteriológicas en la provincia china de Lianoning, en la frontera chino-coreana.

En consecuencia, lo mismo que con el armamento nuclear, los primeros y únicos en utilizar armamento bioquímico en una guerra han sido los imperialistas estadounidenses. Varios cientos de soldados y unos 2.000 civiles murieron a causa del empleo de estas armas por los imperialistas.

Ellos lo niegan todo, naturalmente. El secreto mantenido por los imperialistas en una época acerca del empleo de la bomba atómica contra Japón continúa ahora en relación a las armas químicas y bacteriológicas. Pero los pocos documentos desclasificados durante todo este tiempo demuestran que el Estado Mayor norteamericano privilegió la guerra bacteriológica en igualdad de condiciones que la nuclear. Con una ligera diferencia: el secreto tiene una razón adicional en este caso porque se trata también de encubrir las nuevas armas para después hacerlas pasar como epidemias o plagas casuales.

No obstante, disponemos de dos fuentes documentales para llegar a esa conclusión, una proveniente de cada bando.

Empezaremos por la parte chino-coreana porque fueron las víctimas, porque fueron los primeros en denunciarlo y porque fueron acusados entonces de mentir.

A partir de los informes de los médicos coreanos que actuaban en las líneas de combate de las tropas chinas en 1950, Zhou Enlai ya denunció que Estados Unidos estaba utilizando armas bacteriológicas en Corea.

En 1952 los análisis médicos realizados en la provincia de Lianoning no dejaban lugar a dudas de que Estados Unidos estaba difundiendo la peste y el cólera en Asia. La peste había desaparecido de China, y los últimos registros en Corea del norte databan de 1912 y de 1946 en Corea del sur. Los informes médicos aclararon que, al menos durante un mes antes de las pruebas, no se había descubierto ningún caso de enfermedad infecciosa.

Los análisis practicados aludían a una concentración de insectos no habituales sobre todo de pulgas, moscas y algunos insectos resistentes al frío desconocidos en Lianoning. Aunque en la provincia no se producían epidemias importantes y los casos que aparecían eran rápidamente controlables, en aquel momento existió un aumento de enfermedades no habituales.

Una de las mayores epidemias fue una encefalitis tóxica aguda propagada por garrapatas durante todo el mes de marzo de 1952 en tres ciudades de Liaoning. La encefalitis no era desconocida en los bosques del norte, pero un chino director de la escuela de medicina y formado en occidente concluía que ese tipo de encefalitis era diferente y desconocido en China, que las picaduras de insectos no aparecían y que probablemente no eran la causa porque la infección se producía por vía digestiva o respiratoria.

Las fuentes imperialistas mostraban los mismos diagnósticos.

Después de una visita a China en 1952 el doctor Alan Watt realizó una investigación sobre los casos de peste y cólera detectados en Liaoning. Siguiendo esta pista, una nueva investigación de Stephen Endicott y Edward Hagerman confirmó que el origen de esas epidemias radicaba en el empleo de armamento bioquímico durante la guerra.

Los documentos desclasificados en Estados Unidos demuestran que a finales de 1950, según los archivos el Comité para la guerra bacteriológica, el Departamento de Defensa felicitaba a la división de armas secretas del Fuerte Detrick por la originalidad, la agresividad y la gran imaginación en la obtención de gran variedad de armas bacteriológicas.

En diciembre de 1951 Robert Levett, adjunto al secretario de Defensa, trató de influir sobre los jefes militares del Estado Mayor para la preparación logística para el empleo de armas bacteriológicas y químicas.

Los técnicos militares y civiles comenzaron el estudio de nuevas armas antipersonas y anticosechas, dando comienzo a una larga lista de nuevos productos químicos letales.

Unos laboratorios trabajaban sobre sustancias capaces de envenenar las cosechas, pero las bomba de plumas fueron las primeras municiones bacteriológicas portadoras de esporas cerealeras, con aerosoles que provocaban infecciones en las vías respiratorias.

Otro programa se interesó por el cólera, la disentería, el tifus y el botulismo, para atacar a las personas, y de otras armas bacteriológicas para las toxinas contra los animales. Asociado a Canadá y Gran Bretaña, Estados Unidos creó también en ese periodo insectos vectores y los medios para poder propagarlos.

El plan apuntaba a desarrollar de forma combinada y de manera operativa una serie de armas para la guerra que pudieran ser puestas en uso a partir de julio de 1954. Pero durante 1952 ya se pusieron a prueba planes detallados de operaciones aerotransportadas contra la retaguardia coreana y china, asociando armas bacteriológicas, nucleares y otras de destrucción de cosechas.

Los imperialistas se negaron en redondo a reconocer la epidemia de peste y cólera en el norte de China. La conclusión final no podía ser otra de que a pesar de los indicios, los niveles estaban dentro de la normalidad y trataron de evitar por todos los medios un debate público con Pekín sobre el tema.

El doctor Dale W. Jekins antiguo director del laboratorio de entomología y biología del Fuerte Detrick afirmaba que antes de 1953 Estados Unidos jamás había estudiado la posibilidad de utilizar insectos en la guerra bacteriológica. Pero los archivos demuestran lo contrario y el mismo director Jekins estuvo implicado en un proyecto sobre insectos productores de picaduras de la misma variedad que los observados por los chinos.

A la busca de cobayas humanas

En 1959 la marina americana soltó en la bahía de San Francisco una nube de bacterias con el fin de estudiar sus efectos sobre la población así como los remedios eventuales en el caso de un ataque con armas biológicas. Este experimento provocó numerosas víctimas afectadas por una neumonía de origen desconocido, de las que bastantes de ellas fallecieron.

Durante la guerra fría el gas sarín fue inyectado en los sistemas de ventilación del buque USS George Eastman para comprobar su influencia sobre los marinos. Un total de 5.500 soldados del propio ejército estadounidense fueron atacados de esa forma, de los cuales 5.000 en navíos en alta mar y otros 500 en tierra. Y fueron estos últimos los que levantaron el escándalo porque la difusión del gas venenoso afectó a la población próxima en las islas Hawai, y se sospecha que posiblemente también en Alaska.

Experimentos similares se llevaron a cabo en 1955 en Tampa (Florida) y en el metro de Nueva York del 10 al 16 de junio de 1966 (Washington Post, 17 de setiembre de 1979 y 22 de abril de 1980). Según la revista holandesa Wise, (número 370, 21 de abril de 1992), el ejército americano expuso a miles de soldados a los efectos de la radiactividad durante unas pruebas atómicas atmosféricas durante las cuales se soltaron radionucleidos para analizar sus efectos sobre el agua y las cosechas. También se inyectaron dosis radiactivas de yodo 131 sobre los fetos de mujeres embarazadas que debían abortar por razones terapéuticas. Otro experimento Project Sunshine consistió en administrar estroncio 85, una sustancia radiactiva a enfermos de cáncer en fase terminal para analizar los tejidos tras su fallecimiento (Le Monde, 5 de julio de 1994).

Bajo los nombres clave de Shard y Proyecto 112 el ejército norteamericano siguió experimentando entre 1962 y 1973 con armas químicas y bacteriológicas secretas con sus propios soldados. Aunque ya se sospechaba, el crimen fue desvelado públicamente dos semanas antes del asalto al teatro Dubrovka en una conferencia de prensa ofrecida en el Pentágono por William Winkenwerder, asistente para asuntos de Salud del Secretario de Estado de Defensa.

No obstante, ya a partir de abril se habían ido desclasificando los archivos secretos sobre ambos proyectos, y se sabía que habían sido consecuencia de la doctrina militar de defensa establecida en 1961 por Robert MacNamara.

Las sustancias empleadas fueron VX, un líquido capaz de matar en quince minutos, y el gas sarín, célebre desde su empleo en el metro de Tokio en 1995, supuestamente por una secta religiosa denominada Aum (todavía no habían aireado suficientemente los mitos de Bin Laden y Al Qaeda).

Otro alto funcionario de la misma oficina del Pentágono, Michael Kilpatrick, fue incapaz de calcular el número de víctimas causadas por los experimentos, y tampoco supo -o no quiso- concretar si las cobayas humanas estaban equipadas con alguna protección frente a la agresión química, ni tampoco si fueron informados siquiera previamente de que iban a ser utilizados para un experimento de esa naturaleza.

Unos 50 veteranos de la guerra fría iniciaron acciones judiciales contra el ejército estadounidense a causa de las enfermedades que padecen, que achacan al empleo secreto de armas bacteriológicas. Otros 300 soldados británicos iniciaron también reclamaciones ante los tribunales por problemas oculares, hepáticos y respiratorios que tienen el mismo origen militar. Forman parte de un grupo de voluntarios en un programa de laboratorio militar inglés de Porton Down que fueron engañados con la excusa de la investigación de un tratamiento contra el reuma. La dirección de Porton Down ha reconocido que desde 1945 experimenta con el empleo de gas sarín, gas mostaza y alucinógenos sobre personas.

Israel es otro Estado que almacena ilegalmente armas bacteriológicas. En el Instituto Nes-Ziona se desarrollaron 43 tipos de venenos y armamento químico. Su director durante mucho años fue Marcus Klingberg, luego detenido acusado de espionaje a favor de la URSS y recluido durante muchos años bajo nombre supuesto en una cárcel (Le Monde, 11 de enero de 1994).

Pánico al carbunco

En 1991 el ejército estadounidense reconoció haber perdido el rastro de 27 ampollas bacteriológicas producidas en el Fuerte Detrick. Entre las ampollas perdidas había tejidos de animales infectados por ántrax (llamado también carbunco) y el virus ébola. Los militares abrieron una investigación interna, de la que se divulgó una parte el 20 de enero de 2002 en el periódico Hartford Connecticut.

Pero el ántrax se hizo realmente famoso tras el ataque al Pentágono y las Torres Gemelas diez años después, cuando fallecieron cinco personas que inhalaron dicha sustancia química remitida en sobres a través de correos. Entre los fallecidos se encontraban nada menos que dos miembros del Senado, Patrick Leahy y Tom Daschle, que casualmente nunca habían dado muestras de amabilidad hacia Bush.

Más que el ántrax, una vez más lo verdaderamente intoxicador fue el despliegue mediático por todo el mundo ante el riesgo de que los terroristas pudieran disponer de armas poderosas capaces de envenenar al mundo. Durante unas pocas semanas, al pánico de los aviones se sumó el pánico al ántrax, del que nadie había oido hablar hasta entonces. Como es costumbre, a la sobredosis informativa le siguió un absoluto silencio. El ántrax dejó de ser noticia, justamente en el preciso momento en que la noticia era la verdad.

La Federación de Científicos Estadounidenses descubrió que las famosas esporas de ántrax enviadas por carta (obviamente atribuidas a Bin Laden) tuvieron su origen en el macabro Instituto de Investigación Médica del Ejército, que tiene su sede en el Fuerte Detrick. La doctora Barbara Rosenberg, miembro de la Federación de Científicos, develó en Los Angeles Times un proyecto secreto del gobierno de Bush para la construcción de diminutas bombas para la dispersión de armas biológicas.

Pero esto no era ninguna sorpresa. Por aquelas mismas fechas, a comienzos de setiembre de 2001, dos semanas antes del fatídico día 11, el presidente de la comisión de relaciones exteriores del Senado estadounidense, Joe Bidden, pedía más fondos para la investigación en guerra bacteriológica. Unos días antes del 11 de septiembre el New York Times informó que Battelle, empresa contratista del ejército, había sido comisionada para crear ántrax genéticamente alterado.

Las esporas de ántrax fueron analizadas en el Fuerte Detrick y la conclusión fue que pertenecían a la subespecie Ame aislada en los años 50 en Estados Unidos. Posteriormente un reportaje del Washington Times confirmó la investigación. Por tanto, los ojos de los medios de comunicación debían volverse hacia el Pentágono y no hacia Bin Laden, como sucedió.

El Pentágono tiene un laboratorio llamado Dugway Proving Ground a 130 kilómetros de Salt Lake City, en el estado de Utah, que fue donde se cultivó secretamente el ántrax de tipo Ame, al menos desde 1992 para ser utilizada como arma bacteriológica, lo que violaba flagrantemente el Tratado Internacional de 1972 sobre esta materia.

El laboratorio de Salt Lake City trabaja en estrecha relación con el laboratorio microbiológico del Fuerte Detrick, que es donde se acondicionaron las esporas de ántrax para una manipulación más segura. Pero el intercambio de ántrax entre Utah y Maryland ha sido continuo. El 27 de junio, sólo dos meses y medio antes del 11 de setiembre, dos ampollas conteniendo 340 mililitros de ántrax activo fueron enviados a Maryland desde Utah; el 4 de setiembre, una semana antes de la fecha fatídica, regresaron multiplicados cinco ampollas que contenían 750 mililitros.

Que el 11 de setiembre de 2001 no fue relevante tampoco en lo que al ántrax concierne lo pone de manifiesto el hecho -pulcramente silenciado- de que antes de esa fecha más de 130 clínicas abortistas estadounidenses recibieron sobres por correo con ese polvo químico. Entre los receptores estaba el ginecólogo Morris Wortman, que no se sorprendió por ello porque está acostumbrado a recibir toda clase de amenazas por sus prácticas abortivas profesionales.

En Estados Unidos los que se denominan defensores de la vida utilizan ese tipo de armas letales para defenderla.

En la explosión de las Torres Gemelas el 11 de setiembre de 2001 se desintegraron microfibras contaminantes de amianto que se dispersaron el aire. La Agencia de Protección Ambiental aún sigue negando este extremo que, no obstante, ha sido confirmado por Hugh Granger responsable de análisis de HP Environmental, quien confirmó que el amianto se concentraba peligrosamente desde el suelo hasta una altura aproximada del piso 36 de los rascacielos de Manhattan.

La investigación se llevó a cabo por el temor de que los aviones que se estrellaron portaran ántrax.

Esta supuesta proliferación incontrolada de una sustancia química como el ántrax es inexplicable fuera de los altas esferas que representan los imperialistas del Pentágono. Ni Sadam Hussein ni Ben Laden son capaces de producir ese tipo de armas, mientras que los verdaderos criminales no sólo las producen sino que las utilizan. Y es que los bioterroristas son esos que aparecen todos los día trajeados por la televisión diciéndonos que miremos para otro lado...

Más datos relevantes: en todo el siglo XX sólo hubo 18 casos de carbunco en Estados Unidos...

Israel lanzó ojivas de uranio en la guerra del Líbano

Haaretz, La Fogata

La Fuerza Aérea Israelí lanzó misiles con uranio contra objetivos de Hezbollah en Libano, según el periódico británico The Independent. Por su parte, la Secretaria Científica Británica del Comité Europeo sobre Riesgos de Radiación, Chris Busby, los estudios llevados a cabo en el suelo de los cráters en donde impactaron los misiles mostraron elevados signos de radiación.

El informe de Busby concluyó en que los resultados podrian deberse a misiles convencionales que al romper los bunkers usan uranio o una nueva clase de arma que lleva un pequeño dispositivo nuclear experimental u otro arma experimental (ej. bomba thermobaric) basada en altas temperaturas de óxido de uranio.

Una investigación realizada por un canal de televisión italiano denunció la posibilidad de que Israel hubiera experimentado una nueva arma en Gaza durante los últimos meses, causando especialmente serias heridas físicas, como miembros amputados y severas quemaduras.

El arma es similar a una desarrollada por Estados Unidos, conocida como Dime (Denso Explosivo Metálico Inerte), causa una poderosa ráfaga letal, aunque dentro de un radio relativamente pequeño.

El informe italiano esta basado principalmente en testigos médicos de Gaza y en investigaciones llevadas a cabo en laboratorios italianos. El grupo de investigadores es el mismo que revelo algunos meses atrás el empleo por parte de Estados Unidos de bombas de fósforo en Iraq contra los rebeldes en Faluja.

El piloto de la Fuerza Aerea Israelí Ytzhak Ben-Israel, que trabaja en el desarrollo de armas del Ejercito, reconoció a la prensa italiana que una de las ideas en desarrollo de esta arma es poder dañar a los objetivos sin causar daño a inocentes. La investigación, realizada por Rai 24 News, concuerda con los informes de los médicos de Gaza sobre heridas inexplicables. Los doctores indicaron numerosos casos de heridos que perdieron sus piernas, cuerpos completamente quemados y heridas por impacto de municiones. Algunos doctores también dijeron que removieron en las heridas partículas de municiones que no podían ser vistas en máquinas de rayos-X.

Según los testigos, el uso de esta arma se incrementó en julio de 2006. El doctor Habas al-Wahid, jefe de emergencias del hospital de Shuhada al-Aqsa, en Deir el Balah, dijo a los periodistas que las piernas de los heridos fueron cortadas de sus cuerpos: Había señales de quemaduras cerca de los puntos de amputación, pero no se veían signos de que la amputación fuese causada por fragmentos metálicos.

El Dr. Juma Saka, del hospital de Shifa en la ciudad de Gaza, dijo que los médicos encontraron pequeñas entradas de heridas en los cuerpos de los heridos y los muertos. Según Saka, había un polvo extraño en los cuerpos de las victimas y en sus órganos internos. El polvo era como municiones microscópicas, y eso fue lo que probablemente causó las heridas, dijo Saka.

El grupo de investigadores italianos hablaron sobre la posibilidad de que el Ejército de Israel emplee un arma similar al Dime desarrollado por Estados Unidos. Según el sitio oficial de la Fuerza Aérea de EEUU, esta es un arma letal, para destruir a un objetivo causando el mínimo daño a los alrededores.

Según el sitio web, el proyectil lleva fibra de carbón con polvo de tungsteno y explosivos. En la explosión las partículas de tungsteno -un metal capaz de resistir muy altas temperaturas- son expulsadas en un radio de cuatro metros causando la muerte. Según el sitio web estadounidense, el resultado es una increíble fuerza destructiva en un área reducida y el poder destructivo de la mezcla es superior al daño provocado por explosivos puros. Esto implica que el impacto de las micro-municiones parece causar un efecto similar pero más poderoso que el de una poderosa onda expansiva. El arma aparentemente está en la fase de experimentación y no se ha usado en campos de batallas.

La prensa italiana envió muestras de partículas encontradas en los cuerpos de los heridos en Gaza a un laboratorio de la Universidad de Parma. La Dra. Carmela Vaccaio dijo que analizando las muestras, encontró una alta concentración de carbón y de materiales inusuales como cobre, aluminio y tungsteno. Añadió que esos hallazgos pudieron apoyar la hipótesis de que el arma en cuestión es el Dime.

Acerca de Dime, Ben-Israel dijo a periodistas italianos que es una tecnología que permite destruir pequeños objetivos. El informe dice que el arma no está prohibida por la ley internacional, especialmente desde que no fue oficialmente probada. Se cree, además, que el arma es sumamente cancerígena y dañina para el medio ambiente.

La organización no gubernamental Médicos por los Derechos Humanos se dirigió al Ministro de Defensa de Amir Peretz solicitando explicación por las mencionadas heridas sufridas por los palestinos. Amos Gilad, un consejero del Ministro, se encontrará con miembros del grupo para discutir el tema en un futuro cercano.

También bombardearon Líbano con armamento químico

El hospital Dar el Amal de Balbek recibió al menos tres cadáveres con signos evidentes de haber sido atacados con bombas de fósforo blanco, un arma química que está prohibido utilizar contra seres humanos.

El jefe de urgencias del hospital, Hussein Mahmoud El Chel, aseguró que el estado de esos cadáveres -sin ninguna herida externa, totalmente contraídos y con la piel de un color verde negruzco- mostraba todas las características de un ataque con este tipo de sustancia.

El doctor Mahmoud explicó que los cadáveres que llegaron al hospital procedían del pueblo de Brital, situado al igual que Balbek en el valle oriental de la Bekaa, uno de los feudos de Hizbulá, y que no eran de combatientes de dicha milicia chií.

Expertos libaneses llevaron varias muestras de los cadáveres a Beirut, desde donde han sido enviadas a un laboratorio de investigación sobre armas químicas en París para su análisis.

La utilización del fósforo blanco, conocido como el nuevo napalm, contra las personas, está prohibida por las convenciones internacionales.

Durante la guerra se especuló mucho sobre la posible utilización por parte del Ejército israelí de armas químicas como el fósforo blanco o el uranio empobrecido aunque hasta el momento no se habían encontrado pruebas de su uso.

La zona de Balbek, en el valle de la Beká, fue duramente bombardeada durante el conflicto por la aviación israelí, pero la información sobre lo que ocurría en la región fue muy escasa ya que ningún periodista internacional había conseguido llegar hasta ella.

El caso de la colza en España
legionela, aceite tóxico y neumonía atípica

Han pasado ya 25 años, pero nadie se ha acordado de este aniversario macabro, el mayor de los crímenes en serie ocurrido en España. La colza provocó más de 1.200 muertos y 20.000 personas con gravísimas lesiones (ceguera, atrofia muscular, parálisis, convulsiones nerviosas). Ellos no están incluidos en la nómina de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Estos muertos no le interesan a nadie, porque también entre los muertos hay clases; hay muchas clases de muertos y de muertes.

Este es un asunto que conviene tener muy olvidado. El cúmulo de coacciones y presiones para taparlo así como la intervención de los servicios secretos, sólo se explica por la conjunción de múltiples factores: los primeros casos clínicos aparecieron junto a la base aérea norteamericana de Torrejón, en los alrededores de Madrid, inmediatamente después del intento de golpe de Estado militar del 23 de febrero, con la perspectiva del referéndum para la entrada de España en la OTAN y luego en la Unión Europea a la vista.

Los militares de dentro y de fuera de España se interesaron muy vivamente y siguieron de cerca todo el desarrollo de esta enfermedad.

Todo comenzó en abril de 1981, dos meses después del golpe de Estado. Era ministro de Sanidad Sancho Rof y Secretario de Estado de Sanidad Pública Sánchez-Harguindey. El primero en alertar sobre la dimensión de la intoxicación fue el doctor Muro, hoy fallecido y entonces director del Hospital del Rey.

Ante la dimensión de la epidemia, el 12 de mayo de 1981 el doctor Gallardo, director del Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitaria solicitó ayuda al CDC, que envió desde Italia al doctor William Blaine, destinado en una base de la OTAN en Palermo (Italia). ¿Por qué enviaron a un médico militar? CDC son las siglas de Center for Disease Control (Centro de Control de Enfermedades) con sede en Atlanta, Georgia, fundado en 1942 en plena guerra mundial.

Dos días después, el 14 de mayo, destituyen al doctor Muro temporalmente. Desde el principio quieren encubrir las causas de la epidemia con varias cortinas de humo envueltas en una incompensible terminología médica. Primero lanzan la tesis de que la enfermedad tiene su origen en las vías respiratorias y hablan de legionela. Luego promueven la etiología de las vías gástricas por ingestión de aceite de colza desnaturalizado. Desde el diario Ya el doctor Ángel Peralta expuso la tesis de la vía digestiva, que confirmaron los doctores Muro y Juan Raúl Sanz, responsable de Sanidad en Torrejón.

El doctor Muro demostró que la causa estaba en el uso de pesticidas organofosforados. Pero no se conformaron con despedirle. Acompañado de investigadores del CDC, el doctor Gallardo entró en su despacho y se apodera de muestras para enviarlas a analizar a Atlanta. Jamás se publicaron las conclusiones ni se supo nada más. No se trataba de descubrir nada, sino de encubrirlo todo.

Los doctores Martínez Ruiz y Clavera también fueron destituidos, se les prohibió contactar con especialistas extranjeros y padecieron una sustracción de documentos en sus despachos a finales de 1984.

El informe del abogado Serret, defensor de una de las empresas aceiteras a las que se acusó de la intoxicación masiva, también fue robado en mayo de 1985.

La doctora Concepción Pagola, que en 1984 había sido durante cuatro meses jefa del gabinete del Plan Nacional del Síndrome Tóxico, fue destituida de su cargo por negarse a eliminar de la lista de afectados a aquellos afectados que declararon que jamás habían consumido aceite adulterado. Los expedientes médicos de los afectados también desaparecieron de su despacho

El 17 de junio, al tiempo que las autoridades sanitarias se veían obligadas a abandonar la tesis de las vías respiratorias, el doctor Valenciano, director de Sanidad Pública, confirma que no es posible la tesis de la intoxicación por aceite adulterado.

Eso no impide que al mes siguiente comience la búsqueda cabezas de turco para desviar la atención. Son detenidos tres empresarios acusados de la adulteración del aceite.

El doctor Sánchez-Monge, médico militar, conocía el tratamiento adecuado para los intoxicados porque era el mismo que estaba indicado para los soldados afectados por el empleo de armas bactreriológicas y gases, similares a los pesticidas. Sin ningún apoyo oficial, logró curar a más de 50 enfermos, pero esos tratamientos jamás se divulgaron, excepto un artículo publicado en Tribuna Médica el 19 de marzo de 1982. El gobierno prefirió la masacre para ocultar las verdadera causa de la enfermedad.

Octubre de 1982. Trancurrió un año y medio. El PSOE gana las elecciones. Había prometido investigar la epidemia para permitir un tratamiento médico eficaz a los enfermos. Pero el responsable de sanidad, Ciriaco de Vicente, médico de profesión, fue excluido del nuevo gobierno por su empeño en desentrañar las verdaderas raíces del caso. No fue el ministerio de Sanidad quien se ocupó del asunto, sino directamente Felipe González, Alfonso Guerra y el recién creado CESID, el servicio secreto, quienes realizaron el seguimiento de la misteriosa plaga.

Hubo presiones por todas partes para tapar el escándalo. El médico forense doctor Frontela denunció al juez los obstáculos que le ponían en su investigación. la revista Cambio 16 publicó a finales de 1984 un informe en el que acusaba directamente al Estado, a Bayer y a la Organización Mundial de la Salud. Como represalia, el director fue despedido, los periodistas fueron traladados, la publicación rectificó y a partir de entonces comenzó a recibir cuantiosas subvenciones de Bayer y de la Unión Europea en forma de anuncios publicitarios.

La dirección del Plan Nacional del Síndrome Tóxico recayó sobre Carmen Salanueva, una militante del PSOE sin escrúpulos de ninguna clase, experta en fabricar señuelos y falsas pistas, como demostraría luego en su etapa al frente del Boletín Oficial del Estado, de la que fue destituida por corrupción, en un conocido escándalo. La Bayer también financió genorosamente a los altos funcionarios del Plan Nacional. En setiembre de 1984 el Plan firmó un contrato con el CDC para investigar las causas de la enfermedad, en realidad para encubrir todo el montaje y sobornar a los funcionarios.

Las asociaciones de afectados fueron también corrompidas. Se les amenazó con con que no cobrarían ni un céntimo de indemnización si no eran condenados los empresaros del aceite. Sólo Fuentox, una asociación minoritaria dentro de los afectados, se negó a aceptar la tesis oficial. El gobierno del PSOE le retiró las subvenciones, su sede fue objeto de varios robos y sus miembros agredidos.

En plena negociación para el ingreso en la Unión Europea resultó que los pesticidas organofosforados los producía la Bayer en Alemania, el mismo monopolio que había fabricado el gas Zyklon B para los campos de concentración cuarenta años antes.

Había un verdad oficial y absoluta que, cómo no, la Audiencia Nacional, tribunal especialista en asuntos varios de terrorismo, se encargaría de dictar: la intoxicación provenía del consumo de aceite de colza desnaturalizado.

Pero ya en aquel año 1982 el doctor Claus Köppel, un toxicólogo del Instituto Forense de Berlín, confirmó que las anilidas del aceite no causaron el síndrome tóxico ya que habría que haber ingerido como mínimo 200 litros de aceite de colza de un trago para alcanzar la dosis letal; multiplicando por el número de muertos, da una cifra fantástica de volumen de aceite en circulación ilegal por España que no se correspondía con las cantidades importadas desde la Unión Europea dentro de los excedentes agrícolas de los que trataban de deshacerse.

El mayor productor mundial de aceite de oliva, España, estaba importando aceite adulterado para el consumo humano. Todo aquello era absurdo.

Se confirmó también que en algunas zonas, como Catalunya, cientos de miles de personas habían consumido aceite de colza durante muchos años sin ninguna consecuencia perniciosa para la salud.

En el seno de las mismas familias que consumían el mismo tipo de aceite adulterado, unos enferemaron y otros no.

Resultaron afectadas personas que jamás consumieron aceite de colza, entre ellas un bebé lactante ingresado en la Paz que falleció poco después de su ingreso.

El destituido doctor Muro descubrió que la raíz de la enfermedad estaba en la ingestión de tomates tratados con pesticidas organofosforados. Estos pesticidas son la causa de entre 3'5 y 5 millones de intoxicaciones anuales en todo el mundo, especialmente entre los trabajadores agrícolas, de los que fallecen unos 40.000, según datos de la OIT.

Más en concreto, uno de los pesticidas era Nemacur, que hasta 1982, además de fósforo, contuvo azufre en su versión 10, y lo fabrica Bayer, que requiere tres meses de cadencia entre el tratamiento en la planta y el consumo, imposible en el caso de los tomates de invernadero de Almería cuyo ciclo de plantación y recolección es de unos sesenta días. El Nemacur estaba prohibido en Alemania y Francia, pero no así en España en aquel momento. Otro pesticida era Oftanol, descubierto por el médico forense Luis Frontela, que trabajaba para el Ministerio del Interior.

... Damos un salto en el vacío de muchos años. El 18 de diciembre de 2003 Steve Mitchell, corresponsal médico de la UPI, informaba de que un investigador militar se había infectado durante su manipulación en un laboratorio de Taiwán clasificado como BSL-4, es decir, el más alto nivel de seguridad generalmente reservado al virus Ebola, sarampión, y otras enfermedades muy letales. Era el segundo caso en dos meses; el primero había ocurrido en Singapur. El corresponsal concluía que los laboratorios militares más sofisticados del mundo se habían convertido en el mayor peligro para la propagación del virus del síndrome de neumonía atípica.

Algo está cambiando en el capitalismo. Ya no se trata de inventar remedios frente a las enfermedades; lo que se trata es de inventar enfermedades que no tienen remedio; o bien enfermedades cuyo remedio es un secreto que está en manos de unos pocos imperialistas sin escrúpulos.

Pero nosotros tenemos un buen remedio frente a muchas de esas enfermedades: acabar con el capitalismo. Es infalible.

inicio programa documentos galería