Portugal: del fantasma del iberismo a la
dominación económica española

Miguel Urbano Rodrigues, Serpa, 29 de outubro de 2006
Traducción de Marla Muñoz
http://www.nodo50.org/corrienteroja/articulo.php?p=2921&more=1&c=1

Antes y después de la visita de Cavaco Silva a Madrid, algunos órganos de comunicación social aprovecharon el acontecimiento para retirar de los archivos de la historia el tema del iberismo y agitar ese fantasma. Promovieron sondeos que presentaban resultados muy semejantes. Casi la mitad de los españoles sería favorable a la existencia de un único estado en la península, un cuarto de los portugueses desearían la fusión con España.

El Publico dedicó tres páginas al asunto. En una de ellas, el corresponsal de El País en Lisboa, en tono que navega entre lo serio y lo irónico, reflexionó la hipótesis de la creación de una nación única.

Lo que llama la atención en esos textos y en otros publicados en la prensa es la ligereza de la mayoría de los comentarios y testimonios y el silencio sobre dos cuestiones que sí son importantes:

1. Ninguno de los autores y entrevistados manifiesta curiosidad por el súbito interés de los media respecto a la problemática de la integración de Portugal en España. Nadie pregunta por qué se levanta de repente en la comunicación social esta algazarra tonta en torno al iberismo.

2. En ninguno de los artículos leídos encontré referencia alguna a la avasalladora colonización económica de Portugal por parte de España.

En el laberinto de argumentos invocados a favor y en contra del proyecto ibérico identifiqué un denominador común: la conclusión de que portugueses y españoles se asemejan como dos hermanos. Hasta Miguel Bastenier, que no está de acuerdo con la Iberia única, escribió en su columna de El Pais, que no hay dos países que se parezcan más.

El mito y la realidad

Una extensa y sinuosa frontera separa, de manera artificial en apariencia, a Portugal de España. Pero es suficiente atravesarla, y luego, al entrar en los pueblos, cualquier extranjero percibe que somos pueblos marcados por profundas diferencias.

La historia que nos diferenció lentamente –somos hijos de Galicia- comenzó a cavar abismos culturales entre los dos países después de la Revolución de 1640 que puso término a la breve unión dinástica. A partir de entonces, el castellano, que era de uso común, inclusive en la literatura, entre los portugueses instruidos, casi dejó de ser hablado. Portugal se volteó hacia Francia, y durante tres siglos el pueblo de Voltaire pasó a ser la referencia cultural.

Distanciados por un siglo, Eça y Saramago contemplan y sienten a Francia y a España bajo perspectivas que tienen muy poco de común.

Pero es evidente que la influencia de París como fuente de inspiración, en la caminata del Portugal urbano, no fue sustituida, al desaparecer, por una presencia española. Para la juventud, las grandes referencias son hoy anglo-sajonas en los más diferenciados aspectos de la vida cotidiana y en la adopción de valores culturales.

Es un hecho que la cultura norteamericana, sobre todo la subcultura de exportación, marca hoy, decisivamente, el comportamiento social de la totalidad de las sociedades europeas. Los efectos del choque producido no son, además, los mismos de Suecia a Italia, que de Francia a Grecia.

España, en la transición del fascismo a un régimen de fachada democrática, ha asimilado lo peor del neoliberalismo globalizado y de la llamada macworld cultura. Lo autóctono y lo importado se funden en una amalgama en la cual la herencia mediterránea –sobre todo la de Roma y la del Islam- cede ante la ofensiva de un capitalismo cuya peculiaridad regional es una enorme agresividad.

La burguesía portuguesa, impresionada por las tasas de crecimiento del PIB en el país vecino, cita con respeto el milagro español. No siempre lo afirma explícitamente, pero admite que es un factor de peso a favor de una unión con España. España ha pasado inclusive a ser un país exportador de capitales, lo que suscita su admiración.

Pero, al final, ¿qué es ese milagro?

El capitalismo español es hoy uno de los más predatorios del mundo. Una revista tan poco sospechosa por su fidelidad al neoliberalismo como Newsweek comparó ya la actuación de las transnacionales de España en América Latina a la del conquistador de México, Hernán Cortés, responsable de la destrucción de la civilización azteca.

El gobierno de Madrid repite con orgullo que cinco siglos después de la llegada de Colón al Nuevo Mundo las inversiones españolas directas en América Latina solamente son superadas por los Estados Unidos. Pero, ¿a qué precio para los países donde el capital español se instala?

Para citar apenas los casos más chocantes: la Repsol, la Telefónica y el Banco de Santander aparecen a los ojos de las fuerzas progresistas de Argentina, de Brasil, de Bolivia, de Colombia y de Chile, entre otros, como pulpos tentaculares del capital. No solo por la sobreexplotación de los trabajadores, sino también por haberse envuelto en escándalos, robos y violaciones de la soberanía de los Estados donde desarrollan su actividad.

Además, desde un ángulo exclusivamente económico y financiero, el milagro español tiene pies de barro.

En la última década el motor del crecimiento del PIB ha sido el boom de la construcción, lo que, según Le Monde y The New York Times, anuncia tiempos difíciles porque el sector inmobiliario, saturado, perdió el dinamismo y acusa el efecto de la subida de la tasa de interés.

A esa fragilidad se suma una gran dependencia del turismo, una fuente de ingresos muy inestable.

Los iberistas, al esbozar el panorama de una España pletórica de energías, ejemplo de progreso y creatividad en una Europa inmovilista, también simulan olvidar que el país exhibe la más alta tasa de desempleo de los 15 miembros de la Unión Europea anterior a la extensión.

En el griterio levantado en torno a las ventajas y desventajas de la integración de Portugal a España los participantes en el obtuso debate no aluden siquiera al racismo y la xenofobia que hacen hoy de la patria de Cervantes uno de los países europeos donde los inmigrantes, sobre todo los magrebíes y los ecuatorianos y colombianos, son más discriminados.

No. Prefieren discutir sobre temas como la localización de capital de una Iberia unida, la estructura institucional del Estado-Federación, o simplemente la transformación de Portugal en una más de las regiones autónomas y, finalmente, en cuál sería el papel del rey Don Juan Carlos de Borbón en todo esto.

Son mínimas las referencias a la incapacidad secular demostrada por el poder central español para convivir democráticamente con las naciones hegemonizadas por Castilla. No obstante, les parece natural que Madrid, represora del hambre de libertad de vascos y catalanes, pueda absorber tranquilamente Portugal.

En el abordaje de las peculiaridades que diferencian y aproximan a portugueses y españoles se habla del bacalao, del fado, del flamenco, de marialvas y señoritos, de los idiomas. Pero en todo ese festín de liviandades no identifico un planteo que toque, aunque sea levemente, una cuestión de fondo: el modo de encarar la existencia, el comportamiento cotidiano de portugueses y españoles, sean estos castellanos, catalanes o vascos. En otras palabras, la atmósfera humana, el espectáculo de la vida que ofrecen ambos pueblos.

Esa omisión es definidora de la inutilidad y del ridículo de la resurrección del fantasma del iberismo. Porque el desencuentro de idiosincrasias ilumina bien una realidad: lejos de ser muy parecidos, portugueses y españoles se distanciaron progresivamente, exhibiendo actitudes casi antagónicas ante la gran y breve aventura de la vida.

Vivo en Serpa, en la margen izquierda del Guadiana. Es suficiente atravesar la frontera y entrar por la provincia de Badajoz o por la de Huelva y parar en cualquier pueblo para sentir una profunda diferencia. Ellos trabajan a horas diferentes, transforman el culto al aperitivo en un instrumento de convivencia , comen a horas diferentes. El ruido es allí componente de la vida, del concepto de tiempos libres. En Madrid o Barcelona, tan desiguales, esas diferencias en la actitud ante la vida, en la forma de disfrutarla, son todavía más acentuadas.

No critico, registro lo inocultable.

Esa especificidad española no acompañó a los señores de la Conquista.

En la América Latina hispano-india, el flujo del cotidiano –con la única excepción de México- es regulamentado por la norma europea. Se come, se trabaja, y se convive en horarios semejantes a los de los países de la Unión Europea.

Otra omisión en todos los textos iberistas, en la prensa de Lisboa y de Madrid, es la falta de referencias a la colonización económica de Portugal por parte de España. El proceso en curso es avasallador. Hace tres décadas España prácticamente no existía como socio comercial de Portugal. Hoy ocupa el primer lugar en las importaciones portuguesas. Nuestros vecinos han sabido aprovechar los mecanismos de la Comunidad Europea. Pero tal posición hegemónica no la ocupan solamente en lo que respecta al comercio. La invasión de capital español es diluviana. La banca española ha conquistado una parcela importante del mercado portugués. Lo mismo ocurre con la hotelería y las grandes tiendas transnacionales como El Corte Inglés y Zara.

Las inmobiliarias españolas invaden nuestras ciudades del Miño a Algarve.

El proceso de colonización pacífica, en el ámbito del funcionamiento del mercado, asume facetas particularmente alarmantes en Alentejo.

Capitalistas españoles compran ya las mejores tierras en el perímetro del gran embalse de Alqueva. Han adquirido millares de hectáreas, sobre todo en el distrito de Beja, para la cría de puercos, fábricas de aceite y plantaciones de olivos y viñedos.

Esa invasión de capital español es obviamente festejada como muy positiva por el gobierno de Sócrates y por la gran burguesía. Saludan a los inversores españoles como empresarios agentes del progreso. Agradecen. Con la espontaneidad de la nobleza de 1383 al saludar a D. Juan de Castilla, y la nobleza de 1580 al alinearse con Felipe II.

Esa forma de dominación económica encubre, al final, una modalidad de intervención imperial.

El corresponsal de El País en Lisboa garantiza que el imperialismo español está definitivamente liquidado.

Pero su perentoria afirmación apenas evidencia que, o desconoce lo que es el imperialismo, o pretende disipar en la cuna temores que identifica en amplios sectores del pueblo portugués.

España no tiene más colonias. Ni pasa por la cabeza de gobernante español alguno conquistar Portugal por las armas.

Empero, la actuación del capital español en América Latina configura una forma de imperialismo. Claro está, diferente, más discreta. La estrategia subyacente a la política de las inversiones macizas en Portugal es también inseparable de una concepción imperialista de las relaciones entre los pueblos.

Además, contrariamente a lo que sustentan los apologistas de la política de Zapatero, presentada como socialdemócrata y progresista, ella, en lo fundamental, se caracteriza por la fidelidad al neoliberalismo y por el alineamiento con el imperialismo.

El presidente del gobierno de Madrid, en vísperas de las elecciones que llevaron al PSOE al poder, se comprometió a retirar las tropas españolas de Iraq.

Cumplió. Pero casi luego de ello fueron enviados a Afganistán fuerzas del ejército español, para combatir la insurrección en curso en aquel país, integradas al dispositivo de la OTAN. Ahora esa es otra guerra imperialista.

España es -no debemos olvidarlo- uno de los países de la Unión Europea que en los últimos años ha colaborado más activamente, a través de sus fuerzas armadas, con la estrategia de dominación mundial de los EUA. El discurso de Zapatero intenta ocultar esa evidencia. Pero los hechos niegan las palabras.

Pueden argumentar los defensores del iberismo que Portugal también envió fuerzas a Bosnia, Afganistán e Iraq por decisión de sucesivos gobiernos. Así fue. Pero la pequeña dimensión de esos contingentes es esclarecedora de la diversidad de actitudes de los pueblos de Portugal y España.

El premier Sócrates es un mediocre ambicioso, profundamente reaccionario. En el campo internacional sus posiciones reflejan la orientación transmitida por Washington. Mas está consciente de que el pueblo portugués conserva viva la memoria de la guerra colonial, y desaprobó desde el inicio las agresiones a Iraq y Afganistán, mascaradas de intervenciones en defensa de la libertad y la democracia. De ahí el carácter inexpresivo de la presencia de militares portugueses en aquellos dos países. Ni Cavaco osaría decirles, como lo hizo el rey de España en visita a sus tropas, que están sirviendo a la patria y a los más nobles ideales humanistas.

Para terminar quiero esclarecer que admiro mucho la otra España, la España mestiza, nacida de culturas diferenciadas, la España de Cervantes (El Quijote, leído y releído, continua siendo para mi un libro de cabecera) y de Goya, de Dolores Ibarruri y Lister, la España que se batió contra el fascismo y hoy condena en las calles al neoliberalismo, las guerras imperiales y la monarquía ridícula y corrupta que las aplaude.

Soy como comunista, internacionalista. Mas aprendí en los combates de la vida que lo universal tiene sus raíces en lo nacional.

Objetivo: La anexión española de Portugal

Antonio J. Torres
Rebelión, 20 de agosto de 2007

De un tiempo a esta parte está siendo bastante frecuente encontrar en los grandes medios de comunicación españoles y portugueses la publicación de encuestas que vendrían a exponer un supuesto deseo unidad entre los dos estados ibéricos: España y Portugal.

Incluso, a veces, no se expone sólo un supuesto deseo de unión de ambos estados formando un nuevo estado, Iberia, sino también un supuesto deseo de un número considerable de portugueses de unirse a España, convirtiendo así a Portugal en una comunidad autónoma más.

Fue en ese sentido como también se expresó el conocido escritor portugués José Saramago siendo la voz, de nuevo, de determinados sectores del imperialismo español, como lo ha sido anteriormente en otras cuestiones con sus opiniones sobre Cuba o el conflicto en Euskal Herria

Según una encuesta que fue publicada por el semanario portugués Sol en septiembre de 2006 un 28 por ciento de los portugueses opinaban que España y Portugal deberían ser un solo estado, además, un 27 por ciento de los encuestados opinaba que la economía portuguesa iría mejor en ese hipotético estado unido, pero sólo algo más del 15 por ciento estarían dispuestos a aceptar como Jefe del Estado a Juan Carlos I. Por su parte, la revista española Tiempo en octubre del 2006 publicaba que el 45,6 por ciento de los encuestados españoles estarían a favor de la unión. Estas cifras, aunque pueden indicar cierto avance en la población de ambos estados ibéricos de cierta idea de unión, se han exagerado mucho por determinados medios de comunicación de ambos estados.

Generalmente estas encuestas suelen servir en el caso del Estado español para arremeter contra los llamados nacionalismos periféricos, especialmente contra los nacionalismos vasco y catalán.

La idea de un solo estado para toda la Península Ibérica no es nueva en absoluto, el iberismo ha tenido a lo largo de la historia diversas formulaciones y propuestas dependiendo de los diferentes intereses de clase que había detrás, y por supuesto, del momento histórico, formulaciones monárquicas o republicanas, feudales o liberales burguesas, etc. En esta ocasión, los intereses están bien claros aunque no se expongan directamente: la dominación política de un sector de la burguesía imperialista española sobre Portugal. No basta con el saqueo imperialista español sobre Portugal, no basta que ya en la práctica se pueda hablar de una unidad de mercado ibérica a favor del imperialismo español, se busca también la dominación política y la consolidación de ese gran mercado ibérico dominado por la gran burguesía imperialista española, que pretendería así aumentar su poder en el contexto de la Unión Europea imperialista y Latinoamérica. No se trata de una unión, sino de una auténtica anexión.

Frente a esta visión del iberismo como una mera dominación española sobre Portugal, han existido visiones iberistas que se fundamentan en la libertad de unión y adhesión, no ya de dos estados (España y Portugal), sino de los diferentes pueblos que componen la Península Ibérica, respetando su libertad y su soberanía, en una perspectiva confederalista. Partidarios de esta visión fueron el nacionalista catalán Francesc Macià, fundador de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) que concebía l'Estat Català integrat en la Federació de Repúbliques Ibèriques, el nacionalista andaluz Blas Infante en cuya propuesta de escudo para Andalucía rezaba el lema Andalucía por sí, Iberia y la Humanidad, además de su proyecto de un Estado Libre Andaluz que formara parte de una gran Confederación Ibero-Marroquí, el nacionalista vasco Manuel de Irujo, o el nacionalista gallego Castelao. El iberismo estaría también muy presente en el movimiento libertario, destacando la Federación Anarquista Ibérica (FAI) y las propuestas iberistas de las Juventudes Libertarias (JJLL), pero menos en el movimiento comunista, destacando quizá la singular figura del comunista vasco Jesús Larrañaga cuando pronunció aquello de: Calvo Sotelo sabe, y ahí tenéis el ejemplo de la URSS, que una España roja será precisamente eso que él detesta: una España rota, es decir, una Federación, una Unión Ibérica de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Portugal: una lucha histórica por la libertad

Por mucho que determinados medios de comunicación exageren la importancia de los porcentajes de población a favor de una falsa unión basada en los estados ibéricos, la realidad es que el pueblo portugués tiene razones históricas de peso para recelar firmemente del anexionismo español disfrazado de iberismo.

Los orígenes de la actual Portugal se encuentran en el condado portucalense del antiguo Reino de Galicia, feudo de Alfonso VI, Rey de León y de Castilla. El Condado fue ofrecido a Enrique de Borgoña, casado con la hija de Alfonso, Teresa, hermana de Urraca. Alfonso Enriques, hijo de Enrique y Teresa, sería el primer rey de Portugal, que surge, por tanto, como reino independiente en el 1142; ya en 1179 el Papa Alejandro III reconocería a Portugal como reino independiente, consolidándose como tal bajo el reinado de Sancho I, de 1185 a 1211.

Castilla intentaría en sucesivas ocasiones la conquista del nuevo reino, destacando la victoria portuguesa de Aljubarrota en 1385 sobre las tropas castellanas. El triunfo convirtió al condestable Nuno Alvares Pereira en un verdadero héroe nacional portugués. Las agresiones castellanas se prolongarían durante los siglos XIV y XV.

En 1580, tras la muerte del Rey portugués Sebastián en la batalla de Alcazarquivir, el monarca español Felipe II procedería a ocupar Portugal con sus tropas haciendo valer por la fuerza de las armas sus derechos dinásticos sobre el trono portugués, la dominación española se prolongaría hasta 1640. Durante estos sesenta años de sometimiento al poder castellano-español, el pueblo portugués aprendió duramente las tendencias belicistas y militaristas, y el carácter anexionista y opresivo de la Corona de las Españas, con el imperial y subyugante Reino de Castilla a la cabeza. También en 1640 se levantaría Catalunya y Andalucía, siguiendo el ejemplo portugués.

Esta invasión dejó un fuerte sentimiento anticastellano y antiespañol en general, que resurge y se expresa en la coyuntura más insospechada. Ni siquiera las buenas relaciones en la época de los dictadores militares, Salazar y Franco, eliminaron esos temores. Los portugueses recelan y sospechan, y con razón, de cualquier pretensión iberista que disfrace las ansias anexionistas españolas.

La dominación económica española

El periodista comunista portugués Miguel Urbano Rodrígues salía al paso del iberismo que pretende disfrazar las intenciones anexionistas españolas destacando que en ninguno de los medios de comunicación que se hicieron eco de las encuestas a favor de la unidad de España y Portugal (Urbano Rodrígues cita a El País de España y O Público de Portugal) encontró referencia alguna a la avasalladora colonización económica de Portugal por parte de España.

Según destacaba un periodista de El País, citando datos de la Cámara de Comercio Hispano-Lusa, el flujo comercial entre España y Portugal supuso 24.000 millones de euros en el 2006, alrededor de 1050 empresas españolas están instaladas en Portugal destacando Zara o El Corte Inglés, frente a las 400 lusas en territorio del Estado español, que es el principal cliente de Portugal y no por nada su principal proveedor. Como no podía ser de otra manera es en el sector bancario donde el dominio español se hace evidente destacando el BBVA y el BSCH. 1,1 millones de ciudadanos del Estado español estuvieron de vacaciones en Portugal durante el 2006. En el 2003, Portugal importó de España por valor de 13.221 millones de euros, frente a las exportaciones portuguesas hacia España valoradas en 5.919 millones de euros. La inversión española en el sector inmobiliario portugués representó el 11,1 por ciento del total de la inversión directa de España en Portugal en el 2004. La presencia española en la economía portuguesa es significativa en el sector bancario como ya hemos indicado, el Santander controla un 15 por ciento de este mercado (el inmobiliario); textil y vestuario; distribución siderúrgica; inmobiliario y construcción, y vidrio de envase. Todos estos sectores están controlados al menos en un 20 por ciento por empresas españolas.

También podríamos hablar de los proyectos del MIBEL (Mercado Ibérico de la Electricidad) pero está paralizado, lo mismo que del mercado ibérico del gas.

Miguel Urbano Rodrígues nos aclara la posición de determinados sectores de la burguesía portuguesa: La burguesía portuguesa, impresionada por las tasas de crecimiento del PIB en el país vecino, cita con respeto el ‘milagro español’. No siempre lo afirma explícitamente, pero admite que es un factor de peso a favor de una unión con España. España ha pasado inclusive a ser un país exportador de capitales, lo que suscita su admiración. Visión la de un sector de la burguesía portuguesa que se traslada al resto de la población y su admiración por la seguridad social española, o por medidas como la reciente de 2500 euros por nuevo nacimiento del Gobierno de Zapatero. Sin embargo, nada asegura a la burguesía portuguesa y ni mucho menos a la clase obrera y al pueblo trabajador de Portugal en su conjunto que la unión con el Estado español mejoraría la situación. Para la burguesía portuguesa supondría su acta de defunción y la entrega total de su mercado nacional directamente a manos imperialistas españolas, mientras que para la clase obrera supondría continuar con salarios más bajos, sin apenas cambios sociales positivos destacables, y con una posible pérdida de tejido productivo que vendría a flexibilizar y a precarizar las relaciones laborales, aunque analistas económicos portugueses y españoles destaquen la creación de empleo en Portugal gracias a las inversiones españolas, la verdad es que nunca o casi nunca se suele analizar las características de esos empleos ni sus condiciones ni su calidad.

La perspectiva

Son muchos los problemas que presenta la unión de los estados de Portugal y España, desde económicos hasta políticos, por eso la gran burguesía imperialista española sólo se limita a dar golpes de efecto informativos cada cierto tiempo. En Portugal permanecen vivos aunque muy mitigados los sentimientos anticastellanos y antiespañoles en general, ya lo dice el refrán portugués De España ni buenos vientos ni buenos casamientos. Joao Soares, diputado socialista y ex Alcalde de Lisboa, destaca que la identidad portuguesa se fraguó en el nacionalismo antiespañol. Una unión del Estado español con una Portugal subordinada siendo la decimoctava comunidad autónoma española haría resurgir sin duda los sentimientos antiespañoles.

Para Joao Peñaranda, comisario de arte contemporáneo, en declaraciones a El País, la Unión Europea resuelve la cuestión del iberismo, y en realidad así ha sido, ya que el asalto español a Portugal comenzó en el mismo momento en que ambos estados ingresaron en 1986 en la CEE, hoy Unión Europea.

Sin duda alguna un problema serio a resolver seria el de la forma de Estado, ya que como hemos señalado antes poco más del 15 por ciento de los portugueses aceptaría al Rey Juan Carlos como futuro Jefe del Estado unificado. Otra cuestión que también suscita grandes pasiones entre los iberistas burgueses es el de la capitalidad del futuro estado unido.

Frente a ese discurso embaucador y engañoso que pretende hacer creer a las masas trabajadoras portuguesas que su nivel de vida mejorará de la noche a la mañana en una unión/integración con España, pseudoprogresista, que dice querer eliminar fronteras y se apoya en la supuesta voz izquierdista de José Saramago, la izquierda consecuente y combativa de los pueblos ibéricos ha de apostar por la auténtica unión de las naciones basadas inevitablemente en el ejercicio del derecho a la autodeterminación, la soberanía nacional, y la más completa libertad de adhesión a proyectos federales o confederales, ya sea de ámbito estatal español, ibérico, europeo, del Mediterráneo, etc. Una unión de pueblos libres y soberanos antiimperialista en una perspectiva socialista y comunista, de eliminación de la explotación del ser humano por el ser humano, frente al proyecto anexionista de sectores de la gran burguesía imperialista española que sólo pretenden la humillación de la clase obrera y del conjunto del pueblo portugués.

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