¿Quién fue realmente George Orwell? Los mitos orwellianos:
de la Guerra Civil española al holocausto soviético

Albert Escusa

Es innegable que la figura de George Orwell (pseudónimo del escritor Eric Blair) constituye uno de los mitos del siglo XX. Sus obras cuentan con una difusión de decenas de miles de ejemplares con continuas reediciones. Ha sido considerado en cierta manera el modelo de escritor independiente comprometido socialmente, una persona que supuestamente mantuvo sus convicciones sociales sin someterse a ningún dogma, que en aquellos tiempos se consideraba por muchos representado por el modelo marxista de la URSS. El escritor pasó a la fama a raíz de su participación en la Guerra Civil española. Como miembro de un pequeño partido político izquierdista británico, el Partido Laborista Independiente (ILP en inglés), llegó a Barcelona a finales de 1936 y fue voluntario al frente de Huesca, donde combatió entre las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Aunque nunca estuvo en la órbita de lo que se llamó comunismo oficial, en su experiencia española se sitúa el momento de desencanto total hacia esta doctrina y hacia la URSS. Orwell pasó a la posteridad por obras como Homenaje a Cataluña (su particular visión del conflicto bélico español), Animal farm (Rebelión en la granja) y 1984. Animal farm se escribió para satirizar la Revolución rusa de 1917 y su desarrollo posterior, y 1984 para mostrar el funcionamiento del socialismo soviético de manera análoga a un siniestro mundo totalitario. Por esto mismo ha sido glorificado como un mito por la izquierda anticomunista y por sus apologistas, como un revolucionario valiente, honesto y sincero que ante todo buscaba la verdad:

A George Orwell lo definen muchos críticos entusiastas como un hombre honrado, sincero, luchador incansable en pro de los desposeídos y de las clases oprimidas [...] Es la honradez típicamente orwelliana lo que le impide la asociación a cualquier dogmatismo, o a cualquier interés que no sirva a la verdad. Orwell está en todo momento en una continua revisión de sus planteamientos, para no verse atrapado en sus propias ideas, que podrían llevarlo a caer en el engaño e impedirle el acceso a la verdad. Más que un hombre de pensamiento es, sobre todo, un hombre de acción. Nunca se conforma con pensar y decir, sino que su profundo sentido de la responsabilidad humana, lo lleva a hacer (1).

Paradójicamente el mito de Orwell se ha construido de manera considerablemente dogmática. Como supuestamente ha representado la antítesis de los valores negativos que para muchos izquierdistas y progresistas tenía el modelo socialista soviético, fue relativamente fácil construir la leyenda y hacer pasar al escritor a la posteridad como un mito. Su obra y su visión del socialismo ha sido muy bien recibida en medios intelectuales y académicos considerados progresistas, descontentos o adversarios con las corrientes socialistas o comunistas vinculadas ideológicamente a la URSS. No obstante, más allá del clásico retrato del escritor, ciertas contradicciones palpables, que se analizarán más adelante, y que han sido reconocidas hasta por algunos de sus apologistas, deberían ser objeto de una reflexión cuando llega el momento de evaluar la vida y la obra de Orwell:

La contradicción permanente que es Orwell, que en un momento dice una cosa y en otro hace lo contrario ha sido, lógicamente, usada por sus detractores, quienes lo acusan de inconsistencia en sus juicios y actuaciones (2).

La vida real de Orwell ha sido poco estudiada, seguramente de manera interesada por la fuerza anticomunista que tuvieron sus obras. Tras su muerte, se publicaron sus cartas, que en España no se conocen o se conocen poco, lo que dio más razones para pensar que Orwell fue bastante diferente a la biografía comúnmente divulgada:

Orwell era un pseudónimo y como lo han revelado sus cartas recientemente publicadas, Eric Blair era muy distinto -y mucho menos admirable- que el literato George Orwell (3).

Por la fuerza que tuvo y todavía tiene el mito Orwell, es necesario esclarecer las intenciones y el papel que realmente tuvo en las luchas políticas del siglo XX. Lejos de dejarnos llevar por sus apariencias o sus aspectos emocionales -tan gratos a los acostumbrados a poner en los altares a ciertos personajes históricos-, es el análisis de las contradicciones de Orwell lo que posibilitará el conocimiento real de su dimensión política, que le llevó de empuñar un fusil en las trincheras españolas durante la Guerra Civil, a colaborar con los servicios secretos ingleses al final de su vida, pasando por aspectos muy poco divulgados como su racismo solapado y su antisemitismo. No es importante saber por que un escritor idealista que se considera a sí mismo revolucionario sufre fuertes desengaños: lo que interesa es conocer qué implicaba la posición política que escogió en cada momento. Orwell no es, ciertamente, un caso aislado de contradicciones políticas: algunos escritores con una dilatada trayectoria progresista, considerados brillantes, pasan al cabo de un tiempo a repudiar sus antiguas creencias y a defender activamente al imperialismo, como Mario Vargas Llosa. En el caso de Orwell se hace incomprensible entender la dimensión del mito valorando su producción literaria: no está considerado un escritor excepcional, sino un literato más bien limitado, tal y como explica T. R. Fyvel (4), quien fue su amigo personal y biógrafo. En tal caso, el estudio de los aspectos no literarios de Orwell son los que pueden ayudar a dar luz sobre su verdadero pensamiento social y político.

Desgraciadamente, influidos por el mito Orwell y por sus escritos sobre algunas cuestiones particulares, preferentemente las referidas a nuestra Guerra Civil, todavía encontramos muchas personas que se dejan arrastrar por un análisis superficial del escritor, por el Orwell aparente. Este es el caso de Pepe Gutiérrez por la Fundación Andreu Nin, en su escrito Orwell y la revolución rusa (5), que, al no penetrar en el contexto histórico y social que rodeó la vida y la obra de Orwell, opta por un abierto culto a la personalidad del escritor, sin profundizar para nada en sus aspectos políticos y lo que significó realmente su opción literario-política entre las ideologías del siglo XX.

La tesis de Pepe Gutiérrez es que Orwell sufrió en su país una censura de sus obras, durante la guerra mundial, por lo que supuestamente suponían sus posiciones políticas: mientras que el escritor encarnaría las cualidades de un limpio y puro revolucionario, el opuesto es ni más ni menos que el régimen estalinista aliado entonces a los Gobiernos democráticos occidentales contra Hitler. Nos encontramos aparentemente ante una grave falta de libertad de expresión, pero resulta que Orwell estaba tan lleno de idealismo que hasta llegó a pensar en autopublicarse la novela Rebelión en la granja pagándolo de su bolsillo.

Si empezamos a aislar los hechos de su contexto, seremos incapaces de hallar una explicación cabal de la historia, y esto es lo que le sucede a Pepe Gutiérrez. Por más que trata de demostrar que hubo una supuesta censura de la burguesía inglesa a las publicaciones de Orwell -lo que le daría un certificado de garantía anticapitalista y de izquierdas- no puede llegar a probarlo de ninguna manera. Y es que Orwell, no sólo no fue censurado, sino que fue esta misma burguesía inglesa (y también la norteamericana) la que poco tiempo después le protegería y promocionaría. La publicación de la novela de Orwell simplemente sufrió un aplazamiento de pocos meses, lo cual redundó indudablemente en beneficio del impaciente escritor. Para saber por qué la publicación de Animal farm fue aplazada, deberíamos comprender qué es lo que pasaba en el mundo en aquellos momentos. El apologista de Orwell recurre a una tesis que fue muy publicitada durante la Guerra Fría:

Por aquel entonces las democracias occidentales se encontraban en plena luna de miel junto al régimen estalinista, con el beneplácito de una izquierda que se veía legitimada desde la burguesía y desde el comunismo oficial. Era el momento en que se iniciaba la política de pactos históricos para el reparto del mundo.

¿Qué sucedía aquél año de 1943, mientras Orwell escribía su Animal farm? No era precisamente, como dice Pepe Gutiérrez el reparto del mundo, sino algo bien distinto que nos escamotea: los nazis hacía dos años que habían invadido la URSS, exterminando a millones de rusos y arrasando gran parte del país. Había tenido lugar la mayor batalla de la guerra, Stalingrado, y todavía no se sabía quién vencería en el conflicto, si la Alemania nazi o la Unión Soviética. Nadie podía predecir con seguridad que el nazismo sería extirpado de Europa, ni todavía se habían descubierto los campos de exterminio nazis, pero Orwell estaba obsesionado con sus escritos antisoviéticos. ¿Qué quería plasmar Orwell con su Rebelión en la granja? Nada más ni nada menos que lo siguiente:

El propósito específico que Orwell arrojó en ella con sentido de urgencia era el deseo de que explotara el myth de la Unión Soviética, como paradigma de estado socialista (6).

Sobran comentarios al respecto. Solamente cabe reflexionar a quién beneficiaba en 1943 esta postura de Orwell. La victoria fue precisamente conseguida por el pueblo soviético y el Ejército Rojo al precio de innumerables sacrificios humanos, también fácilmente olvidados en occidente, donde se oculta el verdadero carácter de la guerra antifascista. Es lógico que la URSS, que había sufrido una guerra de exterminio sin precedentes en la historia, y que derrotó asimismo a los regímenes colaboracionistas y fascistas de Europa del Este, junto con las guerrillas populares y comunistas, fuera vista como una potencia libertadora por amplios sectores de las poblaciones locales. Además, las guerrillas comunistas, ligadas ideológicamente a la URSS, habían llegado a tener un gran prestigio en toda Europa: tanto es así que, en las primeras elecciones generales francesas tras el nazismo, el Partido Comunista Francés fue el partido más votado, consiguiendo más de 5 millones de votos que representaban un 30 por ciento del electorado (7). Como veremos después, la URSS tenía motivos muy bien fundados para creer que se preparaba una nueva guerra en su contra, esta vez con el país arrasado, por lo que era lógico y legítimo que tratara de ganar aliados frente a la posibilidad de una nueva guerra mundial. Muy lejos queda esto del reparto del mundo y de intentar igualar al imperialismo con el socialismo, como se verá más adelante.

El entorno histórico de ‘Rebelión en la granja’ y ‘1984’

¿Qué acontecimientos tenían lugar en el mundo occidental por aquél entonces, que propiciaron un cambio de actitud favorable hacia las publicaciones de Orwell, de aquellos que antes eran reticentes? Ni más ni menos que la ofensiva inminente contra el socialismo, que ya había perdido casi treinta millones de vidas durante la guerra antifascista y había sufrido una espantosa destrucción material.

Mientras se estaban imprimiendo y encuadernando los primeros ejemplares de Rebelión en la granja, sucedían algunos hechos extremadamente inquietantes. Justo al finalizar la guerra, los espías y criminales de guerra nazis estaban siendo reciclados por los servicios de espionaje norteamericanos, como el general alemán de las SS Reinhard Genhlen (8), cuya red de espionaje pasó íntegramente a los norteamericanos y fue utilizada en el Este de Europa para promover los levantamientos antisoviéticos de Berlín Este en 1953 y Hungría en 1956. Se crearon redes clandestinas para evadir miles de criminales nazis hacia América Latina y EE.UU. Más tarde, derrotado el Japón, se repitió la operación con los científicos japoneses expertos en armas bacteriológicas, responsables de la muerte de decenas de miles de prisioneros aliados, pero que fueron llevados en secreto a EE.UU. Entretanto, durante la conferencia de Postdam de 1945, que reunió a los aliados vencedores de Hitler -donde tuvo lugar la supuesta luna de miel para repartirse el mundo- el presidente norteamericano Truman y el inglés Churchill, habían especulado ante Stalin sobre el poder que tenían los aliados occidentales con una nueva arma secreta. El 6 de agosto de 1945, se lanzó sobre Hiroshima la primera bomba atómica. Según Ian Grey, biográfo de Stalin:

Stalin y la mayoría de los rusos comprendieron inmediatamente el terrible significado de este hecho [...] Stalin se dio cuenta de que los americanos habían utilizado la bomba principalmente para impresionar y amenazar a Rusia (9).

Stalin y los soviéticos estaban en lo cierto: el secretario de Estado norteamericano, James Byrnes, reconoció que la bomba era necesaria no contra el Japón, sino para hacer a Rusia moldeable a Europa (10).

Como ha explicado el historiador Pauwels (11), la voluntad inicial de los soviéticos en Europa no era tener regímenes afines y su zona propia zona de influencia, sino intervenir en Alemania para evitar que ésta se involucrara en una segunda guerra, esta vez junto con sus antiguos aliados, contra la URSS. Lo demuestra el hecho que hasta bien entrada la postguerra, los soviéticos no ayudaron a realizar ningún cambio político-social en los países liberados. Fue la política nuclear de Truman la que obligó a los soviéticos a mantenerse frente a frente con los norteamericanos en Europa Oriental, disuadiendo así a la aviación norteamericana: de esta manera tendrían que realizar un largo viaje hasta llegar a las ciudades soviéticas donde debían arrojar sus bombas. Esto provocó que se aceleraran los cambios políticos y sociales en la Europa del Este que, de todas maneras, ya se estaban produciendo autónomamente desde el fin de la guerra gracias al triunfo de las fuerzas populares antifascistas. Este hecho no sólo salvó a la URSS de una nueva guerra y posibilitó que el socialismo sobreviviera: la estabilidad en la Europa Oriental puso las bases para un desarrollo las luchas de liberación nacional y por el socialismo en todo el mundo: en 1949 la victoria de la Revolución china presagiaba el triunfo de otras muchas, poniendo en peligro de muerte a todo el capitalismo.

Paralelamente, recién iniciada la Guerra Fría por el imperialismo, el conservador dirigente británico Churchill teorizaba sobre la necesidad de construir un Telón de Acero para contener a los comunistas y supuestamente pedía al presidente norteamericano Truman que se agrediera a la URSS con la bomba atómica mediante un ataque preventivo. Churchill no fue un personaje cualquiera, sino uno de los dirigentes más influyentes del Imperio británico, abanderado del colonialismo inglés y de la participación de su país en la I Guerra Mundial, responsable por tanto de muchos millones de muertos y de sufrimientos de pueblos. Esa fue la verdadera razón del retraso en la publicación de Rebelión en la granja. Orwell, naturalmente, durante la guerra antifascista no pudo ver publicada su obra antisoviética hasta el fin del conflicto, puesto que hubiera sido bastante torpe por parte los Gobiernos occidentales aliados a la URSS, que se jugaban la vida contra los nazis, criminalizar de esa manera a un Gobierno amigo. Por otra parte, en aquellos momentos, desde el modelo orwelliano, sería difícil comprender para la opinión pública occidental y mundial cómo era posible que el pueblo soviético luchara con tal grado de sacrificio y heroísmo, expulsando a los nazis de Europa: todos los otros regímenes burgueses, donde sí había libertad, se habían desplomado rápidamente y habían colaborado con los nazis.

Fue en relación con estos acontecimientos cuando se colocaron en los estantes de las librerías los primeros ejemplares de Animal farm. Justamente la publicación coincidió con el fin de la II Guerra Mundial y la disolución de la alianza antifascista entre Inglaterra, EE.UU. y la URSS. La primera edición es exactamente de 1945 en Inglaterra, publicada por Secker & Wargburg, de Londres, y de 1946 en EE.UU., publicada por Harcourt, de Nueva York. Los Gobiernos capitalistas, que inminentemente iban a promocionar Rebelión en la Granja, estaban valorando diferentes opciones para agredir a la URSS: desde rearmar a unidades alemanas como brigadas de choque para atacar a los soviéticos, hasta el lanzamiento de bombas atómicas preventivas. El prestigio que tenía la URSS entre todos los trabajadores del mundo, fundamentalmente los europeos que sufrieron las atrocidades nazis, era enorme, así como entre sectores intelectuales y populares, cuyo reflejo se podía seguir en la gran influencia que tenían algunos partidos comunistas. Hacía falta desmontar este prestigio para barrer la oposición de la opinión pública mundial a una agresión armada contra los que liberaron Europa del nazismo, y las novelas de Orwell venían como anillo al dedo para este fin, ya que eran un buen instrumento para difundir entre la llamada cultura de masas, igual que lo fueron después las versiones cinematográficas de sus obras. Por ello es absurda la explicación que da Pepe Gutiérrez acerca de la luna de miel y el reparto del mundo como motivo de la no publicación de Animal farm.

Además de Rebelión en la granja, una de las obras que más influyó en la construcción del totalitarismo occidental contra los comunistas fue 1984. En ella se muestra una panorámica del socialismo en la URSS similar a un delirante drama totalitario y monstruoso, con un Gran Hermano (Stalin) que tenía un control social absoluto sobre los individuos sometidos a su dominio, mediante un sofisticado mecanismo de control mental. Esta obra se convirtió en lectura obligada para los oficiales de la CIA y un organismo dependiente llamado Consejo de Estrategias Psicológicas, además de que la OTAN utilizó todo el vocabulario de esta novela durante los años 50 en su estrategia anticomunista (12). Es interesante saber cómo se gestó este libro, puesto que al parecer, fue un plagio que hizo Orwell a otro desencantado del bolchevismo, en este caso un escritor ruso, según la opinión del escritor Emilio J. Corbière:

El de Orwell fue un plagio consciente, ya que él mismo lo explicó en otro de sus trabajos. La trama argumental, los principales personajes, los símbolos y el clima de su narración, pertenecieron a un escritor ruso de principios de siglo, totalmente olvidado: Evgeny Zamiatin. En su libro Nosotros, el ruso desilusionado del socialismo después del fracaso de la revolución de 1905, dedicó sus esfuerzos a anatematizar al partido socialdemócrata obrero fundado por Jorge Plejanov. Cuando sobrevino la revolución de Octubre -en 1917-, Zamiatin se exilió en París, donde escribió su obra póstuma anticomunista (13).

Esta opinión también es compartida por el historiador Isaac Deutscher en su obra The Mysticism of Cruelty, un ensayo sobre 1984, donde afirma que Orwell tomó prestada la idea de 1984, el argumento, los principales personajes, los símbolos y toda la situación del argumento de la obra Nosotros de Evgeny Zamyatin (14).

Vemos cómo tras la imagen de gran escritor, se esconde la realidad de un plagiador de historias, que sirvieron para elaborar modelos teóricos y académicos sobre el funcionamiento del socialismo en la Unión Soviética totalmente ajustados a los requerimientos del imperialismo en la Guerra Fría anticomunista. El impacto de 1984 fue tremendo entre la población, llegándose a crear un ambiente de paranoia anticomunista y antisoviética muy efectivo entre las masas, como demuestra el inquietante testimonio personal de Isaac Deutscher:

¿Ha leído usted ese libro? Tiene que leerlo, señor. ¡Entonces sabrá usted por qué tenemos que lanzar la bomba atómica sobre los bolcheviques! Con esas palabras, un miserable ciego vendedor de periódicos me recomendó en Nueva York 1984, pocas semanas antes de la muerte de Orwell (15).

Paradojas de la historia: es en el mundo libre que defendió Orwell donde se han cumplido sus más siniestras previsiones. La televisión de 1984 se está utilizando para el control social más refinado mediante la hipnosis masiva y el lavado de cerebro, para rebajar la cultura de las masas a un embrutecimiento sin precedentes, anulando toda capacidad de crítica y de mentalidad abierta y constructiva, a través del pensamiento único. Qué contraste con los regímenes del Gran Hermano, como la Cuba socialista, donde la televisión se utiliza para estimular la capacidad crítica de los ciudadanos, para la enseñanza masiva universitaria y la elevación de la cultura entre las masas mediante los canales universitarios y culturales. Orwell y sus seguidores sabían bien donde disparaban.

Notas sobre el pensamiento político de George Orwell

Orwell fue ante todo un gran individualista, con unas importantes contradicciones personales y unos prejuicios que le llevaron a oscilar por varios caminos sin poder comprometerse de manera estable y permanente con nada que no fuera él mismo, de tal manera que, cuando se desencantó de unos procesos sociales que él fue incapaz de interpretar de forma correcta y científica, acabó despotricando contra lo que él creía objeto de su ira. Lo podemos ver en la aguda descripción de Corbière:

¿Quién era Orwell? Un francotirador, un escéptico que dedicó sus esfuerzos a describir con criterio maniqueo las grandes contradicciones sociales y políticas de nuestro tiempo. Anarquista, semitrotskista en España, laborista en Inglaterra, pensador libre, antisemita encubierto, sus ideas reales dejan trascender una suerte de elitismo. Poseía una imaginación intensa pero su metodología de pensamiento era restringida, unilateral (16).

Como Orwell muy raramente escribió concretamente acerca de su ideología, es obligatorio repasar su trayectoria literaria para tratar de sacar a la luz algunos aspectos de su pensamiento político, trabajo hecho, entre otros, por J.F. Galván (17) (desde la plena identificación con la vida y la obra de Orwell). Además de sus famosas novelas, se puede seguir su evolución ideológica a través de otros escritos donde plasma, de manera fragmentaria, su visión política. Orwell procedía de una familia humilde y era hijo de un modesto funcionario imperial de la India. La toma de conciencia del escritor se sitúa en la década de los 20, cuando se enroló en la Policía Imperial británica en Birmania, permaneciendo allí desde 1922 a 1927. De sus vivencias extrajo varios escritos, el más famoso de los cuales fue la novela Burmese Days (traducido en España como La Marca), donde muestra las injusticias de la política imperialista británica en Asia. En estos escritos, se comienzan a vislumbrar los elementos del pensamiento político orwelliano, que nunca tendrán un contenido concreto y definible:

De tal manera le obsesionaba la situación de ser un miembro de la clase opresora que ello le llevó a simpatizar con los oprimidos e incluso -al volver a Europa- a considerar la sociedad inglesa desde esta perspectiva, es decir, veía a la clase trabajadora como la oprimida y a los poseedores de capital como opresores. Es importante hacerse eco de esta visión colonialista y simplista del problema de las clases sociales para comprender bien los derroteros de su evolución posterior, caracterizada por su falta de conocimiento profundo de la política y su carencia de ideología concreta. Lo que lo mueve es ese sentimiento humanitario de opresor que quiere ponerse de parte del oprimido (18).

En su retorno a Inglaterra, decide conocer en su propia piel la vida de las capas más bajas de la sociedad, en una actitud más parecida a la de un Cristo que quiere redimir a los pobres, que a la de un científico social que busca conocer la realidad para transformarla. Por ello, decide irse a vivir como vagabundo a un barrio popular londinense para tener un contacto directo con los estratos más desarraigados. En 1928 viaja a París, donde repite la misma experiencia sufriendo en carne propia la miseria. En sus escritos de la época plasma con gran desesperanza y pesimismo -actitudes que no abandonará jamás -el retrato del mundo de los marginados:

El retrato de la miseria, la suciedad y el nivel infrahumano de vida asalta al lector con violencia, ofreciéndole una visión acre de la realidad, con tintes dramáticos. La descripción detenida, con un cierto regodeo a veces en lo más desagradable (los bichos, la humillación de las instituciones de caridad pública, el frío, la suciedad...) produce un efecto provocador [...] En general, el pesimismo y lo repugnante impregnan toda la obra (19).

Sobre su obsesión por los desarraigados sociales, su amigo Fyvel piensa que Orwell debió frecuentar el inframundo debido en gran parte a las dificultades que tenía el escritor, a su regreso de Birmania, para encontrar un trabajo respetable (20), aunque Orwell lo explicaría más tarde con esta versión (21):

Cuando pensaba en pobreza, la consideraba en términos de indigencia absoluta y por consiguiente mi imaginación se volvía hacia los casos extremos, hacia los parias sociales: los vagos, los mendigos, los criminales, las prostitutas, que eran lo peor de lo peor y con quienes yo quería entrar en contacto. Lo que yo deseaba profundamente en esa época era encontrar un camino para salir de una vez para siempre del mundo respetable.

En los años treinta encontró trabajo como profesor en una escuela privada inglesa y publicó algunas obras. En 1936, viajó al norte del país para conocer la situación de la clase obrera, conviviendo con los parados, los mineros y otras víctimas de la crisis económica (22). En este proyecto colaboró con el Partido Laborista Independiente (ILP), pequeño grupo izquierdista que había oscilado entre la Internacional Comunista y el trotskismo. Esto no le supuso a Orwell un mayor interés por la teoría y la formación política, sino que siguió fascinado aún más por los estratos sociales más miserables -el lumpenproletariado- permaneciendo ajeno a las explicaciones científicas de la pobreza y las desigualdades de clase:

El tratamiento de las diferencias de clase viene marcado por la idea de que lo que separa a la clase media de la trabajadora no es tanto el dinero como el conjunto de tradiciones heredadas a través de la educación (gustos culinarios, en los vestidos, lecturas, diversiones...). Una de las barreras más importantes la constituye el olor; desde pequeño Orwell ha pensado que los pobres olían. Con su descenso a los abismos de la miseria quería tener contacto directo con los otros hombres y lograr deshacerse de sus prejuicios. Pero comprueba que saltar los obstáculos no es posible más que en el ámbito de una estricta penuria, entre mendigos y vagabundos, totalmente insensibles a los rasgos de clase (23).

Precisamente Orwell era más bien un adversario de los que utilizan las ciencias sociales para explicar la explotación, la miseria y el funcionamiento del capitalismo. Es por ello que critica a los marxistas dogmáticos, que centran sus análisis en los aspectos económicos de la sociedad y que buscan solamente, según él, una utopía materialista, despreciando todos los otros valores. Además reprocha a los marxistas que se dirijan solamente a la clase obrera y desprecien a la pequeña burguesía como factor constituyente del proletariado:

Al desdeñar toda asociación con creencias religiosas, patrióticas y militares han dejado escapar -piensa Orwell- unos elementos muy arraigados en la tradición europea, que son reivindicados por el fascismo [...] La defensa que hace el escritor de estos valores lo lleva a propugnar el apoyo en la lucha socialista de las clases medias. Propone el abandono de la jerga marxista que ataca a la pequeña burguesía y dice que debe quedar claro que el proletariado no lo constituye sólo la clase trabajadora, sino también los comerciantes, los empleados, los viajantes, etc. (24)

Solamente desde un espíritu de provocación, o cuando menos de contradicción perpetua por parte del escritor se puede explicar sus decisiones, puesto que en la guerra de España él tomó partido por una formación política (el POUM) que utilizaba el mismo discurso que él condenaba -la revolución proletaria pura y el enfrentamiento con las clases medias y la pequeña burguesía-, frente a los marxistas del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) y el PCE (Partido Comunista de España) que buscaban una alianza de clases con la pequeña burguesía con el objetivo de construir un bloque antifascista para ganar la guerra de manera prioritaria. Mientras tanto, Orwell persiste en darle a su socialismo una dimensión sentimental, alejándose definitivamente de una concepción científica y analítica de la sociedad cuando reclama a los marxistas hablar:

menos sobre conciencia de clase, expropiación de los expropiadores, ideología burguesa, y solidaridad proletaria, sin mencionar las hermanas sagradas, tesis, antítesis y síntesis; y más sobre justicia, (y) libertad (25).

Orwell estuvo muy marcado pon la guerra de España, y en sus obras posteriores siempre hubo una influencia notable de aquella experiencia. También se caracteriza por su falta de compromiso permanente, que se había manifestado cuando decidió afiliarse por un breve tiempo al ILP, afiliación que era coyuntural, ya que como él mismo decía en el periódico New Leader, todo escritor debe mantenerse fuera de la política menos en la época en la que puede triunfar el fascismo que significaría la imposibilidad de escribir (26) (y además, de paso, el fin de los ingresos económicos de los escritores).

La ‘conexión catalana’ de Orwell:
interpretaciones orwellianas de la guerra civil española

Es importante detenerse en lo que ha significado para la comprensión de la historia de la Guerra Civil española el papel de Orwell. Porque, de igual manera que Orwell crearía más tarde un modelo orwelliano de interpretación de la sociedad soviética, si bien no publicó sobre el conflicto español trabajos tan teóricos como Animal farm o 1984, sus impresiones sobre nuestra guerra han generado una especie de modelo orwelliano, que ha inspirado, con sus respectivas variaciones y aportaciones, a sectores anarquistas, poumistas, trotskistas y otros. El modelo orwelliano tiene extensas ramificaciones, algunas de las cuales han sido desarrolladas por ilustres compañeros ideológicos de Orwell, como se verá después.

Con su elevado bagaje teórico, Orwell llegó a Barcelona a finales de 1936, donde entra en contacto con el POUM gracias a los lazos que éste tenía con el partido de Orwell, el ILP. La atmósfera de Barcelona impactó rápida y profundamente en Orwell, muy dado, como hemos visto, a las percepciones superficiales, sentimentales y moralistas. La revuelta capital catalana, con sus calles llenas de gentes armadas y vestidas a lo proletario -con el mono azul- y con las colectivizaciones anarquistas, el derrumbe del Estado y la caótica multiplicación y fragmentación de poderes, son las pruebas determinantes para él de la existencia de una revolución en curso, de un igualitarismo obrero.

El inactivo y estéril frente de Huesca -defendido por unos pocos efectivos fascistas, frente a las heterogéneas columnas milicianas-, aunque fue militarmente nulo comparado con las grandes batallas de Madrid, Guadalajara, el Ebro y otras, impactó decisivamente en Orwell, uno de tantos intelectuales de la pequeña burguesía que concebía las luchas de masas como un proceso ideal y aventurero, quizás hasta romántico, donde lo formal y las actitudes aparentes cuentan más que el contenido y las tendencias políticas. De esta manera, Orwell pudo disparar unos cuantos tiros en las trincheras mezclado entre los milicianos del POUM, llegando a ser herido de bala. Con esta experiencia escribió Homenaje a Cataluña, donde recoge sus aventuras en las trincheras y los combates callejeros en la Barcelona de los primeros días de mayo de 1937 -lo que se conoció como los Sucesos de Mayo- entre el POUM y algunas fuerzas anarquistas de la CNT - FAI (Confederación Nacional de Trabajadores - Federación Anarquista Ibérica), contra las fuerzas que defendían el Frente Popular: el PSUC, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y el Gobierno autónomo catalán. A través de Homenaje, Orwell construye una imagen idealizada y victimista del POUM, que sirve para desprestigiar la política comunista y la estrategia de frente antifascista para ganar la guerra. Según él, los comunistas tenían como único objetivo aplastar la supuesta revolución y devolverle el poder a la burguesía siguiendo instrucciones de la URSS y para ello no dudaron en destruir al POUM, un partido supuestamente inocente que no molestaba a nadie.

Homenaje a Cataluña se convirtió rápidamente en un libro de culto entre los seguidores de las fuerzas políticas de la extrema izquierda anticomunista, y ha sido considerada como un modelo de explicación de la guerra civil absolutamente verídico (27). Basándose en una distorsionada interpretación de este episodio barcelonés, los orwellianos desarrollaron su explicación de la guerra que tenía como argumento el desprestigio de la actitud comunista en la Guerra Civil, salpicando de lleno a la política de la URSS hacia la República, mediante una supuesta traición por parte de los comunistas estalinistas teledirigidos a miles de kilómetros desde Moscú. En un trabajo posterior tendremos ocasión de analizar tanto las falsificaciones de Orwell como las maquinaciones del POUM, que perseguía el hundimiento de la retaguardia republicana.

La escuela orwelliana sobre la Guerra Civil y el movimiento comunista español está representada tanto por antiguos militantes del POUM como Julián Gorkin y Víctor Alba, como por historiadores famosos como Pierre Broué y Burnett Bolloten, algunas de cuyas obras recibieron amplia publicidad durante la Guerra Fría, sobre todo las de este último.

Uno de los personajes más destacados, vinculado a la conexión catalana de Orwell, fue el historiador catalán Víctor Alba, antiguo militante del POUM. Alba estuvo bien relacionado con Orwell, tal y como explica Pablo Ley, escritor que conoció a Alba y que, por cierto, llevó al teatro una versión de Homenaje a Cataluña:

Tuve ocasión de conocerle hace un par de años y fue él mismo quien me contó que, porque hablaba inglés, le asignaron la fastidiosa misión de enseñarle Barcelona a aquel extranjero anónimo y callado que era Orwell (en realidad Eric Blair). Alba era entonces un joven de 20 años y no sospechaba que tenía ante sí a uno de los escritores más relevantes del siglo XX y al escritor que haría que la memoria del POUM se mantuviera vívida en la conciencia del mundo. Y al fin pienso que fue con Alba donde tuvo comienzo el verdadero inicio de ese itinerario por la Barcelona de Orwell que se alza sobre la memoria deleznable de Stalin, el Gran Hermano (28).

Víctor Alba se caracterizó por su gran número de publicaciones anticomunistas tras la Guerra Civil y por escribir versiones favorables al POUM y a la revolución anarcosindicalista catalana. Después de su exilio a Francia y a México, inmediatamente pasó a ser profesor en la universidad de Kent, EE.UU. Contrasta este premio con la postura que tuvo el Gobierno norteamericano con los combatientes internacionalistas del Batallón Lincoln en España, que al regresar a su país fueron perseguidos, expulsados de sus trabajos y represaliados en el Comité de Actividades Antinorteamericanas dirigido por el senador ultraderechista McCarthy. Como testimonio, las palabras de Milton Wolff, último comandante del Batallón Lincoln:

Yo y los demás brigadistas en mi país ya éramos rojos peligrosos. Tuve que declarar ante cinco comités de la caza de brujas y me costó mucho encontrar un modesto empleo (29).

Alba no solamente recibió un gran reconocimiento profesional, sino que además sus obras, entre las que destacan las relativas a la historia del POUM y a la historia del marxismo en Cataluña, fueron ampliamente divulgadas. Alba, al parecer, había sido acusado desde sectores comunistas de ser un agente de la CIA, y a su regreso a España tuvo una columna fija en el periódico Avui, en la órbita del nacionalismo conservador catalán. Alba, otro orwelliano importante, es otro de los ejemplos de como un revolucionario, siempre que sea anticomunista, puede llegar a ser muy querido por personajes reaccionarios como Federico Jiménez Losantos:

Víctor Alba es de los pocos que ha intentado entender y explicar el gran fenómeno totalitario de nuestro tiempo: el comunismo. O lo que en términos académicos suele llamarse estalinismo por no molestar [...] Víctor Alba es uno de los nuestros. De los más nuestros. Porque tanto en lo que excede como en lo que falta, en lo que sobra como en lo que no llega, testimonia, da fe de una voluntad verdadera que siempre nos falta (30).

Julián Gorkin y Burnett Bolloten: el ‘gran camuflaje’ de la manipulación histórica

De toda la pléyade de orwellianos, los que han tenido mayor capacidad de exponer y divulgar sus obras con diferencia, ha sido el dúo constituido por Julián Gorkin y Burnett Bolloten. Julián Gorkin fue un intrigante, oscuro y siniestro personaje. Había sido uno de los fundadores del PCE -un viejo bolchevique español- que fue posteriormente expulsado del partido en 1929. Vivió parte de los años treinta en París, siendo mantenido por Doriot, agente de Hitler (31). Doriot había sido otro viejo bolchevique, dirigente comunista insigne expulsado del Partido Comunista Francés, y tras su expulsión formó un grupúsculo de extrema izquierda, relacionado entre otros con el partido de Orwell, el ILP, partido que había coqueteado con Trotsky; Doriot evolucionó hacia el fascismo y acabó siendo un destacado colaboracionista de los nazis en la Francia ocupada. Como es bien sabido, Gorkin, tras la guerra española y su posterior exilio fue reclutado por la CIA (32), convirtiéndose en un importante agente del imperialismo yanqui. Bolloten, por su parte, había sido un periodista que estuvo en la Guerra Civil, comprometiéndose con la causa republicana; había sido también simpatizante y amigo de los comunistas. Tras el conflicto, fue variando su postura conforme las cosas se ponían difíciles en el mundo libre, deslizándose progresivamente hacia el anticomunismo.

La primera obra de Bolloten sobre nuestra guerra, de 1961, aunque no se pudo relacionar con Gorkin -y por lo tanto con la CIA- ya perseguía claramente ciertos objetivos. Con un título tremendamente sugerente, El gran camuflaje: la conspiración comunista en la Guerra Civil española, Bolloten busca la demostración de la existencia de un complot soviético en España, para esconder la revolución social que se estaba produciendo en la zona republicana -ya que eso contrariaba supuestamente los intereses de la política exterior de la URSS-, hasta el punto de que los comunistas asumieron todo el poder en España, de manera dictatorial, cumpliendo órdenes soviéticas (33). Bolloten fue casi el único escritor extranjero no franquista que pudo atravesar la censura española y ver publicada su obra. Fue tan altamente valorada que contó con el privilegio de ser prologada nada menos que por el ministro franquista Manuel Fraga Iribarne. Las tesis de El gran camuflaje son totalmente manipuladas, como se verá más adelante, pero gracias a ellas Fraga pudo apoyarse en una obra erudita y académica para sostener que los comunistas conquistaron el poder en la España roja y que una victoria republicana habría significado una dictadura soviética (34), con lo cual todo lo que hizo Franco para salvar a España estuvo totalmente justificado, crímenes incluidos. No hay mejor elogio para la obra de Bolloten que la de Calvo Serer, notable intelectual franquista del Opus Dei:

El mito que la propaganda internacional intentó crear en torno a la República agonizante comienza a deshacerse en las páginas eruditas y frías de este periodista angloamericano (35).

Como ha puso de relieve el historiador norteamericano Southworth, la obra, aunque discutía las tesis y mitos franquistas insostenibles, como las negaciones de las matanzas (Badajoz, el bombardeo de Guernica, etc.), tenía unas ventajas incontestables para el franquismo, ya que le proporcionaba una legitimidad académica a la cruzada contra el bolchevismo. Todos los crímenes eran asuntos menores que no enturbiaban una empresa superior: evitar que España cayera en una dictadura comunista. Por lo tanto, fue de gran utilidad:

Fraga Iribarne, patrocinador del libro de Bolloten, sabía que éste negaba algunos mitos franquistas, pero evidentemente pensó que aún así su propaganda ganaría más que perdería (36).

Por fortuna, ha sido establecida recientemente por Southworth (37) de manera brillante, la relación entre los orwellianos Gorkin y Bolloten. Gracias al historiador, el turbio papel de Gorkin -y de los que sostienen mitos semejantes- ha sido desenmascarado. Gorkin tuvo un papel fundamental en la destrucción del enorme prestigio que tenía la causa de la República entre sectores progresistas y antifascistas de todo el mundo. Además de dar conferencias por América Latina y publicar un gran número de artículos periodísticos por encargo de la CIA, se encargaba del redactado y manipulación de varias obras anticomunistas, como las atribuidas a un analfabeto ex-comunista y ex-comandante republicano, Valentín González (el Campesino): Vida y muerte en la URSS y Comunista en España y antiestalinista en la URSS que recibieron una gran publicidad de la CIA. Todas estas obras manipuladas fueron utilizadas como verdades incontestables en las obras de las obras de Bolloten que se comentarán después.

Precisamente una de las tareas que la CIA le asignó a Gorkin fue la manipulación de la historia de la Guerra Civil en clave anticomunista. Para ello, aunque no era la persona ideal, fue nombrado por la CIA delegado latinoamericano por el Congreso para la Libertad de la Cultura (CCF en inglés, institución creada y alimentada por la CIA para agrupar a intelectuales y artistas anticomunistas), con la intención de centrarse sobre todo en la manipulación de la historia de la Guerra Civil:

Gorkin no era el hombre ideal para la propaganda de los Estados Unidos en Latinoamérica; pero probablemente era imposible encontrar un latinoamericano auténtico que se hubiera arriesgado a promocionar la propaganda yanqui al sur del Río Grande. El nombramiento de Gorkin se produjo sin duda por tratarse del hombre apropiado en el momento apropiado. Su curriculum vitae era extremadamente anticomunista y él tenía una cierta experiencia periodística [...] El CCF, inspirado por la CIA, le permitió a su delegado latinoamericano que centrara sus esfuerzos, no en los apremiantes problemas de Centro y Suramérica, sino en la Guerra Civil española, para dedicar su tiempo a vilipendiar uno de los aspectos más importantes de la humanidad en su lucha contra el fascismo (38).

Gorkin, en su labor de destrucción de la causa republicana, no dudó en reunir en su entorno a una amalgama de intelectuales anticomunistas, desde antiguos poumistas hasta fascistas, que colaboraban en los proyectos de la CIA, tal y como se reconoce por la propia Fundación Andreu Nin, heredera de lo que fue el POUM:

En 1953 fue uno de los fundadores del Congreso Por la Libertad de la Cultura [...] Gorkin pasó a ocupar la dirección de la revista de la organización, Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, fundada ese mismo año. La dirección de esta revista sería el empleo más estable que jamás llegaría a tener. Junto a Gorkin se incorporó Ignacio Iglesias, antiguo poumista asturiano, como jefe de redacción. Cuadernos, pese a estar radicada en París, se dirigía principalmente al público sudamericano, contando con colaboradores del exilio y la oposición interior española y autores de distintos países de América Latina. En Cuadernos escribieron, entre otros, Salvador de Madariaga, Aranguren, Ferrater Mora, Américo Castro, Víctor Alba, Camilo José Cela y Dionisio Ridruejo (39).

Una muestra de las manipulaciones más groseras del orwelliano Gorkin se encuentra en la colección de artículos publicados bajo el título España, primer ensayo de democracia popular, donde se incluían 30 páginas del libro de Jesús Hernández (ex-ministro comunista durante la guerra, que rompió con el PCE) Yo fui ministro de Stalin, que había sido reelaborado por órdenes de Gorkin. El objetivo, entre otros, era exagerar la importancia del asesinato del dirigente del POUM Andreu Nin, para colocarlo como el suceso más importante de la Guerra Civil, y elevar artificialmente, de esta manera, la importancia política del POUM y del propio Gorkin durante el conflicto bélico (40). Gorkin también fue nombrado por la CIA director de los Cuadernos del Congreso para la Libertad de la Cultura, desde donde se encargaba, quizás por propia iniciativa, de atacar la gestión de la República española durante la Guerra Civil y especialmente a los comunistas españoles, que resultaron ser los que con más celo habían luchado contra el bando fascista (41).

Gorkin también estuvo trabajando muy activamente para evitar que al poeta chileno Pablo Neruda se le otorgara el Premino Nobel de Literatura de 196442. Neruda, además de ser comunista, había sido embajador chileno durante la guerra española, y posteriormente fue nombrado por su Gobierno embajador especial en París para gestionar la acogida de miles de refugiados republicanos en Chile, donde tuvo una meritoria actuación al rescatar a más de dos mil refugiados de los infames campos de concentración franceses. Parece que esto no fue del agrado de Gorkin y de su Ministerio de la Verdad, del cual fue un celoso y cumplidor policía del pensamiento.

Bolloten tuvo una gran responsabilidad a la hora de difamar a la República y a los comunistas siguiendo el patrón orwelliano. Los títulos de sus obras (en realidad una sola que fue algo variada en otras dos ediciones) son claramente indicativos de sus manejos e intenciones: El gran camuflaje: la conspiración comunista en la Guerra Civil española (1961), La revolución española: la izquierda y la lucha durante la Guerra Civil (1979) y La Guerra Civil española: revolución y contrarrevolución (1991). Gorkin, Bolloten y Orwell, de alguna manera, han formado la élite encargada de manipular la historia sobre nuestra guerra. Bolloten se asoció con Gorkin, quien le proporcionaba sus fuentes y escritos bien manipulados -conociendo perfectamente ambos que eran falsas- para escribir sus obras anticomunistas acerca de la Guerra Civil según las necesidades de la CIA:

Lo que tenía más valor para la CIA [...] era el incesante esfuerzo de Bolloten por revisar la historiografía de la Guerra Civil española. Desde esta perspectiva, el libro de Bolloten, en sus tres variantes, fue la obra maestra de la labor encubierta de Gorkin para la CIA (43).

Todos ellos, junto con Víctor Alba y otros antiguos poumistas y discípulos de Orwell, construyeron prácticamente una escuela propia de interpretación de la Guerra Civil y de la izquierda española de acuerdo con los intereses de la CIA. Se trataba de dar una versión maniquea extremadamente anticomunista del conflicto que situara a los verdaderos revolucionarios como víctimas traicionadas por Stalin y por los comunistas españoles aliados de la burguesía española, simplificando al máximo la complejidad de las luchas en la retaguardia republicana y el hecho de que hubieran víctimas y represiones en las que participaron todos los grupos políticos y sindicales. El papel de la sublevación fascista en estas obras se presentaba como algo anecdótico y más que secundario. Pero lograron crear en ciertos ambientes académicos y grupos izquierdistas el efecto perseguido, que se tradujo en una inmediata repercusión mediática anticomunista: documentales televisivos, artículos de prensa, libros, etc., que mostraba una historia oficial de la guerra completamente favorable a los orwellianos y muy desfavorable para los comunistas y el Gobierno de la República. Eso implicaba, naturalmente, admitir ciertas tesis similares a las franquistas. Bolloten, al final, no tuvo ningún reparo en justificar abiertamente a Franco, cuando incluía en sus libros pasajes de este estilo:

al final de la guerra, el general Franco no luchaba ya realmente contra el Frente Popular, sino contra una dictadura comunista (44).

Las concepciones orwellianas del tándem Bolloten-Gorkin -de los que no se tiene noticia que hubieran tenido actividades antifascistas durante la II Guerra Mundial- estaban orientadas ante todo a producir el efecto buscado por el imperialismo norteamericano: criminalizar y destruir el movimiento de simpatía hacia la causa de la República española siguiendo la línea represiva iniciada desde hacía unos años por el imperialismo:

Cuando terminó la Guerra Civil, la opinión pública norteamericana estaba mayoritariamente a favor de la República española. Esta postura comenzó a flaquear tras el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Guerra Fría engendró una atmósfera irrespirable en Estados Unidos (y en otros lugares). La Agencia Central de Inteligencia, fundada en 1946, protagonizó un giro definitivo hacia la derecha, que se reflejó en todos los aspectos de la vida americana. El FBI consideraba que la simple afinidad con la República española era razón suficiente para abrirle una ficha a cualquiera (45).

Como explica el historiador Southworth, el argumento orwelliano de Bolloten, que consiste en criminalizar y desprestigiar la participación de los comunistas en el conflicto español, conlleva, proyectándolo a escala europea, que no haya tenido ningún sentido la lucha contra el fascismo que hubo en el continente:

El libro de Bolloten, en sus tres versiones, representa un ataque a gran escala contra todos los movimientos de la resistencia en Europa. La historia de la Guerra Civil española [...] se transforma en [...] la crónica de la primera acción defensiva contra la plaga fascista. Bolloten trata de desvirtuar esta idea haciendo hincapié en el crecimiento y en la influencia de los comunistas durante la contienda. Este argumento, si lo aplicamos a toda la Europa ocupada, constituye una denegación de cualquier justificación para una guerra a escala mundial contra los poderes fascistas. La victoria contra el nazismo y el fascismo no se habría conseguido sin la ayuda de los comunistas en toda Europa. Fue una victoria de las fuerzas opuestas al fascismo en Alemania, Italia y otras partes de Europa [...] Los movimientos de resistencia en Europa, tras la caída de Francia, movimientos contra los ocupantes nazis, siguen indefectiblemente el patrón español. La Guerra Civil española fue una guerra contra el fascismo y no puede separarse de otras luchas antifascistas que la siguieron [...] La Guerra Civil española fue el primer enfrentamiento en la epopeya antifascista. El esfuerzo derrochado por Bolloten para negar este hecho fundamental de la historia del siglo XX resta cualquier sentido permanente a sus libros (46).

El modelo orwelliano aplicado a la Guerra Civil sirvió de base a grupos e intelectuales izquierdistas anticomunistas, que se vieron reforzados más tarde por el cineasta Ken Loach, otro seguidor ilustre de las visiones delirantes de Orwell, en su antihistórica y manipuladora filmación Tierra y Libertad (profusamente elogiada en todos los medios burgueses), dándole al conflicto español una atmósfera romántica y aventurera, desde la particular visión que enfrentaba, como enemigos principales, a la revolución encarnada por el POUM y la CNT-FAI -identificando falsamente estas fuerzas con la totalidad de la clase obrera- con la contrarrevolución, impulsada por los estalinistas malvados y burgueses -supuestamente las fuerzas burguesas y pequeño-burguesas-. Curiosa película, por otra parte, que relega la ofensiva del fascismo en España a un plano residual, meramente anecdótico en las fantasías orwellianas y poumistas, y evita tratar la situación global del conflicto bélico y de las grandes batallas antifascistas -Madrid, Guadalajara, el Ebro- que, a diferencia del tranquilo y semidesértico frente de Huesca, posibilitaron prolongar la resistencia republicana casi tres años.

El verdadero Orwell: racismo, antisemitismo y defensa del imperio

De todos los rasgos que posee Orwell, habría que añadir algunos de los que no se comentan nunca y que tuvieron un gran peso en sus actitudes políticas, como su fobia contra los homosexuales, su extremo conservadurismo y su racismo solapado. Toda la combinación de experiencias vividas y concepciones sociales nebulosas y abstractas, junto con sus fobias, fueron deslizando a Orwell rápidamente hacia posiciones marcadamente derechistas, aunque formalmente se seguía considerando un izquierdista. Uno de los rasgos que más desconocidos del escritor fueron sus manías persecutorias. Según Isaac Deutscher, que lo conoció personalmente, Orwell vivía en un estado de angustia permanente similar a la paranoia:

estaba obsesionado por las conspiraciones y [...] su forma de razonar en política me sorprendió como si fuera una sublimación freudiana de una manía persecutoria (47).

Esta actitud, junto con su incapacidad para percibir de manera científica y realista las cuestiones socio-políticas, le empujaron a convertirse en un colaborador directo del imperialismo inglés. Hacia el final de su vida, en 1949, decidió colaborar con pleno conocimiento de causa con los servicios británicos de inteligencia, el Foreing Office, en concreto con el Departamento de Investigación de la Información (IRD) al que le entregó una lista de 135 personas sospechas de ser simpatizantes o compañeros de viaje de los comunistas. En esta lista anotó al lado de cada nombre los principales defectos de cada uno, revelándose la naturaleza racista y homófoba de Orwell, que ponía su interés en destapar rasgos personales de los acusados. Por ejemplo, a Stephen Spender, aunque trabajó para la CIA, le notó una tendencia a la homosexualidad; a George Padmore, pseudónimo de Malcolm Nurse, le acusaba de ser negro, ¿de origen africano?, antiblanco y probable amante de Nancy Cunard; a Kingsley Martin liberal degenerado. Muy deshonesto; a Paul Robertson de ser muy antiblanco. Uno de los más duramente atacados fue Tom Driberg, que concentraba los peores vicios que temía Orwell: homosexual, se cree que es miembro clandestino y judío inglés (48). Orwell, que había decidido colaborar con el IRD tras rechazarle una oferta para escribir artículos debido a su mala salud, denunció también a otros famosos artistas y escritores como Charles Chaplin, John Steinbeck y George Bernard Shaw (49). Curiosamente, esta lista, que confeccionó a cambio de que el IRD promocionara su Animal farm, incluía gran cantidad de nombres sobre los que él mismo no tenía sospechas de que fueran comunistas o simpatizantes (50), ni de que estuvieran cometiendo actividades ilegales, aunque por el hecho de ser señalados por él podían ser marginados y perder sus trabajos.

Por otra parte, la obsesión racista antisemita de Orwell puede seguirse en algunos fragmentos de sus obras, tal y como ha puesto de manifiesto Corbière (51):

El Imperio Británico es sencillamente un aparato que sirve para darles monopolios comerciales a los ingleses, o mejor dicho, a las pandillas de judíos y escoceses (La marca).

El dueño era un judío pelirrojo, un hombre extraordinariamente desagradable. Hubiera sido un placer aplastarle las narices a ese judío (Sin blanca en París y Londres).

Los tres comunistas y el joven judío subieron por la calle y siguieron dándole a la solidaridad proletaria, a la dialéctica y a lo que dijo Trotsky en 1917. En realidad, los cuatro eran iguales (Subir por la calle).

Las frustraciones creadas por el idealismo roto de Orwell sirvieron para alimentar la rabia anticomunista y reforzar al imperialismo inglés, lo cual, junto con sus rasgos más inquietantes como el racismo y la homofobia, dan un cuadro muy diferente del que quieren pintar los orwellianos: no fue un sincero, limpio y honesto revolucionario, sino un personaje individualista, un intelectual pequeño-burgués radicalizado que vomitó toda su frustración y su odio contra lo que él creía que debería de haber sido puro y perfecto -mientras que él como progresista dejaba mucho que desear-, llegando al punto de traficar con los servicios de inteligencia del Imperio británico.

Así, por paradojas del destino, Orwell, que había luchado supuestamente a favor de la República española, decidió colaborar con el país occidental que, tras Alemania e Italia, más hizo por la victoria de Franco. Por ello, una vez conocida la faceta delatora de Orwell, la derecha británica, heredera de aquella que impidió que llegaran armas para la defensa de la República, se apresuró a descubrir sus virtudes, como:

su amor por Inglaterra y las virtudes típicamente inglesas, la gentileza, la seriedad, el respeto a la ley y la antipatía hacia los uniformes (52).

Esto no es sorprendente, ya que Orwell al final estuvo muy influenciado por el nacionalismo británico. En 1940, recién comenzada la guerra contra los alemanes, escribió The Lion and the Unicorn, artículo profundamente patriótico, que raya en ocasiones en el chauvinismo (53).

Según el profesor Trilling, otro estudioso y admirador de Orwell, el escritor se identificó esencialmente con los valores de las clases medias británicas, que socialmente se hallaban en declive. Ejerció una crítica sistemática a los intelectuales descontentos con Inglaterra, sobre todo con aquellos que además eran tolerantes con la Rusia soviética, como H. G. Wells y Bernard Shaw (54). Tuvo una la defensa activa de ideales pequeñoburgueses que él creía que debían mantenerse como algo esencialmente positivo y que los intelectuales izquierdistas estaban socavando: la deportividad, la caballerosidad, el sentido del deber y el coraje físico. Estos eran los valores típicos de las clases medias reaccionarias, pero Orwell no dudó en defenderlas como sostenedoras del Imperio británico:

Nunca cedió en su ira contra el orden establecido. Pero una paradoja de la historia había hecho del viejo orden británico una de las cosas que todavía eran benéficas, en el mundo [...] Por esto Orwell se aferró con una especie de orgullo retorcido, férreo, al viejo estilo de la última clase que había regido el viejo orden (55).

Recordemos brevemente lo que era el viejo orden inglés: el expolio de las colonias, la esclavitud, la represión contra muchos pueblos, la imposición del opio en China, las matanzas en masa de pueblos oprimidos, la explotación salvaje de la clase obrera inglesa, todo esto era el viejo orden inglés que Orwell reivindicaba con otros argumentos. De acuerdo con estas ideas, no dudó en cargar contra los intelectuales comprometidos, argumentando que ellos que habían debilitado el Imperio inglés y con él la moral inglesa tradicional y el patriotismo inglés que él creía positivo:

El debilitamiento general del imperialismo, y hasta cierto punto, de la moral británica, que se produjo en los años treinta, fue obra, en parte, de la intelectualidad del ala izquierda, la cual, por su parte, había surgido como un producto del estancamiento del Imperio [...] Durante los últimos veinte años, la visión negativa, de vago, que ha estado de moda entre los izquierdistas ingleses, el desprecio burlón de los intelectuales por el patriotismo y por el coraje físico, el esfuerzo persistente por hacer astillas la moral inglesa y extender una actitud hedonista ante la vida, la actitud del ¿yo qué gano?, no ha hecho más que daño (56).

Orwell y el totalitarismo

Los últimos años de la vida del escritor estuvieron dominados por la obsesión antitotalitaria, lo que le llevó a posiciones ultraindividualistas, que casi se podrían calificar como de extrema derecha. Alejado ya del idealismo de su juventud, asentado como famoso escritor y periodista, se dedicó a revisar sus planteamientos de antaño. Con su conocida paranoia, cualquier doctrina situada a la izquierda, era identificada con la defensa del totalitarismo comunista y con la destrucción de los valores tradicionales, por lo que se convertían en objeto de sus ataques:

Toda la ideología izquierdista, tanto la científica como la utópica, fue originada por gentes que no tenían intenciones inmediatas de alcanzar el poder. Era, pues, una ideología extremista, que desdeñaba las monarquías, los gobiernos, las leyes, las fuerzas policiales, los ejércitos, las banderas, las fronteras, el patriotismo, la religión, la moral convencional y, de hecho, todo el esquema existente de las cosas (57).

En su cruzada también atacó al anarquismo, doctrina que, según él, tenía una inclinación totalitaria (58). No obstante Orwell se encargó de dejar claro que sus principales enemigos eran ante todo los comunistas y sus simpatizantes:

Hace quince años, cuando uno defendía la libertad intelectual, la tenía que defender contra los conservadores, los católicos, y hasta cierto punto -aunque tenían poca presencia en Inglaterra- contra los fascistas. Hoy hay que defenderla contra los comunistas y sus compañeros de viaje (59).

Cualquier compromiso político de los escritores o intelectuales con los explotados, era sinónimo de deshonestidad, de ayudar al totalitarismo. Dominado completamente por el individualismo y por el apego a lo que habían sido sus verdaderas convicciones pequeñoburguesas de siempre, elaboró argumentos contra los intelectuales comprometidos, argumentos que muy bien podrían utilizar hoy para autojustificarse los intelectuales de nuestro país que han abandonado la causa de los explotados:

Aceptar una responsabilidad política ahora significa inclinarse por ciertas ortodoxias y líneas partidistas, con toda la cobardía y deshonestidad que ello supone (60).

Hay desacuerdos entre los orwellianos a la hora de valorar las intenciones del escritor en sus últimos años. Para algunos, Orwell pretendía denunciar toda forma de lo que él llamaba totalitarismo que atentara a la verdad y a la libertad, tanto el fascismo como el comunismo (igualando de manera manipuladora ambos regímenes):

Es el totalitarismo la amenaza principal del mundo moderno y la sentencia de muerte de la literatura como forma de libertad. Por ello Orwell se opone a la amenaza del fascismo y del estalinismo (61).

Pero para otros orwellianos, estaba claro que el enemigo principal de Orwell era el socialismo de la Unión Soviética:

Denuncia, sobre todo, la gran mentira [...] el totalitarismo, el comunismo stalinista, una de las grandes imposturas de este siglo (62).

Así lo entendió también el fascismo franquista, quien no tuvo ningún temor en publicar, nada menos que en 1952, la novela 1984, un gran honor para Orwell. Esto resulta aún más extraño si tenemos en cuenta que Orwell supuestamente había luchado en España contra el franquismo, aunque quizás no sea en realidad algo tan aparentemente contradictorio: cuando uno repasa Homenaje a Cataluña no encuentra ninguna denuncia explícita del fascismo en esa obra, sino que hay un constante ataque al bando republicano.

Esta trayectoria es la que hizo posible que Orwell fuera tan valorado por los fabricantes de ideología del mundo libre. Identificando fascismo con comunismo y con la URSS, crearon las bases para una política agresiva anticomunista, con la cual han colaborado un sinnúmero de izquierdistas orwellianos, haciéndose eco de la propaganda de los centros de poder imperialistas, predicando entre las masas de oprimidos y explotados, a su manera, la convicción de que no existía otro mundo posible, sino otro mundo mucho peor. Esto puede seguirse también en los mensajes de las obras de Orwell. En ellas lo más destacable es la ausencia de una esperanza de progreso para los personajes de la misma, siempre predestinados a permanecer en su estado de opresión y sometimiento. Orwell se limita a describir y a narrar lo que ve tal y como un biólogo estudia una colonia de hormigas, evitando así una identificación directa del lector con la causa de los oprimidos:

Estas novelas, no son, pues, una denuncia explícita de la injusticia social con un mensaje político. Podrían ser fácilmente atacadas por un crítico marxista dogmático de reaccionarias, en cuanto que no dan el último paso de anunciar y provocar el compromiso social y político en el lector (63).

Esta actitud es completamente diferente de un contemporáneo de Orwell, el norteamericano John Steinbeck, quien en sus obras realistas y de denuncia social, con personajes y temáticas a veces muy similares a las del inglés, consigue la identificación del lector con los personajes y su realidad social en el sentido de ofrecer un camino de salida en una lucha por un mundo mejor. Sería por eso que Orwell, cuando colaboró con los servicios de inteligencia británicos incluyó a Steinbeck en su lista negra como un escritor espurio, pseudoingenuo (64). En los años de la Guerra Fría, Steinbeck sufrió persecución por parte de la CIA, aunque nada comparable con la de otro comprometido con el realismo social, el norteamericano Dashiell Hammett. Este escritor había luchado en las dos guerras mundiales por su país, lo que no le salvó de pasar 22 semanas encarcelado por negarse a denunciar a comunistas y ver cómo, en compañía de una larga lista de escritores, sufría una campaña pública de acoso y descrédito. Sus obras fueron retiradas de las bibliotecas públicas y Hammett no pudo publicar nunca nada más; fue despedido a instancias del Gobierno norteamericano de su programa radiofónico y murió en la más negra miseria (65). Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Orwell se convertía en más que un reputado y famoso intelectual, un verdadero mito, con un programa propio de radio en la BBC y recibiendo todo el apoyo de las autoridades para publicar sus obras antitotalitarias. Curiosamente, ni Pepe Gutiérrez ni ningún otro orwelliano se ha conmovido y ha levantado la voz para protestar por la represión hacia los escritores comprometidos y perseguidos por el imperialismo.

Así es como Orwell escribió sus obras más extremistas, Rebelión en la granja y 1984: envuelto en una atmósfera de paranoia. Argumentando que combatía al totalitarismo, en realidad estaba ayudando a su consolidación, igual que no tuvo ningún reparo en colaborar con publicaciones de la izquierda anticomunista como New Leader y Partisan Review (66), ambas sufragadas por la CIA (67).

Conclusiones: del triunfo de Orwell al holocausto soviético

Se mire por donde se mire, las elucubraciones emocionales acerca de Orwell no son más que especulaciones sin base real: Orwell, un intelectual elitista y extremadamente individualista, herido sentimentalmente por las complejas dificultades de las luchas sociales y los procesos históricos, encubrió sus rasgos más reprobables bajo una máscara de izquierdismo extremista, que en realidad escondía su verdadera ideología, profundamente reaccionaria. Orwell no acabó siendo más que un pilar del anticomunismo de la guerra fría, un personaje que contribuyó a solidificar el Imperio inglés de postguerra y al que sirvió con gusto. Mientras que los ingleses ahogaban en sangre la lucha del pueblo griego, dirigido por los comunistas, y mientras provocaban enfrentamientos entre las comunidades islámicas e hindúes de la India, para evitar su independencia, al precio de cientos de miles de muertos, Orwell reivindicaba el Imperio y ayudaba a este mismo Gobierno, denunciando a comunistas y progresistas y especulando sobre la supuesta tiranía soviética para azuzar el odio anticomunista. ¡Y era esta misma URSS el único país que ayudaba abiertamente las luchas de las colonias por su liberación! Mientras que la CIA en 1953 produjo y distribuyó la versión en dibujos animados de Animal farm por todo el mundo, y posteriormente la filmación de 1984 (68), EE.UU. bombardeaba la población civil de Corea y derrocaba del presidente de Guatemala, además de sostener a los regímenes más corruptos del planeta.

Las teorías sociales y opiniones políticas deben pasar la prueba de fuego, la comprobación de la práctica que generan. Con más razón debe hacerse con el conjunto del pensamiento de Orwell, que ha influido a un gran número de personas y con el explícito fin que perseguía, según sus propias palabras, como las del prefacio a la edición ucraniana de Rebelión en la granja:

Desde hace diez años, estoy convencido de que es indispensable destruir el mito soviético si queremos asistir al renacimiento del movimiento socialista (69).

Los aduladores de Orwell nos escamotean lo que ha supuesto la victoria póstuma del escritor contra el Gran Hermano. Se encuentra a faltar, por ejemplo, en el escrito de Pepe Gutiérrez, quien se deja llevar sólo por las maravillas literarias y la vida idealista y romántica del escritor. Queda por responder la pregunta ¿cuáles han sido los resultados prácticos de la apuesta política de Orwell, antes que creernos que unas novelas de ficción representan la realidad de cualquier sociedad, más aún la compleja y desconocida sociedad soviética? Veámoslo con unas pocas cifras.

Después del hundimiento de la URSS, según informaciones oficiales del Gobierno ruso, en marzo del año 2000, el 54,7 por ciento de los rusos vivía por debajo del límite de supervivencia y el 26,6 por ciento ligeramente por encima del umbral de la pobreza (70). Ambas cifras representan nada menos que el 80 por ciento de la población se encuentra alrededor del nivel crítico de subsistencia, eso quiere decir que corre un alto riesgo de muerte por hambre, frío o enfermedades una población que antes tenía un elevado índice de conquistas sociales y culturales. Eso sin hablar ya de las guerras interétnicas, la criminalidad, la drogadicción, etc. Las sociedades post-Gran Hermano viven en un caos absoluto donde los nuevos ricos y varias miles de organizaciones mafiosas rigen los destinos de la economía y del país en asociación con la oligarquía de los países capitalistas occidentales. En otras palabras: se está produciendo un genocidio silencioso, un siniestro y oculto holocausto contra los pueblos ex-soviéticos. Según el investigador Kará-Murzá, tan sólo con la desaparición de la URSS se han producido tantos millones de muertos como en la Segunda Guerra Mundial (71). Eso quiere decir un mínimo de entre 20-25 millones de muertos. El siguiente paso, preparado por occidente, que sería el colapso del Estado ruso, supondría, según el investigador Fernández Ortiz:

La desaparición de los soportes básicos para la vida de millones de personas [...] ya deteriorados desde la desaparición de la URSS. La paralización de algo tan aparentemente banal como la red centralizada de calefacción y agua caliente supondría, en las condiciones de vida urbana actuales, la muerte de cientos de miles de personas en el primer invierno (72).

Este es el mundo que Orwell, Gorkin y sus seguidores han ayudado a crear. Son los resultados prácticos de la victoria póstuma de Orwell sobre el Gran Hermano. Por ello es inevitable coincidir con la acusación de Fernández Ortiz cuando proclama:

Por cierto, y dicho sea de paso, quizá va siendo hora de asumir responsabilidades y que aquellos que desde la izquierda contribuyeron y se alegraron de la desaparición de la URSS porque no era auténtico comunismo, reconozcan su error públicamente y pidan disculpas a la población de la antigua Unión Soviética por su parte de responsabilidad en los sufrimientos que para millones de personas ha supuesto la desaparición del comunismo soviético (73).

El orwelliano Pepe Gutiérrez afirma que la obra Rebelión en la granja agradó mucho a los amigos de Orwell, entre los que se encontraba Arthur Koestler. Es lógico: Koestler tuvo una evolución similar a la de Orwell. Fue un antiguo comunista desencantado, uno de tantos intelectuales individualistas a los que estamos acostumbrados, que descubrió un día las virtudes del sistema imperialista y decidió ponerse a trabajar a sueldo de la CIA, siendo uno de sus intelectuales más activos (74). Este escritor también había tenido un pasado en la guerra española como periodista defensor de la República, cayendo incluso prisionero de Franco y siendo amenazado de ejecución. Pero ya en 1939 Koestler evolucionó hacia la extrema derecha, y se hizo admirador manifiesto de escritores ingleses como Cecil Gerahty y William Foss, quienes escribieron sobre la República española:

Hemos demostrado, pues, que España fue la víctima de un vasto complot comunista, inspirado y controlado por los francmasones europeos, judíos en su mayoría, y agitadores internacionales (75).

Ni que decir tiene que esta obra se imprimió en la Alemania nazi y la Italia fascista. Con tales credenciales, Pepe Gutiérrez debería de haber dicho que Orwell y Koestler, más que amigos, fueron colegas de profesión y de empresa con la misma categoría laboral: cada uno, desde su puesto de trabajo (luchando por la libertad y la verdad) buscaban la destrucción del socialismo soviético y la aniquilación de los pueblos que formaban la URSS, mediante la fabricación de una imagen bien distorsionada entre la conciencia de las masas. En palabras de Fernández Ortiz:

Una vez que la conciencia social es inducida a asumir la ilegitimidad de un líder o de un sistema político, la forma de su derrocamiento es ya una cuestión secundaria, un problema tecnológico. Este esquema funcionó a la perfección en la URSS, incluso entre los que supuestamente eran sus aliados ideológicos. Como la Unión Soviética era el imperio del mal y una deformación de la revolución, su desaparición fue entonces bienvenida tanto por sus enemigos de toda la vida como por sus antiguos aliados. Para estos últimos, con un poco de suerte, la desaparición de la URSS incluso facilitaría la llegada del comunismo verdadero. Para semejante viaje de ingenuidad no hacían falta tantas alforjas (76).

La conexión catalana de Orwell se cierra en las oficinas de la CIA. Hemos visto cómo ésta, para crear una imagen distorsionada de la URSS, no dudó en aglutinar todo tipo de intelectuales orwellianos deseosos de prestarle sus servicios: antiguos revolucionarios del POUM (Orwell, Gorkin, Alba, etc.), excomunistas descontentos (Koestler), intelectuales conservadores y hasta fascistas (Camilo José Cela, etc.). Su mejor arquitecto fue sin duda el poumista Julián Gorkin. Mediante sus publicaciones, no solamente estaban ayudando a destruir una parte del mundo. Estaban ayudando a la CIA a levantar otra realidad, la constituida por los escuadrones de la muerte, las dictaduras militares, las guerras sucias, los desaparecidos... Este es uno de los grandes éxitos de estos intelectuales.

Pero su mayor éxito, no hay duda de que es el espantoso holocausto que están viviendo los pueblos ex-soviéticos, su particular y masivo 1984, esta vez auténtico y real. ¿Dónde están ahora los lamentos de los orwellianos por el genocidio del pueblo ex-soviético? De todos estas millones de víctimas prefiere olvidarse la intelectualidad orwelliana, una intelectualidad que esconde su cabeza eludiendo su cuota de responsabilidad en la tragedia, una intelectualidad que es bien considerada en el mundo libre y que, mientras derrocha ríos de tinta especulando sobre fantásticos y puros modelos de socialismo, considera indigno escribir acerca del sufrimiento de los millones y millones que mueren y agonizan en los gulags capitalistas de Rusia y de Europa Oriental.

Notas:


(1) Galván Reula, Juan Fernando: George Orwell y España, pp.51 y 52. Colección Textos y prácticas docentes, Secretariado de Publicaciones, Universidad de La Laguna, Tenerife, 1984.
(2) Idem, p. 51.
(3) Sperber, M. A.: Los escritores ingleses, en M. Hanrez, Los escritores y la Guerra de España, p.59, cit. por Galván Reula, obra cit., p. 58.
(4) Fyvel, T. R.: George Orwell: vida y literatura, p.48. Editorial Alfa, Barcelona, 1984.
(5) Gutiérrez, Pepe-Fundación Andreu Nin: Orwell y la revolución rusa.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=3D1857
(6) Tejedor Teruel, María: Vida y Obra de George Orwell.
http://mural.uv.es/martete/estu.htm
(7) La Vanguardia, 22/08/2001, suplemento Vivir, p. 7.
(8) Stonor Saunders, Frances: La CIA y la guerra fría cultural, p. 66. Editorial Debate, Madrid 2001.
(9) Grey, Ian: Stalin, Tomo 2, p. 355. Biblioteca Salvat de grandes biografías. Salvat editores, Barcelona 1984.
(10) Citado por: Grey, op. cit.,p. 355.
(11) Pauwels, Jacques: El mito de la guerra buena. EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial, pp. 206-207. Ed. Argitaletxe Hiru, Guipúzcoa, 2002.
(12) Stonor Saunders, Frances, obra cit., p. 413.
(13) Corbière, Emilio: George Orwell no escribió, en realidad, 1984, Argenpress, 27/09/2002.
http://w1.875.telia.com/~u87515926/perfil22.htm
(14) Citado por Stonor Saunders, Frances, obra cit., p.416.
(15) Deutscher, Isaac: Heretics and renegades. Hamish Hamilton Ltd, 1956. Citado por: Fyvel, T.R.: George Orwell: vida y literatura, prólogo, p.12. Editorial Alfa, Barcelona 1984.
(16) Corbière, Emilio J, obra cit.
(17) Galván Reula, Juan Fernando: George Orwell y España. Colección Textos y prácticas docentes, Secretariado de Publicaciones, Universidad de La Laguna, Tenerife, 1984.
(18) Idem, p.27
(19) Idem, pp. 28 y 29.
(20) Fyvel, obra cit., p. 35.
(21) Orwell, George: El camino a Wigan, citado por: Fyvel, obra cit., pp. 34 y 35.
(22) Galván Reula, obra cit., p. 35.
(23) Idem, p. 43.
(24) Idem, p. 44.
(25) Orwell, George: WiganPier, pp. 202-203. Citado en: Galván Reula, obra citada, p. 45.
(26) Galván Reula, obra citada, p. 143.
(27) Esta es la tesis, entre otros muchos, de Galván Reula.
(28) Ley, Pablo: Paseando con Orwell. El País-Cataluña, 17/03/2003.
http://www.pce.es/foroporlamemoria/documentos/paseando_orwell.htm
(29) Entrevista a Milton Wolff en La Vanguardia, 06/11/2003.
http://www.alay.com/hist1616.html
(30) Jiménez Losantos, Federico: Víctor Alba: El republicano cabreado.
http://www.arrakis.es/~corcus/losantos/losnuestros/alba.htm
(31) Benavides, Manuel: Guerray revolución en Cataluña, p. 365. Editorial Roca, México D.F., 1978.
(32) Stonor Saunders, Frances, obra cit., pp. 483, 484 y 487.
(33) Southworth H. R.: El mito de la cruzadade Franco, pp. 148-156, Ruedo Ibérico, París 1963.
(34) Idem, p. 149.
(35) Calvo Serer, citado por Southworth, El mito, p. 151, Ruedo Ibérico, París 1963.
(36) Southworth, El mito, p. 153.
(37) Southworth, Herbert R.: El gran camuflaje: Julián Gorkin, Burnett Bolloten y la Guerra Civil Española, En: Preston, Paul (ed): La República asediada. Hostilidad internacional y conflictos internos durante la Guerra Civil, Ediciones Península, Barcelona2001.
(38) Idem, pp. 484-485.
(39) Ramírez Ferri, Marc: Julián Gorkin, la vida de un luchador. Fundación Andreu Nin.
http://www.fundanin.org/ferri.htm
(40) Idem, p.461.
(41) Idem, p.477.
(42) Stonor Saunders, Frances, obra cit., p. 487.
(43) Southworth, Herbert R.: El gran camuflaje: Julián Gorkin Burnett Bolloten y la Guerra Civil Española, En: Preston, Paul (ed.): La República asediada. Hostilidad internacional y conflictos internos durante la Guerra Civil, p.483, Ediciones Península, Barcelona 2001.
(44) Nota 78 pie de página, citado por Southworth, obra cit.,p.464.
(45) Southworth, op. cit, p.489.
(46) Idem, pp. 490 y 491.
(48) Idem, pp. 417-418.
(49) Ramos, Rafael: Orwell delató a Chaplin, La Vanguardia, 23/06/1998, suplemento Vivir, p. 12.
(50) Ramos, Rafael: Revuelo en Gran Bretaña por la revelación de que Orwell delatóa escritores comunistas, La Vanguardia, 22/08/1996, p. 28.
(51) Corbière, Emilio J.: George Orwell no escribió, en realidad, 1984. Argenpress, 27/09/2002.
http://w1.875.telia.com/~u87515926/perfil22.htm
(52) Ramos, Rafael: Revuelo en Gran Bretaña por la revelación de que Orwell delató a escritores comunistas. La Vanguardia, 22/08/1996, p. 28.
(53) Galván Reula, J. F., obra cit., p. 128.
(54) Trilling, Lionel: Prólogo de Homenatge a Catalunya, de George Orwell. Edicions Destino, Barcelona, 2003.
(55) Idem, pp. 16 y 17.
(56) Citado de The Lion and the Unicorn de Orwell por Trilling, obra cit., pp.17 y 18.
(57) Orwell, George: Los escritores y el Leviatán, en Escritos, (1940-1948). Literatura y política, p. 153. Ediciones Octaedro, Barcelona 2001.
(58) Orwell, George: Política versus literatura. Un análisis de Los viajes de Gulliver. En: Escritos, obra cit., p. 123.
(59) Orwell, George: La defensa de la literatura. En: Escritos, obra cit., p. 102.
(60) Orwell, George: Los escritores y el Leviatán, en Escritos, obra cit., p.152.
(61) Galván Reula, obra cit., p. 143.
(62) Nota del prólogo a Orwell, George: Escritos, obra cit., p. 5.
(63) Galván Reula, obra cit., p. 35.
(64) Stonor, obra cit., p.418.
(65) Idem, pp. 274 y 275.
(66) Fyvel, obra cit., p.59.
(67) Stonor F., obra cit., pp. 49, 112, 217, 229, 232, entre otras.
(68) Stonor Saunders, Frances, obra cit., pp. 412-413.
(69) Nota del prólogo a Orwell, George: Escritos, obra cit., pp. 5 y 6.
(70) Diario Gara, 28/03/2000, p.35: El Presidente electo hereda un país sumido en una crisis sin precedentes.
(71) S.G. Kara-Murza, citado por Fernández Ortiz, Antonio: Chechenia versus Rusia. El caos como tecnología de la contrarrevolución, p.144, Editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2003.
(72) Fernández Ortiz, op. cit., pp.144 y 145.
(73) Idem, p. 145.
(74) Stonor Saunders, Frances, obra cit., por ej., pp. 95-97, 108, 111-121, 133, 145, etc.
(75) Citado por: Southworth H. R.: El mito de la cruzada de Franco, p. 157, Ruedo Ibérico, París, 1963.
(76) Fernández Ortiz, Antonio, obra cit., pp.147 y 148.

Bibliografía consultada:


1. Benavides, Manuel: Guerra y revolución en Cataluña, Editorial Roca, México D.F., 1978.
2. Corbière, Emilio J.: George Orwell no escribió, en realidad, 1984, Argenpress, 27/09/2002
http://w1.875.telia.com/~u87515926/perfil22.htm
3. Fernández Ortiz, Antonio: Chechenia versus Rusia. El caos como tecnología de la contrarrevolución, Editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2003.
4. Fyvel, T. R.: George Orwell: vida y literatura, Editorial Alfa, Barcelona, 1984.
5. Galván Reula, Juan Fernando: George Orwell y España, Colección Textos y prácticas docentes, Secretariado de Publicaciones, Universidad de La Laguna, Tenerife, 1984.
6. Grey, Ian: Stalin, tomo 2, Biblioteca Salvat de grandes biografías, Salvat editores, Barcelona, 1984.
7. Gutiérrez, Pepe-Fundación Andreu Nin: Orwell y la revolución rusa,
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=3D1857
8. Orwell, George: Homenatge a Catalunya, Edicions Destino, Barcelona, 2003.
9. Orwell, George: Escritos (1940-1948). Literatura y política, Ediciones Octaedro, Barcelona, 2001.
10. Pauwels, Jacques: El mito de la guerra buena. EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial, Ed. Argitaletxe Hiru, Guipúzcoa, 2002.
11. Periódico Gara, 28/03/2000: El Presidente electo hereda un país sumido en una crisis sin precedentes.
12. Periódico La Vanguardia, 22/08/2001, suplemento Vivir.
13. Ramos, Rafael: Orwell delató a Chaplin, La Vanguardia, 23/06/1998, suplemento Vivir.
14. Ramos, Rafael: Revuelo en Gran Bretaña por la revelación de que Orwell delató a escritores comunistas, La Vanguardia, 22/08/1996.
15. Southworth, H. R.: El mito de la cruzada de Franco, Ruedo Ibérico, París, 1963.
16. Southworth, H. R.: El gran camuflaje: Julián Gorkin, Burnett Bolloten y la Guerra Civil Española. En: Preston, Paul (ed.): La República asediada. Hostilidad internacional y conflictos internos durante la Guerra Civil, Ediciones Península, Barcelona, 2001.
17. Stonor Saunders, Frances: La CIA y la guerra fría cultural, Editorial Debate, Madrid 2001.
18. Trilling, Lionel: Prólogo de ‘Homenatge a Catalunya’, de George Orwell, Edicions Destino, Barcelona, 2003.

Leer también:

Orwell: homenaje al delator

inicio programa documentos galería