¿Nos conformamos con cualquier clase de República?

El 14 de abril se conmemora el 75 aniversario del surgimiento de la II República y son muchos los que se refieren a la necesidad de luchar por una III República, aunque dejan en una nebulosa lo que esa III República debe representar. Incluso en ocasiones parece que simplemente se trata de restaurar aquella II República. Nuestro Partido, por el contrario, viene sosteniendo que aquellos tiempos han pasado y que es necesario encarar el futuro y dar contenido a un programa antifascista revolucionario, concretado en la República Popular, que es una República que está más cerca del 16 de febrero, que del 14 de abril.

España es y ha sido el país de la Inquisición y el franquismo. Aquí no hemos degustado aún el sabor de la libertad; sólo en épocas muy breves de nuestra historia hemos disfrutado de ella, apenas chispazos intermitentes de su luz. Así que estamos hambrientos, no sólo de libertad sino también de democracia y de disfrute de unos derechos elementales. España es el país en el que durante siglos los derechos eran delitos; por ejemplo no sabemos aún lo que es el derecho de asociación pero sí sabemos lo que son las asociaciones ilegales; no sabemos lo que es la libertad de expresión pero sabemos lo que es el delito de apología.

Así, el juez fascista Grande Marlasca, que pretende llegar muy pronto a la altura de Garzón, ha prohibido una reunión de un partido político en San Sebastián; algunos de sus dirigentes siguen en prisión, nuestros camaradas pasan de las cárceles francesas a las cárceles españolas,...

Todo sigue igual. Ellos quieren la tregua pero no dan tregua. Ellos no deponen sus armas judiciales, carcelarias, políticas, represivas y militares.

Por eso algunos creen que con cualquier clase de República esto cambiaría; todo lo achacan a la monarquía impuesta por Franco. Pero es que Franco no sólo impuso la monarquía sino que impuso todo lo demás: impuso la Audiencia Nacional, impuso la Guardia Civil, impuso la Constitución e impuso el terror de una manera institucionalizada, de manera que a veces casi no caemos en la cuenta de que vivimos en un país de terrorismo de Estado permanente.

Por tanto, no podemos seguir soñando con otro 14 de abril de 1931; no nos basta con exigir una III República ni la misma bandera tricolor. Aquellos tiempos pasaron para no volver. Desde 1931 España ha cambiado todos sus fundamentos económicos y sociales. Cierto que eso ha sucedido en las peores condiciones posibles para las masas, mediante 50 años de terror fascista; pero en cualquier caso, esos cambios son irreverribles: España dejó de ser un país agrario y semifeudal para convertirse en un país de capitalismo monopolista de Estado blindado por un régimen politico fascista que -no obstante los cambios- no ha cesado.

En 1931 cayó la monarquía, que en España ha simbolizado siempre lo peor, la más negra reacción, y llegó la II República en medio de un entusiasmo generalizado de las masas, que habían luchado por ella durante décadas. Para las masas oprimidas, en España la República es, pues, símbolo de progreso y de libertad y nadie más que ellas habían peleado por su llegada. El 14 de abril fue una explosión de alegría; los obreros y las masas oprimidas salieron a la calle a celebrar la apertura de lo que entonces creían que era toda una nueva época.

Pero la clase obrera no estaba entonces en condiciones de ponerse a la cabeza de aquel formidable movimiento de masas y el Partido Comunista no tenía una línea política adecuada a la situación. Como en una pinza, los trabajadores estaban sometidos a la influencia del reformismo del PSOE y el izquierdismo de la CNT. Ello permitió a la burguesía dirigir el proceso en provecho de sus propios intereses de clase. Para contener la oleada de luchas, trataron de embaucar a las masas con unas reformas superficiales sin dejar de sacar a la calle a la Guardia Civil para aplastar cualquier movilización popular que se les fuera de las manos.

Por ello, como no podía ser menos, el 14 de abril se dio la paradoja de que las estaban entusiasmadas ante un gobierno burgués que se aprestaba a traicionar sus más sentidas aspiraciones.

En cualquier caso, no cabe duda de que la República abrió a los comunistas la posibilidad de realizar un trabajo amplio y abierto entre los obreros y campesinos, lo cual exigía tener en cuenta la verdadera situación del país. Con la ayuda de la Interncional Comunista, los comunistas españoles rectificaron, se pusieron a la cabeza de las masas y pronto, en sólo cinco años, forjaron un gran Partido que fue capaz de encabezarlas en una feroz guerra, constituyéndose en un ejemplo para los revolucionarios de todo el mundo.

La República sigue siendo un anhelo, sinónimo de apertura de un nuevo periodo de prosperidad en el que los obreros y demás sectores populares puedan alcanzar sus aspiraciones más sentidas. Pero hoy no se trata de soñar sino de empujar para alcanzar esa meta; para conquistar la libertad hay que acabar con las décadas de insomnio fascista entre tinieblas. No va ser nada fácil; sabemos cómo se las gastan los fascistas hispánicos que hablan de paz mientras sujetan fuertemente la cuerda con la que nos tienen sujetos del pescuezo. Cuanto más aprietan es porque saben que luego tienen que aflojar.

Por nuestra parte, nosotros no ocultamos las dificultades; estamos obligados a decir la verdad y alertar de que hoy una nueva República exige transformaciones sustanciales y de gran calado, tanto económicas como políticas. Que si no volvemos la vista atrás, a 1931, y miramos al futuro, la República por la que luchamos tiene que tener en cuenta los cambios económicos y sociales que ha experimentado el país desde entonces. Que a aquella gloriosa bandera tricolor por la que ofrendaron su vida millones de antifascistas hoy hay que añadirle una estrella roja de cinco puntas que simboliza la República Popular, la dirección proletaria, la solidaridad de las nacionalidades oprimidas en esta lucha comun y, especialmente, que ya no nos conformamos con una República burguesa que nos engañe con falsos cambios de fachada. Una República Popular dirigida por el proletariado tiene que conducir a cambios a la vez democráticos y revolucionarios directamente enfilados a poner las bases del socialismo.

Francamente: aspiramos a la expropiación de todos los grandes capitalistas. Por eso González Urbaneja, presidente de la Asociación de la Prensa, anda diciendo por ahí a los cuatro vientos que para sobrevivir nos hemos convertido en una banda de delincuentes comunes que no piensa más que en las expropiaciones financieras. Pues la verdad es que por esta vez ha acertado: nosotros, como todos los trabajadores explotados, ya no podemos sobrevivir con salarios de hambre y aspiramos a que acabe esta orgía de corrupción en la que los grandes especuladores mafiosos estilo Marbella y los políticos que amparan sus fabulosos negocios, se enriquecen a costa del sudor y el esfuerzo de la inmensa mayoría. Ahora a los especuladores les sacamos lo que podemos muy poco a poco; la República Popular les sacará todo y de un solo golpe.

Cuando el proletariado revolucionario acuda en masa a la Plaza de la Cibeles no será para celebrar un triunfo del Real Madrid sino para asaltar el Banco de España. Quizá les ocurra como a aquellos otros de Petrogrado que intentaron lo mismo en 1917. Los funcionarios del banco ruso se encerraron en la cámara acorazada del banco que, como recuerda Reed, fue el último baluarte burgués en caer. Pero los obreros no querían llevarse el dinero; querían llevarse el banco.

La República Popular por la que nosotros luchamos, además, de las viejas aspiraciones democráticas, resume también la necesidad de expropiar a los grandes financieros y capitalistas, es decir, el socialismo.

Seguimos leyendo cosas que nos sorprenden. Por ejemplo, que Franco se levantó contra la República. No es muy exacto: en realidad Franco se levantó contra el Frente Popular. Después del 16 de febrero de 1936 la República ya no era la misma que la que había aparecido en 1931: era ya una República Popular.

Ya no pueden ocultar que fue la URSS (nada menos que la URSS de Stalin) el principal apoyo que tuvieron los demócratas españoles en su lucha contra el fascismo. Como eso no cuadra, los historiadores tienen que buscar determinadas explicaciones a esa anomalía y afirmar, entre otras cosas, que ese apoyo fue interesado (por lo del oro de Moscú). Pues si eso fue así, hay otra cosa que tampoco cuadra: cuando la II República es derrotada, fueron la URSS y los demás países del bloque socialista los últimos en mantener relaciones diplomáticas con el gobierno republicano en el exilio, hasta el final, cuando los países democráticos occidentales tenían abiertas embajadas en el Madrid fascista. Y otro dato para los olvidadizos: ante la falta de fondos del gobierno republicano en el exilio, eran los países socialistas los que pagaban los gastos de las legaciones diplomáticas en sus propios países...

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