Joaquín Arderíus
(1885-1969)

Joaquín Arderíus y Sánchez Fortún nació en Lorca (Murcia) en mayo de 1885, en el seno de una familia acomodada. Cursó estudios en un colegio de religiosos en Madrid y, más tarde, conocimientos de ingeniería en Lieja, Bélgica.

Desde muy joven, abandonó estas labores para dedicarse íntegramente a la política y a la literatura. Participante activo en todos los movimientos revolucionarios durante la dictadura del General Primo de Rivera, fue encarcelado varias veces en aquella etapa entre 1923 y 1929. En la cárcel trabó amistad con Marcelino Domingo y conoció a Valle-Inclán.

Hacia 1929 aparece en la escena cultural española una nueva generación de intelectuales políticamente enriquecida en su lucha contra la Dictadura y consciente de la necesidad de cambios sociales en las estructuras económicas del país.

Esta nueva generación, a la que podríamos llamar de la Segunda República y que convive con las anteriores, quiso asumir desde muy pronto las responsabilidades a que le llamaba su hora histórica. Se encontró dispuesta desde el primer momento, como escribió Díaz-Fernández a no privar a la política de la magna ayuda de las letras, levantando la cultura hasta el vértice de su bandera, que no era otra sino la lucha revolucionaria.

Surgen así las primeras revistas y editoriales dirigidas y animadas por esta nueva generación llena de espíritu propagandístico. En 1927 Arderíus fundó la editorial Oriente, en compañía de Díaz-Fernández, Jose Antonio Balbontín, Díaz Caneja, Justino Azcárate y Giménez Siles, entre otros. Oriente fue la primera de las editoriales que, teniendo como programa la traducción de obras avanzadas, consiguió un éxito inicial sorprendente, hasta para sus propios organizadores.

Pero la labor más importante de Arderíus como intelectual comprometido, fue la de dirigir, con Díaz-Fernández y Antonio Espina, la revista Nueva España. La publicación apareció en enero de 1930 y, según su manifiesto programático, pretendía servir de enlace de la generación de 1930 y el más avanzado de las izquierdas españolas. Su tirada inicial fue de 40.000 ejemplares. En sus páginas aparecieron trabajos de Zugazagoitia, Gorkin, Sender, etc., manteniéndose en la vanguardia de la lucha contra la dictadura y abogando por un nuevo republicanismo.

En 1930 tomó parte en el levantamiento republicano de Fermín Galán y García Hernández y, desde la óptica del partido radical-socialista, contribuyó al advenimiento de la República, si bien después se radicalizó, atacando el aburguesamiento de los partidos dirigentes al estimar, como escribió en la Crónica de 28 de junio de 1931, que este Gobierno más que un Gobierno de coalición es un Gobierno homogéneo de reacción, por lo que en 1929 se afilió al Partido Comunista, en el que militó hasta 1932 ó 1933. Después se afilió a la Izquierda Republicana.

Durante la guerra civil ocupó la presidencia del Socorro Rojo Internacional, exilándose en 1939, primeramente a Francia y luego a México, al producirse la invasión de París por las tropas del III Reich.

En la capital azteca ejerció funciones de agregado de prensa en la embajada del Gobierno republicano, logrando más tarde un modesto empleo en el Ministerio de Educación Nacional. Durante su largo exilio abandonó por completo su dedicación novelística y solamente escribió una vida de Don Juan de Austria para una editorial de divulgación y algunas colaboraciones en la prensa.

Murió en México el 20 de enero de 1969.

La obra de Joaquín Arderíus se compone de catorce novelas, una vida de Fermín Galán, escrita en colaboración con José Díaz-Fernández, y multitud de artículos esparcidos por la prensa durante muchos años de actividad. Impregnada toda ella de una fuerza lírica, exuberante y caótica, dentro de un naturalismo exacerbado, y hoy sumida en un injusto divido, Joaquín Arderíus era considerado por Díaz-Fernández en 1928 como el novelista joven de más categoría y solvencia.

Su primera novela Mis mendigos publicada en Madrid en 1915, revela ya la potencia exaltada de su imaginación, el carácter híbrido de sus elucubraciones mentales y su complejo mundo artístico, originado en Nietzsche y Dostoievsky. Así me fecundó Zaratustra (Madrid, 1923), uno de los títulos más sorprendentes de nuestra historia literaria, narra la derrota del superhombre, encarnado en un escritor alucinado, y constituye una visión grotesca de la humanidad, una imagen muy pesimista del hombre.

Este brillante inicio novelesco tiene su continuación en Yo y tres mujeres (Madrid, 1924); Ojo de brasa (Madrid, 1925); La duquesa de Nit (Madrid, 1926); La espuela (Madrid, 1927); Los príncipes iguales y El baño de la muerta (Madrid, 1928) y Los amadores de Manqueses y Justo el Evangélico (Madrid, 1929), constituyendo un abigarrado mundo de alucinantes personajes, ex-hombres poseídos por las más absurdas pasiones, mezcla de fantasía y realismo, de crueldad y ternura, en una atmósfera de pesadilla y con un sarcasmo delirante.

En su escritura Arderius experimenta una marcada evolución que le lleva desde el expresionismo, en sus inicios (es posiblemente el mas claro exponente de esta corriente literaria en España, en el campo de la narrativa), hasta el nuevo romanticismo o novela social, en la ultima etapa. No obstante estas adscripciones, muestra una fuerte personalidad que hace difícil su encasillamiento, asi como un lenguaje original lleno de elementos visionarios y poéticos.

Con el último título, Justo el Evangélico, novela de contrabandistas, pescadores de Levante y gitanos, gentes que tienen un odio más viejo que los montes, y sobre todo con El comedor de la pensión Venecia (Madrid, 1930), Arderíus inicia un cambio en sus posiciones novelísticas. Anunciada como novela de locos, narra las vidas oscuras de seres pertenecientes a la pequeña burguesía que giran alrededor de la mesa del comedor de la casa de huéspedes como los astros sobre su obligada constelación. Pero ya en medio de tanta fiebre, surge en la mente de algunos de ellos la idea inalterable de la justicia social.

Con Lumpenproletariado (Madrid, La novela roja, 1931) y Campesinos, Joaquín Arderíus entronca ya directamente con el grupo de novelistas sociales y proletarios de preguerra, más jóvenes que él y que le habían tenido por maestro (Arconada, Benavides, Carranque de Ríos, Díaz-Fernández, etc.). En este mismo año aparece Vida de Fermín Galán, escrita en colaboración con José Díaz-Fenández, apasionada biografía del célebre capitán republicano que, escritor asimismo, obtuvo la admiración de la intelectualidad de aquellos años.

La última novela publicada por Joaquín Arderíus, Crimen (Madrid, 1934), repite el clima de El comedor de la pensión Venecia, en un complejo entramado, casi teatro dialogado, y una curiosa mezcla de folletín y reportaje social, en un momento en que las izquierdas, derrotadas en las elecciones de febrero, y la clase obrera estaban en un obligado compás de espera. La novela refleja ese hundimiento físico y moral de una parte del cuerpo político español.

Con el silencio posterior de Arderíus, la novelística española perdió una de las figuras más originales del siglo XX y la novela revolucionaria, en concreto, a su más cualificado portavoz.

Desde aquellos lejanos años, el polvo del olvido ha caído sobre este gran novelista. No obstante, la obra de Joaquín Arderíus debería estar llamada a gozar de popularidad y prestigio. Casi todas sus novelas se desarrollan en un doble plano de difícil fusión: la superfantasía y la infrarrealidad; un naturalismo exacerbado y un imaginismo lírico que roza las cumbres del absurdo, llegando en muchos momentos a transformarse en literatura poemática.

Su auténtica ansia de libertad creadora le llevó a romper amarras con la novela tradicional, hasta convertirse en un narrador extraño, solitario y extravagante, cronista de una sensibilidad enfermiza que tiende a su desaparición frente al empuje vigoroso de nuevas corrientes sociales renovadoras. Entronca, por otra parte, con ciertas corrientes del teatro y la novela modernas en su entraña lírica y subjetiva, superando en muchos casos las más atrevidas fantasías surrealistas de la actualidad.

En resumen, la obra de Joaquín Arderíus, mezcla de violencia y ternura, realismo e imaginación, erotismo y pasiones, cósmica y aniquiladora, constituye un testimonio muy válido de la aguda crisis de nuestra sociedad, un grito en la niebla, un patético trozo de humanidad: un apasionante legado sobre la caótica situación del hombre en la sociedad burguesa.

Campesinos, publicada en Madrid por la Editorial Zeus en 1931, representa uno de los acercamientos más interesantes a lo que los novelistas y críticos de la literatura de avanzada, entendían por literatura revolucionaria. Escrita bajo el prisma de la lucha de clases, reitera la grave situación del campesinado, en lucha con los terratenientes y la legalidad republicana, que no duda en cargar con sus fuerzas represivas los alborotos en demanda de tierra. Recibida con gran entusiasmo por la crítica, fue traducida al ruso y obtuvo en la patria del proletariado un resonante éxito. En una entrevista publicada en Nosotros en agosto de 1931 Arderíus proclamó: Nada de literatura pequeño-burguesa. Es ya momento de que los escritores que sientan la conciencia de clase empiecen a escribir en forma y defensa proletaria.

En una entrevista publicada en La Libertad el 12 de julio de 1931, bajo el epígrafe Los novelistas y la vida nueva, el novelista resumió con lucidez los problemas de este tipo de novela en España:

A mi juicio, en España no ha comenzado a publicarse la auténtica novela social. Pero esto, para mí tiene una explicación rotunda: la de que en España no se ha hecho aún la revolución social, ni siquiera la política. La verdadera novela social es la novela que surge de una revolución. No la que se hace en la gestación de una revolución [...] De este tipo de novelas, con las diferencias de sensibilidad y jerarquía intelectual que media entre los artistas, se hacen hoy en España algunas. Muy pocas. Con los cinco dedos de la mano sobran dedos para enumerar a los escritores que las hacen [...] Creo que esto es lo más que puede hacer hoy en España el hombre que siente la angustia social que nos envuelve y que trabaja con la pluma [...] ¡A ver cuándo podemos hacerla!
Con Campesinos Arderius intentó realizar ese tipo de novela, tal y cómo se realizaba ya en Rusia y en Alemania. Entonces uno de aquellos críticos literarios dijo: Hasta ahora la revolución no ha producido sino una novela. Esta novela se llama Campesinos. El 7 de noviembre de 1931 Díaz-Fernández escribió también en Crisol que Arderíus era el mejor preparado para realizar esa novela de muchedumbres, donde las inquietudes encuentran expresión.

Efectivamente, Campesinos describe una toma de conciencia, un despertar desde la sumisión a la revolución, una trayectoria desde la ignorancia a la lucidez proletaria. Es una novela de masas, un gran fresco de la desesperada situación de los jornaleros al advenimiento de la Segunda República y una dura crítica a las débiles instituciones que deberían defender los intereses de los pobres.

La miseria extrema a que ha llegado un pueblo de campesinos, expoliado por los terratenientes y los recaudadores de contribuciones, provoca un levantamiento general, la toma del Ayuntamiento y la correspondiente constitución de un Consejo de obreros y campesinos. Este es el núcleo esencial del relato, que termina con la llegada de la Guardia Civil para acabar violentamente con la revolución. Y se cierra con estas palabras, puestas en boca de una de los campesinos sublevados: Diles a esos, que están en la sala, que acaban de llegar los padres de la República para barrernos.

En el momento de escribir la novela Arderíus militaba en el Partido Comunista y la errónea línea política que entonces sustentaba se refleja claramente en la narración, con un abierto rechazo hacia las fuerzas republicanas que, sin embargo, no carecía tampoco de argumentos.

Narración fragmentaria, nos va presentando distintos actores en situaciones tendentes a su final enfrentamiento, en visión lineal de buenos y malos, y distinguiendo, entre los primeros, los ya organizados en partidos políticos revolucionarios, conscientes de que una actuación individual no conduce a nada, y que aleccionan a los campesinos en la consecución de una acción de masas, y es cuando esta se produce, en los capítulos finales, cuando la marcha hacia la capital del distrito se inicia, donde la prosa de Arderíus adquiere la categoría descriptiva de sus grandes páginas en un tiempo ascendente hasta la tragedia final.

Encierra asimismo, la patente contradicción entre la clase obrera y campesina y la imposibilidad republicana de solucionar tales problemas, tal y cómo se vería después en Casas Viejas. De ahí la convicción sincera de Arderíus de que solamente la revolución, no el simulacro pequeño-burgués que tenía vigencia en España, pudiera resolver estos graves problemas.

Campesinos se diferencia de las restantes obras de Arderíus en la transición realista desde una óptica que anteriormente era más bien poemática; en el abandono de todo el sicologismo delirante de sus personajes, hacia la consecución de un diálogo real, vivo, espontáneo y efectista.

Fue una lástima que Joaquín Arderíus decepcionado por los acontecimientos, tanto políticos como literarios, no intentara repetir este interesante documento que es Campesinos. Con él termina también la actividad novelística revolucionaria del autor. Por eso, en su última novela Crimen, escrita y publicada en 1934, en pleno bienio negro, pone en boca de un escritor revolucionario fracasado: El libro es necesario que sea barato y social y revolucionario. Pero no hay editoriales, y los escritores de tipo social revolucionario, nos tenemos que comer nuestros originales, teniendo masas que los reclaman.

Es una confesión del propio Arderíus.

Bibliografía y obras:

Don Juan De Austria. El Emperador Frustrado, Ediciones Nuevas, México, 1944

Para saber más de la biografía y la obra de Arderius existe una tesis doctoral de José Mula Acosta leída en 1990 en la Universidad de Murcia: La narrativa de Joaquín Arderíus. Constantes de una evolución: del expresionismo al nuevo romanticismo.

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