Con Kosovo son ya 23

Embriagado por su recibimiento triunfal en Tirana, la capital de Albania, el 10 de junio de 2007 Bush declaró que Kosovo debía anunciar pronto su independencia de manera unilateral, que la Casa Blanca está dispuesta a reconocer sin esperar al Consejo de Seguridad de la ONU.

Dicho y hecho. Esa es también la posición de la Unión Europea.

La resolución 1244 de la ONU, que puso fin a la agresión contra Serbia, reconocía la integridad territorial del país, pero eso es ya papel mojado, como todos y cada uno de los principios del derecho internacional después de la caída del telón de acero.

No obstante, como es habitual, algunos quieren presentarnos el asunto justamente al revés, como si Kosovo fuera a disfrutar de su derecho de autodeterminación. Nos quieren dar a entender que Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea se han convertido en los paladines del reconocimiento de los más elementales derechos de las naciones, y especialmente de las pequeñas naciones, como Kosovo, lo cual no puede ser más engañoso. Pero hay algo que es aún peor: nos quieren presentar un nuevo reparto del mundo entre las potencias imperialistas bajo el disfraz de la defensa de los legítimos derechos de las pequeñas naciones, lo cual es también falaz.

La política de los comunistas en este punto no puede ser más que la siguiente:

— el reconociomiento de un principio jurídico formal, democrático, como es el derecho de todas las naciones a la autodeterminación, que es también un derecho a la mutua igualdad entre las naciones

— el reconocimiento de un principio político, que es el internacionalismo proletario, la unidad en la lucha contra los imperialistas que son los verdaderos enemigos de las naciones, grandes y pequeñas.

Ambos principios no están enfrentados sino que constituyen uno sólo, que nos impulsa a manifestar que nosotros no reconoceremos jamás ninguna imposición de los imperialistas, por más que se justifique con la excusa de la defensa de los derechos de las pequeñas naciones, arteramente manipulado para despedazar a otras naciones.

En la época del imperialismo, que es la que vivimos y padecemos, es casi imposible (pero no absolutamente imposible), un proceso de autodeterminación dirigido por la burguesía de una nación. Es mucho más impensable que ese proceso vaya dirigido a sacudirse de encima la dominación imperialista. De hecho la experiencia reciente demuestra que lo que realmente pretende la burguesía de determinadas naciones es sacudirse a unos imperialistas para ponerse bajo la protección –más ventajosa para ella- de otros imperialistas. Por eso los comunistas debemos plantear la defensa del derecho de autodeterminación bajo un punto de vista de clase, de la defensa de los intereses del proletariado. Así, en cualquier situación de posibilidad de elección, que naturalmente deberá ser libre, los comunistas nos inclinamos por aquella que mejor convenga a los intereses de la clase obrera.

Pero primero tenemos que aclarar si determinadas poblaciones constituyen una nación, lo cual tampoco concurre en todos los casos.

Nuestra línea es internacionalista

Expuestos de unas manera muy resumida estos son los principios generales por los que nos guiamos los comunistas que, insistimos, son principios a la vez democráticos y clasistas, absolutamenmte diferentes de aquellos por los que se mueve la burguesía, cualquiera que ésta sea.

La validez de nuestros principios se demuestra de manera contundente en el caso concreto de Yugoeslavia.

Lo mismo que España o que la URSS, Yugoeslavia no era una nación sino un Estado multinacional, una República federal en la cual sus diversos integrantes tenían reconocido su carácter nacional y, por tanto, su derecho de autodeterminación (lo que no sucede en España).

En segundo lugar, hay que remarcar algo que se está olvidando muy frecuentemente en los últimos años: Yugoeslavia formaba parte del núcleo de los países que durante la guerra fría se llamaron ‘no alineados’, es decir, que mantenía una posición diplomática no sometida completamente al imperialismo, especialmente, al imperialismo estadounidense. La desaparición de Yugoeslavia es, pues, un intento por parte del imperialismo de someter de manera definitiva a todos y cada uno de sus fragmentos. Ahí nosotros no tenemos nada que festejar.

En tercer lugar, por su naturaleza de clase, desde 1948 los comunistas no reconocemos a Yugoeslavia como un Estado socialista. Por tanto, lo que vamos a exponer a continuación no se puede entender como una defensa ni de Yugoeslavia ni de su sucesora, Serbia, desde posiciones clasistas, sino más bien todo lo contrario. No partimos de una postura hipócrita de neutralidad (ni unos ni otros), como si fuéramos cronistas de una realidad ajena que no nos incumbe. Nosotros somos militantes revolucionarios, es decir, tomamos partido en base a nuestros principios democráticos y proletarios. En base a ellos afirmamos que no se puede poner en el mismo plano a las víctimas y a los verdugos, a los agresores y a los agredidos, y mucho menos cuando el imperialismo forma parte de esa agresión.

También hay que recordar que esa agresión tomó el carácter de una terrorífica guerra, desatada con el único propósito de despedazar primero a Yugoeslavia y luego a Serbia y que ese despedazamiento forma parte de un nuevo reparto del mundo impuesto por los imperialistas desde la caída de la URSS en 1990. Parece lógico concluir que al imperialismo no le ha bastado con imponer el capitalismo a sangre y fuego en los antiguos países socialistas sino que, además, ha tenido que despedazarlos y trocearlos, naturalmente no en nombre de sus mezquinos intereses sino en nombre de las pequeñas naciones. Así han llegado a crear en Europa 22 nuevos Estados étnicamente puros, y el proceso aún no ha terminado.

Nosotros, los comunistas, no podemos reconocer ahí ninguna forma de ejercicio de autodeterminación ni de defensa de ninguna nación y, por el contrario, observamos una disgregación brutal de Yugoeslavia y Serbia con el uso de bombas de uranio lanzadas contra poblaciones civiles indefensas por parte de la OTAN, que luego la ONU ha consolidado vergonzantemente.

El derecho de autodeterminación comprende la decisión de una nación de separarse exactamente igual que la de unirse y federarse. Para nosotros, los comunistas, comprende sobre todo la posibilidad de unirse cuando, como es el caso, las potencias imperialistas acechan y pretenden no sólo dividirlas sino enfrentarlas entre sí, engendrar rivalidades y odios donde antes no se conocían y, como consecuencia, de ello, hacer necesaria la presencia de sus tropas y de sus multinacionales. Es difícil que a nosotros ciertos independentistas nos convenzan de que es mejor la dependencia de Berlín o de Washington que la de Belgrado o Tirana. Deberían exponer otros argumentos sobre la mesa que los que hasta ahora han expuesto para hacernos colar la sumisión como si se tratara de lo contrario, de la autodeterminación.

Somos plenamente conscientes de que aquí subyace, de manera encubierta, un segundo debate que en clave balcánica está planteando subliminalmente la cuestión nacional en nuestro propio país. Pero la pirueta de equiparar a Yugoeslavia con España que algunos nacionalistas quieren aducir no se sostiene. Nosotros ya tenemos aprobado en nuestro Manifiesto-Programa que ahora mismo estaríamos dispuestos a defender la independencia de las naciones que componen España, que preferimos una España rota a una España fascista. Pero el problema se plantea de una manera bien distinta en los Balcanes porque, al margen de los principios generales ligados a la autodeterminación, la situación concreta que allí viven desde hace 18 años es diferente y, en consecuencia, los intereses de clase a defender también son distintos. Sin ir más lejos, allí Albania y Yugoeslavia ya acabaron con sus respectivas monarquías en 1945 (por no hablar de otras cosas), algo que aquí aún esperamos.

¿Es Kosovo una nación?

Nosotros negamos que Kosovo sea una nación. En primer lugar, la historia demuestra que Kosovo nunca ha sido un país independiente. Naturalmente, también hay otras naciones que nunca han sido independientes, nunca han tenido un Estado propio, por lo que ese argumento, efectivamente, no basta por sí mismo para llegar a deducir la conclusión que queremos defender. Pero sí es importante constatarla porque Kosovo ni siquiera fue una nación reconocida como tal por Yugoeslavia, a diferencia de otras que sí lo fueron, lo que resulta bastante significativo y merece una explicación histórica que nadie nos está proporcionando.

Lo que diferencia a Kosovo de otros países balcánicos es que está mayoritariamente poblada de albaneses y estos no solamente son una nación sino que son también un Estado. Por tanto, el problema de Kosovo será, en todo caso, el problema de la delimitación de las fronteras entre dos países, Serbia y Albania, cuestión bastante diferente al de una nación que tiene sus propios derechos. Lo que ellos –y sólo ellos- deberán discutir entonces es si Kosovo debe permanecer como parte integrante de Serbia o incorporarse a Albania. No otra cosa.

Albania y Yugoeslavia

Las relaciones históricas más recientes de Yugoeslavia con Albania sólo son comprensibles dentro de la historia del movimiento comunista internacional.

Históricamente la política imperialista hacia los Balcanes, especialmente la de la Alemani nazi, se fundamentó en la fragmentación. Ya hemos tenido ocasión de exponer lo que supuso la creación de la Croacia independiente de los ustachis (ver el artículo El Vaticano beatifica a los criminales de guerra). Sólo cabe añadir que, esa política nazi no cambió nunca después de 1945, que siguió siendo la misma política nazi de siempre porque es consustancial al imperialismo alemán por circunstancias económicas, históricas, culturales, diplomáticas y sociales de largo alcance. Con la victoria soviética sobre el nazismo, esa política imperialista se pudo contener durante algunas décadas tras el telón de acero, pero nada más. No había desaparecido. Seguía latente. Buena prueba de ello es que en 1990, roto el corsé soviético de acero, reaparece en sus propios términos, como si el tiempo se hubiera detenido medio siglo antes.

La creación de Yugoeslavia en 1945 chocaba frontalmente con esa política imperialista, lo cual demuestra que era una propuesta correcta. Pero el proyecto federalista de Tito no concernía únicamente a Yugoeslavia sino a todos los Balcanes y no fue admitida por Albania, lo que en definitiva condujo a su fracaso parcial. Esa era una propuesta tradicional del movimiento comunista internacional. La III Internacional ya aprobó en su V Congreso la siguiente resolución:

El Congreso aprueba la consigna lanzada por los partidos comunistas balcánicos, de una Federación de las repúblicas obreras y campesinas, independientes e iguales, de los Balcanes (1).

En este punto tenemos que hacer un inciso para exponer algo que juzgamos muy importante y que explica muchas cuestiones relativas a Kosovo y al derecho de autodeterminación, en general. El problema nacional puede llegar a ser algo tremendamente complejo e inextricable, por la propia naturaleza emocional que comporta algo que históricamente ha supuesto padecimientos y vejaciones indecibles para los que la han sufrido. Por tanto, no basta tener razón y plantear soluciones idealmente válidas y justas: hay que saber hacerlas operativas de manera democrática, es decir, teniendo en cuenta los sentimientos y puntos de vista de las naciones oprimidas. Las formas también son aquí muy importantes.

En concreto: en 1945 el proyecto de crear una federación en los Balcanes más amplia que Yugoeslava, aunque discutible, es muy probable que también fuera correcta. Pero para que un planteamiento corrrecto triunfe y supere las dificultades, como decimos, debe tener en cuenta a las pequeñas naciones, que durante décadas (y seguramente durante siglos) se han visto avasalladas y sometidas por otras más fuertes y tienen aspiraciones de revancha, algo que los imperialistas han sabido explotar muy bien. Como buenos revisionistas, los yugoeslavos no supieron llevar a cabo lo que –quizá- era un buen proyecto para los Balcanes y engendraron un problema adicional con los comunistas albaneses, que vieron con un recelo justificado el proyecto federalista de sus vecinos. En 1948 Enver Hoxha, secretario general del entonces denominado Partido Comunista de Albania, afirmó que los yugoeslavos pretendían convertir a Albania en la séptima república de Yugoeslavia (2).

No hay que olvidar que, por razones nunca bien explicadas, pero que tienen relación con lo que acabamos de exponer, el Partido del Trabajo de Albania, aparte del de la República Democrática de Alemania, que entonces aún no existía, fue el único de un país socialista que no formó parte de la Kominform, a la que, por el contrario, sí perteneció el Partido Comunista de Yugoeslavia, hasta que fue expulsado en 1948. Hasta entonces, y desde su misma fundación, los comunistas albaneses tuvieron en su dirección a un delegado del partido yugoeslavo, a pesar de la disolución de la Internacional Comunista.

Aquel año la ruptura de Tito con el movimiento comunista internacional tuvo una significación especial para Albania, que la contempló con alivio. En definitiva, el problema reaparece una vez más con el doble carácter que tiene, a la vez nacional y social, y así mientras Yugoeslavia se dejó caer por la pendiente del capitalismo, Albania sí inició la construcción del socialismo. Como consecuencia de ello las viejas castas dominantes albanesas huyeron del país y se refugiaron precisamente en Yugoeslavia, en la región de Kosovo. Aquellos fugitivos eran los propietarios de las tierras expropiadas y los jeques religiosos, que incrementaron la población albanesa previamente existente al otro lado de la frontera.

Antes de eso los albaneses de Kosovo ya eran una de las principales fuerzas contrarrevolucionarias, junto a los ustachis católicos, que luchaban contra la nueva Yugoeslavia y, naturalmente, estaban sostenidos por los imperialistas estadounidenses. Por eso Kosovo no solamente careció de autonomía dentro del Estado federal yugoeslavo sino que estuvo en estado de guerra nada menos que hasta 1966, es decir, veinte largos años.

Por tanto, no podemos aplaudir de ninguna forma a la pequeña burguesía nacionalista de nuestro país cuando ahí sólo nos presenta un problema nacional, ocultando que en su propia nación, es decir, en Albania, la reacción estaba en una situación parecida, o peor. No podemos admitir, por ejemplo, que asimilen el problema nacional al problema religioso y que, bajo la excusa del primero, se oculten las aspiraciones de los imames y los jeques musulmanes, tras éstos las de los terratenientes y tras todos ellos las del imperialismo estadounidense. Por una razón muy simple de entender: nosotros no identificamos a Albania ni a Kosovo con su burguesía, sus terratenientes y sus jeques. En consecuencia, no aceptamos que la lucha de clases contra éstos nos la presenten como ataques contra Albania o Kosovo, como la lucha contra el Banco Bilbao Vizcaya no es una lucha contra Euskal Herria.

La cuestión nacional es una cuestión histórica concreta

Con todo esto aún no hemos contestado concretamente a la pregunta que algunos quieren que contestemos, y de idéntica manera a como ellos la plantean: ¿tiene Kosovo derecho a la independencia? ¿Hay que hablar de Kosovo o mejor de Kosova? ¿Debe formar parte Kosovo de Albania o de Serbia? Así es como la burguesía nacionalista plantea las cuestiones, de una manera ahistórica y metafísica, al estilo de Parménides: las cosas son o no son, sólo pueden ser de una manera. Por eso se remontan a épocas inmemoriales y dicen cosas como que Kosovo ya era independiente o ya era albanesa en el siglo VII, que los eslavos llegaron allá más tarde, etc. Los pueblos –que no las naciones- han sido nómadas, se han desplazado por la geografía, se han mezclado con otros, han convivido, han luchado entre sí, han padecido influencias religiosas diversas y se han dado formas diversas de organización política. Plantearlo de otra forma facilita las críticas de sus contrarios, que les acusan de identitarios.

Nosotros, los comunistas, planteamos esa cuestión desde un punto de vista histórico, de la forma cambiante en que un mismo problema se presenta a lo largo de la historia. Las naciones aparecen en un determinado momento de su historia y todo lo que aparece se modifica y, por tanto, también desaparece. Las naciones pueden formar parte de un Estado o de otro, pueden ser independientes o pueden agruparse con otras, etc. Por sí misma ninguna de esas circunstancias engendra un problema de opresión nacional. Esto le da a la cuestión nacional un carácter concreto, específico y cambiante, fuera de todas recetas y dogmas furiosos con que lo plantea la pequeña burguesía.

No todas las naciones aparecen al mismo tiempo en la historia. Las primeras que aparecen son las que están más desarrolladas desde el punto de vista capitalista. Hablar de naciones –cualesquiera que sean- en el siglo XIV es una ridiculez. Además, el problema nacional aparece de manera reactiva, frente a otras naciones más desarrolladas. Así el nacionalismo español aparece hace sólo 200 años frente a la invasión francesa. La expansión capitalista va despertando progresivamente a las naciones más atrasadas, un fenómeno que se generaliza en la fase imperialialista. Es verdaderamente excepcional encontrar naciones y luchas de liberación nacional antes de 1900. La erudición histórica que algunos lanzan antes de esa fecha para justificar determinadas posiciones políticas está completamente fuera de lugar.

Nuestra política nacional se basa en nuestros principios comunistas

Al mismo tiempo los comunistas partimos de una serie de principios generales que nos guían, y tenemos en cuenta la experiencia concreta, específicamente la nuestra, porque hemos sido nosotros los que realmente hemos resuelto el problema nacional, y estamos tentados de afirmar categóricamente que hemos sido los únicos en hacerlo. Por tanto, nosotros también estamos autorizados a hablar del problema nacional con conocimiento de causa sobre este asunto, y por eso nuestros clásicos (especialmente Stalin) tienen buenos escritos sobre ello, que orientan con claridad, hasta el punto de que poco podríamos añadir que ellos no hayan dicho ya hace mucho tiempo.

Son muchas cosas y muy importantes las que nos separan, por supuesto del imperialismo, pero también de la burguesía nacionalista, cualquiera que ésta sea. Desde 1990 los imperialistas no están defendiendo a las naciones yugoeslavas sino liquidando a todo un país y, por tanto, nosotros salimos en defensa de ese país. Kosovo no va a ser independiente: ya es independiente; sólo sucede que su Estado está en manos de los asesinos de la OTAN, que son los que sujetan todas las riendas de la burocracia. Kosovo tiene dos millones de habitantes, de los cuales la mitad no tienen trabajo. Esa es la independencia que tiene y que va a tener en el futuro. El primer ministro que van a imponer, Hashim Thaçi, ha dicho que sus próximos pasos serán tomados en coordinación con los socios en Washington y Bruselas. ¿A qué le llama socios? ¿Qué capital pueden aportar los kosovares a esa sociedad tan poco anónima con Washington y Bruselas?

Para quien no lo sepa, Hashim Thaçi fue el dirigente de la famosa farsa terrorista autodenominada UÇK, el ejército de liberación de Kosovo, creado por los imperialistas estadounidenses en 1999 y a quien en dos semanas ya estaban sentando a negociar con el gobierno serbio en París como legítimo representantes de la nación kosovar.

Se trata de eso justamente: de pretender llamar Estado al hecho de convertirse en un pelele, en un paria del mundo. La mayor parte de las familias kosovares vive de la mendicidad exterior y dentro de poco se multiplicarán las ONG y otras multinacionales para aliviar sus miserias. ¿A eso le llaman independencia?

Los libros de historia dicen que Sukarno fue el patriarca de la independencia de Indonesia, que era una colonia holandesa. Lo cierto es que Sukarno, prototipo de una cierta burguesía nacionalista hoy de moda, no pretendió más que cambiar de dueño y en 1941 se puso al servicio de los japoneses para luchar contra los holandeses. Pero los comunistas creemos haber demostrado muchas veces a lo largo de la historia que para luchar realmente por la independencia nacional hay que luchar contra todos los imperialistas, sean holandeses o japoneses. Si Kosovo quiere su independencia tendrá que luchar primero contra los imperialistas que ocupan su suelo y echarlos de allá. Si quiere unirse a Serbia tendrá que tener en cuenta a los albaneses que lo habitan y si quiere unirse a Albania tendrá que tener en cuenta igualmente a los serbios. No es suficiente un plebiscito ni ninguna mayoría mecánica para resolver este –y otros- problemas nacionales.

Por lo demás, nosotros no creemos de ninguna de las maneras en el enfrentamiento de unas naciones con otras, por lo que hay algo que nos parece evidente: que ante enemigos muy superiores, albaneses y serbios están obligados a luchar conjuntamente contra los imperialistas y cuando les venzan, cosa que sucederá invitablemente bajo la dirección del proletariado, arreglarán pacífica y amistosamente sus propias diferencias. Quien ha impuesto la fragmentación de Yugoeslavia no han sido sus pueblos sino los imperialistas. Luchar contra el imperialismo significa, por tanto, luchar contra esa fragmentación. La autodeterminación es también el derecho de las naciones a unirse entre ellas en pie de igualdad. Por eso nosotros lanzamos nuestro propio grito de guerra:

¡¡¡ Proletarios del mundo, uníos !!!
¡¡¡ Viva el internacionalismo proletario !!!

Notas:

(1) V Congreso de la Internacional Comunista. Segunda Parte, Cuadernos de Pasado y Presente, Buenos Aires, 1975, pg.125.
(2) Informe presentado a la Conferencia del Partido de Tirana sobre el análisis y las conclusiones del XI Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Albania, en Oeuvres Choisies, 8 Nëntori, Tirana, 1974, tomo I, pg.812.

La Guardia Civil expulsada de Kosovo

Según sendas informaciones de El País de 25 de noviembre de 2007 y 13 de enero de 2008, el Ministerio de Defensa obligó a volver cuatro meses antes de lo previsto a una unidad de la Guardia Civil que desempeñaba labores de policía militar para los 620 efectivos del Ejército destacados en Kosovo, tras recibir denuncias por parte del mando en la provincia serbia.

Los guardias civiles y el sargento al mando protagonizaron durante el tiempo que estuvieron en Istok (Kosovo) incidentes que eran incompatibles con la buena marcha de la misión. Entre éstos figuran agresiones entre los agentes, ocultación de alcohol y borracheras, disturbios nocturnos y enfrentamientos violentos con los militares.

El gobierno admitió que el relevo se produjo al detectar que el funcionamiento estaba siendo afectado negativamente por problemas personales ajenos al servicio, pero el coronel jefe de la base militar, José Federico Fernández del Barrio, se había dirigido al Estado Mayor explicando que la permanencia de la unidad de la Guardia Civil en la zona ponía en riesgo severo la misión.

El gobierno no precisó si los hechos ocurridos derivarán en sanciones a los guardias civiles, aunque el Ministerio del Interior tiene abierto un expediente informativo. El Estado Mayor de la Defensa también investiga las agresiones contra los militares por parte de la Guardia Civil destinada en Kosovo.

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