Cuestiones de principio

Colectivo José M. Sevillano Martín
Presos Políticos del PCE (r) y de los GRAPO
Julio de 2006

Cuando hacemos referencia a los principios solemos hacerlo como reseña de lo irrenunciable, de aquello de lo que no podemos hacer dejación. Al mismo tiempo, como es lógico en la sociedad clasista, los principios tienen sus diferentes interpretaciones en función de la posición ideológica y social desde la que se apliquen.

Por ejemplo, para la burguesía es una cuestión de principio la economía de mercado, pues sin este requisito no podría traficar con sus mercancías; es también para ella una cuestión de principio la propiedad privada sobre los medios de producción, pues sin esta apropiación no podría explotar al obrero asalariado extrayendo la plusvalía de su fuerza de trabajo; es, igualmente, una cuestión de principio para la burguesía ejercer su dominio político sobre la clase obrera y el conjunto del pueblo, pues sin este dominio absoluto, dictatorial, ejercido a través de la violencia organizada estatal, no podría llevar a efecto los anteriores principios, íntimamente interrelacionados, para poder sostener la existencia del sistema capitalista de explotación.

Al mismo tiempo, existen principios que afectan a aspectos parciales o fases de la vida política, social, personal, moral... Por ejemplo, cuando después de una prolongada serie de batallas entre dos fuerzas contendientes, y una no acaba de imponerse a la otra, éstas, suelen recurrir, por necesidad mutua, a períodos de tregua. Cuando esto se produce, y dado que ambas partes tratan de sacar ventaja sobre los términos en que se van a dar esa tregua, la cuestión de los principios cobra una cierta significación ya que marcan los límites de esa fase específica de la lucha y su incidencia sobre el posterior desarrollo del conflicto.

A este respecto, el gobierno, en representación del Estado, viene pregonando un diálogo con las fuerzas populares revolucionarias, dejando entrever cuáles van a ser los principios que van a marcar los límites que no están dispuestos a traspasar. El presidente del Gobierno, en la sesión parlamentaria del día 6 de junio, reiteró con solemnidad que no se pagará ningún precio político a la paz. Poco después, el presidente de los socialistas vascos, Patxi López, en una entrevista que le hicieron ese mismo día en una cadena televisiva, a la pregunta de qué iba a hablar con Batasuna contestó: Siempre hemos reiterado dos principios: primero, Batasuna tiene que rechazar la utilización de la violencia como medio para la obtención de réditos políticos; y segundo, si quiere participar en la legalidad y las instituciones tiene que acatar y respetar las leves. No parece caber duda de que estas posiciones, en esta coyuntura concreta, son, como bien ha remarcado Patxi López, de principio.

Esto quiere decir que, de partida, en este proceso de diálogo, su disposición a resolver algunos de los problemas que sufren los trabajadores y los pueblos es nula. Menos aún, como se podrá comprender, que su intención sea acabar con la explotación, ni restituir los derechos arrebatados por la fuerza de sus leyes y su policía a los trabajadores, ni mejorar sus condiciones de vida; tampoco piensan permitir que se rompa la nación, esto es, que se conceda el derecho democrático, inalienable, que tienen los pueblos de las nacionalidades oprimidas por esa nación-Estado español de poder elegir su destino libremente, hasta formar un Estado aparte si así lo decidiesen; es claro que tampoco es su intención disolver las fuerzas que emplea ese Estado para la represión de su propio pueblo, ni la disolución de las fuerzas militares que utiliza para el sometimiento imperialista de otros pueblos...

El movimiento popular: límites y razones de principio

Las razones de principio del proletariado revolucionario están íntimamente ligadas a los intereses de clase fundamentales, como es la apropiación de los medios de producción por los trabajadores y proceder, de esa forma, a la eliminación de la propiedad privada y la explotación: es igualmente una cuestión de principio ejercer el dominio político, una vez tomado el poder, de forma dictatorial sobre la burguesía reaccionaria y aplicar la más completa democracia sobre el pueblo; como lo es la lucha ideológica más intransigente contra el revisionismo en sus más diversas formas y épocas...

El movimiento popular de resistencia antifascista también tiene sus propios principios, sus límites que nunca debe de traspasar. Por ejemplo, un principio a tener en consideración es la no aceptación de la Constitución que consagra el sistema de explotación y de opresión. ¿Cómo podríamos aceptar el marco que ha establecido la clase dominante para ejercer su dominio absoluto? Esto supondría aceptar el derecho de la burguesía monopolista a seguir sometiendo por la fuerza a millones de trabajadores a la esclavitud asalariada; supondría, aceptar que esa burguesía imperialista se otorgue el derecho de opresión sobre otros pueblos y niegue a unos y otros el derecho a resistir ante sus atropellos.

Pero es que, además, la aceptación de ese marco constitucional y las leyes que de él emanan supondría hacer dejación de los principios que guían al movimiento de resistencia popular. Supondría reinsertarnos en su sistema de explotación y opresión, a partir de lo cual tendríamos que renunciar al derecho de resistencia que asiste a todos los explotados y oprimidos ante la violencia organizada del Estado y predicar la reconciliación entre el explotador y el explotado, el opresor y el oprimido, el torturador y el torturado, el represor y el reprimido, etc., etc. Es decir, tendríamos que entrar por el mismo aro que entraron los socialistas, peceros, poli-milis y demás comparsa, cuando se reconciliaron con el genocida régimen fascista, ayudándole a encalar la fachada sin tocar los cimientos y el armazón del edificio sobre el que se asentaba el dominio de la oligarquía financiera, en lo que se dio en llamar la transición democrática, traicionando a los trabajadores y a los pueblos y haciendo dejación de todos sus principios a cambio de copar los ministerios y poltronas institucionales. 

Pues bien, esto es precisamente lo que nunca, bajo ninguna circunstancia, podemos hacer quienes nos otorgamos la confianza de la clase obrera y los pueblos. Esta, la confianza en los revolucionarios, es algo que afecta, precisamente, a una cuestión de principio, situado, en este caso, en la esfera de la política y, sobre todo, de la moral revolucionaria. Pero es que, además, éstos principios no están en función de la coyuntura política, o de una u otra fase negociadora, pues no son negociables, sino que recorren todo el proceso revolucionario, marcando los límites que nunca se deben de traspasar.

(*) Esta reflexión fue elaborada unos veinte días antes de la declaración de Zapatero anunciando la apertura del diálogo con ETA. Sin embargo, consideramos que la misma no aporta nada novedoso que precise retocar este análisis.

(**) José M. Sevillano Martín fue un preso Político del PCE (r) muerto en huelga de hambre por resistirse a la dispersión, el aislamiento y el exterminio de los presos políticos, siendo ministro carcelario F. Múgica Herzog, actual defensor del pueblo.

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