Marcinkus: el banquero de dios

En 1972 se produce un hecho decisivo: el cardenal Marcinkus vende la Banca Católica del Véneto al Banco Ambrosiano de Roberto Calvi sin consultar al obispado de la región, con tan mala suerte para todos que el obispo era el cardenal Albino Luciani, que llegaría a papa seis años después con el seudónimo de Juan Pablo I.

Cuando Luciani se entera, pide entrevistarse inmediatamente con Marcinkus y se produce un enfrentamiento brutal entre ambos, lo cual significa un enfrentamiento con la CIA, la mafia, la logia P2, gladio, la OTAN, en fin con todo el poder tan sólidamente establecido desde 1945.

Por su parte Luciani se da cuenta de que las cosas están mucho peor de lo que cabía imaginar, de que la corrupción ha gangrenado todo el dispositivo vaticano, enredándole en los más mezquinos asuntos que, por lo demás, están a punto de reventar.

Además, el secretario de Estado del Vaticano, Giovanni Benelli, el hombre de confianza de Pablo VI, le informa a Luciani de la existencia de un acuerdo secreto entre Roberto Calvi, Michele Sindona y Marcinkus para aprovechar el amplio margen de maniobra que tenía el Vaticano para realizar evasiones de impuestos y movimientos de divisas.

Pero ¿quién es exactamente Marcinkus?

Nacido el 15 de enero de 1922 cerca de Chicago, Paul Marcinkus se ordenó sacerdote en 1947 y fue adscrito al Ministerio de Asuntos Exteriores del Vaticano. En 1964 fue guardaespaldas del Papa Pablo VI, su consejero de seguridad y, sobre todo, confidente del secretario del Papa, Pasquale Macchi, miembro de la logia P2. Pablo VI le nombró obispo y luego secretario del Banco Vaticano.

Su mentor era John Patrick Cody, obispo de Chicago desde 1965. Cody había pasado un tiempo en Roma, trabajando en el Colegio Norteamericano y posteriormente en la Secretaría de Estado, convirtiéndose en un hombre muy próximo a Pío XII y al futuro Pablo VI.

De regreso a Estados Unidos a principios de los años setenta, Cody canalizaba la mayor parte de las inversiones del Vaticano en la bolsa estadounidense a través del Banco Illinois Continental, en Chicago. Cody y Marcinkus eran amigos y trabajaron estrechamente en estas transacciones bancarias. Cody desviaba los dólares de Chicago a Polonia vía Vaticano, lo que siempre fue muy apreciado por el papa polaco, que se convirtió en su más fiel valedor. En todas sus diócesis el obispo Cody desviaba los fondos a la cuenta de una amante, de manera que por donde pasó (las diócesis de Nueva Orleans y Kansas) dejó un reguero de estafas. En 1970 invirtió ilegalmente dos millones de dólares en acciones de Penn Central y sólo unos días más tarde la empresa quebró. En 1973 fue investigado por el FBI por su participación directa en el lavado de dinero de la mafia por el Banco Vaticano.

En enero de 1981 un Jurado Federal citó a Cody para comprobar sus archivos financieros pero el obispo rechazó la petición. En septiembre, el Chicago Sun Times publico una colección de graves crímenes cometidos por el obispo. En abril de 1982 murió y, con él, la investigación sobre sus crimenes.

Sindona le presentó a Calvi a Marcinkus en 1971, entablando relaciones muy estrechas entre los tres. Una de las ramificaciones de Banco Ambrosiano en Nassau tiene a Marcinkus en su Consejo de Administración. A comienzos de 1980 el Vaticano tuvo que prohibir expresamente que Marcinkus y los cardenales Giuseppe Caprio y Segio Guerri declararan a favor de Sindona, que estaba siendo juzgado en Estados Unidos por estafa, conspiración y malversación de fondos relacionados con la quiebra del Franklin National Bank.

Marcinkus decidió comprar acciones a grandes multinacionales como Coca Cola, IMB o ITT y revenderlas en bolsa con beneficios pero para hacer más fructíferas esas inversiones, recurrieron a falsificaciones de la mafia norteamericana. Sin embargo, los duplicados fueron tan malos que no lograron convencer a ningún comprador.

Marcinkus nunca fue a la cárcel gracias a la protección diplomática del Vaticano. El secretario de Estado, Henry Kissinger, estaba a punto de solicitar la extradición de Marcinkus cuando estalló el escándalo Watergate. Ni siquiera fue removido de sus cargos. Es más, Wojtyla le ascendió: era un hombre muy agradecido y sabía devolver los favores.

Juan Pablo I: envenenado en 1978

Desde el primer tropiezo de Luciani con Marcinkus en 1972 hasta su elección como papa en 1978, transcurren sólo seis años. El 27 de agosto de 1978, gracias al trabajo entre bastidores realizado por Bennelli, más del 80 por ciento de los votos de los cardenales se inclinan a favor de Luciani, lo que provoca la indignación de los cardenales más reaccionarios, vinculados al imperialismo estadounidense, la mafia y el lavado de dinero, que se habían quedado en minoría en la defensa de su hombre fuerte, el polaco Karol Wojtyla. El secretario de Estado del Vaticano Jean Villot, un operador de Washington y de la mafia financiera en la Santa Sede, declaraba públicamente antes del ascenso de Luciani: He encontrado al futuro papa: será el cardenal Wojtyla.

Se quivocó. Nada más acceder a la cúspide de la Iglesia, el nuevo papa Juan Pablo I decide destituir a Marcinkus: otro golpe a la mafia y a los imperialistas de la Casa Blanca. Todo esto sonaba a depuración, a saneamiento de la cloacas y, ante ello, en Washington se echan a temblar. Luciani chocaba con los intereses enquistados en la cúpula del Vaticano, de los cuales se valía Washington para consolidar su alianza con la Iglesia Católica. Existía el riesgo de que las sólidas conexiones financieras y políticas de la mafia italo-norteamericana en el Vaticano quedaran cortadas de raíz .

Bajo la batuta del arzobispo genovés Giussepe Siri, la Casa Blanca había recorrido los pasillos intrigando para imponer a su candidato, el polaco Karol Wojtyla, y siguieron conspirando tras la fumata blanca para derribar a Luciani, que se disponía a revisar la estructura de la Curia, corroída por los servicios de inteligencia estadounidenses asentados en Roma. Según relata Camilo Bassoto, periodista veneciano y amigo personal de Juan Pablo I, Luciani pensaba tomar abierta posición, incluso delante de todos, frente a la masonería y la mafia.

Luciani sólo duró 33 días en su pontificado, los suficientes para dar lugar a una conspiración contra su vida. Se convirtió inmediatamente en el hombre que debía morir. El 28 de septiembre de 1978 Juan Pablo I firmó el relevo de Marcinkus como jefe del Banco Vaticano por el cardenal Abbo. A las 6'45 de la mañana del día siguiente apareció muerto en su cama. En ese momento Marcinkus se encontraba en el patio cercano al Banco del Vaticano pero su residencia no estaba dentro de Vaticano sino a 20 minutos de allí. Su presencia en el Vaticano a aquella hora nunca ha sido explicada porque no era precisamente muy madrugador.

Todo parece indicar que utilizaron una dosis extremadamente fuerte de un vasodilatador, Effortil o Cortiplex. Le encontraron muerto con papeles sobre las destituciones que iba a efectuar e informes sobre actividades de la Banca Vaticana dispersos encima de la colcha y por el suelo. Su muerte no fue pues instantánea, ni estando dormido. Cuando llamaron al siniestro cardenal Villot, se apoderó inmediatamente de todos los papeles antes de interesarse por el difunto papa. Luciani tenía siempre junto a su cama un frasco de Efortil, medicamento que le regulaba la baja tensión arterial: Villot lo hizo retirar inmediatamente.

23 días antes de su fallecimiento, Luciani había tomado té en el Vaticano con el metropolitano Nikodim, patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa de Petersburgo. Por cortesía, esperó a que el patriarca ruso empezase a beber antes que él y, cuando iba a llevar sus labios a la taza, vio cómo el patriarca se desplomó muerto. Nadie analizó el té. ¿Intentaron asesinar a Juan Pablo I y el sirviente confundió las tazas? La Iglesia católica contabiliza ya 40 asesinatos pontificios, muchos de ellos por envenenamiento...

Tras la muerte de Luciani, en su condición de secretario de Estado, Villot tomó las riendas del Vaticano y su conducta sospechosa atrajo enseguida la atención de la prensa, que reclamó una autopsia. Villot se negó también. Murió sólo seis meses después del papa...

Era el comienzo de un sangriento rosario de cadáveres:

— el 29 de enero de 1979 fue asesinado el magistrado de Milán Alessandrini, que investigaba el caso de Banco Ambrosiano

— en marzo de 1979 fue asesinado un periodista que estaba investigando los negocios de Sindona y la conexión vaticana con el narcotráfico y la mafia

— el 11 de julio de 1979 fue asesinado Giorgo Ambrosoli poco después de que declarara sobre los vínculos que mantenía Sindona con el Banco Ambrosiano de Milán dirigido por Roberto Calvi, así como con Marcinkus y la logia P2. Ambrosoli era un abogado que había investigado a Sindona durante 5 años acumulando numerosas pruebas en su contra

— pocos días después fue asesinado el teniente coronel Antonio Varisco, jefe de Seguridad de Roma que había interrogado a Ambrosioli

— en octubre de ese año explota una bomba en el apartamento de Enrico Cuccia, director de Mediobanca que había declarado oír a Sindona amenazar de muerte a Giorgio Ambrosoli

— en mayo de 1980 Sindona intenta suicidarse en la cárcel y en junio es condenado a 25 años de prisión

— Roberto Calvi intenta suicidarse en la cárcel, a donde va a parar acusado de estafa; la Banca Vaticana asume la deuda de más de 1.000 millones de dólares que habían contraído varios Bancos controlados por Calvi

— en abril de 1982 intentan asesinar a Roberto Rosone, director general del Banco Ambrosiano que estaba intentando limpiarlo

— el 18 de junio de 1982 Roberto Calvi se ahorca en el puente Blackfriars de Londes y días más tarde se descubre un agujero de 1.300 millones de dólares en el Banco Ambrosiano de Milán

— en octubre de 1982 Giuseppe Dellacha, ejecutivo del Banco Ambrosiano, se cae por una ventana del Banco

— a finales de 1983 Michele Sindona es encontrado muerto, envenenado, en la cárcel de máxima seguridad italiana de Voghera, a donde había sido extraditado desde Nueva York

El magnicidio de Luciani fue preparado por la CIA para poner en su lugar al papa polaco con el que pensaban atacar a los países del este de Europa. Fue el inicio del desmantelamiento del telón de acero. El papa fue envenenado el 28 de septiembre de 1978. Fue el segundo papado más breve de la historia desde León XI, quien murió en abril de 1605, menos de un mes después de su elección.

El papado de Wojtyla se creó, pues, gracias al asesinato de su antecesor. La santa mafia se había liberado de la depuración y ya tenía a uno de los suyos en lo más alto. A su vez, Wojtyla sería objeto de un intento de asesinato tres años después... En Roma había más crímenes que en los peores años de Chicago.

Declaraciones públicas de personajes clave desmintieron la versión oficial sobre el súbito deceso de Luciani. Tras su muerte, la teoría del envenenamiento de Juan Pablo I comenzó a circular por los pasillos del Vaticano. Los rumores casi se transformaron en evidencia al negarse Jean Villot, secretario de Estado del Vaticano, a realizar la autopsia al cadáver del papa Luciani: Debo reconocer con cierta tristeza que la versión oficial entregada por el Vaticano despierta muchas dudas, señaló el cardenal brasileño Aloisio Lorscheider a The Time el 29 de septiembre de 1998.

El investigador británico David A. Yallop en su libro En el nombre del Padre habla claramente de asesinato. Los hermanos Gusso, camareros pontificios y hombres de la confianza del Papa Luciani, fueron destituidos unos días antes de su fallecimiento, a pesar de la oposición del secretario papal, Diego Lorenzo. El obispo irlandés John Magree, que había sido secretario privado de Luciani, negó que él hubiese encontrado el cadáver del papa muerto sino Vicenza, una de las monjas que lo atendían. Días antes de su muerte, un médico vaticano advirtió al papa que tenía el corazón destrozado. John Cornwell en su libro A thief in the night (Un ladrón en la noche: la muerte del papa Juan Pablo I) asevera que nadie en el Vaticano se preocupó de la enfermedad de Luciani.

Tras las primeras depuraciones, la Casa Blanca había amenazado a Luciani claramente. Por eso, desde el momento en que accedió al poder, Juan Pablo I realizó obsesivas predicciones a sus colaboradores más fieles de que su papado sería corto. El irlandés John Magree recuerda que estaba constantemente hablando de la muerte, siempre recordándonos que su pontificado iba a durar poco. Siempre diciendo que le iba a suceder el extranjero. El extranjero era el polaco Wojtyla. El propio Magree, amigo del todopoderoso cardenal Marcinkus, cuenta que, poco antes de morir, el papa le dijo: Yo me marcharé y el que estaba sentado en la Capilla Sixtina en frente de mí, ocupará mi lugar. Fue el propio Wojtyla, ya convertido en Juan Pablo II, quién confirmó a Magree que, en el momento de la elección papal, él se encontraba casi de frente a Luciani.

Desde Florencia las palabras del cardenal Benelli en conferencia de prensa resonaron terroríficas: La Iglesia ha perdido al hombre adecuado para el momento adecuado. Estamos muy afligidos. Nos hemos quedado atemorizados. El pánico se había adueñado de la Curia; todos tenían miedo y nadie se atrevía a hablar de lo que pensaban.

El general del ejército estadounidense y antiguo subdirector de la CIA, Vernon Walters, contó en un libro de memorias escrito poco antes de morir, que fue quizá él quien ayudó al Espíritu Santo en la elección de Wojtyla, y puede que colaborase en la muerte del papa Luciani.

¿Que seudónimo clandestino utilizaba Gelli para presentarse? Según la esposa de Calvi se llamaba a sí mismo por el sobrenombre de Luciani...

Ya papa, Wojtyla se negó a que funcionarios de la Banca Vaticana sospechosas del envenenamiento de Luciani prestasen declaración,ante los jueces italianos e incluso destruyó pruebas.

El asesinato de Luciani se produjo, pues, en un contexto internacional clave:

— en plena etapa final de la guerra fría desatada por Washington contra los países del Pacto de Varsovia.

— en Italia estaba en auge la posibilidad de una alianza de la democracia cristiana con los revisionistas del PCI a la que se oponía Estados Unidos, la OTAN y sus sucursales sobre el terreno: los servicios secretos, Gladio, la logia P2, la mafia y los fascistas.

— en Latinoamérica la teología de la liberación, nacida al calor del Concilio Vaticano II, se había convertido en un problema para las oligarquías locales y el imperialismo norteamericano, empeñado a fondo en los golpes de Estado fascistas (Chile, Argentina, Uruguay) y en los escuadrones de la muerte para contener la revolución.

En América Latina, las dictaduras militares desarrollaban su guerra antisubversiva de la mano de las altas jerarquías católicas, imbuidas de la Doctrina de Seguridad Nacional que santificaba las andanzas represivas de las dictaduras fascistas nacidas por golpes de Estado militares.

Toda esa política del Vaticano fue avalada y consentida por Juan Pablo II, quien se prestó al exterminio militar del comunismo ateo en Europa del este y en América Latina. En esa persecución feroz fueron asesinados, entre otros, monseñor Óscar Romero en 1980 e Ignacio Ellacuría en 1989, éste junto a otros cinco jesuítas de la Universidad Centroamericana y dos mujeres.

El polaco Wojtyla era el hombre del imperialismo estadounidense en el Vaticano, el de la logia P2, de la mafia y de Gladio. Marcinkus volvió a su puesto al frente del Banco Vaticano y comenzó a desviar ilegalmente millones de dólares del Banco, vía Banca Ambrosiana, a la financiación del sindicato polaco Solidaridad y los grupos nazis operativos tras el telón de acero.

El 28 de septiembre de 1981, aniversario del asesinato de Luciani, Wojtyla ascendió a Marcinkus a arzobispo y presidente de la Comisión Pontifical del Vaticano, un cargo de gobernador del Estado teocrático y, naturalmente, conservó su puesto como jefe del Banco Vaticano.

Ante las dificultades financieras causadas por la quiebra del Banco Ambrosiano, el papa se puso en las manos del Opus Dei con sus conexiones en Estados Unidos y España: Continental Illinois Bank, Banco Popular Español, Esfina, Banco Atlas, Bankunión, Fundación General Mediterránea, Rumasa, entre otros. Por eso en octubre de 1982 una de las primeras medidas del gobierno socialista de Felipe González, recién llegado al gobierno en España, fue la expropiación de Rumasa.

Wojtyla y la CIA

El ascenso de Wojtyla al papado se decidió en la década de los setenta del pasado siglo en la Casa Blanca y en los sectores monopolistas más influyentes de Estados Unidos. Con la ayuda de una profesora universitaria bien conectada, Wojtyla se había introducido en los círculos próximos al poder de Washington a través del cardenal de Filadelfia, Krol y del renombrado político Zbigniew Brzezinski, ambos de ascendencia polaca.

El otro brazo decisivo en la conexión de Juan Pablo II con Washington fue su secretario privado, el arzobispo polaco Stanislaw Dziwisz, también muy ligado a Brzezinski durante la administración Carter a fines de los 70 como consejero de seguridad. Una vez nombrado papa, Wojtyla se entrevistó con Brzezinski en junio de 1980.

Brzezinski era un personaje de los equipos de estrategia norteamericanos y estaba ligado intelectualmente a Henry Kissinger. Preconizaba una teoría para debilitar y acorralar militarmente a la Unión Soviética (tesis que siguió desarrollando tras la caída de la URSS) que sostenía que la mejor manera era la desestabilización de sus regiones fronterizas y la penetración ideológica, principalmente a través de la fe católica, postergada desde la llegada del socialismo en Polonia.

En ese tablero estratégico encajaba perfectamente el ascenso de un anticomunista feroz como Wojtyla a la jefatura del Vaticano que Brzezinski y Kissinger, en alianza con el Opus Dei operaron en Washington.

Cuando poco después, en enero de 1981, Reagan asumió la presidencia de Estados Unidos, la conexión entre el Vaticano y la Casa Blanca se haría todavía más estrecha, cuando el ex actor designó entre sus representantes de política exterior a católicos militantes del Opus Dei, en una estrategia para aproximarse al estado mayor que controlaba la política del Vaticano.

Vernon Walters cuenta que el presidente decidió enviarlo como embajador itinerante de Washington para conseguir el apoyo del Papa al programa armamentista denominado Iniciativa de Defensa Estratégica popularmente conocido como Guerra de las Galáxias. Hablando de su misión dice Walters: Me gustaría pensar que esto tuvo algún éxito. El no criticó nuestros programas de defensa y esto era todo lo que queríamos.

Por su parte, Richard Allen, que fue consejero de seguridad del presidente Reagan, afirmó que la relación de Reagan con el Vaticano fue una de las más grandes alianzas secretas de todos los tiempos.

Reagan mantuvo a Brzezinski como asesor para Polonia, lo cual implicaba un trato directo con el siniestro papa polaco.

Reagan y el papa dosificaron hábilmente sus declaraciones y estrategias para desarmar a los soviéticos en el caso polaco. En 1981, en plena huelga de Solidaridad y con las tropas soviéticas concentrándose en la frontera polaca (de lo cual la CIA informó al papa), el Vaticano difundió el rumor de que si la URSS invadiera Polonia, el papa viajaría a su país natal.

En una reunión entre Wojtyla y el embajador soviético en Roma, Moscú se comprometió a no intervenir en seis meses si el Vaticano frenaba los preparativos insurreccionales en Polonia.

La intervención vaticana fue decisiva en el desmembramiento de la antigua Yugoeslavia, esta vez de la mano de los imperialistas alemanes y provocando una guerra en los Balcanes, cuyos efectos aún no han cesado. La guerra se inició por parte de los grupos católicos independentistas en Eslovenia y Croacia apoyados por Alemania y el Vaticano, que desataron la limpieza étnica frente a los ortodoxos serbios y los musulmanes bosnios. Con el mayor descaro luego trasladaron las responsabilidades a Milosevic y a los serbios para justificar sus propios crímenes. El Papa polaco avaló con su silencio los feroces bombardeos y la invasión a Yugoslavia, punta de lanza de la conquista de los mercados de Europa del Este, lanzada por la administración Clinton al principio de los 90.

En septiembre de 1983 el Senado estadunidense revocó el edicto que en 1867 cerró la misión diplomática en los Estados Pontificios, abriendo la vía a una nueva etapa porque, como decían los imperialistas, la Santa Sede posee una gran influencia en el escenario de la diplomacia mundial. Rompiendo con la tradición política de 200 años, Estados Unidos estableció relaciones diplomáticas con el Vaticano. Desde 1775 la Norteamérica protestante celebraba anualmente el Día del Papa el 5 de noviembre durante la cual la imagen del Papa se quemaba ceremonialmente en la hoguera en medio del jolgorio popular.

Reagan buscó, de manera abierta y encubierta a la vez, forjar unos vínculos estrechos con el papa y el Vaticano. Nombró a católicos para los puestos más importantes de la política exterior: William Casey (director de la CIA), Vernon Walters (embajador extraordinario del presidente), Alexander Haig (secretario de estado), Richard Allen y William Clark (asesores de seguridad). También nombró a William A. Wilson como primer embajador, no ante el Estado del Vaticano, sino ante la Santa Sede. De este modo un país que había defendido siempre el principio democrático de separación iglesia-estado claudicaba ante el Vaticano para defender conjuntamente sus mutuos intereses imperialistas.

El segundo embajador de Reagan, Frank Shakespeare, afirmó que entendía su función como un intercambio de información entre el Vaticano y el gobierno de su país, y añadió: El conocimiento y los intereses de la Santa Sede cubren un amplio espectro, y en muchos casos sobrepasan al conocimiento y los intereses de Estados Unidos, por ejemplo, en áreas tales como las Filipinas, las Américas, Polonia, Chescoslovaquia, Europa oriental, la Unión Soviética, el Medio Oriente y África. Cada viernes por la noche, el jefe del cuartel de la CIA en Roma llevaba al palacio papal los últimos secretos obtenidos con satélites espías y las escuchas electrónicas por los agentes de campo de la CIA. Ningún otro dirigente en el extranjero tenía acceso a la información que el papa recibía puntualmente.

La diplomacia papal, centro de una burocracia vaticana muy centralizada, se involucró en los más negros acontecimientos internacionales, como había hecho a lo largo de sus 500 años de sanguinaria historia de masacre, destrucción y muerte... y negocio

Wojtyla, por su parte, apoyó la instalación por parte de la OTAN de nuevos misiles en Europa occidental. Cuando la Academia de las Ciencias vaticana preparó un informe muy crítico con la Iniciativa de Defensa Estratégica de Reagan (la Guerra de las Galaxias), el papa, atendiendo a los requerimientos de Vernon Walters, el entonces vicepresidente Bush y el propio Reagan, echó atrás el informe.

Mindszenty: un cardenal contrarrevolucionario

El 23 de octubre de 2006 el papa Ratzinger envió a Bucarest como representante personal al cardenal Angelo Sodano para celebrar el 50 aniversario del levantamiento contrarrevolucionario de 1956. En la infinita desfachatez que caracteriza a la teocracia vaticana, Ratzinger emitía un comunicado defendiendo nada menos que el derecho de autodeterminación. Naturalmente se trataba del derecho a la autodeterminación de Hungría frente a la Unión Soviética en 1956.

Sería simple poner de manifiesto el doble juego del Vaticano aduciendo idénticos derechos para vascos, catalanes y gallegos, así que lo complicaremos un poco más remontando el reloj de la historia.

El papa nazi Pío XII era el Jefe del Estado vaticano que promovió la contrarrevolución de 1956 y por eso Ratzinger recordó en su mensaje que Pío XII se dirigió públicamente cuatro veces al pueblo húngaro durante el levantamiento, dándoles ánimos y defendiendo su derecho a la autodeterninación.

El golpe contrarrevolucionario de 1956 fue organizado por la CIA con el inestimable apoyo del cardenal católico Mindszenty, que salió como un héroe de aquel levantamiento, seguido por sus huestes católicas. Durante décadas fue portada de todas las revistas gráficas occidentales por su valiente comportamiento frente al terror comunista.

Pero coincidiendo con el aniversario del levantamiento de 1956, se produjo otro levantamiento en el otoño de 2006, muy pocos días antes de la llegada del nuncio papal. Como es bien conocido, el Vaticano nunca ha sido proclive a soliviantar los ánimos. No obstante, quedó claro que eso sólo ocurre cuando los ánimos son los de las masas populares: del levantamiento que se estaba produciendo contra las nuevas autoridades democráticas de Hungría Ratzinger no dijo nada en su comunicado; a él sólo le interesaba el de 1956. La autodeterminación ya no existía.

Pero, ¿quién fue el cardenal Mindszenty? Su verdadero nombre era Joseph Pehm y era de nacionalidad alemana. Fue uno de aquellos curas católicos alemanes con los que el Vaticano inundó los países del viejo Imperio Austro-Húngaro tras su desintegración en 1919.

Tras la I Guerra Mundial el Vaticano no aceptó la disgregación de los imperios centrales y toda su diplomacia estuvo siempre encaminada a su reconstrucción. Por tanto, la teocracia católica fue el máximo enemigo del derecho de autodeterminación del que ahora se pretenden hacer pasar como valedores. El apoyo del Vaticano al III Reich formaba parte de su intento de reconstrucción imperialista de Europa y de aniquilación de las pequeñas nacionalidades sometidas de Europa central.

Ordenado sacerdote a comienzos de la I Guerra Mundial, Mindszenty (1892-1975) ya estuvo detenido durante la fallida revolución húngara de 1919. Luego fue obispo de Veszprém (1944) y arzobispo de Esztergom (1945) y finalmente Pío XII le nombró cardenal el 18 de febrero de 1946.

Además de monárquico y antisemita, había sido un horthysta furibundo. Decir horthysta en Hungría es como decir franquista en España. Tras la derrota nazi y la revolución en la posguerra, se enfrentó a la República Popular a causa de la nacionalización de las escuelas de la Iglesia católica y fue detenido en diciembre de 1948. Luego fue procesado en febrero de 1949 y condenado a cadena perpetua por alta traición, espionaje, amenaza a la seguridad del Estado y tráfico de divisas.

La condena incluía trabajos forzados y la confiscación de sus bienes, pero permaneció bajo arresto domiciliario de julio de 1955 a octubre de 1956. Liberado el 30 de octubre de 1956 por la contrarrevolución, volvió a ejercer brevemente sus funciones pero tuvo que refugiarse en la embajada de Estados Unidos, donde vivió hasta 1971, año en el que fue amnistiado por el Consejo presidencial, tras un acuerdo firmado por Hungría con el Vaticano en 1964.

En 1971 salió para Roma, pero la furia anticomunista del cardenal era algo ya patológico y el mismo Papa tuvo que aconsejarle que se largara a Viena para no comprometer a la Iglesia con sus públicos estallidos de cólera. Allí se retiró hasta el final de su vida en el Pazmaneum, un seminario de sacerdotes húngaros.

Tras la caída del bloque socialista el 10 de febrero de 1990, L'Osservatore Romano anunció oficialmente el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre el Vaticano y la República de Hungría.

El 8 de febrero de 1999, al cumplirse exactamente el 50 aniversario de la condena a perpetuidad del cardenal, Juan Pablo II recibía las cartas credenciales del nuevo embajador húngaro ante la Santa Sede y aprovechaba la solemne ocasión para rendir homenaje al óptimo Pastor que supo defender la libertad del pueblo, así como reivindicar los derechos sagrados de la religión católica: Recuerdo con emoción la figura del Cardenal Josef Mindszenty, que sigue siendo para todos vuestros compatriotas un defensor de la fe y de la libertad del pueblo. Conocemos muy bien los méritos de este óptimo Pastor; conocemos su tenacidad y la pureza de su fe; conocemos su fe apostólica para tutelar la integridad de la doctrina cristiana y en la reivindicación de los sagrados derechos de la Religión.

Los medios de propaganda imperialista divulgaron su libro, las Memorias del Cardenal Mártir que en España distribuyó la Editorial Luis Caralt de Barcelona. También Hollywood rodó una película, The Prisoner, para recordar su encarcelamiento. De ella dijo el propio cardenal que, pese a las buenas intenciones de su realizador, Bridget Roland, lo único que tiene en común con los acontecimientos húngaros es lo aparición en escena de un cardenal.

Los católicos en el imperio de los protestantes

Durante la guerra fría, hasta que murió en 1958, el mandato de Pio XII se caracterizó por el respaldo fanático que dio a la guerra fría contra la URSS.

La Iglesia Católica se convirtió en el grupo de presión religioso más poderoso de Estados Unidos. En 1945 el catolicismo se erigió como la primera religión por el número de miembros en treinta y ocho de las cincuenta ciudades norteamericanas más grandes. Para triunfar en el mundo había que ponerse siempre al servicio de los más poderosos y en 1945 ese papel le correspondía a Estados Unidos.

El hombre que dio impulso político a los católicos norteamericanos fue el sacerdote Hecker, quien sostuvo que a fin de progresar en Estados Unidos, la Iglesia Católica debía hacerse norteamericana. Esto dio lugar una manera peculiar de catolicismo conocida como catolicismo norteamericano, que primero fue desairado por el Vaticano luego tolerado, y finalmente alentado en la forma en la que se levanta hoy.

Durante la II Guerra Mundial la Iglesia Católica construyó un ejército católico de capellanes, que, desde unos escasos 60 antes de Pearl Harbor, subió a 4.300 en 1945. Monseñor Spellman fue designado Vicario Militar del Ejército y Capellanes de la Armada ya en 1940.

Para lograr sus objetivos la jerarquía católica utilizó la Conferencia Nacional Católica de Bienestar, cuyo primer gran ataque organizado contra el comunismo se lanzó en 1937, cuando su Departamento Social hizo un detallado estudio del movimiento comunista en Estados Unidos, seguido por la creación en cada diócesis de un comité de sacerdotes para seguir el progreso de los comunistas e informar de todo ello a la Conferencia Nacional Católica de Bienestar. Las escuelas católicas, los obreros católicos, profesores, etc., tenían que delatar cualquier actividad de los comunistas y se les mantenía abastecidos con panfletos anticomunistas, libros y películas, mientras los sacerdotes eran enviados a la Universidad Católica de Washington para hacerlos expertos en ciencias sociales. La prensa católica se inundó de propaganda y artículos anticomunistas, mientras se alertaba continuamente a los obreros y a los estudiantes católicos para que no cooperaran con los comunistas.

Esta campaña no era sólo teórica, sino que entró en la esfera sindical. En 1937 el cardenal Hayes creó en Nueva York una organización especial para combatir el comunismo entre los obreros, así como la Asociación de Sindicalistas Católicos para llevar la guerra católica a los sindicatos. Además de esta Asociación había muchas otras dedicadas a la misma tarea, como la Alianza Católica Conservadora del Trabajo y el Grupo de Trabajadores Pacifistas Católicos.

La oscura historia del padre Coughlin

Cuando en 1933 alcanzaron el poder, los nazis crearon redes de infiltración por todos los países del mundo. En Estados Unidos crearon varias organizaciones y apoyaron a las que ya existían.

Pero los servicios secretos alemanes detectaron que no existía un dirigente con carisma para sus necesidades. En 1937 uno de los candidatos a dirigir a los nazis en Estados Unidos fue el sacerdote católico Charles E. Coughlin, dirigente de la organización fascista denominada Frente Cristiano que hacía propaganda a favor del III Reich en Royal Oak, Michigan.

La carrera fascista del padre Coughlin comenzó en la década de los años 20 con un programa por la emisora local de radio de Detroit. Durante la depresión (1929) se convirtió en el portavoz del incipiente movimiento fascista de Estados Unidos y dirigente de la Unión Democrática por la Justicia Social. Admirador confeso de la Alemania hitleriana, su política antiobrera y racista fue apoyada por altos círculos capitalistas y católicos.

En 1938 el Frente Cristiano tenía 200.000 afiliados. Al año siguiente, su revista, La Justicia Social, era seguida por un millón de lectores y, además, el sacerdote tenía programas de radio semanales con más de 47 estaciones y 4.000.000 de oyentes. La prensa imperialista daba amplia cobertura a la bazofia racista del cura: por ejemplo, el 28 de noviembre de 1938 el New York Times publicó en primera plana un artículo de corte antisemita escrito por Coughlin.

El Frente cristiano, el Bund germano-americano, el Christian Mobilizers, los Camisas de plata y otros, se manifiestaban por las calles de Nueva York, Boston, Filadelfia, Cleveland, Akron y otras ciudades, agrediendo a mujeres y hombres al más puro estilo de las camisas pardas en Alemania.

El 13 de enero de 1940 el FBI detuvo a 17 miembros del Frente que planeaban asesinar a un docena de diputados, así como a judíos, y asaltar 16 oficinas de Correos, almacenes y armerías de Nueva York. Sus municiones habían sido robadas a la Guardia Nacional. Reconocieron que Coughlin era su máximo dirigente. Como el juicio fue amañado, todos fueron absueltos.

Pero la organización de Coughlin nunca logró convertirse en el movimiento de masas que los hitlerianos pretendían para Estados Unidos.

Uno de los contactos de Coughlin era Anastase Andreievitch Vonsiatsky, antiguo funcionario zarista que tras la Revolución de Octubre en 1917 pasó a vivir en Thompsen, Connecticut. En 1933 Vonsiatsky fundó el Partido Nacionalista Revolucionario Ruso cuyo emblema era la esvástica nazi. El cura y Vonsiastsky conspiraron con el III Reich para provocar un golpe de Estado fascista en Estados Unidos...

La legión de la decencia

En vista de la inmensa importancia que el cine se ha asegurado en la sociedad moderna, una de las metas primordales de la Iglesia Católica norteamericana ha sido la de controlar una industria cuyo poder para influir en las masas es inigualable.

Pío XI escribió una encíclica sobre el asunto, Vigilante Cura, publicada en 1936. Habiendo comprendido el poder de las películas para influir en los millones la jerarquía católica norteamericana decidió intervenir, porque como expresó Pío XI, la cinematografía con su propaganda directa asume una posición de influencia imponente.

El deber de los católicos era boicotear las películas, los individuos y las organizaciones que no se ajustaran a los principios de la Iglesia. La Legión para la Decencia fue calurosamente alabada por el mismo Papa: Debido a su vigilancia y debido a la presión que se ha efectuado sobre la opinión pública, la cinematografía ha mostrado mejoras (Vigilante Cura).

En 1927 la presión era tan intolerable que ciertos productores sometían los guiones a la Conferencia Nacional Católica de Bienestar para la aprobación de mensajes y escenas antes de empezar el rodaje.

La Legión para la Decencia asumió ese nombre en 1930. Ese mismo año redactaron el Código de Producción, que los jesuitas Daniel A. Lord y Martin Quigley presentaron a la Asociación de Productores de Cinematográficos. El Código estaba destinado a aconsejar a los productores qué filmar y qué no filmar, a advertir lo que la Iglesia Católica aprobaría y lo que boicotearía.

En algunas ocasiones la Legión para la Decencia, al condenar ciertas películas antes o durante la producción, causó importantes pérdidas a las productoras cinematográficas y a los actores. Esto ocurrió cuando la Iglesia Católica a través de la Legión para la Decencia, condenó la película Forever Amber, que había costado cuatro millones de dólares.

Siguiendo esta evaluación negativa de la Legión, numerosos obispos en todos los Estados denunciaron la película y, como informó la revista Variety en diciembre de 1947, algunos exhibidores solicitaron rescindir sus contratos. Después de ganar más de 200.000 dólares en la primera quincena de exhibición, los ingresos de la película cayeron considerablemente, debido a la censura. La 20th Century Fox Company tuvo que apelar a la jerarquía católica de Estados Unidos que impuso condiciones, supuestamente para preservar la moral católica. La compañía tuvo que someterse a los cambios impuestos por la Legión para la Decencia a fin de quitar a la película de la lista de condenadas. La productora no sólo tuvo que apelar al Tribunal católico para que revisara la decisión según los criterios católicos, sino que, además, el presidente de la corporación, Spyros Skoura, tuvo que pedir disculpas por las primeras declaraciones de ejecutivos de Fox criticando a la Legión por condenar el film.

Así una gran multinacional cinematográfica tuvo que someterse a un tribunal establecido por la Iglesia Católica, situándose por encima de los tribunales de Estados Unidos, juzgando, condenando y estipulando, no según las leyes del país, sino según los principios de una Iglesia que, gracias al poder de sus organizaciones, puede imponer sus criterios y, por consiguiente, indirectamente, influenciar a la población no católica.

El caso de la Fox no fue el único. Hubo otros no menos notables. Para citar un caso similar: durante este mismo período la compañía Loew reiteró el despojo hollywoodense de los diez escritores, directores y productores comunistas prohibiendo la película más brillante de Chaplin, Monsieur Verdoux, en sus 225 cines de Estados Unidos después de una protesta de los Veteranos de Guerra católicos porque el trasfondo de Chaplin es antinorteamericano y porque él no ama a los Estados Unidos de América. Poco antes, la Legión Católica para la Decencia forzó la suspensión temporal de The Black Narcissus, una película británica que reflexionaba sobre las monjas católicas.

Narcolimosnas: haz el bien y no mires de quién

En América Latina la relación del narcotráfico con la Iglesia católica es un secreto a voces.

En el libro El confidente de la mafia se confiesa (Editorial Sport), el abogado colombiano Gustavo Salazar Pineda afirma que los cárteles de la droga de Medellín y de Cali donaron millones de dólares a los obispos colombianos para que pudieran acceder a altos cargos en el Vaticano.

Según Salazar dos de los beneficiados con ese flujo de dinero mafioso son el cardenal Alfonso López Trujillo y monseñor Pedro Rubiano Sáenz, ambos ligados al Opus Dei. El primero, destacado actualmente en el Vaticano, es miembro de las Congregaciones para la Doctrina de la Fe, para la Causa de los Santos, para los Obispos y para la Evangelización de los Pueblos. Además, preside el Consejo para la Familia y es un prelado muy cercano al actual papa Ratzinger.

El dinero -según el abogado- se envió al Vaticano, aprovechando la colecta anual de dinero para el papa: el cardenal López Trujillo va a tener que decir si es verdad o no que en el Club Medellín y en el club Unión se reunió varias veces con [el capo] Gustavo Gaviria y [con el fallecido jefe del cártel de Medellín] Pablo Escobar.

El cardenal salía del Palacio Arzobispal en su limusina y se reunía a almorzar y a comer con estos mafiosos. Se hacía besar el anillo y allí recibió varias veces dinero, en una de ellas un maletín con 150.000 dólares, según reconoció varias veces Otoniel Otto González, el lugarteniente de Escobar.

Por su parte monseñor Rubiano es el Arzobispo de Bogotá y Cardenal Primado de Colombia, tras presidir durante varios años el obispado de Cali.

El obispo de Aguascalientes (México) Ramón Godínez Flores, Secretario General de la Conferencia del Episcopado Mexicano, reconoció que la diócesis a su cargo recibía narcolimosnas. En una conferencia de prensa le preguntaron al prelado si los narcotraficantes entregaban limosnas al obispado, a lo que respondió: Donde quiera se dan, en Aguascalientes y en (el municipio de) Tepezalá. El obispo bendijo públicamente las limosnas de los narcotraficantes porque el dinero se purificaba cuando existía la buena intención de ayudar.

Godínez decía que la Iglesia católica no tenía la obligación de investigar el origen de los portafolios repletos de dinero negro que percibía el obispado en concepto de limosnas, aunque provinieran del narcotráfico: Está el ejemplo de Nuestro Señor, cuando recibió el homenaje de aquella mujer, cuando le ungió los pies con un perfume muy costoso, y Jesús no investigó: '¿Dónde compraste ese perfume?' No [le importó] de dónde fue el dinero, él simplemente recibió el homenaje.

El prelado añadió ante los periodistas: Cualquiera que dé una limosna yo la recibo, y yo la agradezco.
— ¿Aunque el dinero sea de origen ilícito?- se le insistió.
— No, no me consta que sea dinero malo. El dinero se puede purificar cuando la persona tiene una buena intención- explicó.
No porque el origen del dinero sea malo hay que quemarlo; hay que transformarlo más bien, todo dinero puede ser transformado, como una persona también que está corrompida se puede transformar. Si una persona puede hacerlo, cuánto más lo material, aseveró.

Su conversación con los periodistas fue todo un recital teológico de lavado de dinero: Si una persona que se dedica a delinquir se arrepiente, es una forma de purificación. Admitió conocer casos de personas ligadas al tráfico de estupefacientes que habían hecho fuertes donativos a distintas parroquias: En mi vida he conocido de casos, pero se han purificado. Aquí lo importante es que donen el dinero con buenas intenciones, concluyó.

La teología de la represión en Argentina

Después de tres meses de juicio, el sacerdote católico argentino Christian Von Wernich ha sido condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura militar de 1976 a 1983. Tuvo que escuchar los dramáticos testimonios de las víctimas de la represión que le responsabilizaron por su presencia durante torturas y sus intervenciones para que los detenidos hablaran a cambio de que cesaran los martirios.

Es responsable al menos de siete asesinatos y partícipe necesario en 42 secuestros y torturas en 32 casos. Madres de desaparecidos, familiares y amigos de las víctimas de la represión no podían contener las lágrimas por la emoción del momento.

El sacerdote que durante la dictadura fue compinche activo de los torturadores, se había escondido en Chile en 1996, donde seguía oficiando misa en un pueblo de Valparaíso con el nombre de Christian González. De allí lo extraditaron en 2003 para que hiciera frente a los cargos que se habían acumulado en su contra.

Se aportaron testimonios del perverso peaje que impuso a algunos familiares que acudieron a él para saber de sus esposos, hijos o hermanos desaparecidos. El capellán policial solicitó dinero para costear supuestos viajes al exterior de los retenidos, como calificaba él a los desaparecidos, admitiendo tácitamente su condición de secuestrados.

Algunos medios destacan que es el primer miembro de la Iglesia católica que resulta condenado por su complicidad con la represión. En Argentina es cierto. Por eso es importante recordar que es el primero pero no el único ni el de más alta jerarquía.

Como los sacerdotes católicos españoles que bendijeron la sublevación y los crímenes fascistas de 1936, quizá también Von Wernich sea canonizado. Por el momento, su inmediato superior, el obispo de Nueve de Julio no ha tomado todavía ninguna decisión sobre este criminal. Oportunamente se habrá de resolver, conforme a las disposiciones del Derecho Canónico, acerca de la situación, dice refiriéndose al sacerdote-torturador. Será interesante conocer cuándo se producirá.

Uno de los miembros del Tribunal Oral Federal de La Plata, Norberto Lorenzo afirmó, a título personal, que consideraba que la Iglesia necesita hacer una autocrítica, en serio, profunda, realista, frente a la sociedad sobre cómo actuaron durante la dictadura.

En un artículo publicado en el diario argentino Página 12, Washington Uranga afirma que la condena impuesta a Von Wernich no puede leerse apenas como una sanción de la sociedad contra un ministro religioso, pretendiendo que el ex capellán de la Policía Bonaerense actuó en forma totalmente aislada y con desconocimiento de sus superiores eclesiásticos; añadiendo que: Von Wernich actuó como parte integral de las fuerzas de represión comandadas por el general Ramón Camps. La condena del sacerdote Von Wernich por genocidio constituye probablemente la más grave mancha de Iglesia Católica argentina en toda su historia. Pero de poco servirá si los responsables eclesiásticos no ven esto como una enseñanza dirigida a la institución.

El sacerdote Von Wernich habló al final del juicio. Confiado, seguro, soberbio, altanero, miró al tribunal, miró a la cámara y pidió diez minutos. Miró también fijo al crucifijo que presidía la sala (¿hasta cuándo será un salón sacro un tribunal de Justicia?) y habló en su condición de sacerdote católico. No era alguien que se preguntaba sobre su pasado o que ponía en duda su comportamiento. Reafirmó con voz potente que había hecho lo que tenía que hacer. Dios y la Iglesia se lo habían pedido y ordenado. Él cumplió. Y para que no quedaran dudas de que hablaba un sacerdote, la Iglesia católica por su intermedio, utilizó todos los símbolos católicos disponibles: Jesús, Cristo, la Biblia, Dios, María, el Demonio, el pecado, la confesión, los sacramentos y los 2000 años de historia de la Iglesia de la cual él forma parte. Volvió a amenazar. En la sala se escucharon las hipócritas palabras de Von Wernich. Pero también se escucharon los valientes y conmovedores testimonios de quienes fueron víctimas del terror implementado por los organismos represivos y sus colaboradores civiles. Y también las palabras del sacerdote Rubén Capitanio, que fue testigo en este juicio, cuando afirmó: Debimos estar al lado de los crucificados y no tan cerca de los crucificadores. Pero la frase se queda corta. La memoria siempre recordará que algunos no solo estuvieron cerca, estuvieron juntos, ocultaron, mintieron, negaron, toleraron. Fueron cómplices en su intento de absolver con su presencia y su palabra a quienes secuestraron, torturaron y asesinaron.

La tortura y desaparición forzada de sus propios ciudadanos fue una política contrainsurgente adoptada por los altos mandos de las Fuerzas Armadas argentinas mucho antes del golpe de Estado de 24 de marzo de 1976 y, además, contó el apoyo activo de la jerarquía católica, que legitimó la masacre con viejos resabios teológicos. En 1411 el obispo Dietrick von Niekin había justificado así los crímenes de la Inquisición contra los infieles y herejes: Cuando la Iglesia se ve amenazada deja de estar sujeta a los mandamientos de la moral.

En Argentina, a diferencia de otros países latinoamericanos, la jerarquía católica no sólo ignoró sino que combatió el Concilio Vaticano II y la teología de la liberación. Siempre estuvo en manos de unos obispos integristas cuya línea militante era la de Pío XII, la del fascismo primero y la guerra fría después. Esta vez los infieles eran los comunistas, ateos y revolucionarios de todas las latitudes del mundo. La iglesia católica militariza las convicciones de millones de fieles en todo el mundo, reivindicando en pleno siglo XX las prácticas de la Inquisición y las exigencias de Jesucristo en el Evangelio de Lucas (XIX,27): En cuanto a esos mis enemigos que no quisieron que Yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y delante de Mí degolladlos.

La Ciudad Católica

Durante la guerra fría los militares argentinos no aprendieron las estrategias contrainsurgentes de Estados Unidos sino de Francia. Lo hicieron a través de un grupo integrista o, como diríamos ahora, fundamentalista, Ciudad Católica, heredera de La Cagoule. El fundador de Ciudad Católica era Jean Ousset (1914-1994) que, en los tiempos de Vichy, había sido jefe de estudios de la Legión Juvenil, vinculada a la Legión de Combatientes, uno de los brazos armados de Petain. Naturalmente junto a Ousset estaban Mitterrand y los demás cagoulards. En Vichy Ousset publicó dos de sus primeras obras: Historia y genio de Francia y Fundamento de una teoría.

En la posguerra mundial el modelo de Ousset era la España franquista, el nacional-catolicismo y su santa cruzada contra los rojos. Si Petain había fracasado en ese empeño, Francia aún mantenía frentes abiertos en la Unión Soviética, en Indochina y en Argelia. La Ciudad Católica de Ousset es el nexo histórico de unión entre La Cagoule y la OAS. Los militares integrados en Ciudad Católica apoyaron los métodos criminales del Ejército francés en las colonias y acompañaron luego el terrorismo de la OAS dentro de Francia. Si Argelia dejaba de ser francesa también dejaba de ser católica para caer en manos de los musulmanes. En fin, aquella también era una guerra santa.

Después de la derrota en Indochina y la liberación de Argelia, los coroneles y capellanes de Ciudad Católica implicados en la OAS huyeron a Argentina, donde a cambio de asilo político adiestraron a los militares los métodos de secuestro, tortura y desaparición.

Hacia 1958, al finalizar la guerra de Argelia, comenzaron a desembarcar en Buenos Aires las primeras avanzadas de Ciudad Católica.

Para tener en cuenta todas las circunstancias del fenómeno hay que poner de manifiesto que en 1949 Ousset publicaba su libro Para que Él reine, es decir, el terrorismo de los Guerrilleros de Cristo Rey que conocimos en España durante la transición. También hay que añadir que quien firmaba el prólogo de dicha obra no era otro que el luego famoso cardenal cismático francés Marcel Lefevre, miembro de Ciudad Católica y opuesto a las doctrinas del Concilio Vaticano II.

Marcel Lefebvre mencionó en varias ocasiones al cardenal (y capellán castrense) argentino Antonio Caggiano entre sus seguidores, pero éste prefirió guardar las distancias para no perder su posición clave en la Iglesia y el ejército argentinos.

Los interrogatorios duros del general Díaz Bessone

El general Ramón Genaro Díaz Bessone, que fue uno de los más altos jefes militares que tomaron el poder en 1976 y ministro de Videla, escribió varios libros justificatorios de la guerra sucia. También fue el primero en reconocer públicamente tanto la guerra sucia como la pista francesa que la inspiró en el documental Escuadrones de la muerte. La Escuela Francesa de la periodista francesa Marie-Monique Robin, difundido el 1 de setiembre de 2003 en Canal Plus de Francia y en una docena de países.

Los colonialistas franceses tenían una amplia experiencia en guerra contrainsurgente y dos décadas antes cometieron los mismos crímenes que los argentinos en las guerras de Indochina y Argelia. El documental de Robin demuestra que los métodos de guerra en Argentina fueron transmitidos por militares franceses en el Cono Sur y en la Escuela de Guerra de París. La periodista entrevistó a los militares franceses que inventaron, aplicaron y enseñaron el método y a sus discípulos en Estados Unidos, Chile y Argentina. Los militares franceses que testimonian en el documental son el general Paul Aussaresses, cuyo libro Services Speciaux Algérie 1955/57, sacudió a Francia en 2001 porque narró en primera persona las torturas y ejecuciones clandestinas, y el antiguo ministro de Ejército, Pierre Messmer, que envió a Aussaresses a Estados Unidos donde, junto con otra decena de veteranos de Argelia, instruyeron al Ejército de aquel país en las técnicas que luego se aplicarían en Vietnam.

Dos de sus discípulos, el general John Jons y el coronel Carl Bernard describen las enseñanzas de Aussaresses y cómo fueron aplicadas en Vietnam, donde produjeron el asesinato de 20.000 civiles durante el Plan Fénix. El general chileno Manuel Contreras, que cumple una condena en Santiago, reconoce que Aussaresses entrenó en Manaos, Brasil, a los torturadores de la DINA y que la dictadura de Pinochet mantenía un fluido intercambio de información con el gobierno francés de Valery Giscard D’Estaing. Lo mismo admite Albano Eduardo Harguindeguy, antiguo ministro del Interior.

Cuatro generales hablaron ante las cámaras: los ya citados Díaz Bessone y Harguindeguy, además del antiguo dictador Benito Bignone y el antiguo Jefe de Estado Mayor del Ejército, Alcides López Aufranc.

En el documental, reproducido por Página 12, Díaz Bessone justifica abiertamente la guerra sucia. Al comparar la guerra sucia argentina con las guerras coloniales francesas que la inspiraron, admite que el ejército argentino actuó como una auténtica tropa de ocupación en su propio país. Los asesores franceses instruyeron a los militares argentinos en la división del territorio en zonas, subzonas y áreas de seguridad, así como la importancia del servicio de inteligencia y los métodos de interrogatorio de los prisioneros. Para Díaz Bessone sin un buen sistema de inteligencia es absolutamente imposible desarmar una organización revolucionaria, subversiva, guerrillera, porque ellos no llevan uniforme que los identifique. Según él, la única manera de acabar con una red terrorista es la inteligencia y los interrogatorios duros para sacarles información. A su juicio esa enseñanza de los franceses fue exitosa.

No obstante, Díaz Bessone afirma que entre la guerra sucia argentina y las guerras coloniales francesas hubo una gran diferencia: Argelia llegó a su independencia. Los que combatieron quedaron separados, unos en Argelia y otros en Francia. Con el tiempo es más fácil llegar a un acuerdo, a una amistad, a olvidar lo que pasó. Pero acá fue una guerra interna, con características de una guerra civil. Cuando se termina la guerra tenemos que convivir los antiguos enemigos. Y eso es muy difícil. Porque quedan heridas muy profundas, que seguimos viviendo en la Argentina. Según el oficial, como se trató de una guerra interna la reconciliación es muy difícil de lograr. Insiste en que mientras los argelinos hoy constituyen un país separado, acá los revolucionarios eran argentinos y siguen siendo argentinos y nos cruzamos en la calle todos los días.

Una de las formas de transmisión de las enseñanzas coloniales francesas fue la lectura de los libros de Jean Lartéguy Los Mercenarios, Los Pretorianos y Los Centuriones, en cuyas páginas se describe sin eufemismos la tortura y asesinato de prisioneros. Los asesores franceses nos recomendaron esos libros. Fue un complemento a esa experiencia, que nos hizo pensar cómo se desarrolló la guerra revolucionaria en Argelia, que después debimos enfrentar nosotros en la Argentina. El método de interrogatorio estaba explícito en los libros de Lartéguy. Les resultó el único posible para obtener información y desarmar el aparato de la guerrilla revolucionaria. Esta es una discusión terrible que va a subsistir a través de todos los tiempos, mientras exista una guerra revolucionaria y se tomen prisioneros, justifica Díaz Bessone.

Las leyes sólo protegen a los prisioneros de uniforme, capturados en una guerra clásica, pero no alcanzan a aquellos guerrilleros que no usan uniforme. El general argentino argumenta que tampoco se respetan las leyes internacionales a los guerrilleros de Chechenia y Al Qaeda. Estos últimos fueron llevados a Guantánamo y sacados de los tribunales de Estados Unidos porque no se puede hablar de leyes de la guerra contra un enemigo que no respeta ninguna ley. Él sería un combatiente privilegiado. A él sí hay que aplicarle las leyes, todas las convenciones internacionales, pero él no respeta ninguna. En esa desigualdad siempre ganaría el guerrillero.

De ahí que el milico argentino justifique la tortura diciendo que en países que sufren en forma muy aguda la agresión terrorista, hasta la Corte Suprema de Justicia autorizó el uso de la tortura para obtener información como única manera de poder desarmar esa organización de atentados terroristas. Esto no sólo ocurre en Israel. Ha ocurrido en Argelia. Los alemanes, los rusos, todo el mundo lo aplicó... No en vano se la llama guerra sucia.

Los capellanes castrenses

Una de las instituciones feudales mejor exportadas por España ha sido la de los capellanes castrenses, que aseguran los lazos de unión entre el Vaticano de Roma y cada uno de los Estados católicos en un sector tan decisivo como las fuerzas armadas.

En 1957 Pío XII convirtió los servicios religiosos de las Fuerzas Armadas argentinas en un Vicariato Castrense, cuyas publicaciones fueron decisivas en la preparación de la generación de oficiales que luego condujeron la guerra sucia entre 1976 y 1983. Juan Pablo II elevó los vicariatos a Ordinariatos en 1986. Desde entonces el Ordinario posee carácter y atribuciones de obispo y pertenece, por derecho propio, a la Conferencia Episcopal argentina. Pero en Argentina rara vez los vicarios castrenses no fueron obispos de la más alta jerarquía. Por ejemplo, durante la dictadura militar, Antonio Caggiano y Adolfo Tortolo, no sólo fueron titulares del Vicariato general castrense sino incluso presidentes de la Conferencia Episcopal.

Los capellanes castrenses argentinos asumieron la teoría de la guerra santa de Ousset. Éste escribió su obra cumbre, El marxismo-leninismo, en 1961 para orientar a los católicos en la lucha a muerte contra el comunismo. La obra la publicó en Buenos Aires la Editorial Iction pocos meses después que en Francia. Su traductor fue el coronel jefe de la inteligencia del Ejército y su prologuista, el cardenal Caggiano. En su libro Ousset propone las cruzadas medievales contra los musulmanes como modelo a seguir para la lucha contra el comunismo en la segunda mitad del siglo XX. Según Caggiano, se debe preparar el combate decisivo, aunque los enemigos todavía no han presionado las armas. El aniquilamiento debe preceder al alzamiento revolucionario. Era una guerra preventiva y una política fascista: liquidar al criminal antes de que cometa su delito.

Comenzaba así un largo periodo de complicidad de la Iglesia con la represión que no ha finalizado. El primer titular de la Vicaría Castrense, Fermín Lafitte, también reivindicó la tortura y el asesinato de opositores en la guerra santa. Adujo que el soldado argentino es descendiente de aquellos héroes cristianos que, puesto su corazón en Dios y su pensamiento en la historia, hicieron de este suelo bendito una nación libre y soberana de alma católica. La Capellanía Mayor del Ejército consideraba en 1961 que la autoridad terrenal era de derecho divino y, por tanto, criticaba a Rousseau que sostiene que la autoridad no viene de Dios sino del pueblo soberano. El documento, redactado durante la presidencia de Frondizi, llega a admitir que el pueblo ejerce de hecho una cierta soberanía pero aclara que todos deben obedecer primero a Dios antes que a los hombres y, en consecuencia, al jefe del Vaticano, que es su representante en este mundo. Entre las obligaciones del Estado católico figuraba controlar las huelgas para evitar injusticias y perjuicios, mantener inviolable el derecho natural a la propiedad privada transmisible por herencia, y no recargarla de impuestos. Las huelgas, que en aquel momento eran el principal recurso para enfrentar a un gobierno ilegítimo, son una guerra y deben ser tratadas como tales.

Con la presencia de Frondizi y del cardenal Caggiano, en 1961 se inauguró el primer el Curso Interamericano de Guerra Contrarrevolucionaria en la Escuela Superior de Guerra del Ejército. Fue el inicio del adoctrinamiento de la Armada en técnicas de guerra sucia. El cardenal Caggiano siempre compartió la idea de que la lucha anticomunista, además de una guerra santa dirigida contra la Unión Soviética, era también interna, es decir, contra los propios argentinos.

Enviado por Ousset, en 1963 llegó a Buenos Aires, el coronel Jean Gardes, experto en acción psicológica, que había desarrollado un cierto concepto de subversión para desatar contra ella una guerra preventiva sin ninguna clase de escrúpulos. El capitán de corbeta Francisco Lucas Roussillón le ofreció protección a cambio de asesoramiento en técnicas contrainsurgentes.

Antes del golpe de 1976, el Comandante de Operaciones Navales reunió a la plana mayor de todas las unidades de la mayor base naval de Argentina. Les explicó que los detenidos que fueran condenados a muerte por tribunales secretos y sin garantías de defensa serían trasladados en aviones navales hasta alta mar y arrojados a las aguas. Aseguró que había consultado ese método con la jerarquía católica.

Cerca de 2.000 detenidos políticos fueron luego eliminados mediante ese método. Los vuelos de la muerte se realizaban todos los martes, pero en algunos casos se ampliaron a los sábados, siendo las víctimas previamente anestesiadas y engañadas diciéndoles que serían enviadas a una prisión. Cuando los oficiales regresaban angustiados de los vuelos, los capellanes les decían que en la guerra había que matar, pero que el vuelo era una forma cristiana de muerte, porque las víctimas no sufrían. Con parábolas bíblicas adaptadas al lenguaje cuartelero les explicaban que era preciso separar la paja del trigo. Además de matar el Estado burgués tiene que preservar limpia la conciencia de sus asesinos.

La guerra santa

Poco antes del golpe militar el cardenal Caggiano dejó el Vicariado Castrense en manos del obispo Adolfo Servando Tortolo, de su secretario privado, monseñor Emilio Teodoro Grasselli y del provicario Victorio Bonamín. Ellos quedaron encargados de las tareas de purificar las almas de los militares que no se sujetaran a ningún mandamiento moral para su tarea de pacificar Argentina.

El 23 de setiembre de 1975 Bonamín dijo que veía a los militares golpistas purificados en el Jordán de la sangre para poder ponerse al frente de todo el país. Tres meses después, el 29 de diciembre, Tortolo profetizó ante un auditorio de capitalistas que se avecinaba un proceso de purificación y describió un grandioso duelo entre el Bien y el Mal. Además de Vicario Castrense, Tortolo era presidente de la Conferencia Episcopal, en cuyas reuniones plenarias defendió el uso de la tortura con argumentos teológicos.

En 1995 el capitán de la Armada Adolfo Scilingo reveló que la jerarquía eclesiástica había aprobado los métodos bárbaros de ejecución de prisioneros y que los capellanes se encargaban de acallar con frases bíblicas los escrúpulos de los oficiales que dudaban de la legitimidad de las órdenes de asesinar a prisioneros indefensos. Según Scilingo, Tortolo aprobó el asesinato de prisioneros durante los vuelos sobre el mar, aduciendo que se trataba de una forma cristiana de muerte.

En 1981, a Tortolo le sucedió José Miguel Medina, quien había dado pruebas de apoyo incondicional a la dictadura militar. Ernesto Reynaldo Samán, un antiguo detenido político, declaró a la CONADEP que durante una misa en la cárcel de Villa Gorriti, Jujuy, Medina dijo que conocía lo que estaba pasando, pero que los militares estaban obrando bien y que debíamos comunicar todo lo que sabíamos, para lo cual él se ofrecía a recibir confesiones. También a Eulogia Cordero de Garnica le planteó su versión cuartelera del sacramento de la confesión: Me dijo que yo tenía que decir todo lo que sabía... y entonces iba a saber donde estaban mis hijos, que en algo habrán estado para que yo no supiera dónde estaban. A Carlos Alberto Melián, Medina le dijo que varios detenidos que fueron sacados una noche de sus celdas y de los que no volvió a saberse, habían sido juzgados y fusilados en Tucumán. Estamos en una guerra sucia, arguyó.

También los católicos podían ser infieles

Durante una reunión con la Junta Militar en 1976, Tortolo solicitó que antes de detener a un sacerdote las Fuerzas Armadas avisaran al obispo respectivo. Pero la jerarquía eclesiástica colaboró con los militares en el secuestro y desaparición de algunos religiosos incómodos. En ocasiones las órdenes las dieron los mismos obispos a los militares, un caso sangrante de deslealtad hacia los suyos. La Marina no se metía con nadie de la Iglesia que no molestara a la Iglesia. Esas indicaciones también se dieron en algunas órdenes religiosas, como los jesuitas, dirigidos desde 1973 en Argentina por Jorge Mario Bergoglio, hoy conocido en el mundo entero por ser cardenal primado de Argentina y tratar de competir con el nazi Ratzinger para ocupar la máxima jefatura del Vaticano. Bergoglio tenía una vinculación muy estrecha con el sanguinario almirante Emilio Massera.

Bergoglio entregó a algunos jesuitas y otros tuvieron que exiliarse. Algunos fueron torturados, como Juan Luis Moyano Llerena, detenido cuando aún era seminarista, quien salvó la vida por gestiones de su padre, que había sido ministro de Economía.

El 23 de mayo de 1976 la Infantería de Marina detuvo en el barrio del Bajo Flores al jesuita Orlando Yorio, manteniéndolo durante cinco meses desaparecido. Una semana antes de la detención, el arzobispo Aramburu le había retirado las licencias ministeriales, sin motivo ni explicación. La Armada interpretó tal decisión y, posiblemente, algunas manifestaciones críticas de Bergoglio como una autorización para proceder contra él. Sin duda, los militares habían advertido a ambos acerca de su peligrosidad. El periodista argentino Horacio Verbitsky sostiene en su libro El silencio (Editorial Sudamericana, febrero de 2005) que Bergoglio o alguien muy próximo a él estuvo presente en los interrogatorios.

Además de Yorio, están los casos de Francisco Jalics y Mónica Mignone, de cuyo secuestro los jesuitas nunca formularon ninguna denuncia. Entre los catequistas y religiosos secuestrados y desaparecidos están Mónica Quinteiro, María Marta Vázquez Ocampo y su marido César Lugones. Otros dos curas, Luis Dourrón, que luego dejó los hábitos, y Enrique Rastellini, también actuaban en el Bajo Flores. Bergoglio les pidió que se fueran de allí y cuando se negaron hizo saber a los militares que no los protegía más, y con ese guiño los secuestraron.

En la siniestra ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) fueron recluidos los religiosos vinculados a la doctrina del Concilio Vaticano II.

Durante el juicio a las juntas militares en 1985, y en años posteriores, se escucharon muchos testimonios de supervivientes y familiares de desaparecidos sobre la colaboración de los estamentos religiosos con la represión. Nada de eso hubiera sido posible si las relaciones de Pablo VI con el almirante Emilio Massera no hubieran sido tan cordiales como lo fueron.

Durante todo el periodo de la dictadura monseñor Graselli llevó un fichero minucioso con datos sobre los desaparecidos, que fue secuestrado por la Cámara Federal de La Plata que tramitó los juicios de la verdad. Grasselli fue citado a comparecer en numerosos juicios. Se cuentan diálogos espeluznantes entre Grasselli y los familiares desesperados de la víctima que lo visitaban: las listas que revisaba con la Armada, sus declaraciones sobre si estaban vivos o muertos, sus mentiras, su visitas a los secuestrados en la ESMA y sus vínculos con los marinos del grupo de tareas del almirante para participar en la reinserción de los secuestrados...

Cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos visitó la ESMA en 1979 no encontró ni rastro de los secuestrados. Con la ayuda de la Iglesia, la Armada los había escondido en la isla El silencio. No se conoce otro caso en el mundo de un campo de concentración en una propiedad eclesiástica. Los militares golpistas en el poder se habían puesto de acuerdo con la jerarquía católica para ocultar los secuestros y torturas. La Iglesia católica había vendido a la Armada un campo de concentración que hasta entonces había sido el lugar habitual de recreo del cardenal arzobispo de Buenos Aires. El vendedor era Grasselli y el comprador el marino Jorge Radice, responsable de los negocios inmobiliarios de la ESMA. La transacción se hizo con documentos falsos secuestrados a uno de los prisioneros de la Marina.

Los últimos secuestrados de la ESMA —el caso de Telma Jara de Cabezas— permanecieron ocultos o como trabajadores esclavos u obligados a acompañar en jornadas de pesca a sus captores en la isla.

El sacerdote venezolano Alfonso Naldi también participó en la operación de encubrimiento tramada por Grasselli para enviar al exterior a los secuestrados de la ESMA ocultándolos a los ojos de la inspección internacional.

La ley del silencio

En sus libros el general Díaz Bessone, a quien ya hemos presentado, explica que el método de la desaparición forzada se adoptó por temor a la reacción del Vaticano. En el documental de Robin, añade las razones de la clandestinidad represiva tomando como referencia los fusilamientos del 17 de setiembre de 1975 en España:

¿Usted cree que hubiéramos podido fusilar 7.000? Al fusilar tres no más, mire el lío que el Papa le armó a Franco. Se nos viene el mundo encima. Usted no puede fusilar 7.000 personas.

Díaz Bessone continuaba: ¿Y si los metíamos en la cárcel, qué? Ya pasó acá. Venía un gobierno constitucional y los ponía en libertad. Porque esta es una guerra interna. No es el enemigo que quedó del otro lado de la frontera.

Al declarar en el juicio a las juntas de 1985, el periodista Jacobo Timerman explicó también por qué se había resuelto proceder al margen de la ley. Massera le dijo que una palabra del Vaticano afectaría el crédito internacional.

Sería preferible que dictaran la ley marcial y aplicaran la pena de muerte, pero con oportunidad de defensa ante un tribunal, argumentó Timerman.

En ese caso intervendría el Papa, y contra la presión del Papa sería muy difícil fusilar, respondió un colaborador de Massera.

Pocos meses después el propio Timerman fue secuestrado. En demostración de su teoría, salvó la vida por la intervención del Vaticano. Éste es un poder fáctico sobre muchos países del mundo; decide sobre la vida y la muerte de miles de personas.

Por fin, presionado por sus propios fieles, en mayo de 1977 el Episcopado argentino pidió explicaciones al gobierno sobre los desaparecidos. El dictador Videla respondió que había cinco causas de desaparición: pase a la clandestinidad, eliminación por parte de la propia subversión, autosecuestro para desaparecer del escenario político, suicidio y, por último, un exceso de la represión de las fuerzas del orden. Dijo que era imposible cuantificar el origen de cada uno de esos hechos, que no son justificados pero pueden ser comprensibles. Esta cínica afirmación motivó una alborozada carta del presidente del Episcopado, cardenal Primatesta: al hablar así Videla mostró la rectitud y sinceridad varonil, la firmeza y valentía cristiana, que le adornan y honran en su lucha abnegada contra la conspiración de maldad y violencia de la antipatria.

En diciembre de aquel año Videla insistió ante periodistas extranjeros que los desaparecidos no están, no existen, están desaparecidos. El ex general Viola los llamó en 1979 ausentes para siempre. El ex general Galtieri dijo al año siguiente que el Ejército no daría explicaciones y el ministro del Interior, general Harguindeguy, se jactó de que los hombres de la dictadura sólo se confesaban ante su Dios.

La siniestra frase del dictador Videla, junto con la idea eclesiástica de que las desapariciones son una forma católica de muerte vuelve una y otra vez, como una lección que las masas oprimidas de todo el mundo no pueden olvidar. Nada tiene más visibilidad en Argentina que los desaparecidos.

En 1977 fueron secuestradas tres Madres de Plaza de Mayo cuando juntaban firmas y dinero dentro de una iglesia para publicar una denuncia sobre la desaparición de sus hijos. La jerarquía católica no protestó. Cuando la Conferencia de Superioras de las Ordenes Religiosas de Francia pidió a la Iglesia católica argentina que intercediera por las dos religiosas que fueron secuestradas junto con las Madres, el cardenal Primatesta respondió que esperamos que las acusaciones veladas o abiertas de connivencia de sacerdotes o religiosos con asociaciones o movimientos de tipo subversivo inaceptables para el cristiano, sean todas aclaradas, y que nadie haya sido culpable de semejante error criminal.

Hoy sabemos que después de ser torturadas en la ESMA, las tres Madres fueron arrojadas al mar desde aviones. Pero las aguas no fueron cómplices de los asesinos y devolvieron sus cuerpos a la playa. Hasta 2005 no se identificaron sus restos. Los desaparecidos aparecían; los olvidados no lo fueron jamás.

Los obispos presionan

En febrero de 2003 el pleno del Tribunal Supremo argentino concedió una audiencia insólita al obispo castrense Antonio Juan Baseotto que formaba parte de la campaña de presiones y amenazas del Ejército para convalidar las leyes de impunidad. Baseotto prometió a los jueces el apoyo político de la Iglesia que los jueces reclamaban para confirmar la impunidad de los oficiales de las Fuerzas Armadas involucrados en la guerra sucia.

Baseotto, de 71 años, es uno de los obispos más reaccionarios del clero local. En 1999 acudió a una comparación asombrosa: Si no hay que olvidarse de Cabezas, tampoco hay que silenciar la muerte que provocan los abortos. No sabemos si Cabezas era inocente o no, pero sí nos consta que la criatura en gestación es inocente. Completó el razonamiento con otra analogía: son hipócritas quienes apoyan el aborto pero se hacen cruces por las víctimas de los nazis.

Baseotto fue designado obispo castrense en noviembre de 2002. Ese mismo mes el jefe del Ejército se reunió con algunos magistrados del Tribunal Supremo para exigirles la convalidación de la ley del silencio.

El 12 de febrero Baseotto pidió la audiencia por escrito, en una carta con membrete y sello del Obispado Castrense de Argentina, dirigida al presidente del Tribunal Supremo. En ella declaró su intensión, con S, de expresarles el pensamiento de la Santa Sede acerca de la situación nacional y la problemática de la misma. Sin embargo, el único tema de conversación fueron las leyes de punto final y de obediencia debida. Baseotto reconoció que acudía en nombre de un Estado extranjero a interceder por la reconciliación y la unidad nacional. Reconciliación es una palabra que en todas partes significa impunidad. Les aseguró a los jueces que contaban con el apoyo de la Iglesia para tapar definitivamente la página negra de todos ellos. Había que empezar a blanquear la historia.

Angola: la Iglesia Católica desaloja a miles de familias pobres de sus casas para especular

El gobierno de Angola está llevando a cabo numerosos desalojos de familias pobres a petición de la Iglesia Católica en la capital, Luanda.

En 1998, el gobierno angoleño devolvió formalmente al Vaticano los terrenos que ésta poseía con anterioridad a la independencia (1975), en respuesta a una petición formulada por el difunto Papa Juan Pablo II durante su visita a Angola en 1992. Sin embargo, muchas familias llevaban años viviendo en esos terrenos –en el barrio luandés de Wenji Maka– algunas incluso décadas.

Un informe publicado en 2006 por Cristian Aid y SOS Habitat, para la promoción del derecho a la vivienda, dijo que los desalojos estaban siendo supervisados por las autoridades angoleñas, que actuaban en colaboración con las compañías privadas de seguridad y que a menudo se aplicaba una violencia extrema para obligar a las familias a abandonar sus hogares.

Desde 2001 hasta mayo de 2006, miles de familias han sido desalojadas a la fuerza, casi siempre sin previo aviso a las familias afectadas. Decenas de miles de personas se han quedado sin alojamiento y cientos de familias aún viven entre las ruinas.

Las casas están siendo arrasadas por excavadoras, muchas veces con las pertenencias de la familia todavía adentro, incluso documentos de identidad, libros de escuela, lo cual ha dejado a algunos niños sin la posibilidad de continuar su educación.

Antes las personas eran desalojadas a la fuerza y en algunos casos se les disparaba; ahora se ha llegado a negociar [con los desalojados] para encontrar alojamientos alternativos, dijo un responsable local del ACNUR. Pero todavía queda mucho por hacer.

Desde septiembre de 2004 se han demolido repetidamente casas de residentes en el municipio de Kilamba Kiaxi para despejar el terreno a proyectos de edificación de viviendas públicas y privadas.

Los desalojos forzados de los dos últimos años se han efectuado a petición de la Iglesia Católica.

Cuando el gobierno angoleño concedió a la Iglesia Católica la titularidad de los terrenos no tuvo en consideración a las personas que ya residían en ellos, y la policía nacional ha intentado en repetidas ocasiones expulsar a más de 2.000 familias de la zona en la que la Iglesia Católica tiene intención de edificar.

El arzobispo de Luanda justificó las medidas adoptadas por sus jefes del Vaticano con la frase: La justicia absoluta puede desembocar en injusticia.

Angola salió en 2002 de una guerra civil que duró 27 años, pero desde el establecimiento de la paz, las enormes reservas de petróleo, diamantes y otros recursos naturales con que cuenta el país han atraído a muchas multinacionales hacia Luanda, que a su vez han atraído a la población en busca de trabajo, aumentando la presión sobre el sistema de viviendas existentes.

La Iglesia Católica pretende construir, especular con los terrenos y la necesidad de vivienda. Sian Curry, de Cristian Aid, dijo que los barrios pobres estaban siendo sustituidos por zonas de clase media que acogieron a la comunidad de expatriados en crecimiento, puesto que las casas estaban siendo vendidas por cerca de 500.000 dólares y estaban fuera del alcance de los pobres.

Durante la guerra civil la población de Luanda alcanzó los 4'5 millones de habitantes, frente a una población precedente a la independencia de apenas 500.000 personas, debido a las migraciones de la población rural hacia la ciudad. Cerca de la mitad de los 16 millones de angoleños tienen acceso al agua potable, mientras que la esperanza de vida es de 40 años. Más que dos tercios de los angoleños viven con 2 dólares diarios o menos. 4 millones de ellos sobreviven con menos de 0'75 dólares diarios.

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