11-M: el golpe de timón

Garzón acaba de abrir un sumario a tres policías que falsificaron un informe oficial destinado a los juzgados con el fin de demostrar las conexiones entre ETA y AlQaeda en el 11-M. Por tanto, Garzón ha cambiado de chaqueta una vez más y ya no sigue el dictado de los rottweiler aznaristas. La vedette con toga siempre se pone al servicio de quien esté en el gobierno (a eso es a lo que le deben llamar independencia judicial).

Entre 1996 y 2004 fue Garzón quien materializó la política antiterrista de Aznar, que se resumía en todo es ETA (o todo es GRAPO o todo es AlQaeda). Con esa excusa encarcelaron a los que se movían: eran la infraestructura, el brazo o la logística del terrorismo. Todo da lo mismo, todo importa un bledo. Nunca nadie va a hacer preguntas sobre esto.

Fue Garzón quien llevó a cabo ese trabajo sucio judicial, eso sí siempre con la ley en la mano, pasando a limpio los papeluchos que le escribía la Guardia Civil.

Pero es que eso era sólo una parte del trabajo sucio. Si todo es ETA, todo es GRAPO y todo es AlQaeda, puestos a enredar y confundir, ¿por qué no ETA=AlQaeda? Puestos a no hacer distingos, ¿qué más da que los del 11-M fueran ETA o AlQaeda? Lo realmente importante es que era terrorismo y da igual quién fuera el que lo hiciera: al primero que pillamos se lo apuntamos y ya está.

En resumen, la política aznarista era no diferenciar entre unos y otros terroristas. Ante esto el PSOE dio la callada por respuesta.

Pero llega el 11-M y los socialfascistas cambian de criterio: el 11-M era cosa de AlQaeda y ETA no tenía nada que ver. El PSOE se convirtió en el mayor defensor de la inocencia de ETA.

Pero el 11-M les pilló a los rottweiler de Génova con el pie cambiado. Lo que se hablaba antes del 11-M era si iban a ganar con mayoría absoluta o no y salieron de la elecciones trasquilados con una campañita en la que las masas se les echaron a la calle y se pusieron delante de sus sedes a gritar que su ecuación ETA=AlQaeda era cualquier cosa menos matemática pura. En tres días tuvieron un chasco que no se esperaban en absoluto. No nos podemos extrañar de que estén enfadados; todavía no lo han digerido y por eso sus plumillas de El Mundo siguen en sus trece con la ecuación matemática ETA=AlQaeda; Aznar decía la verdad.

En tres días cambió todo, pero las espadas siguen en alto (y cuando decimos espadas nos referimos a los navajazos entre camarillas en las más altas esferas de la política y la economía del país).

Golpe a golpe

No puede pasar desapercibido que, a pesar de las afirmaciones de normalidad electoral plena, los socialfascistas hayan llegado al gobierno en las dos ocasiones después de sendos descalabros del Estado, como fueron el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y los turbios sucesos del 11 de marzo de 2004. Ambos iniciaron fases nuevas de reorientación de la política de la oligarquía monopolista, pero si en la primera el PSOE trajo la guerra sucia, ahora se manifiesta -al menos verbalmente por el momento- en el sentido opuesto exactamente: acabar con la guerra sucia y abrir negociaciones con la resistencia armada. Naturalmente que ni antes Felipe González ni ahora Zapatero son los responsables de esa reorientación política sino tan sólo los capataces a quienes se ha encargado llevarla a cabo. La banca y las altas esferas del Estado (los llamados poderes fácticos) son quienes están detrás de esos bruscos giros, imprescindibles tras el estrepitoso hundimiento de sus anteriores posiciones políticas. A ello ha contribuido tanto la agudización de las contradicciones internas del régimen como la tenaz resistencia de la clase obrera y las masas populares que, como sus organizaciones más representativas, han mantenido en alto la bandera de la lucha y no han hecho concesiones al régimen, acentuando su crisis.

Para tratar de superarla, el Estado ha recurrido siempre a sus dos medidas habituales, las únicas que tiene: la represión y la negociación o, como decía ya la OMLE en la época de la transición: De la demagogia al terror y del terror a la demagogia. A veces emplea uno de los instrumentos, a veces el otro y a veces los dos. Esto aparece con más claridad en los momentos cruciales de sus crisis, de manera que, por lo que a nuestro Partido respecta, no es ninguna casualidad que las conversaciones intentadas con nosotros se hayan celebrado en 1983 (inicio del primer gobierno socialfascista) y 1996 (fin del anterior y primer gobierno aznarista). Dicho sea de paso, tampoco es ninguna casualidad que el Estado personifique en nosotros su propia crisis...

El 11 de marzo de 2004 quedará como un emblema de una nueva crisis del régimen, esta vez una crisis verdaderamente profunda que ha obligado a un replanteamiento total de lo que, desde hace décadas, han sido los pilares fundamentales de la transición. Desde hace algún tiempo nuestro Partido ha venido anticipando las alternativas de la crisis afirmando que las únicas salidas que tenía la oligarquía eran el regreso a los orígenes o hacer concesiones efectivas al movimiento popular. Por regreso a los orígenes entendemos el retorno de los fascistas a sus más rancias esencias, a las del glorioso alzamiento nacional y los triunfalistas años cuarenta. Eso fue el aznarismo, materializado entre 1996 y 2004; ese año el fracaso aznarista conduce de nuevo a plantearse la necesidad de hacer concesiones democráticas y la oligarquía tiene que resucitar a los socialfascistas ante la negativa de los anteriores a cambiar su fracasada política de represión a ultranza. Pasan del terror a la demagogia pero, esta vez, ante la profundidad de su crisis, dicen plantearse en serio materializar su demagogia, hacerla efectiva retrocediendo en toda línea, haciendo verdaderas concesiones democráticas, la primera de las cuales es la famosa negociación.

Este retroceso se concreta en tres aspectos fundamentales: el alineamiento del Estado español con los imperialistas europeos frente a Estados Unidos; el replanteamiento del Estado de la autonomías establecido en 1978 y, finalmente, las concesiones al movimiento de resistencia antifascista y a sus organizaciones de vanguardia.

El realineamiento con los imperialistas europeos

El aznarismo había ligado la política exterior española a los imperialistas estadounidenses de una manera tan estrecha, seguidista y rastrera que no dejaba ningún margen de maniobra. España, que imaginaba un trato equiparable con la potencia más grande, sólo recibió migajas y tuvo que asumir una responsabilidad en Irak que era por completo ajena a los intereses imperiales de la burguesía financiera. El ansiado reparto del botín latinoamericano no se produjo, el intento de golpe de Estado en Venezuela contra Chávez fracasó, el golpe contra Obiang en Guinea Ecuatorial también y, más bien al contrario, se produjeron choques tan llamativos como el asunto de la isla de Perejil que en nada contribuyeron a la expansión de los intereses imperialistas de la oligarquía española y le crearon, además, el aislamiento de los europeos, que miraban con desconfianza las peligrosas aventuras aznaristas.

Éstos se crearon enemigos por todas partes, incluso entre quienes habían sido sus aliados de siempre. Por supuesto en el eje franco-alemán pero también en el propio interior de España. Aunque no el principal, uno de los acontecimientos más llamativos de este proceso, por su carácter simbólico, fue todo el asunto del Yak-42 donde pudimos comprobar el enfrentamiento de los militares fascistas españoles con el gobierno aznarista. Era su propia clientela -la más reaccionaria- la que abandonaba el barco, aún con Aznar en el gobierno.

Pero si las cosas iban mal en su propia casa, lo verdaderamente grave fue la sublevación de las masas en las calles a causa de la intervención de los mercenarios españoles en la guerra de Irak junto Bush, Blair y sus marines. Se vieron entonces las manifestaciones más importantes habidas en la historia de este país, con millones de personas en las calles de todas las ciudades en una escala que era desconocida incluso en la misma Europa. Y lo que era aún peor: en las manifestaciones apareció la bandera republicana por todas partes hasta el punto de que Piqué, entonces portavoz del gobierno del PP, dijo que las manifestaciones contra la guerra eran plenamente legítimas pero que las banderas republicanas eran antisistema. Efectivamente, no se trataba sólo de las típicas manifestaciones pacifistas contra la guerra; tampoco se trataba sólo de manifestaciones contra el gobierno aznarista; todo el sistema, simbolizado en la corona del Bobón, era el que corría peligro.

En suma, el aznarismo demostró que los intereses imperialistas de la oligarquía financiera española deben sumarse a los europeos y que nada más que problemas pueden extraer de ponerse a la cola del Pentágono. Por el contrario, con el apoyo de Europa, los imperialistas españoles tienen que prepararse para competir con los estadounidenses en Latinoamérica y en otras áreas vitales, como el estrecho de Gibraltar (Ceuta, Melilla, Sahara, Canarias), norte de África, golfo de Guinea, el Mediterráneo y Oriente Próximo. Todas las dudas al respecto se han despejado de manera definitiva con el consiguiente enfado de Bush, que ni siquiera se pone al teléfono cuando Zapatero le llama para tranquilizarle.

La crisis del Estado de las autonomías

Si hay algo llamativo desde la transición es el fortalecimiento de las burguesías nacionales. Han bastado unas migajas del poder y de los presupuestos para que sus posiciones políticas y económicas se hayan fortalecido mucho más que las de la burguesía centralista. Los cálculos de los nacionalistas son evidentes: si con un poco de autonomía hemos llegado hasta este punto podemos soñar lo que lograremos con algo más, y para su siguiente salto hacia delante necesitan ese algo más; si el Estado español no sigue cambiando necesitarán de un Estado propio para seguir acumulando y compitiendo y ese Estado propio es el caramelo que le han puesto delante de sus narices los imperialistas europeos para luchar contra el aznarismo.

Esta es otra de la claves: el Estado de las autonomías no es sólo un problema de política interna sino internacional y para demostrarlo ahí tenemos los ejemplos bien recientes de la URSS, Yugoeslavia y Checoslovaquia, donde los imperialistas no se han contentado con liquidar el socialismo sino que los han troceado. España corría el mismo riesgo bajo el aznarismo y, una vez más, fue el Bobón quien tuvo que asumir el papel de representante de los intereses del Estado hasta tal punto de que (y no fue por error) que el hermano de Bush en su visita a España saludara a Aznar como Presidente de la República española: los imperialistas norteamericanos chantajeaban y amenazaban a la corona nada menos que con la República y es que en esta crisis es fácil comprobar que todos tienen sus papeles cambiados...

Efectivamente, ante la ofensiva de centralismo aznarista, la corona se convirtió en el baluarte de las burguesías nacionales y toda la prensa se hizo eco de la manera en la que el Bobón abrazó a Ibarretxe durante su visita a Gasteiz en un momento en el que el gobierno del PP aprobaba una ley para encarcelarle por tratar de sacar adelante un referéndum que aprobara su famoso plan. Las cosas estaban claras: Aznar se enfrentaba a las burguesías nacionales y el Bobón tomó partido de una manera decidida por estas últimas. Lo que decimos: la crisis ha llegado al punto de cambiar los papeles tradicionales que históricamente han venido jugando los denominados poderes fácticos. Durante la transición el PP no aceptó la actual constitución a causa del Estado de la autonomías pero ahora se ha convertido en su máximo defensor. Llegan un poco tarde, justo cuando España necesita convertirse en el Estado que defiende los intereses no sólo de la burguesía centralista sino también las burguesías nacionalistas periféricas; de lo contrario éstas tendrán que buscarse su Estado en otra parte.

En este punto es Catalunya el núcleo de la batalla y tampoco puede considerarse casualidad que haya sido Maragall, esto es, el PSC-PSOE, quien haya tomado la iniciativa, y no Convergencia i Unió. Hasta la fecha ha sido siempre el PSOE, un partido antes calificado de jacobino, quien mejor ha sabido adaptarse a las situaciones más cambiantes. Su lema viene a ser: Si no podemos solucionar un problema, lo incorporamos a nuestro programa. En Euskal Herria, la destitución de Nicolás Redondo por Patxi López a la cabeza de los socialfascistas está en la línea de acuerdo con el PNV para llevar a cabo, bajo otro nombre, total o parcialmente, el famoso Plan Ibarretxe.

El Estado de las autonomías camina directo hacia un Estado federal, por más que este nombre se evite con cuidado. Este Estado aún tiene que demostrar a esas burguesías nacionales que también es su Estado, por lo menos tanto como el de los centralistas, porque también lo necesitan.

La negociación con la resistencia antifascista

Es más de lo mismo: si no pueden vencer a la resistencia antifascista, tendrán que pactar con ella. Naturalmente es el aspecto más llamativo de todo este nuevo proceso por más que aún no se acabe de abrir. La diferencia es que esta vez no negociarán en secreto sino con todo lujo de detalles. Por más que se esfuercen en encubrirlo con la consabida campaña de intoxicación, la lección es evidente: después de décadas de resistencia a ultranza, el Estado fascista no ha logrado su objetivo de doblegar a las organizaciones populares, no las ha destruido a la fuerza, a pesar de todos los imponentes medios que ha desplegado, el último de los cuales fue la ilegalización de nuestro Partido, involucrando a Francia en las capturas de 2000 y 2002 como señal inequívoca de que, por su parte, estaban echando toda la carne en el asador. Lo mismo cabe decir de Euskal Herria con la ilegalización de Batasuna y la criminalización de toda clase de asociaciones, grupos y colectivos calificados como brazos diversos de los omnipresentes terroristas.

La alegría les ha durado bien poco porque se apercibieron de que no iban a poder lograr en unos pocos años lo que no habían obtenido en décadas de redadas, cárceles, torturas y persecuciones, legales o ilegales.

También aquí la situación internacional ha jugado su papel. España es el único país de Europa donde la resistencia continúa de forma ininterrumpida desde hace bastantes décadas, constituyendo un ejemplo y un factor de inestabilidad para todo el continente. En su furia represiva, los mercenarios de la Guardia Civil se han instalado por las instituciones europeas involucrando a varios países -no sólo a Francia- en sus métodos y sus objetivos represivos. Con los fondos reservados del Ministerio del Interior español se están alimentando policías, fiscales, jueces y funcionarios europeos de todo tipo en órdenes de busca y captura, detenciones, extradiciones y juicios diversos a cada cual más bochornoso. En este contexto, si Estados Unidos -y tras ellos los aznaristas- siguen adelante con su santa cruzada contra el terrorismo y su política de tierra quemada a cualquier precio, la postura europea está siendo más hipócrita porque ellos son los imperialistas buenos y señalan con el dedo todos y cada uno de los atropellos de sus rivales en Guantánamo y Abu Ghraib en nombre de los derechos humanos y de la legalidad internacional dejando que Bush y los suyos se hundan en el descrédito. Así Irak es la invasión mala y Afganistán es la invasión buena. Si el Pentágono quiere sacar a pasear a sus marines -vienen a decir en Berlín y en París- tendrán que negociar antes con nosotros, o lo que es lo mismo, necesitan un acuerdo previo del Consejo de Seguridad de la ONU porque el mundo es multipolar y ellos también tienen algo que llevarse a la boca.

El 11-M los aznaristas trataron de mezclar un problema (el interno) con otro (el externo) para justificar su política de criminalización a ultranza de la resistencia, y la respuesta fue contundente: de la noche a la mañana las masas salieron a la calle y cercaron las sedes oficiales del PP; el problema externo, la guerra, se les convirtió en un problema interno y a pesar de la insistencia de P.J.Ramírez y El Mundo, todos sus intentos de mezclar una cosa con la otra se les vinieron abajo. Los aznaristas pretendían que tras el 11-M era lo mismo AlQaeda que ETA, que en un caso y en otro había que aplicar los mismos métodos y eso les conducía a un callejón sin salida. La oligarquía ha puesto a Zapatero al frente de su Estado para impedir ese tipo de políticas indiscriminadas y uno de los aspectos más evidentes de ello es la negativa a ilegalizar al autodenominado Partido Comunista de las Tierras Vascas y alguna entrevista mantenida con la izquierda abertzale.

La guerra imperialista necesita la pacificación del frente interior pero eso no lo iban a lograr sólo por la vía puramente represiva; necesitan ensayar otro tipo de medidas que les den un respiro, siquiera temporal. En suma, están obligados a negociar.

Las espadas siguen en alto

Nuestra postura como Partido Comunista en esta negociación es obvia y la hemos indicado muchas veces públicamente. Nosotros siempre hemos estamos abiertos a una negociación con el Estado porque no somos responsables de la situación creada sino sus víctimas precisamente. Nosotros somos las víctimas del terrorismo de Estado desplegado de manera sistemática durante décadas y, como no somos de los que ponemos la otra mejilla, hemos apelado a la resistencia con todos los medios a nuestro alcance, incluso los medios militares y, además, como era nuestra obligación, no nos hemos limitado al llamamiento sino que nos hemos puesto -también aquí- a la cabeza. No somos nosotros sino el Estado fascista el que no cesado ni un momento en su furia persecutoria contra nosotros y todo el movimiento de resistencia antifascista.

Pero estamos abiertos a iniciar una nueva etapa siempre que el Estado cambie las condiciones que han propiciado el recurso a la resistencia armada por parte de las organizaciones populares y guerrilleras. Por resumirlo, podemos decir que esas condiciones, como alguna vez ya hemos dicho, son las de paz por libertad, bien entendido que no se trata sólo de liberar a todos los presos políticos de manera inmediata sino también de que todas las organizaciones populares y antifascistas (y entre ellas nuestro Partido) puedan desplegar un trabajo abierto entre los obreros y las masas y de que, a tal fin, se deroguen leyes represivas, como la ley de partidos.

Si se abre este proceso no vamos admitir imposiciones de ninguna clase, ni cambios en nuestros Estatutos ni en nuestra línea política. Estamos decididos a asegurar la plena independencia de nuestro Partido como vanguardia del proletariado. Nuestros objetivos siguen siendo los mismos. No renunciamos absolutamente a nada ni vamos a renegar de la lucha que hemos venido manteniendo hasta ahora. Por el contrario, seguimos exigiendo el reconocimiento de la plena responsabilidad del Estado fascista y nuestro legítimo derecho a recurrir, como hemos recurrido, a todos los medios en nuestra defensa y en defensa de nuestra clase. Es al Estado fascista a quien corresponde, en todo caso, legalizarnos y no nosotros legalizar a un Estado impuesto y sostenido por la fuerza. En medio de su crisis, al Estado no le importa ya el pasado -no lo pueden cambiar- sino sólo el futuro; pero a nosotros sí nos interesa dejar claro este punto y, por tanto, exigir las correspondientes responsablidades. Para tratar de sobreponerse al marasmo en el que se han metido, son ellos los que tienen que volver sobre sus pasos y rectificar. No el movimiento de resistencia.

En cuanto al futuro, indudablemente las espadas siguen el alto. Quizá ellos sueñen con conjurar así para siempre el espectro de la bancarrota que se les viene encima pero nosotros sabemos que eso es imposible.

Y por encima de todo, pase lo que pase, seguimos y seguiremos empeñados en la misma batalla.

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