Joe Hill
(1879-1915)

Joel Emmanuel Hägglund nació en Gävle (Suecia) el 7 de octubre de 1879. Su padre, Olof, era un trabajador ferroviario que tuvo nueve hijos, de los cuales Joel fue uno de los seis que lograron sobrevivir. La familia Hägglund eran feligreses devotos de la iglesia protestante, en la que aprendieron música. Joel tocaba el órgano, el piano, el acordeón, el banjo, la guitarra y el violín. En alguna ocasión comentó que disfrutaba más tocando el violín que comiendo.

Su padre murió en 1887 y su madre en 1902. Los hijos tuvieron que vender el hogar familiar y la familia se disolvió. Joel emigró a Estados Unidos en compañía de Paul, uno de sus hermanos, bajo el nombre de Joseph Hillström. Llegó a Nueva York en octubre de 1902.

Los hermanos Hägglund habían estudiado inglés en Suecia. Tenían una imagen idílica de Estados Unidos como la tierra prometida, el paraíso idílico de la prosperidad para todos. Pero, nada más llegar, el emigrante sueco se dio de bruces con la evidencia. Tuvo ocasión de conocer a fondo la realidad capitalista más salvaje, al recorrer Estados Unidos de costa a costa desde Nueva York hasta Hawai, como hobo en los trenes de carga o de polizonte en los barcos, trabajando en las minas, en la industria maderera y como estibador de los muelles. Su ingenuo mito se rompió pronto por las duras condiciones de trabajo y la salvaje explotación que padecían los trabajadores inmigrantes.

Se estableció finalmente en California y cambió otra vez su nombre por el de Joe Hill. En 1910 se afilió al sindicato IWW, los wobblies y fue uno de los dirigentes de la huelga de los trabajadores del muelle de San Pedro, en California. En 1912 le apalearon dejándole una cicatriz durante un mitin en San Diego.

El sindicato IWW comenzó a utilizar la música para atraer la atención de trabajadores en reuniones sindicales e incluso en las esquinas de los barrios obreros. Hill compuso canciones revolucionarias que aparecían en los periódicos del sindicato, Industrial Worker y Solidarity. La fórmula del IWW consistía en poner estrofas pegadizas y combativas a las canciones populares y a los himnos que cantaban los trabajadores. Hill solía decir que un libro es bueno, pero pocas veces se lee más de una vez, mientras que una canción se aprende de memoria y se repite continuamente. Ésa era la fuerza de la música como instrumento de lucha obrera.

El sindicato recopiló todas esas melodías, publicando un folleto titulado Red Songbook (Libro rojo de canciones) con un repertorio de himnos para cantar en las manifestaciones y piquetes de huelga. De ellas 13 eran composiciones de Hill, que las llamaba canciones para aventar las llamas del descontento. Entre las canciones más conocidas estaban The preacher and the slave (El predicador y el esclavo) y Casey Jones, the union scab (Casey Jones, el esquirol) que se convirtieron luego en temas populares internacionalmente conocidos. The preacher and the slave era una parodia del himno del Ejército de Salvación al que Hill le cambió la letra para convertirla una canción de combate. La segunda, Casey Jones, fue escrita en apoyo a una huelga de 35.000 ferroviarios en el estado de Illinois.

Estas canciones tuvieron una extraordinaria importancia, ya que la mayor parte del proletariado estadounidense era inmigrante y apenas hablaban inglés ni ningún otro idioma común. Obreros que trabajaban en la misma empresa no se podían entender entre sí. En 1912 durante una huelga en Lorenzo (Massachusetts) los trabajadores hablaban 44 idiomas distintos y los capitalistas hicieron todo lo posible por dividirlos hostigando a unos contra otros. Los trabajadores inmigrantes eran de tan diverso origen étnico que las barreras linguísticas les impedían comunicarse. Sin embargo, todos entendían las canciones de Hill y su música sirvió como factor de unidad y de solidaridad.

Hill era un decidido partidario de la incorporación de las mujeres trabajadoras a la lucha de clases. El 29 de noviembre de 1914, escribió al editor de Solidarity:

Desgraciadamente Estados Unidos descuida a las mujeres trabajadoras, sobre todo en la costa oeste, y por lo tanto hemos creado un animal con una sola pierna, un monstruo de sindicato, y nuestros bailes y manifestaciones tienen algo de anticuado y de artificial porque se han reducido a una cuestión monetaria; también están privados de la vida y la inspiración que sólo la mujer puede producir.
A causa de su lucha sindical los capitalistas dejaron de contratarle en California, y tuvo que trasladarse a Utah, donde comenzó a trabajar en unas minas cerca de Salt Lake City. Allí ayudó a organizar en 1913 una huelga en la empresa United Construction Company.

Poco después de esta lucha, un antiguo policía, John B. Morrison, fue asesinado junto con su hijo Arling de 17 años en un atraco a la tienda de ultramarinos de su propiedad en Salt Lake City. Le dispararon dos individuos que penetraron en ella enmascarados. Su hijo trató de repeler la agresión y, aunque logró herir a uno de ellos, fue también abatido por los disparos. Un segundo hijo consiguió escapar escondiéndose en la trastienda.

Morrison siempre había manifestado que había dejado de ser policía porque le habían amenazado debido a alguna detención que practicó.

En la misma noche del asesinato, el 10 de enero de 1914, Hill había sido atendido por Frank McHugh, un médico de ideas socialistas, a causa de una herida de bala en su hombro izquierdo en su consulta de Murray. Hill le dijo a McHugh que había sido herido en una pelea por una mujer. Además, el médico pudo comprobar que Hill iba armado con un revólver.

A pesar de sus ideas socialistas, el médico denunció a Hill a la policía al leer a la mañana siguiente la noticia del doble asesinato en la tienda de Morrison. De acuerdo con la policía, le tendió una trampa a Hill, citándole en su consulta tres días después de la cura, durante la cual le dio un sedante para que la policia pudiera detenerle más fácilmente.

La policía ya conocía sus actividades sindicales. Relacionar el asalto a la tienda con la herida de Hill era lo más sencillo, así que aprovecharon la oportunidad para deshacerse de él. Lo detuvieron inmediatamente rompiéndole los huesos de una mano de un golpe. Hill rechazó confesar cómo se hizo la herida y tampoco dio el nombre de la mujer con la que había pasado la noche para evitar comprometerla, porque estaba casada. Se quedó sin coartada, aunque arriesgaba una condena a muerte, ya que Hill fue acusado del doble asesinato de Morrison y su hijo.

Durante los 22 meses que pasó en la prisión, Hill siguió escribiendo canciones, incluyendo la que él consideraba su mejor composición, Rebel Girl, dedicado a la mujer proletaria:

Hay muchos tipos de mujeres
en este extraño mundo, como todos sabemos.
Algunas viven en grandes mansiones,
y visten finos trajes.
Hay reinas y princesas de sangre azul
que tienen un encanto labrado de diamantes y perlas.
Pero la única mujer de pura sangre
es la muchacha rebelde.

¡Es la muchacha rebelde!
¡Es la muchacha rebelde!

Para la clase obrera ella es una perla preciosa.
Proporciona valor, orgullo y alegría
al muchacho rebelde que lucha.
Ya teníamos muchachas, pero necesitamos más
en el sindicato IWW
que lucha por la libertad
con una muchacha rebelde.

Sí, ella tiene callos en las manos de trabajar,
y su vestido quizá no sea muy fino.
Pero un corazón está latiendo en su pecho.
que es auténtico para ella y para su clase.
Y los capitalistas temblarán de miedo
cuando ella lance su desafío de odio.
Es una mujer única, de pura sangre:
¡Es la muchacha rebelde!

En el juicio contra Hill en Salt Lake City, los testigos que estaban en el exterior de la tienda del ex-policía habían oído decir a uno de los asaltantes que estaba herido. Pero ninguno pudo identificar a Hill como uno de los asesinos. Tampoco estaba claro cómo Hill había ido herido desde Salt Lake City, donde ocurrió el atraco, hasta Murray, donde le atendió el médico.

Dos jóvenes abogados se ofrecieron para defender gratis a Hill y de ese modo hacerse famosos. En realidad actuaban de acuerdo con el fiscal para lograr su condena, pero el juez Morris Ritchie rechazó excluir a los abogados del caso. Entonces Hill rechazó defenderse activamente en el juicio. La suerte estaba echada de antemano.

Antes que Hill, otros 12 sospechosos habían sido ya detenidos, acusados del doble asesinato y otras cuatro personas en Salt Lake City fueron atendidos de heridas de bala aquella noche.

La bala que hirió a Hill no fue encontrada en la tienda, ni tampoco era de Hill la sangre que se encontró en la tienda. El asalto no tenía como objetivo el dinero y a uno de los asaltantes se le oyó decir: Ya te tenemos. Además, los asesinos no se llevaron ni dinero ni comestibles de aquella tienda. La defensa adujo, por tanto, que el móvil del asesinato había sido la venganza y que Hill no tenía ninguna conexión anterior con Morrison.

Los dirigentes del IWW denunciaron que la detención de Hill era un ataque directo al movimiento sindical. Los capitalistas del oeste, especialmente los empresarios mineros del cobre de Utah, conspiraron para quitarse de enmedio a Hill con ayuda de Harry MaCrae, director de una agencia privada de detectives. Incluso el gobernador del estado, William Spry, admitió que deseaba utilizar el caso para frenar a la calle que ruge y para despejar el Estado de sujetos sin ley y agitadores del IWW.

A pesar de ello fue declarado culpable de asesinato y condenado a muerte. Le dieron a elegir entre ser ahorcado o fusilado.

Mientras, Bill Haywood y el IWW lanzaron una campaña para impedir aquel linchamiento legal. Elizabeth Flynn, la sindicalista a la que Hill dedicó Rebel girl, le visitó en prisión y fue una de las más ardientes defensoras de la revisión del proceso. En julio de 1915, 30.000 miembros del IWW australiano exigieron al gobernador William Spry la liberación de Hill. Resoluciones similares llegaron del gobierno sueco, de las Trade Unions británicas y de otros sindicatos europeos. El propio presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, también entró en contacto con Spry y le pidió por dos veces la revisión del asunto. La petición fue sistemáticamente rechazada.

Cuando Hill oyó la noticia, envió un mensaje a Bill Haywood: Adiós Bill. Muero como un verdadero rebelde. No pierdas el tiempo con el luto. Organiza. Desde entonces esta frase se ha convertido en un grito de guerra del proletariado norteamericano: No pierdas el tiempo con el luto. ¡Organiza!

Lo ataron a una silla y pusieron un corazón de papel blanco sobre su pecho para que un pelotón de fusilamiento de cinco mercenarios no fallara su puntería. Era el 19 de noviembre de 1915.

En Chicago asistieron 30.000 obreros a su funeral, uno de los más concurridos de Estados Unidos. Las palabras de homenaje y despedida se leyeron en nueve idiomas distintos.

Antes de morir escribió un poema, Mi último deseo, en el cual consignaba su voluntad postrera, que sus camaradas llevaron luego a la práctica:

Mi voluntad es fácil de decidir:
no dejo nada para repartir.
Mis parientes no necesitan quejarse y gemir.
"El musgo no se aferra a un canto rodante".
¿Mi cuerpo? ¡Ah! Si pudiera elegir
lo reduciría a cenizas,
y dejaría soplar las felices brisas
para que las llevaran a donde germinan las flores.
Quizá entonces las flores que se marchitan
volverían a la vida y brotarían de nuevo.
Éste es mi último y postrer deseo:
Buena suerte a todos, Joe Hill.
Las cenizas de Hill se depositaron en pequeños sobres y el Primero de Mayo de 1916 fueron dispersadas a los vientos en cada uno de los Estados de la Unión. Esta ceremonia también se llevó a cabo en otros países.

Joe Hill personifica la más pura tradición de la canción revolucionaria. Quería componer canciones para aventar las llamas del descontento, y lo consiguió. Nunca grabó discos, pero los 53 temas que compuso se siguieron cantando en los piquetes de huelga, en las reuniones sindicales, en los mítines y en las manifestaciones. No conservamos su voz, pero sí sus canciones que, aún hoy, forjan los emblemas de la unidad y la solidaridad entre todos los obreros. La antorcha que él prendió sigue encendida.

En 1925 Alfred Hayes escribió un poema sobre Hill que más tarde, adaptada por Earl Robinson y cantada por Paul Robeson, llegó a ser muy conocida: I dreamed I saw Joe Hill last night (Anoche soñé que veía a Joe Hill). En los años 30 los mineros de Gales (Gran Bretaña) la adoptaron como himno propio durante sus huelgas. Paul Robeson volvió a cantar este tema ante los obreros suecos en 1949 en medio de lágrimas y rabia por el crimen. Joan Báez incluyó esta canción en el repertorio que interpretó en el festival de Woodstock en 1969 ante 300.000 asistentes.

I dreamed I saw Joe Hill last night
Alive as you or me
Says I, But Joe, you're ten years dead
I never died, says he
I never died, says he
In Salt Lake, Joe, says I to him
Him standing by my bed
They framed you on a murder charge
Says Joe, But I ain't dead
Says Joe, But I ain't dead
The copper bosses killed you, Joe
They shot you, Joe, says I
Takes more than guns to kill a man
Says Joe, I didn't die
Says Joe, I didn't die
And standing there as big as life
And smiling with his eyes
Joe says, What they forgot to kill
Went on to organize
Went on to organize
Joe Hill ain't dead, he says to me
Joe Hill ain't never died
Where working men are out on strike
Joe Hill is at their side
Joe Hill is at their side
From San Diego up to Maine
In every mine and mill
Where workers strike and organize
Says he, You'll find Joe Hill
Says he, You'll find Joe Hill
I dreamed I saw Joe Hill last night
Alive as you or me
Says I, But Joe, you're ten years dead
I never died, says he
I never died, says he.
Anoche soñé que veia a Joe Hill
vivo como tu o como yo.
Yo le decía: pero Joe ¡llevas diez años muerto!
Nunca he muerto, respondía él
Nunca he muerto, respondía él.
En Salt Lake, Joe, le decía yo.
Él estaba en mi cama.
Ellos te condenaron por asesinato
y Joe respondía, pero yo no he muerto
y Joe respondía, pero yo no he muerto.
Los patronos del cobre te mataron, Joe
Joe, te dispararon, le decía yo.
Hace falta algo más que armas para matar a un hombre,
respondía Joe, yo no he muerto
respondía Joe, yo no he muerto.
Y estaba allí, tan grande como fue su vida,
sonriendo con sus ojos.
Decía, ¿qué se olvidaron de asesinar?
¡La organización!
¡La organización!
Joe Hill no está muerto, él me habla
Joe Hill nunca morirá:
donde el proletariado esté en huelga
Joe Hill está a su lado
Joe Hill está a su lado,
de San Diego hasta Maine,
en cada mina y en cada molino,
donde los trabajadores luchen y se organicen
nos dice: encontrarás a Joe Hill
nos dice: encontrarás a Joe Hill.
Anoche soñé que veía a Joe Hill
Vivo como tú o como yo
Yo le decía: pero Joe ¡llevas ya diez años muerto!
Nunca he muerto, respondía
Nunca he muerto, respondía.

Tras la gran depresión de 1929, las canciones de Hill siguieron ganando el corazón del proletariado norteamericano, especialmente la canción Pie in the sky, que llegó a convertirse en un verdadero himno en todas las huelgas:

Si los trabajadores tomamos conciencia
podemos parar todos los trenes que corren,
y cada buque sobre el océano
podemos atar con fuertes cadenas.
En la antigua República Democrática de Alemania, el compositor Erich Siebenschuh y el libretista Barrie Stavis compusieron en 1970 una ópera en su memoria. También el gran director sueco de cine Bo Widerberg realizó una película en 1971 narrando la vida y el asesinato de Joe Hill. En Suecia la ciudad de Gävle ha erigido un monumento que honra a su ilustre hijo al que el hambre obligó a emigrar y al que la codicia capitalista asesinó porque pretendía unir a sus hermanos obreros en un mismo puño solidario.

Joe Hill no fue el último. La historia del movimiento obrero norteamericano es una historia de asesinatos más o menos legales. Tras él llegaron los anarquistas Sacco y Vanzetti en los años veinte, luego le correspondió al matrimonio Rosenberg en los cincuenta y a Martin Lutero King y Malcom X en los sesenta. Ellos sólo son los casos más conocidos.

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