Imperialismo y petróleo

El petróleo es una materia prima estratégica cuyo control viene condicionando la política exterior de las grandes potencias imperialistas desde hace cien años, esto es, desde el mismo surgimiento del imperialismo como fase superior del capitalismo. Con el tiempo, el control de los pozos petrolíferos, en un contexto de escasez mundial y subida de precios, ha intensificado la rivalidad imperialista.

En 2007 el precio del petróleo (y por derivación también el del gas) ha subido más de un 70 por ciento, que la prensa imperialista ha atribuido sistemáticamente al aumento de la demanda de China, lo cual sólo es cierto en parte.

Como muchas materias primas, el petróleo no se compra y se vende; tampoco se subasta como en las lonjas de pescado nada más llegar llegar el barco al puerto, sino que se cotiza en las bolsas internacionales. Eso significa que, como en el caso de las acciones, el precio es especulativo y depende de los movimientos internacionales del capital financiero. Se trafica con sus precios futuros a través de lo que se conoce como hedge-funds, fondos de cobertura de riesgos, lo que en la bolsa española se denominan derivados. Además, el petróleo se negocia en bolsas privadas, especialmente en dos: el NYMEX (Intercambio Mercantil de Nueva York) y el IPE (Intercambio Internacional de Petróleo) de Londres. Esas dos bolsas son propiedad de financieros internacionales y monopolios internacionales del petróleo. Por ejemplo, el presidente de IPE es Robert Reid, anteriormente ejecutivo de Shell.

Como reconoció el senador Byron Dorgan el 6 de septiembre de 2005 en referencia al negocio especulativo mundial de los hedge-funds: No existe el libre mercado. La cotización viene determinada por numerosos factores, entre los que la guerra y la política imperialista juegan un papel fundamental.

El precio del petróleo llegó a caer a ocho dólares el barril en la década de los 80 a causa de un acuerdo secreto entre Estados Unidos y Arabia Saudita para dar la puntilla a la Unión Soviética, dependiente de los ingresos petroleros. Durante la década de los 90, el promedio fue de 18 dólares y en 2007 rozó los 100 dólares por barril.

Del peso del petróleo en la política imperialista sólo hablamos habitualmente en los casos más conocidos: guerra de Irak, desestabilización de Chávez en Venezuela, golpe de Estado en Guinea, e incluso Chechenia. Ahora tratamos de exponer otros factores menos conocidos relacionados con el petróleo que, entre otras cosas, vuelven a demostrar la falsedad de las teorías neoliberales y globalizadoras. La economía imperialista está indisolublemente unida a la política imperialista y puede calificarse de cualquier manera, excepto de neoliberal.

El gasoducto germano-ruso

El comienzo de 2006 sorprendió a algunos europeos con el corte del suministro de combustible ruso en Ucrania. Una vez más las relaciones entre Rusia y Europa aparecían entorpecidas por la existencia de un nuevo telón de acero entre los antiguos países del Pacto de Varsovia, reconvertidos ahora en verdaderos peleles de Washington. Cualquier acuerdo enre Rusia y la Unión Europea tiene que saltar por encima de esa cuña de países que rodean a Rusia.

Por ese motivo el 8 de septiembre de 2005 Putin y Schröder firmaron en Berlín un acuerdo para la construcción de un gasoducto entre Rusia y Alemania a través de las aguas internacionales del mar Báltico.

El tramo submarino del gasoducto irá desde la ciudad de Viborg, al noroeste de Rusia, hasta la ciudad de Greifswald, al noreste de Alemania, tendrá una longitud de 1.189 kilómetros y conectará a Rusia directamente con Alemania, evitando el obstáculo terrestre de las repúblicas bálticas, Polonia y Ucrania.

El gasoducto empezará a funcionar en los próximos cinco años, con una capacidad anual de 27.500 millones de metros cúbicos. Un segundo gasoducto en estudio puede duplicar su capacidad; el costo de ambos será de 4.000 millones de euros. En su primera etapa será financiado por Gazprom, el principal monopolio gasístico del planeta (que equivale a las nueve empresas gaseras que le siguen en la extracción, incluidas las anglosajonas) con las alemanas BASF y E.ON. Para realizar el proyecto planean crear una empresa conjunta North European Gas Pipeline Company en la que Gazprom controlará el 51 por ciento de las acciones y BASF AG y E. ON AG, el 24'5 por ciento cada una.

En un momento en el que el petróleo del Mar del Norte está agotándose, existe la posibilidad de construir ramales hacia los países escandinavos, Suecia, Holanda y Gran Bretaña, estas dos propietarias de BP y Royal Dutch-Shell, dos de las cuatro principales petroleras anglosajonas del mundo. En su visita a Holanda el 2 de noviembre de 2005, Putin recibió ofertas de las principales empresas energéticas holandesas (Shell y N.V. Nederlandse Gasunie) para participar en el consorcio y profundizar la cooperación energética con Gazprom. El gasoducto germano-ruso se prolongará así hasta Holanda, en cooperación con Gazprom y BASF. Los bancos holandeses ABN Amro e ING financiarán parte de los proyectos relacionados con el gasoducto germano-ruso. Hasta la empresa italiana ENI se ha unido al proyecto.

Las implicaciones geoestratégicas del gasoducto germano-ruso son trascendentales. Rusia abastece la mitad del gas europeo y, por primera vez, Alemania tendrá acceso a los campos rusos que abastecen al gasoducto y se convertirá en un centro de distribución para alimentar al resto de Europa occidental con gas ruso. Pero no sólo será un polo de atracción de materias primas estrategicas sino también político, arrastrando a todos los países europeos. Europa occidental ve a Rusia como la única esperanza para asegurarse el suministro energético en las próximas décadas. El deseo de todos los países imperalistas de Europa occidental de participar en el proyecto del gasoducto noreuropeo y recibir más gas de Rusia está dictado por la búsqueda de la seguridad energética.

La obra encubre una alianza estratégica entre Rusia y Alemania. El periódico británico The Guardian (8 de septiembre de 2005) dijo que el gasoducto alterará la geopolítica de Europa del norte. Vytautas Landsbergis, miembro lituano del Parlamento Europeo, señaló que la nueva alianza germano-rusa tiene el propósito de cambiar el mapa político de Europa. El diputado lituano añadió que el gasoducto dejaría a los países bálticos y a Polonia a merced de Rusia; le faltó agregar: también a merced Alemania.

El presidente saliente de Polonia, Alexander Kwasniewski calificó al gasoducto germano-ruso como la versión gasística del pacto Molotov-Von Ribbentrop: Con el apoyo de Alemania, Rusia puede dominar amplios territorios y dividirlos como le plazca. La comparación es buena pero, una vez más, como en 1939, la oligarquía polaca no puede lamentarse porque su apuesta estratégica ha sido equivocada: Estados Unidos no les va a regalar nada porque tampoco tiene nada para darles.

Saldrán afectados los países bálticos, Polonia y Ucrania, quienes cesarán de percibir ingresos por el tránsito del gas en su suelo. Polonia ha quedado aislada, salvo que Lech Kaczynski, muy cercano a Francia, la tercera aliada del eje Rusia-Alemania, la saque del bloque anglosajón.

Ucrania se queda con el 20 por ciento del importe del valor del petróleo y gas de Rusia que pasa por su suelo: 13 por ciento por tránsito y 7 por ciento de gasto por mantenimiento de la presión del gasoducto. En Ucrania la revolución naranja se tambalea. Ahora quieren dar marcha atrás en su alineamiento con Estados Unidos simplemente porque no pueden pagar el combustible ruso a precios de mercado y es que la política exterior hay que pagarla... cuando tus aliados no te dan el dinero.

Con sus peleles en Europa del este, cae también la política estadounidense de cerco y aniquilamiento contra Rusia.

Los imperialistas de toda la vida son más listos que sus socios de última hora y saben bien que en estos temas no hay amigos sino sólo intereses. Durante su visita a Moscú, Malcolm Wicks, ministro de Energía británico, dijo que el abastecimiento de energía a Europa en las próximas décadas dependerá de las relaciones con Rusia, confesión proferida justamente después de la firma del acuerdo germano-ruso. El ministro británico se desvivió por acentuar la cooperación energética que entablará con Rusia.

Los intentos de torpedear el proyecto de gasoducto de Europa del norte pueden causar deterioro a la seguridad energética europea, dijo Putin en declaraciones a la prensa el 7 de octubre de 2005. El dirigente ruso manifestó que la ejecución de este proyecto no está dirigida contra terceros países. No pretendemos marginar a nadie del trabajo conjunto en el sector de energía en Europa. Pero a mi juicio, es contraproducente y nocivo politizar demasiado las relaciones económicas y espero que tales casos no se den en un futuro.

La economía europea está interesada en la construcción de la tubería de Europa del norte y es poco probable que prosperen los intentos de obstruir el proyecto, dijo Putin. Las afirmaciones de que es demasiado fuerte la dependencia de Europa de los agentes energéticos rusos no se corresponden con las realidades, destacó.

En referencia a Gran Bretaña, Putin dijo que actualmente el Reino Unido no importa gas natural ruso. No obstante, Rusia cubre el 13'1 por ciento de sus necesidades en petróleo, el 15'2 por ciento en productos refinados y el 23-24 por ciento, en carbón.

Además, el Reino Unido no sólo compra petróleo a Rusia sino también actúa como un socio importante en materia de extracción de crudo. La británica BP posee el 50 por ciento de las acciones de la rusa TNK-BP, una de las más importantes del país. Es más, un 25 por ciento del petróleo que produce BP se extrae en territorio ruso, destacó Putin, añadiendo que en 2010 Rusia cubriría un 10 por ciento de las necesidades de gas del Reino Unido.

China y el petróleo

Echar la culpa a China de todos los males del capitalismo mundial está de moda, desde el cierre de las fábricas textiles hasta la subida de los precios del crudo. Quizá los imperialistas prefieran una bancarrota económica del país asiático que obligue a millones de chinos a emigrar y plantarse en sus fronteras, como sucede con los chicanos en Río Bravo o los magrebíes en el Estrecho de Gibraltar...

Como para todas las grandes potencias, también para China el petróleo no es sólo un asunto puramente económico sino político y estratégico. Así sucede con Estados Unidos. Mientras en años anteriores el Informe del Pentágono sobre el poder militar chino se centraba en la amenaza de China contra Taiwán, en 2005 prestó mucha más atención a las implicaciones militares de la creciente dependencia China en petróleo y gas natural importados. El informe dice que la dependencia de recursos y energía extranjeros... está jugando un importante papel en la configuración de la estrategia y política china, y añade: Tales preocupaciones son un factor importante en las relaciones de Beijing con Angola, Asia Central, Indonesia y Oriente Medio (incluyendo Irán), Rusia, Sudán y Venezuela... La creencia de Beijing de que necesita estas relaciones especiales para asegurarse su acceso a la energía podría configurar su estrategia defensiva y la planificación de su fuerza en el futuro.

Las consecuencias son obvias: Estados Unidos tiene que reforzar su propio ejército en regiones clave productoras de petróleo para descartar cualquier intento de China por controlar estas áreas.

China también considera la escasez de energía una de las mayores amenazas a su seguridad y trata de diversificar sus fuentes de aprovisionamiento. Para saciar su sed de combustible, recurre al carbón, con el que satisface la mayor parte de sus necesidades energéticas, y desde 1993 es un importador neto de petróleo.

También ha diversificado geográficamente sus suministros de hidrocarburos. El problema es que se ha puesto a perforar pozos en países enfrentados al imperialismo estadounidense, como Irán, Sudán, Birmania y Zimbawe. Otros negocios petroléferos polémicos de China tuvieron lugar en Chad, Gabón y Nigeria, con el agravante de que China pagó parcialmente algunas de estas inversiones con ventas de armamento. Por eso Washington ha lanzado contra China amenazas y advertencias reiteradas.

Estos negocios con barriles y armas conllevan grandes riesgos políticos. Tanto Sudán como Irán están en la mira de Estados Unidos, que les impuso sanciones políticas, comerciales o militares. Estados Unidos trata de someter a China frenando su acceso al petróleo internacional y no ha dudado en utilizar para ello a la ONU. Los países con los que negocia China son poco recomendables y la ONU, como hizo con Irak, ya ha lanzado varias amenazas de imponer sanciones, entre ellas, como por casualidad, embargos de las exportaciones de petróleo. China sería el país más perjudicado por esos embargos.

Por ejemplo, China busca petróleo en Irán, un país al que Estados Unidos acusa de fabricar armas nucleares. Irán suministra el 13'6 por ciento de las importaciones petroleras de China. Allí las empresas estadounidenses tienen prohibido invertir más de 20 millones de dólares por año, mientras que empresas chinas han firmado contratos a largo plazo por 200.000 millones de dólares, lo que convierte a China en el mayor comprador de gas y petróleo iraní. La Corporación Química y Petrolera China (Sinopec), en sociedad con la multinacional Shell, tiene una serie de negocios en ese país de Asia central que podrían quedar bloqueados si la ONU impone sanciones.

Lo mismo sucede con el grupo de países africanos, de los que las importaciones chinas de petróleo representan un 25 por ciento del total.

Sudán es una pieza clave en el tablero chino ya que es actualmente la mayor base de producción de China en el exterior. Posee los recursos petroleros no explotados más grandes de África, incluso mayores que los del golfo de Guinea. Desde 1999 China perfora pozos petrolíferos, instala oleoductos, levanta refinerías y construye un puerto en aquel país africano. China National Petroleum Corporation tiene el 40 por ciento de las acciones en un consorcio que explora yacimientos petrolíferos y está construyendo una terminal de exportación con un costo de 215 millones de dólares. De lejos, Sudán representa la más grande inversión china en el exterior, por un total de 3.000 millones de dólares. La producción sudanesa alcanzó los 500.000 barriles diarios en 2005, pero esto representa sólo 15 por ciento de las reservas totales.

Sin embargo, este país africano está acusado de genocidio en la región de Darfur, donde unas 70.000 personas han sido asesinadas. La posibilidad de que la ONU aplique sanciones económicas a Sudán afectaría severamente al abastecimiento chino de petróleo. En setiembre de 2004 China ya frustró una resolución del Consejo de Seguridad que amenazaba con bloquear las exportaciones de petróleo de Sudán. El embajador chino ante la ONU aseguró que Beijing vetaría cualquier resolución que impusiera sanciones petroleras a Sudán. Sin embargo, el Consejo de Seguridad se comprometió a analizar la situación en la zona sudanesa todos los meses y, por lo tanto, podría adptar sanciones en cualquier momento. Si esas sanciones prosperan fracasarían las inversiones chinas y eso frustraría el proyecto chino de convertirse en un factor clave en el mercado internacional del crudo.

Por tanto, si la ONU sanciona a Sudán e Irán, China tendrá que buscar otras fuentes de abastecimiento, que están copadas por los imperialistas de siempre. En una visita a Beijing Putin dejó claro que el oleoducto de Siberia a China podría no construirse jamás. Moscú parece más interesado en instalar otro oleoducto que exporte crudo a Japón.

Pero esto es sólo una parte del problema...

A mediados de 2005 el gigante chino del petróleo Cnooc (Chinese National Offshore Oil Corporation) tuvo que renunciar a comprar Unocal (antes conocida como Union Oil Company de California) a causa de la histeria antichina que se levantó en Washington. A Estados Unidos el neoliberalismo le interesa muy pocas veces y Cnooc pertenece al Estado chino en un 70 por ciento.

La compra, si se hubiese consumado, hubiera representado la transacción más elevada hecha jamás por una compañía china en Estados Unidos. Chevron también quiso comprarla a principios de 2005 y es significativo que una multinacional china fuese capaz de ofertar un precio más alto que una poderosa empresa norteamericana para controlar una importante petrolera con base en Estados Unidos.

La oferta desató una intensa resistencia en Washington. Unocal es propietaria de sustanciosas reservas de petróleo y gas en Asia. Temiendo que China ganara el control sobre valiosas fuentes de petróleo y gas (que algún día serán necesarias para Estados Unidos o para aliados asiáticos), los neoliberales bloquearon la adquisición de Unocal por parte de Cnooc por razones de seguridad.

China persigue el control de los mercados energéticos y el dominio estratégico del oeste del Pacífico, que podría verse reforzada con la adquisición de Unocal por parte de Cnooc. La oferta de Cnooc se consideró una amenaza a los intereses de seguridad de Estados Unidos y por ello fue bloqueada por el Congreso y por Bush.

El bloqueo de un contrato con un socio comercial internacional de Estados Unidos choca con la doctrina económica reinante del libre comercio y la globalización. Sin embargo, al invocar consideraciones de seguridad nacional, el Presidente tiene la facultad de prohibir la adquisición de una compañía estadounidense de acuerdo con la Ley de Producción de la Defensa de 1950, una medida de la guerra fría diseñada para prevenir la afluencia de tecnologías avanzadas a la Unión Soviética.

El 30 de junio de 2005, la Cámara adoptó una resolución declarando que la absorción de Unocal por parte de Cnooc podía perjudicar la seguridad nacional de Estados Unidos y por esta razón debía ser prohibida por el Presidente en aplicación de la ley de 1950.

Como es evidente, el famoso neoliberalismo no existe en absoluto...

El poder financiero-petrolero

Walter Graziano (Moreno)
Argenpress, 11 de diciembre de 2007

En 1973 la élite no se limitó a restituir a Wall Street y la City londinense como centros financieros mundiales gracias a los petrodólares. Las tasas de ganancias de los pulpos petroleros se multiplicaron dado que el costo de extraer el barril prácticamente no había aumentado en ninguna región del mundo. Lo que hubo fue una limitación transitoria en la oferta de petróleo, mientras por un período de tiempo se dejaba que existiera, en la industria petrolera, una gran capacidad productiva ociosa. Una reducción de sólo el 5 por ciento en la producción mensual árabe durante unos pocos meses produjo un aumento de precios del orden de 400 por ciento. Nunca antes, ni después, las ganancias petroleras habrían de pegar tal salto, pero los beneficios para la élite no quedaron allí.

En segundo lugar, las empresas petroleras inglesas, principalmente Shell y British Petroleum, obtuvieron beneficios adicionales muy importantes: por un lado, Gran Bretaña fue el único país europeo occidental que pudo escapar completamente del bloqueo árabe dado que firmó un tratado especial con los países árabes. Alemania intentó hacer lo mismo, pero su canciller en aquella época, Willy Brandt, recibió una protesta formal de Henry Kissinger por intentar saltar el bloqueo árabe en forma unilateral, y debió tirar al cesto su proyecto de neutralidad germana en el conflicto árabe-israelí. Finalmente, y de manera muy importante, con las nuevas cotizaciones del barril de crudo empezaba a ser rentable, por primera vez, extraer el petróleo que las citadas empresas británicas poseían en el fondo del Mar del Norte, cuya explotación no era factible antes del aumento de 1973.

Resulta evidente que, lejos de ser las víctimas, las empresas petroleras norteamericanas e inglesas fueron las grandes beneficiarias junto a las elites de los países árabes y los centros financieros de Wall Street y la City londinense. La historia oficial nada registraría de todo esto, obviamente debido al dominio que sobre la prensa anglo-norteamericana ejercen las agencias de noticias y los historiadores oficiales, financiados unos y otros por la misma élite financiero-petrolera.

Lo que hay que hacer notar, además de la artificialidad de aquella guerra árabe-israelí urdida con objetivos claramente económicos por Henry Kissinger como agente de la elite estadounidense, es el hecho de que esta vez, en pleno 2007, las cosas son muy diferentes de las crisis petroleras de la década de 1970. La causa del alza de los precios de los combustibles esta vez no es la necesidad de recomponer la hegemonía financiera de Wall Street, hoy aún indiscutible. El incremento en las cotizaciones del crudo, aunque aumenta las ganancias de las empresas petroleras, también aumenta el riesgo colectivo que enfrenta el sector respecto de la posibilidad de que se incrementen las presiones sociales y políticas para reemplazar los hidrocarburos fósiles por otras formas de energía.

Ocurre que por primera vez el mundo como un todo se asoma a una crisis petrolera de naturaleza estructural. A diferencia de 1973, esta vez no hay una capacidad de oferta ociosa que se pueda poner en marcha firmando un tratado de paz o mediante disposiciones unilaterales tendientes a volver a aumentar el cupo de producción de crudo. Esta vez es muy diferente, y por primera vez nadie, absolutamente nadie, tiene el verdadero control de lo que ocurre con los precios y las cantidades de hidrocarburos fósiles que se extraen en el mundo. Por lo tanto, la actitud complaciente de las poblaciones mundiales ante lo que ocurre en el mercado petrolero y gasífero bien puede resultar a la postre una actitud muy equivocada. Cuanto más tardía sea la reacción social y popular en el mundo desarrollado respecto del aumento en los precios del barril, más costos no sólo económicos, sino también sociales y en número de vidas humanas habrá que pagar. Veamos por qué.

Cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, el petróleo no era noticia en ningún medio de comunicación importante. Los precios del barril oscilaban entre 20 y 25 dólares, y aunque geólogos y economistas especializados venían advirtiendo sobre el inicio eventual de una era de escasez, poco y nada llegaba al público común.

Cuando el 11 de marzo de 2003 se produjeron en Madrid los atentados en Atocha y otras estaciones de tren en los que perdieron la vida más de 200 [fueron 2.000] personas, si bien la cotización del barril ya estaba en alza, el aumento de precio del ‘oro negro’ todavía no era noticia. Y hoy por hoy, en 2007, ello tampoco ocurre. Si bien el costo del barril se ha triplicado con relación a unos pocos años atrás, poco y nada dice acerca de las verdaderas causas de este pronunciado ascenso. Los medios han confundido a la población en todo el mundo, atribuyendo el alza a sucesos puntuales como el juicio en Rusia a la petrolera Yukos, los atentados terroristas en Irak, o lo problemas políticos en Venezuela o sindicales en Nigeria. Se trata, en todos los casos, de sucesos que son habituales, dado que nunca ningún mercado del mundo está exento de inconvenientes de esa envergadura. Por otra parte, la mayoría de esos problemas se ha ido solucionando y de todas maneras el petróleo ha vuelto a subir.

Es entonces cuando aparece otra ‘cortina de humo’ desde la prensa: para muchos medios, el fuerte crecimiento de le economía china sería el principal responsable. Pues bien, China consume hoy sólo el 8 por ciento del petróleo mundial, aun cuando su población representa más del 20 por ciento. El consumo de petróleo per cápita en China es menor a un décimo del de los Estados Unidos. ¿Podría decirse entonces que es el fuerte crecimiento de la economía norteamericana el responsable del incremento en el costo de la energía? Pues bien: tampoco. Ocurre que tasas de crecimiento de 3 ó 4 por ciento anual son usuales en la historia económica norteamericana, y no por ello esos índices desembocaron en el pasado necesariamente en alzas en el precio del petróleo. A veces, y con relativa frecuencia, ocurría precisamente lo contrario.

¿Qué es lo que ocurre entonces? Pues bien, que aunque año tras año la producción mundial de petróleo ha aumentado -y sigue aumentando- entre 1 y 2 por ciento anual, y la de gas natural al 3 por ciento anual, aumentando además la eficiencia del uso de ambos, no ha habido prácticamente descubrimientos importantes de petróleo en los últimos quince años en ninguna región del mundo. De esta manera, aunque la producción aumenta en el Golfo Pérsico, ha comenzado a descender en una vasta cantidad de países. En medio de esa situación, el principal perjudicado es Estados Unidos, que tocó su ‘techo de producción’ en 1970 y hoy importa cerca del 65 por ciento de todo el petróleo que consume. Se estima que ese porcentaje deberá seguir subiendo año tras año hasta llegar al 100 por ciento.

Son muchos los analistas internacionales que han venido advirtiendo, casi siempre en círculos reducidos, sobre este problema. Al mismo tiempo, es muy poca la atención que se les ha prestado en los más importantes medios de comunicación a escala mundial que normalmente reflejan la equivocada opinión de los analistas a sueldo de las grandes petroleras oligopólicas mundiales, que ‘sedan’ a la población con la cantinela de que todo el problema se reduce a la falta de inversión en áreas clave como la exploración petrolera en busca de nuevos yacimientos. Es necesario advertir que es sumamente improbable que una gran cantidad de nuevos yacimientos petroleros se descubran y entren en el circuito productivo por la sencilla razón de que se sabe, gracias a la tecnología moderna, que una vasta mayoría de la superficie mundial no cuenta con reservas aptas para la explotación. Sencillamente, no existen.

El interés de los Estados Unidos por intervenir o amenazar a países donde se sabe que hay petróleo no es entonces ningún dato casual, sino que se buscan excusas cuyo interés primordial es el petróleo, el gas, o las zonas de su paso: Irak, Irán, Venezuela, entre otros, son claras muestras de cómo gobiernos que no son dóciles a la élite petrolera-financiera son crecientemente forzados -cuando no reemplazados- para que sus líderes apliquen las políticas funcionales a los Estados Unidos, que son básicamente tres: en primer lugar, garantizar una acelerada explotación de petróleo y gas y su puesta en oferta en el mercado internacional; en segundo lugar, garantizar el rápido envío de hidrocarburos a los Estados Unidos y el Reino Unido, para abastecer sus mercados nacionales al mejor precio posible; en tercer lugar, acrecentar lo máximo posible la participación de los gigantescos pulpos petroleros norteamericanos e ingleses en el proceso productivo del gas y el petróleo, que de otra manera, a medida que se van secando los pozos de Texas, Nuevo México, California y el Mar del Norte, deberían ir saliendo del mercado, lo que no sólo los condenaría a una rápida extinción como empresas, sino que además pondría en jaque la salud de los grandes bancos norteamericanos relacionados con las petroleras, no sólo a través de enorme cantidad de préstamos y créditos, sino también societariamente. O sea, las mismas familias que manejan desde las sombras a las grandes petroleras anglo-norteamericanas son las que manejan a los principales bancos norteamericanos.

En adelante, entonces, viviremos un preocupante problema energético. Estamos hablando de petróleo y gas: el 75 por ciento de la energía que hoy se usa en el mundo. Y aunque cambiar el sistema energético hacia otros insumos es posible en forma teórica, no es menos cierto que resulta sumamente difícil, tanto en cuanto al transporte como en el área de generación de electricidad. Con la actual tecnología es sumamente arduo, y muy improbable, que pueda reemplazarse a los hidrocarburos fósiles en tanto fuente de energía. Cabe recordar que al hablar de petróleo y gas no estamos hablando solamente de un elemento central para la globalización, sino de un asunto vital para la vida urbana y el transporte de personas y alimentos.

Recapitulando entonces, tenemos a la vista dos grandes crisis en ciernes. Una, financiera y económica, causada por la espiralización de consumo vía crédito externo en Estados Unidos a niveles nunca antes vistos, y otra, energética, de magnitud aún hoy imprevisible. Es muy probable que a la globalización le cueste muchísimo solucionar los problemas ocasionados por la primera. Su propia subsistencia estará cuestionada y amenazada. Para enfrentar la segunda no hay planes oficiales que sean, al menos, preliminares, más allá de la ‘propaganda’ de Bush y otros políticos de los dos partidos norteamericanos, realizada para consumo masivo a fin de escaparle al tema.

En realidad aunque parezca increíble, es natural que así ocurra y que nada se planifique desde los gobiernos más importantes del mundo: tanto George Bush padre como su hijo, Bill Clinton, Tony Blair, Silvio Berlusconi, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero, Vladimir Putin y muchos otros líderes accedieron al poder, o se mantuvieron en él, gracias a sus contactos y acuerdos con el ‘establishment’ financiero-petrolero conformado por los grandes pulpos anglo-norteamericanos y los bancos más importantes del mundo asociados a la industria del petróleo. Las campañas electorales son llevadas a cabo con fondos provenientes de los grupos económicos más grandes e importantes del mundo y esos fondos generalmente se destinan a apoyar a los candidatos que les ofrecen más garantías de subsistencia y crecimiento a esos mismos grupos económicos, no solamente en puestos presidenciables, sino también en los cuerpos legislativos.

Con mucha frecuencia se observa también que hasta los candidatos opositores son financiados por los mismos intereses económicos, como candidatos ‘suplentes’, por resultar muchas veces considerados menos ‘tropa propia’ que quienes suelen ganar las elecciones, generalmente con más presupuesto para las campañas, proporcionado por esas megacorporaciones. Pero hay que tener muy en claro que hasta los ‘suplentes’ -generalmente perdedores en las elecciones- son también en buena medida tropa propia de la élite financiero-petrolera.

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