La condición de la mujer trabajadora

Cada vez es mayor el número de mujeres que trabajan en España: desde 1985 se han incorporado al mercado laboral cerca de 2'2 millones de mujeres. En 2000 en España por primera vez hubo más afiliaciones femeninas que masculinas a la Seguridad Social. En 2001 el crecimiento interanual de la afiliación femenina se situó en el 4'77 por ciento, más del doble que la masculina, que es del 2'05 por ciento. En esos doce meses, el registro de afiliación aumentó en 276.790 mujeres y 195.434 hombres.

La mujer se ha incorporado masivamente al mercado laboral. En estos últimos 25 años, el número de trabajadoras ha pasado de 3.602.440 a 5.461.000 y el de trabajadores, de 8.830.170 a 9.149.850. Eso supone que se han creado 1.858.560 nuevos empleos ocupados por mujeres y 319.680 por hombres. En ese periodo, el paro ha aumentado en 427.970 hombres, y en 1.158.560 mujeres, prácticamente el triple.

La presencia femenina se ha extendido a todos los sectores productivos. Ahora es intensiva en los servicios (en total suman 4'3 millones de ocupadas en ese sector), significativa en la industria (727.890) y testimonial en la construcción (79.550). En la agricultura, por contra, se ha producido una similar huida a la de hombres, y de las 778.310 ocupadas en el campo que había en 1976 ahora se han reducido a 269.280.

Sin embargo, todavía hoy sólo el 32 por ciento de las mujeres cuenta con un trabajo fuera del hogar.

Además, su tasa de desempleo es casi el doble que la de los hombres (28 por ciento frente al 15'3 por ciento de los hombres) y supera tres veces a Europa (9'5 por ciento en la Unión Europea). El proletariado femenino en mayoría en el conjunto de desempleados (54 por ciento del total) y, por añadidura, están más tiempo en el paro.

Las respectivas tasas de paro tienen casi el mismo punto de partida en 1976, el 4'63 por ciento y el 4'93 por ciento, pero su evolución en el último cuarto de siglo se ha ido distanciado y a finales de 2000 la Encuesta de Población Activa reflejaba un desempleo del 9'47 por ciento entre los hombres y más del doble, el 19'76 por ciento, entre las mujeres. Durante los años de crisis económica, y consecuentemente del empleo, esas distancias se agudizaron y en los periodos peores la tasa de paro femenino se disparó con el pico más elevado en el 31'69 por ciento (año 1994), o lo que es lo mismo una de cada tres mujeres que quería trabajar no podía. Las cifras totales son también muy superiores y en estos momentos, según la Encuesta de Población Activa, las listas de quienes no encuentran ocupación se componen de 956.590 desempleados y 1.345.180 paradas.

El paro masculino en la zona euro tiene una tasa media del 8'7 por ciento y en España, del 11 por ciento, según las últimas cifras comparativas de Eurostat del año 1999. En el caso de las mujeres, la tasa de desempleo casi duplica a la de la zona euro: 23'1 por ciento frente al 12'5 por ciento. En la ocupación también hay una profunda distancia, y mientras que la tasa masculina es 2'5 puntos inferior a la de la zona euro, en la femenina es de casi 13 puntos.

La baja tasa de actividad femenina pone de manifiesto el gran potencial que todavía existe para una eventual incorporación de mujeres españolas al trabajo. Un factor que además guarda una estrecha relación con el problema detectado para el futuro por los expertos debido al envejecimiento de la población (habrá cada vez más pensionistas y menos trabajadores). Los inactivos varones (fuera del mercado laboral) son en estos momentos 5.658.180 y las inactivas dos veces más, 10.242.270. Una diferencia que no coincide con la parte de ese sector de población compuesto por jubilados, sino que en buen número está compuesto por mujeres en edad de trabajar pero que están al margen de la actividad laboral: 5.126.800 de las excluidas de esa actividad dice que su dedicación es labores del hogar.

Un potencial de aumento que puede permitir que se repita la evolución de los últimos 25 años, en los que se ha producido una elevada afluencia de mujeres que demandaban un empleo, aunque no todas lo hayan conseguido. En 1976 había 3.789.060 mujeres activas en edad y disposición de trabajar y a finales de 2001 la cifra era de 6.806.180, lo que supone una subida de algo más de 3.000.000. Mientras tanto, la actividad entre los hombres tan sólo ha aumentado en 747.650 efectivos.

La contratación temporal y a tiempo parcial es mucho más elevada para las mujeres que para los hombres y la contratación de duración indefinida sólo es disfrutada por el 38 por ciento de las mujeres, según cifras de 2003. Hay un volumen elevado de mujeres en ocupaciones temporales y a tiempo parcial: el 81'5 por ciento de las jornadas a tiempo parcial son desempeñadas por mujeres, una cifra que aumenta hasta el 99'6 por ciento en el caso de las reducciones de jornadas por motivos familiares. Más de 600.000 asalariadas tienen contratos con una duración inferior a los seis meses.

Las retribuciones salariales de la mujer están un 30 por ciento por debajo de las que perciben sus compañeros. También en Europa las obreras cobran un 26 por ciento menos que los hombres.

Además, las diferencias salariales se notan más en los pluses y complementos, emolumentos más asociados a trabajos que tradicionalmente ocupan los hombres.

El dato de la ganancia neta media supone 274.430 pesetas al mes para los hombres y de 213.063 pesetas para sus compañeras, un 30 por ciento inferiores.

Otros índices arrojan datos diferentes pero mantienen las diferencias retributivas. Por ejemplo, según el Euroíndice realizado por el instituto IESE para la multinacional Adecco, el salario medio obtenido por las mujeres en 2004 fue un 15 por ciento inferior al de las hombres, lo que indica que la diferencia en los últimos 10 años ha bajado un punto. Portugal es el país con menor distancia. Sus varones sólo cobran un 5 por ciento más que las mujeres; mientras que en Alemania la brecha llega al 23 por ciento. España se sitúa en los puestos intermedios, con una diferencia algo superior al 15 por ciento. Sus trabajadores masculinos recibieron una media de 307 euros mensuales más que el personal femenino.

Las diferecias salariales corroboran que el empleo creado para mujeres es de menor cualificación. Las actividades económicas de las mujeres siguen centrándose fundamentalmente en formas de empleo precarias caracterizadas por escasa remuneración y baja productividad; mientras que los hombres acaparan los puestos de mayor retribución.

El nivel educativo de las mujeres también ha mejorado claramente. Su participación en la educación supera el 50 por ciento y obtienen las mejores calificaciones. Ya no sólo es que tengan mejores expedientes, sino que cada vez los tienen mejores y son muchas más las que los tienen.

Además, la tasa de matriculación (primaria, secundaria y superior) representa el 90 por ciento para las mujeres y el 84 por ciento los hombres. Esto pone de manifiesto que la mujer proletaria desempeña unas tareas laborales muy por debajo de su cualificación profesional. Hay sectores y ocupaciones típicamente reservados a la mujer, que tienen globalmente inferior retribución.

La Unión Europea quiere aumentar en 2010 la tasa de actividad femenina del 53 por ciento actual hasta el 60 por ciento para afrontar un problema que se vislumbra con creciente nitidez: el sostenimiento de los servicios europeos de protección social. En España, esta tasa está en el 39'8 por ciento. La tasa de actividad masculina supera hasta en 18 puntos a la femenina.

En todo el mundo la incorporación de la mujer al trabajo, es la incorporación de la mujer al proletariado y, en consecuencia, a la lucha, a la organización y a la resistencia.

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