La Audiencia Nacional cumple 30 años

Hay muchos que creen que nosotros aún no hemos entendido la diferencia entre el fascismo y la democracia burguesa. Es una de las críticas que nos lanzan más a menudo. Para ellos, España es hoy un régimen democrático burgués... aunque con recortes, limitaciones,corruptelas, deformaciones y otras pequeñas cosillas de poca monta. Pero gozamos de la democracia burguesa al fin y al cabo. El PCE(r) se equivoca al afirmar lo contrario.

Por tanto, según ellos, en España sí hubo una transición, un cambio. Quizá no nos lo sepan explicar con claridad, pero parece que algo cambió tras la muerte del verdugo Franco. Quizá tampoco sepan explicar quién es el que cambió, y ni siquiera qué es lo que cambió, pero como lo dice todo el mundo...

Veamos uno de esos gloriosos cambios y comprobemos que como este cambio -más o menos- fueron todos los demás de aquella época, (o sea que no hubo ningún cambio, que es la tesis que venimos sosteniendo desde hace 30 años).

Nos referimos a la Audiencia Nacional, fundada el 4 de enero de 1977. Si alguien tiene la paciencia de ir a la hemeroteca y leer el Boletín Oficial del Estado de aquel 4 de enero de 1977 tropezará nada menos que con tres decretos-leyes promulgados de un golpe. El primero disuelve el odiado Tribunal de Orden Público, el tribunal especial franquista especializado en represión política. El segundo crea un nuevo Tribunal, la Audiencia Nacional, y el tercero transpasa las competencias del Tribunal de Orden Público a la Audiencia Nacional. Y eso fue todo el cambio que hubo: los demócratas de la Audiencia Nacional continuaron el trabajo allá donde los fascistas del Tribunal de Orden Público lo habían dejado. A los que hasta entonces se insultaba llamando comunistas luego se les insultó llamando terroristas. No hubo más cambios.

El Tribunal de Orden Público tenía su sede donde ahora está el Tribunal Supremo, en un ala del último piso. Si el 5 de enero de 1977 alguien se hubiera dado una paseo por allá arriba, no hubiera notado ningún cambio: los jueces del Tribunal de Orden Público eran ahora jueces de la nueva Audiencia Nacional, los fiscales del Tribunal de Orden Público eran los mismos fiscales de la nueva Audiencia Nacional, los secretarios del Tribunal de Orden Público eran los mismos secretarios de la Audiencia Nacional, los funcionarios del Tribunal de Orden Público eran funcionarios de la Audencia Nacional, y las máquinas de escribir eran las mismas, y los membretes, y los papeles timbrados, y las mesas, y las sillas, y las oficinas, y el rótulo de la puerta... Si quisiéramos encontrar una sola diferencia, no la habría. A los perros ni siquiera se les había cambiado el collar; eran los viejos chupatintas del franquismo, toda aquella legión de falangistas que ingresaron en la burocracia tras luchar contra el bolchevismo en la División Azul. Y seguían con la misma sucia tarea de siempre para acabar con los rojos de una vez, para encarcelear, para detener, para torturar, para enjuiciar, para procesar, para prohibir...

¿Cambió el Código Penal? No, el Código Penal era el viejo Código Penal franquista de 1973. ¿Cambió por lo menos la Ley de Enjuiciamiento Criminal? No, la Ley de Enjuiciamiento Criminal era la misma desde 1888.

Pero estamos tratando de hacer memoria... un poco de paciencia... realmente algo tuvo que cambiar lo que pasa es que quizá nos falle la memoria...

¡ Ya nos acordamos ! ¡ Lo que cambiaron fueron los detenidos ! Los viejos detenidos del Tribunal de Orden Público pasaron a ser diputados, senadores y concejales ! ¡ Esa fue la traición ! (Perdón: quisimos decir la transición). Lo que cambió fue que hubo quien no cambió y siguió llamando al pan pan y al vino vino... y a la Audiencia Nacional le siguió llamando Tribunal de Orden Público.

Bueno, como hemos dicho, también cambiaron los insultos: los comunistas pasaron a ser terroristas. Por tanto, efectivamente, no se puede decir que no ha cambiado nada.

Pero hay que añadir una cosa muy importante, porque todo eso de que la Audencia Nacional es un tribunal fascista que debe ser disuelto ya lo ha reconocido hasta el Parlamento vasco recientemente. (Y nos deberían explicar cómo hemos podido convivir durante 30 años en democracia con un tribunal de esa naturaleza). Lo que nosotros sostenemos es que es un error pensar que la legalidad democrática es heredera de la legalidad franquista. Lo que nuestro Partido afirma es algo completamente distinto de eso: lo que nosotros decimos exactamente es que la ilegalidad democrática es heredera de la ilegalidad franquista.

Vamos a explicarlo un poco más despacio porque habitualmente se suele hablar de esto en términos políticos pero no en términos legales, que es de lo que ahora estamos hablando. Si no nos meten en la cárcel para entonces (acusados de terrorismo, naturalmente), volveremos a insistir al respecto el próximo 15 de junio, cuando se conmemora el aniversario de las primeras elecciones democráticas. Ahora seguimos planteándolo desde el punto de vista de un solo tribunal.

Como es bien sabido, nosotros no reconocemos ni legalidad ni legitimidad al régimen franquista y como el régimen democrático es heredero de aquel, tampoco se lo reconocemos a éste. Pues bien: la Audiencia Nacional también se creó que manera ilegal porque ningún Estado medianamente civilizado permite crear tribunales por decreto-ley. Ni siquiera la ley franquista permitía eso; la ley democrática tampoco lo permite. Y sin embargo así se hizo, lo cual significa que aquel tribunal nació ilegalmente, condenó a miles de antifascistas ilegalmente y aplicó la ley ilegalmente.

¿Cómo es esto posible? Pues sí, nos deben muchas expicaciones todos esos que se llenan la boca a cada paso con el imperio de la ley. Sobre todo deberían hacer un esfuerzo para explicárselo a todos aquellos que pasaron años de presidio de manera ilegal.

Nosotros tenemos nuestra propia teoría, que es la siguiente: en este país los fascistas se alzaron contra la legalidad y contra la democracia y durante tres interminables años mantuvieron una guerra contra el pueblo, al que acusaron de rebelión, con miles de asesinatos, con miles de juicios y miles de detenidos. Así nacieron y así edificaron su propio Estado, de manera que no solamente no respetan la legalidad ajena sino que tampoco han aprendido siquiera a respetar la suya propia. Todavía vivimos hoy, a las puertas de un nuevo siglo, lo mismo que en 1939 y si los fascistas tienen que saltarse a la torera sus propias leyes e imponer la cadena perpetua, como a Iñaki de Juana, y si tienen que mantener en la cárcel a nuestra camarada Josefina García Aramburu con la condena ya más que cumplida, no tienen ningún escrúpulo.

Pero no vamos a ser nosotros los que les echemos en cara que no son capaces de cumplir ni con sus propia leyes: nosotros -insistimos- ni siquiera las admitimos. Por tanto, tampoco podemos admitir que nos quieran hacer comulgar con ruedas de molino y vamos a seguir llamando a las cosas por su nombre: al pan pan, al vino vino, y al fascismo no los vamos a confundir con la democracia burguesa.

Quizá alguno no se acabe de dar cuenta de la importancia de lo que estamos hablando: estamos hablando de un tribunal y de unos jueces, que son los que tienen que aplicar la ley y que son los primeros que se orinan encima de ella. Por tanto, si ellos se orinan encima de la ley, no vamos a ser nosotros los que nos dediquemos a predicar supersticiones como el imperio de la ley. El problema serio es que es por las manos de ese tipo de sujetos por los que pasa la suerte de muchos antifascistas; el problema es que tipos de esa calaña son los que imponen cientos de años de condena sin pestañear, los que cierran periódicos, emisoras de radio, ilegalizan a los partidos comunistas, prohiben manifestaciones, etc.

Durante 30 años nos ha tocado lidiar casi en solitario en batallas como ésta, reclamando la disolución de un tribunal de excepción como un paso pequeñito para abrir una brecha en el podrido muro franquista. Que ahora el Parlamento vasco se una a la denuncia nos demuestra la existencia de un cierto clamor en aquella línea, así como la justeza de nuestros planteamientos de siempre. Nuestra lucha era -y es- plenamente legítima. A la inversa eso significa que la persecución de que hemos sido objeto todos estos años es injusta y que, por tanto, el Estado debe reconocer públicamente los méritos de todos los que han caído o han padecido la represión a causa de ello. Los asesinados, los detenidos, los presos... todos los antifascistas perseguidos que han continuado la lucha de sus mayores merecen un reconocimiento: eso también forma parte de la memoria histórica, que no acaba en 1939 sino que realmente empieza en 1939.

Hay quien dice por ahí que nos conformamos con muy poco, y no les falta razón. También a nosotros nos gustaría mucho más. Pero nos da la impresión de que esos no han entendido nada de la historia de este país. Deberían darse cuenta de que desde 1939 los trabajadores, los republicanos y todos los antifascistas no tienen victorias que llevarse a la boca. No han conocido más que durísimas derrotas y peores traiciones, hasta el punto de que muchos siguen desmoralizados a causa de ello. Todo el movimiento popular necesita un respiro para recargar las pilas; tienen que comprobar que al fascismo se le puede hacer retroceder pero que ello exige un esfuerzo, una lucha, la mayor parte de las veces, muy amarga y, además, larga, muy larga. Si hay alguien que tenga escondido el secreto de las vitorias fáciles, rápidas y totales lo debería exponer ya y no guardarse el copyright. Nosotros no conocemos otra vía que ésta en la que estamos empeñados.

Como siempre la historia está llena de detalles y la de un insignificante tribunal como la Audiencia Nacional también los tiene a raudales. Resulta que durante la transición, de la Audiencia Nacional sólo hablaban las leyes en las disposiciones transitorias, que es como reconocerlo de manera vergonzante, a hurtadillas. Eso tenía también un segundo significado: desde hace 30 años los fascistas siempre creyeron que podrían acabar con la resistencia rápidamente y que, una vez logrado su propósito, podrían disolver ese vergonzoso tribunal y, por fin, poder aparentar aquello que no son. Les hubiera gustado acabar con la parte más negra de su historia por su propia iniciativa, sin que quedara claro que es una auténtica conquista del movimiento de resistencia de las masas.

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