Reformismo y revolución en Latinoamérica

Hay quien no tiene muy clara la diferencia existente entre un proceso reformista y un proceso revolucionario, aun cuando ésta, si se tiene un mínimo de profundidad en el análisis, es bastante clara. Así le sucede a cierta izquierda insustancial, que, incluso, se tiene por radical y revolucionaria, la cual, en su terrible miopía y confusión ideológica, no se aclara con determinados fenómenos políticos que se están dando en Latinoamérica en los últimos años, confunden las churras con las merinas y, de paso, pretenden confundirnos a todos.

En periódicos como Resumen Latinoamericano, el cual podemos encuadrar dentro de esa izquierda desorientada (pese a la honestidad que les reconocemos a quienes lo editan), se ha alabado en los últimos años a personajes como Lucio Gutiérrez, en Ecuador; o Lula, en Brasil; o Tabaré Vázquez, en Uruguay; o Morales, en Bolivia; se ha dado cancha política en sus páginas a oscurísimos sujetos como Ollanta Humala, en Perú (cuya participación en el ejército fujimorista en los peores y más genocidas tiempos de la lucha contra el movimiento revolucionario peruano nos da su perfil). De estos personajes se ha dicho que pretendían solucionar los gravísimos problemas de sus respectivos países, que eran políticos honestos, que iban a llevar a cabo una auténtica revolución. Y qué ha sucedido? Que en poco tiempo se han desenmascarado como corruptos, como fieles servidores del imperialismo y perpetuadores de la opresión y la explotación de sus países. Las poses pseudorrevolucionarias, la palabrería radical pero vacía de contenido, difícilmente ocultan su verdadera calaña.

De los individuos que hemos señalado, quien quizá no está tan desenmascarado en este momento es Evo Morales. Pero sólo es cuestión de tiempo. Es más: con determinadas declaraciones, ya ha comenzado a mostrar su verdadero y claudicante rostro, más allá de su indigenismo y revolucionarismo de cartón piedra.

Su nacionalización de los combustibles no es, como algunos puedan pensar, una medida revolucionaria o socialista (nacionalización y socialización no son en modo alguno sinónimos). Así lo demuestra el hecho de que se haya apresurado a decir, para tranquilizar a sus compadres de los monopolios imperialistas, que éstos podrán seguir haciendo jugosos negocios en Bolivia; es decir, que podrán seguir desangrando al exánime país andino. Esto es todo lo que da de sí el antimperialismo de Morales.

Si no fuera así, si Morales quisiera transitar por otro camino distinto del que sus amos le han marcado, ya le estarían amenazando con un Irak o con un golpe de Estado. Nada de esto está sucediendo. Los imperialistas están dejando hacer al amigo Morales. No se encuentran en absoluto inquietos con las políticas que nuestro demagogo está aplicando. El reformismo de cortos vuelos del MAS, no amenaza sus intereses, sino que, por el contrario, los asegura; el MAS no se les enfrenta, sino que les sirve, y con mucha solicitud, todo hay que decirlo.

Hablábamos más arriba de la diferencia existente entre un proceso revolucionario y un proceso reformista. Hagamos algunas especificaciones al respecto.

El proceso reformista no tiene por objeto mejorar la situación de los trabajadores y los sectores populares, no pretende abordar la verdadera solución de sus problemas (solución que, en definitiva, sólo se encuentra en el socialismo, cuando los trabajadores son dueños de su propio destino y construyen su futuro). Todo lo contrario. El proceso reformista es uno de los mecanismos que el capitalismo pone en marcha en los momentos en que las contradicciones políticas y sociales se están agudizando en exceso y empieza a asomar la crisis revolucionaria. Entonces, los explotadores necesitan, como se suele decir, cambiar algo para que todo siga igual; se valen de sus lacayos reformistas -con los que, incluso, para dar mayor credibilidad a la farsa, simulan estar enfrentados- para que les saquen las castañas del fuego, engañen al pueblo y conjuren el peligro de que los oprimidos se lancen a la rebelión y echen abajo todo su podrido sistema. Ésta es la función que tiene el reformismo dentro del sistema capitalista al que sirve y del que forma parte.

Y qué es un proceso revolucionario? En qué consiste? El proceso revolucionario, al contrario que el reformista, sí va a la raíz de los problemas y se dispone a extirparlos. No contemporiza con el capitalismo y el imperialismo, sino que busca su destrucción. Se entiende también que este proceso no puede hacerse por medio de votos. Sólo la movilización popular más combativa y consecuente, sólo el pueblo alzado en armas y encabezado por organizaciones auténticamente revolucionarias puede llevarlo a cabo. El imperialismo no va a permitir que le arrebaten el poder por las buenas, electoralmente. Pensar esto es la mayor de las ingenuidades. El poder obrero y popular se impone y se mantiene por la fuerza; no existe otro método.

Por tanto, la revolución no va a nacionalizar una serie de recursos pero va a permitir que los monopolios imperialistas continúen haciendo sus negocios (como está haciendo nuestro amigo Morales), sino que va a expropiar a esos monopolios y va a poner sus fábricas, sus refinerías, etc. en manos de los trabajadores para que los gestionen en función de las necesidades sociales (en esto consiste la socialización); va a expropiar también a los bancos y a los grandes burgueses en general. Todo el poder económico ha de quedar en manos del Estado revolucionario. Por otro lado, va a privar a la burguesía de todos sus derechos políticos (de expresión, manifestación, asociación,...), aparte de los de propiedad; es decir, procederá contra la burguesía de modo dictatorial. La democracia, el derecho a la participación política, sólo existirá para el pueblo trabajador. Además, la policía y el ejército burgueses serán disueltos (y juzgados y condenados los torturadores, represores y genocidas), sustituyéndolos por la milicia y el ejército populares; de este modo, el pueblo trabajador se asegurará lo que algunos llaman el monopolio de la violencia, con lo que se evitará el riesgo de los golpes militares contrarrevolucionarios y de los intentos de restauración capitalista.

En definitiva, un proceso revolucionario debe socavar todas las bases (políticas, económicas y militares) del poder burgués e imperialista y hacer pasar ese poder a la clase obrera y a los sectores populares. Todo lo que no consista en esto no puede ser calificado de ninguna manera de proceso revolucionario.

Por último, en este artículo no podía faltar un breve comentario de la experiencia que se está produciendo en Venezuela. Cómo podemos calificar esta experiencia? Es un proceso revolucionario o un proceso reformista?

El que encabeza Hugo Chávez es, fundamentalmente, un movimiento patriótico y antimperialista y tiene las características y limitaciones propias de ese tipo de movimientos: contiene elementos revolucionarios, pero, en su conjunto, no podemos considerarlo revolucionario. Ha tomado diversas medidas de tipo social muy positivas, pero habría de tomar aún muchas más. Se está enfrentando con el imperialismo estadounidense, pero, al mismo tiempo, está estrechando lazos con otros imperialistas que, aún teniendo mejor cara y más refinados modales que el Tío Sam, no dejan de ser igual de carroñeros; esos imperialistas no son otros que los europeos.

En consecuencia, no podemos esperar que el chavismo vaya, en un sentido revolucionario, mucho más lejos de lo que hasta ahora ha ido; ha dado de sí todo lo que podía dar. El socialismo no llegará a Venezuela de manos de este movimiento.

Por lo tanto, lo que se da en Venezuela no es una revolución, por más que algunos se empeñen en darle ese nombre. Es un proceso progresista, sin duda; pero no rebasa los límites de la democracia burguesa. Y ahí se encuentra su problema: si el proceso se mantiene en estos límites (y no hay visos de que vaya a suceder lo contrario), acabará por ser destruido y devorado por el imperialismo y la burguesía a los que, por decirlo así, está respetando demasiado.

Y de esto sacamos la siguiente conclusión: no hay caminos intermedios o terceras vías. O se toma el camino revolucionario, el camino de la auténtica liberación para los trabajadores y los pueblos del mundo, arrostrando con todas las dificultades, peligros y amenazas que conlleva, o, si se toman vías intermedias, sólo se cosecharán fracasos, desmoralización y perpetuación de la opresión y explotación capitalistas.

Hay que tomar nota de la experiencia histórica. Ahí tenemos el sangriento ejemplo de Chile en 1973. Antes de que sucediera el golpe pinochetista, ya decía la OMLE, organización que fue el embrión de nuestro Partido, que la vía pacífica al socialismo es la vía pacífica al fascismo. Hay quienes no han aprendido la lección.

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