7 años en el Tíbet

El 9 de enero de 2006, a los 93 años de edad, falleció el alpinista austríaco Heinrich Harrer, campeón olímpico de su especialidad en 1936.

El nombre de Harrer apenas hubiera recordado absolutamente nada de no ser por el estreno diez años antes de la película 7 años en el Tibet, protagonizada por el famoso Brad Pitt, basada en el libro autobiográfico de Harrer. Pero ni en el libro, publicado en 1953, ni en la película, casi medio siglo más tarde, la expedición de Harrer al Himalaya se relaciona con los nazis y la II Guerra Mundial.

Cuando la revista Stern desveló el pasado nazi de Harrer, éste lo negó todo rotundamente; lo suyo era sólo deporte.

Harrer nació en Austria en 1912, en los Alpes de Carintia. Estudió geografía y educación física en la Universidad de Graz, mientras se ganaba algún dinero como guía montañero y entrenador de esquí alpino.

Tras la llegada de Hitler al poder en 1933, Harrer se afilió a las juventudes hitlerianas. Luego él lo justificó diciendo que era para poder competir y realizar sus famosas expediciones montañeras en Asia.

Mentira.

Lo cierto es que desde 1933 Harrer era miembro de las SA y más tarde de las SS, pero no en Alemania sino en Austria, que era peor todavía. En 1933 el partido nazi era ilegal en Austria, que no fue anexionada hasta cinco años después en el ya famoso Anschluss. Al pertenecer a las SA desde 1933, es evidente que Harrer era un traidor a su propio país.

En 1936 Harrer participó en los Juegos Olímpicos en el equipo de esquí austriaco. Dos años después fue pionero en escalar la cara norte del Eiger, hazaña por la que fue llamado por Hitler, que lo recibió personalmente.

Tras la anexión de Austria a Alemania, Harrer se convirtió en entrenador del equipo alemán de esquí femenino de descenso y eslalon.

Al año siguiente Harrer viajó al Himalaya no por razones deportivas sino estratégicas, enviado por la Alemania nazi para preparar el ataque al Imperio británico en sus posesiones coloniales de la India. En el festival de Breslatt, Himmler en persona había invitado a Harrer a participar en una expedición de reconocimiento del Nanga Parbat. Varios años antes Himmler ya había enviado a Lasha, capital del Tibet, un equipo de reconocimiento.

Uno de los hombres de aquella primera expedición, Bruno Beger, era un nazi, luego oficial de las SS que se destacó asesinando y mutilando a varios prisioneros del campo de concentración de Auschwitz. Beger permaneció varios meses en Lasha, donde logró el apoyo de Tsarong, el mismo tibetano que luego ayudó a Harrer y a Aufschnaiter a entrar en la ciudad prohibida. Tsarong era uno de los caciques más ricos de Lasha. En el relato 7 años en el Tíbet, Harrer describe con grandes muestras de cariño a Tsarong que se convirtió en protector y amigo íntimo de los dos alpinistas nazis.

De acuerdo con la estrategia trazada por Himmler, el arquitecto del genocidio de Hitler, con la excusa de eliminar a los judíos del continente asiático, los nazis se proponían aliarse con los tibetanos, a quienes Himmler consideraba descendientes de los arios, para destruir las fuerzas británicas desplegadas en la India.

En 1939 comienza la expedición al Nanga Parbat para explorar el Diamir, pero la coartada alpinista de Harrer no engañó a los británicos, que le internaron en un campo de prisioneros en la India, donde aprendió tibetano e hindi.

En 1944 consiguió escapar y llegar a Lasha, donde conoció a Tsarong, que a su vez le presentó al Dalai Lama (Jamyang Wangchuck), de quien llegó a ser maestro personal así como asesor de ministros y funcionarios en la gestión de un Estado teocrático y esclavista, muy lejano del país idílico y bucólico, lleno de esos hipócritas santurrones que se empeñan en presentarnos los imperialistas.

Las cosas se complican en 1949: los comunistas chinos liberan al país de canallas como aquellos monjes que vivían del comercio y la explotación salvaje de los esclavos que trabajaban las tierras de los monasterios y templos.

El nazi Harrer está en la primera línea de defensa de Lasha frente al Ejército Popular de Liberación. Los monjes no oponen precisamente rezos y plegarias a las tropas revolucionarias y la lucha es muy larga en el techo del mundo. Finalmente la derrota le obliga a Harrer a huir del país en 1951. Dos años después escribe su libro, presentado como una aventura personal y casi mística. Desde los países imperialistas el nazi se convierte en el mayor defensor del independentismo tibetano frente a la invasión de los bárbaros comunistas chinos que habían quemado los templos y santuarios lamaístas.

Tras la victoria revolucionaria, la amistad con el Dalai Lama no se interrumpe: Harrer fue condecorado por el Gobierno tibetano en el exilio con la Luz de la Verdad por su apoyo al Tíbet independiente.

Harrer también fue autor de Mi vida en la corte del Dalai Lama del que se vendieron 50 millones de ejemplares. El mito se seguía explotando con buenos beneficios.

Pero los imperialistas tienen que invertir mucho dinero para seguir promocionando la causa del Dalai Lama y las calumnias contra el comunismo. Con 70 millones de dólares (10.000 millones de pesetas) de presupuesto, el director de cine francés Jean Jacques Annaud emprende el rodaje de 7 años en el Tibet en 1997. Desde el principio Harrer en persona fue un colaborador entusiasta de la película, que no se pudo realizar en la India como estaba previsto y se tuvo que desplazar a Argentina y a las montañas Rocosas.

Pero Hitler había muerto hacía mucho tiempo y el Dalai Lama tuvo que buscarse otros patrocinadores para su causa. Nada mejor que Estados Unidos.

... Pero este es otro capítulo de la misma historia.

La CIA y el Dalai Lama

Sara Flounders

El 14 de agosto de 1999, el Dalai Lama, un figurón religioso del budismo tibetano, se presentó en el Parque Central de Nueva York. Mientras estuvo en esa ciudad, hizo tres presentaciones en el Teatro Beacon y otros eventos en los cuales la gente rica llegó a pagar hasta mil dolares para oirlo hablar. Recibió apoyo oficial, incluyendo importantes artículos de prensa en cada uno de los tres principales diarios y afiches en el Metro con indicaciones para asistir al parque, cortesía de la Autoridad de Tránsito de la Ciudad de Nueva York.

Según el New York Times, cada movimiento del Dalai Lama fue planeado por el Departamento de Estado de EEUU. La policía local bloqueó varias calles. Equipos de television de todo el mundo lo siguieron. Y en cada artículo o nota de televisión se planteó el asunto de la independencia de Tíbet de China Popular.

Puerto Rico tiene casi la misma población de Tíbet, y ha sido una colonia gringa desde hace más de cien años. Ha contado con muchos líderes importantes y dinámicos. ¿Por qué no hay peliculas, afiches y conciertos similares que financien a los líderes independentistas, sólo para dar un ejemplo?

Bandas de rock, estrellas de cine y políticos honran al Dalai Lama y alzan su voz por un Tíbet libre. Esta campaña del Departamento de Estado ha confundido a mucha gente que está profundamente interesada en la libertad para los prisioneros políticos o en asuntos ambientales. Pero bajo una cubierta brillante, esta campaña esconde un tenaz ataque contra la República Popular China y los logros de la revolución china.

El Dalai Lama, con ayuda considerable de los principales medios de comunicación multinacionales, se ha convertido en una figura de culto. Basta preguntarle a cualquier persona informada. Incluso sin saber casi nada de política, dirá que el Dalai Lama es una persona buena, un santo, una fuerza espiritual. Su libro El Arte de la Felicidad, escrito junto a Howard C. Cutler, fue promovido hasta llegar a la lista de más vendidos durante 29 semanas.

¿Pero el Dalai Lama es realmente apolítico? Si es así, ¿por qué este santo, que supuestamente no mataría ni a un insecto, apoya el bombardeo de la OTAN a Yugoslavia?

La gente interesada por los asuntos sociales debe saber que, al igual que el Papa Wojtyla (alias Juan Pablo II) y otros líderes religiosos conservadores, el Dalai Lama se opone al aborto, a toda forma de control de la natalidad y a la homosexualidad.

El imperialismo gringo tiene mucha experiencia en el uso del sentimiento religioso de millones de personas. La CIA se alió con el Papa, a quien obedecen cientos de millones de católicos romanos, para derrocar el socialismo en Polonia. No debería sorprendernos que el Dalai Lama también sea utilizado por la CIA.

Por otro lado, las figuras religiosas que se oponen a la política de los EEUU son satanizadas o se convierten en blanco de asesinatos, desde el Obispo Romero de El Salvador hasta los musulmanes en Líbano y Palestina.

En 1998, Hollywood hizo dos películas importantes sobre el Tíbet. Los estudios de Hollywood aman al Dalai Lama, de quien se nos dice, personifica el espíritu y las aspiraciones del pueblo tibetano. Los ricos conglomerados que ahora controlan Hollywood (Disney y TriStar) apoyan a la organización Tibet Libre.

Hollywood glorifica a la minúscula clase dominante tibetana y su presunto pasado idílico de la misma forma en que la película Lo que el viento se llevó glorificaba la esclavitud y la clase dominante racista en el antiguo sur de los EEUU.

Una de esas películas, Siete Años en el Tíbet, estaba basada en un libro escrito por un nazi austríaco, Heinrich Harrer, quien estuvo involucrado en algunos de los crímenes más brutales de los fascistas en Austria. Harrer llegó al Tíbet durante la Segunda Guerra Mundial en una misión secreta para el imperialismo alemán, que trataba de competir con el imperialismo británico en Asia. Fue aceptado en el círculo de la corte entre la nobleza tibetana.

El imperialismo contra las culturas indígenas

Las sociedades indígenas de Norteamérica, Latinoamérica, África y Australia han sido diezmadas. La rica variedad de sus culturas, música y creencias religiosas ha sido rota, pisoteada y ridiculizada. Los pueblos nativos han sido aplastados por las mismas fuerzas que hoy parecen ser tan respetuosas y reverentes frente a la cultura tibetana.

Tíbet y el budismo tibetano serían de poco interés para el imperialismo gringo o británico si no hubiera sido por la gran revolución china, que barrió con la vieja y corrupta sociedad feudal.

Fue una revolución que incluyó movimientos de masas de millones de campesinos pobres organizados para distribuir la tierra y expulsar a los antiguos terratenientes. Este gran levantamiento social desencadenó la energía creativa y la participación de una cuarta parte de la humanidad. Pero los medios de comunicacion occidentales glorifican en cambio al viejo Tíbet.

La era de la división para vencer a China

Durante más de cien años, las potencias imperialistas de Europa Occidental y Japón se repartieron China en esferas de influencia, así como Europa dividió África en colonias. Washington se opuso a esas áreas especiales de concesión sólo porque quería el acceso a toda China sin restricciones para el comercio gringo.

En el siglo XIX, Gran Bretaña, la potencia dominante, luchó en dos guerras contra la Dinastía Manchú por el derecho a imponer la venta del opio en China. En 1904, Gran Bretaña hizo una invasión militar de gran escala en Tíbet. En el tratado de Lhasa, China fue obligada a garantizarle dos áreas de comercio a Gran Bretaña y a pagar grandes reparaciones militares para cubrir el costo de la guerra británica.

En 1949 el Ejército Rojo estaba acercándose a la derrota final del ejército del Kuomintang, apoyado por los EEUU y dirigido por el general Chiang Kai-shek. Entonces Washington maquinó para que Tíbet se uniera a las nuevas Naciones Unidas como país independiente. El esfuerzo fracasó porque el Tíbet había sido considerado como una provincia china por más de 700 años, e incluso el Kuomintang reconoció que China siempre había incluido al Tíbet y la isla de Taiwan.

Hoy día, mientras el imperialismo gringo se vuelve aún más agresivo, se mueve en varios frentes para presionar por la separación del Tíbet, Taiwan y la provincia occidental de Xinjiang de China.

Así como en los Balcanes y en las repúblicas de la antigua Unión Soviética, las fuerzas de las corporaciones gringas apoyan y animan a los movimientos separatistas para dividir y controlar grandes áreas del mundo que antes se habían liberado de la dominación imperialista.

La vida en el viejo Tibet

El Tíbet prerrevolucionario era una región completamente subdesarrollada. No tenía ningún sistema de carreteras. Las únicas ruedas eran las de la oración. Era una teocracia feudal agrícola basada en la servidumbre y la esclavitud.

Más del 90 por ciento de la población eran siervos sin tierra. Estaban atados a la tierra pero no poseían nada. Sus hijos eran registrados en los libros de propiedad del terrateniente.

No había escuelas, aparte de los monasterios feudales donde un puñado de jovenes estudiaban cantos. La matrícula total en las escuelas privadas antiguas era de 600 estudiantes. No se oyó nunca hablar de educación para las mujeres. No había servicio de salud. No había ni un solo hospital en todo el Tíbet.

Cien familias nobles y los superiores de 100 monasterios grandes, también de las familias gobernantes, eran dueños de todo. El Dalai Lama vivia en el Palacio Potala, de mil habitaciones y 14 pisos. Tradicionalmente era escogido en su juventud de fuera de los círculos gobernantes. Seguía siendo un peón bajo el control de los consejeros de la nobleza.

Para el campesino común, la vida era corta y miserable. Tíbet tenía una de las más altas tasas de tuberculosis y mortalidad infantil en el mundo.

Hoy Tíbet tiene 2.380 escuelas primarias, junto a varias escuelas profesionales, donde la educación se dicta en lenguaje tibetano. Tíbet tiene ahora 2.623 médicos, 95 hospitales municipales y 770 clínicas.

Lucha de clases en el Tíbet

En 1949 la revolución china estableció por primera vez al Tíbet como una región autónoma con muchos más derechos que los que tuvo bajo cualquier gobierno chino anterior. La política del Partido Comunista Chino era esperar a que las condiciones de las clases oprimidas de la población tibetana se desarrollaran para levantarse y derrocar la servidumbre.

La servidumbre sólo fue prohibida en 1959, diez años despues de la revolución china. Esto pasó tras un movimiento de masas que aisló a todo el entorno del Dalai Lama.

Es verdad, sin embargo, que los comunistas chinos se opusieron a las costumbres ancestrales del Tíbet.

En primer lugar, el gobierno chino le pagaba sueldos a los tibetanos que trabajaban en un gran programa nacional de construcción de carreteras. Esto desbarató completamente la costumbre de la servidumbre. Antes de eso, un siervo sólo podía sobrevivir trabajando para un terrateniente, no por un sueldo sino por comida.

Incluso aún más revolucionaria fue la política del PCCh de pagar sueldos a los hijos de los siervos y de los antiguos esclavos para que asistieran a la escuela y entregarles libros, comida y vivienda. En las familias desesperadamente pobres, aún los niños pequeños habían tenido que trabajar para la supervivencia de sus familias. Esta política revolucionaria dio ventajas económicas por primera vez a las capas oprimidas de esta sociedad de clases en decadencia.

La CIA moviliza la resistencia de la clase dominante

A comienzos de 1955 la CIA empezó a construir un ejército contrarrevolucionario en el Tíbet, muy parecido a los contras en Nicaragua y, más recientemente, la financiación y entrenamiento del UÇK en Kosovo.

Un artículo de la revista Newsweek del 16 de agosto de 1999, titulado La guerra secreta en el techo del mundo. Fantasmas, monjes y el juego secreto de la CIA en el Tíbet describe detalles de la operación de la CIA entre 1957 y 1965.

De forma parecida, un artículo importante del Chicago Tribune el 25 de enero de 1997 describía el entrenamiento especial de los mercenarios tibetanos en el Campo Hale en las Montañas Rocosas en Colorado en los años 50.

Estos mercenarios eran entonces enviados en paracaídas al Tíbet. Según los famosos Papeles del Pentágono, hubo al menos 700 de esos vuelos en los años 50. Aviones C-130 de la Fuerza Aerea eran usados para enviar municiones y subametralladoras, como ocurrió después en Vietnam. También hubo bases especiales en Guam y Okinawa para entrenar soldados tibetanos.

Gyalo Thundup, el hermano del Dalai Lama, dirigía la operación. Esto difícilmente era un secreto, pues así se hizo famoso.

El artículo del Chicago Tribune se titula La guerra secreta de la CIA en el Tíbet. Pero, como el artículo dice, poco acerca de las artimañas de la CIA en los Himalayas es realmente secreto, excepto quizás para los contribuyentes de EEUU que la financiaron.

La CIA le dio una asignación especial al Dalai Lama en los años 60 de 180.000 dólares anuales, una pequeña fortuna en Nepal, donde había organizado un ejército y su gobierno virtual en el exilio. Washington también montó emisoras especiales dirigidas al Tíbet y presentando al Dalai Lama como un dios-rey.

Ralph McGehee, que ha escrito varios informes sobre las operaciones de la CIA y tiene un sitio web, describió con algún detalle como la compañía promovió al Dalai Lama. La Fundación Nacional para la Democracia, de la CIA, aportó dinero para el Fondo Tíbet, Voz del Tíbet y la Campaña Internacional por el Tíbet.

¿Que era el Tíbet antes de la liberación?

Tíbet es uno de los lugares más remotos de este planeta. Es una meseta en el corazón de Asia, separado del sur del continente por las más altas montañas del mundo, el Himalaya. Seis cordilleras dividen la región en valles aislados. El Tíbet había pertenecido a China desde hacía 700 años, pero la falta de comunicaciones le había aislado de China y del mundo.

El budismo penetró en Tíbet en el siglo VII de nuestra era (1). El príncipe Strong-tsan-gampo, artífice de la unidad del Tíbet, empleó esta religión para unificar el país. Durante mucho el tiempo el budismo fue la religión de la cúpula feudal, mientras el pueblo practicaba los ritos chamanistas y de clan (religión bon o bon-po).

A partir del siglo IX el budismo se extendió en el pueblo bajo la forma mahayana. A comienzos del siglo X el partido antibudista apoyado en la vieja aristocracia feudal lanzó persecuciones contra los budistas, pero éstos asesinaron al rey Lang-darma. En el siglo XI el budismo venció definitivamente bajo la forma de una nueva corriente llamada tantrismo. Durante los siglos XI y XII se construyeron en Tíbet numerosos monasterios budistas con multitud de monjes llamados lamas. En 1271 Kublai Khan, fundador de la dinastía mongol de los Yuan (1270-1370), nombró al jefe de la secta budista más importante ministro de asuntos civiles y religiosos de Tíbet. La dinastía china de los Ming, que reinó de 1368 a 1644, protegió también la religión budista pero aplicó una política de fragmentación del país que la debilitaba. Surgió una corriente reformadora que impuso una severa disciplina monacal y la obligación de llevar ropa y gorros amarillos. Todo el poder se concentró en manos de dos jerarcas supremos: el Panchem-rimpoche y el Dalai-rimpoche (futuro Dalai Lama). Ambos fueron declarados encarnaciones de las deidades budistas mas veneradas.

Nominalmente la máxima autoridad eran los emperadores chinos que cobraban impuestos y nombraban funcionarios encargados de cobrarlos pero los jerarcas budistas ejercían mucha influencia. En 1639-1640 el khan mongol Gushi asesinó al príncipe local y transfirió todo el poder secular al Dalai Lama. Al comienzo de la dinastía manchú China restableció su soberanía sobre el Tíbet pero el poder real permaneció en manos del Dalai Lama y, sobre todo, de los lamas supremos que le rodeaban. En Tíbet se estableció una forma peculiar de régimen feudal en que los grandes señores (monjes y seglares) dominaban una masa de campesinos privados de derechos y el poder político era acaparado por los jerarcas budistas. En lo más alto de la jerarquía estaba el Panchem-Lama considerado padre espiritual del Dalai Lama que era quien tenía el poder temporal. Una autora china escribió que sólo 626 personas poseían el 93 por ciento de la tierra y la riqueza nacional y el 70 por ciento de los yakes (2) en Tíbet. Entre ellos estaban los 333 cabezas de monasterios y autoridades religiosas y las 287 autoridades seculares (contando la nobleza y el ejército) y seis ministros del gabinete (3). La clase alta la formaban cerca del 2 por ciento de la población y el 3 por ciento eran sus agentes: capataces, administradores de sus fincas y comandantes de sus ejércitos privados. El 80 por ciento eran siervos, el 5 por ciento esclavos y 10 por ciento eran monjes pobres que trabajaban como peones para los abades y rezaban. A pesar de la supuesta regla lamaísta de no violencia, estos monjes eran azotados continuamente.

Hoy el actual Dalai Lama se presenta ante el mundo como un hombre sagrado a quien no le interesan las cosas materiales. La realidad es que fue el principal dueño de siervos del Tíbet. Según la ley era dueño de todo el país y de sus habitantes. En la práctica su familia disponía de 27 fincas, 36 prados, 6170 siervos y 102 esclavos domésticos.

Condiciones de vidas de las masas populares

La vida de los siervos tibetanos antes de 1949 era breve y durísima. Tanto los hombres como las mujeres trabajaban en las faenas más duras y en trabajos forzados, llamados ‘ulag’ durante 16 ó 18 horas al día. Debían entregar a los dueños que no trabajaban el 70 por ciento de la cosecha. No podían usar los mismos asientos, palabras ni utensilios que los dueños. Los castigaban con latigazos si tocaban alguna cosa del propietario. No podían casarse ni salir de una finca sin permiso del amo. Los siervos y las mujeres eran considerados animales parlantes que no tenían derecho a mirar a la cara a los amos. El experto en Tíbet A. Tom Grunfeld relata que una hija de los dueños hacía que sus siervos la alzaran para subir y bajar las escaleras (4). A los esclavos los golpeaban, no les daban comida y los mataban a trabajar. En la capital Lasha se compraban y vendían niños.

La palabra mujer, ‘kimen’, significaba nacido inferior. Las mujeres tenían que rezar Que abandone este cuerpo femenino y renazca como varón. El budismo les impedía levantar los ojos más allá de la rodilla de un hombre. Era común quemar a las mujeres por ser brujas, a menudo porque practicaban los rituales de la religión ‘bon’. Dar a luz gemelos era prueba de que una mujer había copulado con un espíritu maligno y en las zonas rurales era frecuente que quemasen a la madre y a los gemelos recién nacidos. Un hombre adinerado podía tener muchas esposas y un noble con poca tierra tenía que compartir una mujer con sus hermanos.

El pueblo sufría constantemente de frío y hambre. Antes de la liberación no había en Tíbet ni electricidad, ni carreteras, ni hospitales ni casi escuelas. Muchos siervos enfermaban a causa de la desnutrición mientras algunos monasterios atesoraban riquezas y quemaban grandes cantidades de alimentos como ofrendas. La mayoría de los recién nacidos morían antes de cumplir un año. La mortalidad infantil era en 1950 del 43 por ciento. La viruela afectaba a una tercera parte de la población y en 1925 exterminó a 7.000 habitantes de Lasha. La lepra, la tuberculosis, el bocio, el tétanos, la ceguera, las enfermedades venéreas y las úlceras causaban gran mortalidad. La esperanza de vida en 1950 era de 35 años.

Las supersticiones extendidas por los monjes les hacían oponerse a los antibióticos. Les decían a los siervos que las enfermedades y la muerte se debían a los pecados y que la única manera de prevenir las enfermedades era rezar y pagar dinero a los monjes.

Los feudales mantenían al pueblo en la incultura más completa para mejor someterlo y lavarle el cerebro. En 1951 el 95 por ciento de la población era analfabeta. El lenguaje escrito solo servía para el culto religioso.

El sistema feudal impedía el desarrollo de las fuerzas productivas. No permitía el uso de arados de hierro, extraer carbón, pescar, cazar, ni hacer innovaciones sanitarias de ningún tipo. No había ni comunicaciones ni comercio ni ninguna industria por elemental que fuera. Mil años atrás, cuando se introdujo el budismo, se calcula que en Tíbet vivían diez millones de personas pero en 1950 sólo quedaban dos o tres millones.

¿Cómo llegó el socialismo a Tibet?

El Partido Comunista de China se planteó un problema en relación al Tíbet: el tremendo atraso y la dominación feudal hacía imposible el surgimiento de una rebelión de los siervos sin ayuda exterior. Pero era necesario intervenir en Tíbet antes de que se convirtiese en una plaza fuerte de la contrarrevolución desde la que las clases dominantes derrocadas de China, los feudales locales y el imperialismo pusiesen en peligro la joven República Popular. Los feudales lamaístas se habían mostrado complacientes con los colonialistas británicos que entraron en Lasha en 1904 desde la India y con el intento norteamericano de reconocer un Tíbet independiente en 1949 con un asiento en la ONU. La práctica confirmaría que al igual que en otros lugares, la clase dominante local se aliaría con las fuerzas imperialistas para combatir al enemigo común, la revolución socialista triunfante.

Los comunistas sabían que la revolución no se puede exportar a otro país con las bayonetas de un ejército ocupante y por eso actuaron con tacto y prudencia hasta crear las condiciones de un movimiento revolucionario bien arraigado en el seno de las masas populares tibetanas. El Ejército Popular de Liberación, ejército de campesinos revolucionarios forjado en 20 años de combates y dirigido por el Partido Comunista de China, avanzó hacia las llanuras tibetanas en octubre de 1950. En Chambo derrotó fácilmente al ejército enviado por los feudales tibetanos pero allí paró y les mandó un mensaje con una propuesta: si Tíbet se integraba en la República Popular de China, el gobierno de propietarios de siervos (llamado ‘kashag’) podría seguir gobernando durante un tiempo bajo la dirección del gobierno central popular. Los comunistas no abolirían las prácticas feudales ni tomarían medidas contra la religión hasta que el pueblo no apoyase los cambios revolucionarios. El Ejército Popular de Liberación protegería las fronteras para evitar una intervención imperialista. El gobierno feudal aceptó la propuesta y firmó el Acuerdo de 17 puntos que reconocía la soberanía china y se aplicaba en las zonas sometidas al ‘kashag’ y no en otras zonas tibetanas donde vivía la mitad de la población (5). El 26 de octubre de 1951 el Ejército Popular de Liberación entró pacíficamente en Lasha bajo el mando del general Zhang Guojua.

La conspiración contrarrevolucionaria de los nobles lamaístas

Lógicamente los feudales no acogieron con los brazos abiertos a los comunistas sino que empezaron a conspirar para intentar perpetuar su sistema de dominación. Hicieron lo posible por enemistar a sus siervos con el Ejército Popular de Liberación: difundieron rumores de que usaban sangre de niños tibetanos como combustible para sus camiones, les acusaban de matar perros por eliminar los perros rabiosos que aterrorizaban a la gente,... Ciertos monasterios se convirtieron en centros de la actividad secreta contrarrevolucionaria y en almacenes de armas que la CIA norteamericana enviaba desde la India. La CIA estableció un centro de entrenamiento de agentes tibetanos en el campo Hale de Montanas Rocosas en Colorado, por su gran altitud. También fueron entrenados mercenarios tibetanos en las bases estadounidenses de Guam y Okinawa (6). En total Estados Unidos entrenaron militarmente a 1.700 tibetanos en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado.

El Ejército Popular de Liberación tenía ordenes estrictas de respetar a la población, su cultura y sus creencias, incluso sus temores supersticiosos que no podían ser erradicados rápidamente. Los siervos se sorprendieron cuando fueron contratados por un sueldo para construir un camino que conectase Tíbet con las provincias centrales de China. Varios siervos jóvenes fueron animados para educarse en los Institutos para las Minorías Nacionales en las ciudades del este de China y aprender lectura, escritura y contabilidad. Empezaron a llegar mercancías que mejoraron la vida de la población como té y fósforos, se instalaron los primeros teléfonos, telégrafos, emisoras e imprentas y las primeras escuelas. En 1957 6.000 alumnos acudían a 79 escuelas primarias. Los equipos médicos empezaron a tratar y curar a la población, incluidos los nobles; la mentalidad empezó a cambiar.

Los terratenientes feudales vieron en peligro su poder y organizaron las primeras rebeliones armadas en 1956. En las zonas en las que no regía el acuerdo de 17 puntos, los comunistas animaban a los siervos a dejar de pagar alquiler a los monasterios y a los nobles, lo que exasperaba a éstos. En marzo de 1959 se produjo una rebelión en gran escala apoyada por la CIA, que envió sus agentes entrenados y lanzó cargamentos de municiones y subametralladoras desde aviones C-130 de la fuerza aérea norteamericana. Los monjes y sus agentes armados atacaron la guarnición del Ejército Popular de Liberación en Lasha. Los comunistas respondieron no sólo militarmente sino sobre todo políticamente: 1.000 estudiantes tibetanos volvieron rápidamente de los Institutos para las Minorías Nacionales para participar en una gran campaña de cambios revolucionarios.

La derrota del feudalismo en Tíbet

El gobierno del ‘kashag’, que había apoyado la rebelión, fue disuelto. En todas las regiones se crearon órganos de poder llamados Oficinas para reprimir la revuelta. El nuevo gobierno se llamo comité preparatorio para la región autónoma de Tíbet. Se abolió el ‘ulag’, el trabajo forzoso y la servidumbre. Los esclavos de los nobles fueron liberados. Los principales conspiradores fueron detenidos. La mujer fue liberada de la poligamia. Los siervos dejaron de pagar alquiler a los monasterios y la mitad de los mismos tuvieron que cerrar. Los nómadas de un aislado campamento llamado Pala se levantaron en armas con los partidarios del Dalai Lama (7). La periodista británica Sara Flounders escribe que millones de campesinos pobres se movilizaron a para expulsar a los antiguos terratenientes (8). Los antiguos siervos recibieron 20.000 escrituras de tierras y ganado, decoradas con banderas rojas y el retrato del presidente Mao.

Tras la derrota de la rebelión, el Dalai Lama número 14, llamado Tenzin Gyatso, huyó al exilio acompañado por 13.000 personas integrantes de la nobleza y el alto clero lamaísta, con muchos de sus esclavos, guardias armados y caravanas de mulas cargadas de riquezas. La CIA lo convirtió en un símbolo de la guerra contra la revolución socialista y el Partido Comunista. El Dalai Lama instaló en la ciudad india de Dharamsala un gobierno en el exilio. A partir de 1964 figura en la lista de los asalariados de la CIA, que le asignó una cantidad anual de 180.000 dólares en el cuadro de un programa para derribar los regímenes comunistas. Su gobierno recibió anualmente 1,7 millones de dólares. En los años noventa seguía recibiendo dinero de la CIA.

Desde entonces este reaccionario sigue teniendo un gran apoyo del lobby antichino norteamericano, de la industria de Hollywood, que produce películas de propaganda a su favor (9), de la Fundación Nacional para la Democracia (pantalla de la CIA), que financia el Fondo Tíbet, la radio Voz del Tíbet y la campaña internacional por el Tíbet. En 1987 fue recibido en la comisión de derechos humanos del Senado norteamericano. En agosto de 1999 el Departamento de Estado norteamericano organizó su visita a Nueva York.

Los sectores anticomunistas occidentales, como el juez español Garzón, denuncian públicamente a China por el supuesto genocidio cometido en Tíbet desde 1959. Este genocidio aparece en la propaganda antichina pero nadie ha ofrecido la menor prueba. Tales sectores son los que contribuyen a que le sea concedido en 1989 el premio Nóbel de la paz (10), que ya poseen conocidos criminales de guerra como Henry Kissinger, Menahem Beguin y Simon Peres.

Aunque el budismo prohíbe matar y toda forma de violencia, el actual Dalai Lama ha apoyado con entusiasmo la guerra de la OTAN contra Yugoslavia de 1999. En ese año se declaró en Santiago de Chile a favor de no perseguir al criminal Augusto Pinochet.

Está perfectamente ubicado en un campo: el de los explotadores y enemigos del pueblo. Aunque goza de una aureola de santidad y es considerado un dios, no es más que un instrumento eficaz de la contrarrevolución y el imperialismo. Para ser aceptado por sus aliados ha reformado algunas de las tradiciones más horribles y ha adoptado el discurso cínico de los derechos humanos, las autoridades títeres irakíes y otros lacayos de los norteamericanos. Pero el sistema político que representa es una dictadura religiosa en la que no existen derechos políticos para las mujeres ni para nadie que cuestione su autoridad. Por ejemplo, la secta tíbetana de los ‘shugden’ formada por cien mil personas exiliadas en la India que no reconocen dicha autoridad, son sistemáticamente marginadas y perseguidas. Muchos occidentales angustiados y desestabilizados por la sociedad burguesa se sienten ilusamente atraídos por el misticismo lamaísta, lo que redunda en beneficio de los buenos negocios de los tibetanos.

Las autoridades chinas le ofrecen abrir el diálogo a cambio de que él reconozca la pertenencia de Tíbet a la República Popular de China.

Tíbet hoy

En 1980 el secretario general del Partido Comunista de China Hu Yaobang visitó Lasha. En septiembre de 1987 se produjo una insurrección de monjes nacionalistas en la capital tibetana, que asaltaron una comisaría de policía. En 1988 hubo al parecer otros estallidos. En la primavera de 1989, en el contexto de un movimiento contrarrevolucionario en toda China apoyado por los imperialistas, se produjo una nueva rebelión en Lasha que condujo a detenciones y a la proclamación de la ley marcial. En 1996 y 1997 estallaron bombas en Lasha. La tragedia que han conocido los pueblos de la antigua URSS, a los que la contrarrevolución capitalista ha arrebatado todos sus derechos y que han sufrido devastadoras guerras civiles (recordemos las guerras de Chechenia, Moldavia, Georgia, Nagorno-Karabaj,...), se pudo evitar en China.

La acusación de que la República Popular de China obliga a la población a restringir su crecimiento demográfico es negada por los dos antropólogos norteamericanos que hemos citado (6) y que realizaron investigaciones en Tíbet en 1985 y 1988 bajo los auspicios de la National Geographic Society (11). Las mujeres tibetanas no están limitadas a tener un único hijo, como es el caso para la mayoría del pueblo chino.

Tíbet es hoy una Región autónoma del Oeste de la República Popular de China que, como toda la parte occidental del país, tiene un menor desarrollo económico y social en comparación con las provincias de la costa este. El 15 por ciento de la población es pobre pero sólo tres comarcas de la región pertenecen a las 63 más pobres de la República Popular de China. Un Fondo para el Alivio de la Pobreza en Tíbet desarrolla programas anti-pobreza. El gobierno está impulsando el desarrollo capitalista también en dicha región. En 1967 funcionaban en todo Tíbet 67 fábricas y en 1975 250 empresas que producían bienes de consumo básicos: ollas a presión, herramientas, pequeñas plantas eléctricas,... En 1993 había 41.830 pequeños negocios. En Lasha funcionan hoy varias fabricas (de cerámica, cemento y cerveza) y numerosos talleres (textiles, muebles, alfombras...). Ahora mismo se construye la vía férrea más alta del mundo que permitirá terminar con el tradicional aislamiento. Hasta el 2020 se prevé incrementar la producción eléctrica tres veces y la industrial 14 veces. Internet permite conectar con el mundo a los habitantes de los valles más apartados, ubicados a 4.500 metros de altura. Los militantes tibetanos del Partido Comunista son promocionados (12). El 80 por ciento de los cuadros dirigentes son tibetanos y la lengua y cultura tibetana disfruta de protección especial. También se ha impulsado el turismo como fuente de ingresos. Los campesinos tibetanos, liberados de la servidumbre feudal, desarrollan en régimen de contrato familiar, las parcelas de terreno donde explotan agricultura y ganadería.

El Partido Comunista considera, con razón evidente, que el poder religioso debe someterse al poder político (13) y no ser un ariete de la contrarrevolución y la guerra civil, como ha ocurrido en los antiguos países socialistas de los Balcanes, Polonia, el Cáucaso, Afganistán y el centro de Asia. Es por eso que la religión lamaísta es autorizada y respetada, siempre que no se convierta en un foco organizado de lucha contra el sistema político.

En 1999 había 2.632 médicos, 95 hospitales municipales y 770 clínicas. La mortalidad infantil era en 1998 del tres por ciento. La esperanza de vida es de 65 años. Hay un trabajador sanitario por cada 200 habitantes. En 1997 se inauguró un hospital moderno en Lasha. La escolarización de los niños llega al 82 por ciento, y se hace en chino y tibetano. Ciudadanos chinos de la nacionalidad mayoritaria se han instalado en las ciudades de Tíbet y tibetanos emigran a las zonas más desarrolladas en búsqueda de un mayor bienestar económico. Pero el Tíbet no está invadido por dos millones de colonos ‘han’, como dice la propaganda. Según un censo de octubre de 1995, Tíbet tenía 2.389.000 habitantes de los que sólo el 3,3 por ciento era de origen ‘han’, menos que en 1990, que era el 3,7 por ciento (14). En 1949 había un 1 por ciento de ‘han’. Según un informe del servicio de investigación del Congreso norteamericano la población ‘han’ en Tíbet era en 1989 del 5 por ciento.

Población tibetana (en millones)
según los censos del gobierno chino
  1964198219901995
Región Autónoma del Tíbet 1.2091.7062.0962.382
Población tibetana total 2.5013.8744.593

Notas:

(1) Serguei Tokarev: Historia de la religión, Editorial Progreso, Moscú, 1990, pg.338.
(2) Animales de montaña que parecen vacas peludas.
(3) Han Suyin: Lhasa, the Open City-A Journey to Tibet, Putnam, 1977.
(4) The Making of Modern Tíbet, Zed Books, 1987.
(5) Aún hoy la mitad de la población tíbetana no vive en el Tíbet sino en las provincias de Ganshu, Sicuani y Qinghai.
(6) Chicago Tribune, La guerra secreta de la CIA en el Tíbet, 25 enero 1997; Newsweek, La guerra secreta en el techo del mundo, 16 agosto 1999 que describe la intervención de la CIA en apoyo a los feudales tibetanos de 1957 a 1965.
(7) Según documentan los antropólogos de la Universidad de Cleveland expertos en Tíbet Melvyn C. Goldstein y Cynthia M. Beall en su libro Nomads of Western Tíbet, 1990.
(8) La CIA y el Dalai Lama, www.anti-imperialism.net/lai/
(9) Ya en los años treinta produjo Horizontes perdidos. En 1997 Martin Scorsese dirigió Kundun, considerada una burda falsificación. La película Siete años en el Tíbet se basa en el libro del nazi austriaco Heinrich Harrer, asesor personal del Dalai Lama.
(10) Este premio, lejos de ser neutral, es concedido por una fundación privada apoyada por el gobierno sueco que representa los intereses de ciertas grandes industrias, que obtiene grandes beneficios de la venta de armas y de las inversiones en Bolsa y que expresa los intereses del capitalismo occidental. Léase La otra cara de los Premios Nóbel, El País, 21 de diciembre de 2003.
(11) Dossier elaborado por estos científicos de la revista Asian Survey en 1991.
(12) En 1987 el Partido Comunista de China informó que tenía 40.000 militantes en Tíbet.
(13) Véase el informe de Jian Zemin al XVI Congreso del Partido Comunista de China en 2003, www.china.org.cn.
(14) Beijing Information, 2 septiembre 1996.

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