Un Primero de Mayo de resistencia y no de conciliación

El momento en el que cualquier militante revolucionario caiga en la tentación de pensar, siquiera por un instante, que este Primero de Mayo, o el siguiente, o el otro, o cualquiera que se celebre en el futuro, es igual al anterior, es mejor que se jubile del combate contra la burguesía y se retire a cobrar su pensión (mientras pueda). Cada año la explotación salvaje de los capitalistas ha apretado un poco (o mucho) más sus pesadas cadenas a las del anterior; cada año, sólo en España, hemos enterrado a 2.000 obreros más asesinados sobre el yunque de la ignominia; cada año acumulamos en nuestra hucha vacía un poco más de rabia sin acabar de entender cómo es posible que aún no haya reventado...

Sin embargo, por encima de todo eso, los capitalistas, los sindicaleros y su Estado benefactor han untado una capa grasienta de maquillaje para disimular las heridas; han hecho del Primero de Mayo una fiesta, un puente y, como en la Semana Santa feudal, han organizado también sus procesiones para tapar sus podridas conciencias (si es que las tienen) pero en lugar de la sotana con capucha se visten de pancarta y consigna, como si en un día, apenas en 30 minutos de desfile jocoso, nos pudieran hacer olvidar los otros 364 días del año de conciliación, de pactos explotadores, de complicidad y de corrupción.

Mientras ellos tratan en un día de tapar los 364 restantes, nosotros tenemos que destaparlos, convirtiendo su fiesta en nuestro estallido de indignación, sacando a la calle lo que cada día nos hemos llevado del trabajo a casa y de casa al trabajo. Es un momento (lamentablemente uno de los pocos del año) en que tenemos que recordar que sobre nuestras espaldas sostenemos hoy la antorcha de la lucha de todas las generaciones proletarias que nos han precedido y que hemos de sostenerla con la misma dignidad y el mismo coraje con la que ellos la alzaron en su día al precio de la sangre de miles de obreros asesinados. Es un momento para no olvidar que en cada obrero y en cada revolucionario que tiene la oportunidad de manifestarse y gritar por las calles de este país, está una partícula de su clase, está todo el proletariado internacional, combatiendo por los mismos objetivos, contra el mismo enemigo y que al cerrar el puño debe expresar con fuerza y determinación esa estrecha unidad internacional de los cinco continentes simblizada en sus cinco dedos.

Si miramos hacia atrás el año transcurrido veremos que no tenemos ninguna fiesta que celebrar y que el capitalismo nos presenta un futuro muy sombrío. Quizá un año es muy poco tiempo para apercibirnos de los cambios pero resultaría ingenuo a├║n pensar que las cosas no cambian o que se estancan o que son eternas. No es así, y sería mucho más ingenuo pensar que esos cambios van a ser para mejorar el capitalismo y acabar con sus lacras. Por el contrario, tenemos que esperar toda clase de nuevos desastres sociales y, por tanto, prepararnos para hacerles frente de la única manera posible: mediante la organización de la clase obrera en torno al partido del proletariado para preparar la batalla directa e inmediata por el socialismo.

No basta con advertir que nos esperan momentos muy duros y difíciles si, al mismo tiempo, no decimos con claridad que esos momentos no van a ser inevitables calamidades de la naturaleza y -además- que sí existe una salida, aunque no hay más una sola: la revolución socialista. Lo demás es entretener la mala conciencia y distraer a los trabajadores de las causas de los problemas y, por tanto, de la solución de los mismos.

No vamos a ocultar a nadie que todo eso es muy fácil decirlo y muy complicado llevarlo a cabo, sobre todo en las condiciones políticas en las que nosotros, la vanguardia comunista, nos encontramos. Efectivamente. Pero nuestra tarea como comunistas es no disimular la envergadura de los problemas ni perdernos en las pequeñas y medianas batallas cotidianas, sino ligarlas a sus verdaderas raíces y, por tanto, exponer las soluciones posibles, indicar el camino. Nosotros venimos sosteniendo que ya no hay ningún tipo de solución a los problemas de la clase obrera bajo el capitalismo, que los problemas no tienen otra solución que la revolución, que no hay ninguna etapa intermedia y que afirmar lo contrario es un engaño y una manipulación.

Estamos ante problemas históricos, muy profundos, que exigen dar un salto en la historia. Que sea difícil no quiere decir que sea imposible; que sea largo no quiere decir que sea eterno. Más allá de todas las apariencias engañosas, la propia crisis de decadencia del capitalismo está acumulando todo el combustible necesario para prenderle fuego. Pero hay que encender el mechero de la revolución y acercarlo a ese combustible, no hacer oposiciones al cuerpo de bomberos ni tratar de abrir el grifo del agua porque el pozo se ha secado ya. El capitalismo -dijeron Marx y Engels- ha forjado a sus sepultureros, los proletarios y nos corresponde a nosotros decirles ┬íProletarios de todos los países, uníos!, bien entendido que esa unión es la organización y bien entendido también que se trata de una unión para dar la batalla final, inevitable, no para poner la música a la fiesta.

Que se trata de una verdadera batalla, de una guerra de clases, como decían los antiguos, lo venimos comprobando en todo el mundo, donde cada vez más claramente los capitalistas han estrechado filas en torno al Estado y a sus intrumentos policiales, represivos y militares para prepararse a conciencia frente a lo que se les avecina. Se está agotando la época pacífica de elecciones y de legalidad, así que empeñarse en ello es inútil y sólo puede conducir al fracaso y a la desmoralización. Ya no caben más reformas y todas las que se están poniendo en marcha consisten en reforzar un Estado que se tambalea. En cosecuencia, si el enemigo de clase se prepara a conciencia para la guerra hay que responder en esos mismos términos. Sabremos responder a sus bayonetas lo mismo que a sus cantos de sirena.

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