Enrique Cuadra Etxeandia
Autobiografía de un obrero con conciencia

Enrique Cuadra Etxeandia «Askatu»
Preso Político del PCE(r)
Prisión de Sevilla II, julio de 2007

El comienzo de mi andadura política es casi parejo al laboral. En el año 1964 ingreso en la Escuela de Aprendices de Altos Hornos de Vizcaya y en el año 1967 paso a formar parte de la plantilla de soldadores del departamento de Reparaciones Mecánicas, por entonces ubicado en el municipio de Barakaldo, en el que, por cierto, había venido al mundo allá por el año 1950. A escasos 100 metros se encontraba el departamento de los hornos de fundición Martín Siemens que luego se convertiría en el Horno Eléctrico, donde trabajaban mi padre y su propio padre.

Es, precisamente, bajo la influencia de mi padre y junto con él, como recibo mi primer bautismo de fuego en la lucha sindical en la huelga que iniciamos todos los trabajadores de la empresa en el año 1969, la más significativa de toda su historia. Su carácter prolongado, asambleario y radical, de enfrentamiento con las fuerzas represivas, fueron sus rasgos más generales. A nadie se le podía escapar que a las reivindicaciones laborales y sociales que la impulsaron, se unía el trasfondo político de la época, marcado por una fuerte oposición al régimen que acabaría por acorralarlo y arrancarle importantes derechos laborales, sociales y políticos.

Todo ello conformaba un estado de efervescencia. La década del 69-79 fue de una gran intensidad y actividad política, donde la lucha de clases alcanzó cotas de participación de masas y de conciencia política nunca vistas hasta entonces en nuestro país. Mi participación en casi todas las luchas de esa década, desde las sindicales hasta las movilizaciones pro-Amnistía, marcaron para siempre el rumbo de mi vida.

En 1973 toma contacto con la Organización de Marxistas Leninistas de España. A partir de ese momento, a mi labor sindical independiente en la fábrica se va a unir la labor política que esa organización llevaba a cabo. Pronto voy a formar un círculo de simpatizantes que alternábamos las labores de trabajo y lucha en el seno de nuestro taller y el conjunto de la empresa, con las tareas políticas de la OMLE.

En las asambleas departamentales y generales que continuamente se forman ante cualquier problema, se va manifestando dos formas de entender la lucha reivindicativa: la de las componendas con la dirección de la empresa, y quienes apostábamos por arrancar nuestras reivindicaciones a través de la lucha más decidida. Era el reflejo, en el plano sindical, de las concepciones que se estaban enfrentando en el plano político entre las posiciones reformistas y las revolucionarias.

En el plano sindical, a la batalla contra las posiciones de la dirección de la empresa se va a unir otra que se entabla entre quienes concebíamos la asamblea y la elección directa y revocable de nuestros delegados, como órgano supremo de los trabajadores y los que proponían el esbozo de lo que después sería los comités de empresa y los sindicatos integrados en el sistema, apéndices del capital en su enfrentamiento con los trabajadores. Esta fue la labor principal de los Corcuera y cia, de los comisioneros y demás ‘izquierdosos’, en su objetivo de buscarse un lugar al sol a costa de la lucha y el sacrificio de los trabajadores. Unos y otros, me propusieron en diversas ocasiones -y al mismo tiempo que a ellos- ‘fichar’ por uno u otro futuro sindical o político (quien sabe, si a estas horas hubiese podido llegar a jefe de los represores o a cualquier otro puestecito que me hubiese dado una vida placentera a costa de engañar una y otra vez a mis compañeros de trabajo y de clase), cosa que rechacé en todo momento, prosiguiendo con mi labor sindical independiente y mi acercamiento ideológico y político a las posiciones que mantenía la OMLE.

La celebración, en junio de 1975, del Congreso reconstitutivo del Partido Comunista de España va a dar un impulso importante a la labor que veníamos realizando el círculo de simpatizantes y militantes en la fábrica. Esa labor se refuerza con la entrada de otros militantes procedentes de otras empresas, especialmente de las contratas del naval, y que pasan a formar parte de la plantilla de fijos de Altos Hornos de Vizcaya. Se forma así un comité del Partido en la empresa, apoyado por un círculo de simpatizantes que realizan una gran diversidad de tareas. Nuestra influencia en el departamento de Reparaciones Mecánicas es decisiva, y, a través de las asambleas generales, en el conjunto de la empresa. Si bien nuestra labor es abierta entre nuestros compañeros, nuestra militancia es mantenida en secreto a nivel general, para poder eludir así la labor de la policía y de sus confidentes que pululaban en los sindicatos oficiosos y que nos denunciaban ante ella.

Tras la creación del partido revolucionario de la clase obrera que había sido degenerado por la banda carrillista, la mayoría de sus militantes y simpatizantes nos proponemos un paso más en nuestro compromiso. Ciertamente, hubo -como siempre ocurre en estos casos- a quienes ese plus de compromiso les vino ya grande para sus aspiraciones personales y abandonaron el partido y la lucha, unos con la franqueza de reconocer que sus fuerzas ya no aban más de sí para el compromiso revolucionario; otros can la marrullería y la ‘justificación’ de diferencias políticas a lo que no era más que ausencia de energías revolucionarias y de conciencia de clase.

En medio del permanente estado de combate en que se encontraban las masas trabajadoras por aquella época, llegamos al año 1979 en que tengo que tomar una decisión importante para el futuro de mi vida y compromiso político: ante el requerimiento del Partido para realizar otras labores, y toda vez que la policía y sus colaboradores ya nos venían pisando los talones, decido abandonar el trabajo en la fábrica -después de 16 años en la misma-, mi familia y amistades, para pasar a la clandestinidad. Atrás dejaba un intenso trabajo sindical y político. A pesar de haber tenido que pasar por todos los puestos de responsabilidad y a todos los niveles en el Partido en Euskal Herria, mis cualidades y experiencia hace que la dirección del Partido considere que es en la Comisión de Organización del Comité Central donde mejor puedo desarrollar esas cualidades y hacer más efectiva mi labor partidista. Acaba pues una etapa de mi vida personal y política y comienza otra que va a tener para mí una gran trascendencia.

Primer paso a la clandestinidad

Poco más de un año va a durar mi trabajo clandestino antes de ser detenido por primera vez. Esto ocurre en noviembre del año 80 en Barcelona. La fuga de cinco militantes de la cárcel de Zamora, en unos momentos en que las organizaciones de nuestro movimiento habían sufrido fuertes golpes represivos, encolerizó al Estado y puso a todos sus perros de presa tras nuestras huellas. Los detenidos de esta época -donde lo habitual era ser ejecutados allí donde te pillaban- sufrimos las peores torturas que se recordaban desde la época franquista del régimen. Mi detención y posterior interrogatorio no iba a ser una excepción en esos momentos. Sabedores la policía de que yo había sido uno de los que había recogido a los fugados y mi estrecha ligazón con algunos de ellos por mi trabajo y responsabilidad, fui sometido a siete días de torturas sin parar en la comisaría de la Vía Layetana en Barcelona. Con los pies reventados tras ser golpeados con porras y cables durante esos días de detención, el rostro desfigurado, orinando sangre, fui presentado ante el juez Bueren, titular del Juzgado de Instrucción número 1 de la Audiencia Nacional. Sin inmutarse lo más mínimo por mi estado y sin más pruebas que la de mi pertenencia al PCE(r), me envió a la prisión de Carabanchel. A mi llegada a la misma y visto el estado en que me encontraba, el director no quiso hacerse cargo de mí y me envió al Hospital Penitenciario y posteriormente a la enfermería hasta que me fui recuperando y pasé a la galería de los presos políticos junto a mis camaradas y los compañeros de ETA. Este fui mi primer contacto con la tortura de la que salía con lesiones de las que nunca me he llegado a recuperar, pero con el orgullo de que nunca entregué a ninguno de mis camaradas con los que tenía contactos, que en aquellos momentos era con casi todos por mi puesto de responsable de la Comisión de Organización del Comité Central.

También fue mi primer contacto con quien a lo largo de 27 años viene ejerciendo mi defensa: Juan Manuel Olarieta Alberdi. Un abogado de mi pueblo, hijo de una conocida familia del mismo, al igual que la mía, y quien junto a otros abogados han venido ejerciendo la defensa de los detenidos de nuestras organizaciones y movimiento sin pedirnos jamás riada a cambio. Especialmente recordada en esta labor lo será Francisca Villalba Merino, nuestra querida Paca, fallecida hace unos años de una enfermedad cancerígena y auténtica alma mater de esos desinteresados letrados que han dedicado toda su vida a defender a los represaliados de toda condición sin ningún ánimo de lucro. Nunca tendremos suficientes palabras de agradecimiento hacia ellos por parte de todos los represaliados.

Mi ingreso en la Universidad

Así calificaba la propia policía nuestra integración en las Comunas que teníamos formadas en las prisiones. Y lo decían con conocimiento de causa. La Comuna, o las Comunas, que se formaban en las prisiones eran auténticas universidades donde se practicaba el desarrollo integral de nuestra personalidad. La organización colectiva y solidaria era un reflejo de nuestra concepción de la sociedad que queremos construir. Todo el colectivo participa en las labores de mantenimiento de la Comuna y todo se organizaba en función de las necesidades de ese colectivo y su servicio a la causa de nuestro movimiento. El único privilegio que se consentía era el que tenían los responsables de las diversas áreas del trabajo que por su responsabilidad en el mismo, trabajaban doble. Por las mañanas se organiza el trabajo intelectual e ir así llenando las lagunas teóricas de la ciencia marxista y dotar a los militantes de una base teórica e ideológica, al mismo tiempo que se colabora en las tareas generales del Partido en ese campo. Por las tardes tocaba trabajo práctico. Elaborábamos todo tipo de manualidades que sirviesen a nuestro movimiento, incluida su venta, para autofinanciar parte del gasto comunal y paliar así el desembolso de nuestras humildes familias.

Comenzaba así mi aprendizaje militante en el medio carcelario: una trinchera más de nuestra lucha. Los cinco años y medio que permanecí en prisión me tocó conocer y sufrir lo mejor y lo peor de este medio. Nuestro aterrizaje en Herrera de la Mancha venía a ser la respuesta del Estado a nuestra vida ordenada y digna en prisión. Querían destrozar toda esperanza y organización colectiva en ese medio y consideraron que era el momento de ponernos a prueba en ese centro de exterminio físico y moral.

Sólo nos quedaba la resistencia más firme ante el envite, de lo contrario, acabarían con nosotros. Y sólo nos quedaba, aparte del enfrentamiento diario a las palizas y trato vejatorio, la huelga de hambre como último recurso frente a la sinrazón y bestialidad de aquel centro de tortura colectiva enclavado en medio de un campo desértico de la Mancha. Quién le iba a decir a Cervantes que su obra se haría realidad en la lucha numantina contra los gigantes del sistema represivo carcelario en nuestras figuras.

De los dos primeros años de prisión, junto a mis camaradas, acumulé un total de año y medio en huelgas de hambre intermitentes. La última, de 67 días, culminó con nuestra victoria sobre los planes de exterminio del Estado fascista español. Atrás dejábamos un muerto y varios lisiados de todo tipo y condición.

Los que teníamos juicios pendientes íbamos y veníamos a la cárcel de Carabanchel, donde se concentraban los presos que nos encontrábamos a la espera de la instrucción o de juicio. Allí nos concentrábamos habitualmente unos 120 presos de ETA y una treintena de nuestras organizaciones. Y también allí, conocí a hombres como Yurrebaso (recientemente detenido por la policía francesa y considerado un interlocutor de la organización revolucionaria vasca con el gobierno de Zapatero. Curioso dato éste que habla por sí mismo de las intenciones de los diferentes gobiernos: todas las interlocuciones de la organización han sido perseguidas o detenidas), su compañero de comando Joseba Asensio -que moriría después en Herrera de la Mancha por desatención médica-, a Juanito Trecet y tantos otros paisanos ejemplos de lucha y resistencia por nuestros derechos nacionales y sociales.

Pero sin duda, de todos los camaradas que allí conocí el de más trascendencia fue el que sería nuestro primer mártir muerto en huelga de hambre: el inolvidable y siempre recordado Juan José Crespo Galende Kepa. Ya encabezaba la huelga de hambre por días cumplidos cuando se tomó la decisión de proponerle su continuación o su cese. El elevado número de días hacía que a partir de entonces la vida corriese peligro y preveíamos que el Estado no iba a ceder en mucho tiempo, si es que lo hacía. Alguien tenía que recordar este extremo a los huelguistas más adelantados así como la voluntariedad de las decisiones que tomasen y del peligro que corrían de continuar. El encargado de hacerlo fue Hierro Chomón que a su vez me llamó a mí y juntos fuimos a hablar con Kepa y el resto de camaradas que estaban allí y llevaban ya muchos días en huelga de hambre. Le hicimos consciente -aunque no era necesario- del peligro que corría si continuaba con la huelga y que era el momento de tomar la decisión de dejarla si no se encontraba con fuerzas para continuar. Tumbado en la cama de aquellas destartaladas y gélidas celdas de la cárcel de Carabanchel nos contestó a nuestros requerimientos: No hemos llegado hasta aquí para nada, y si hay que morir para sobrevivir, se muere.

Me encontraba en la cárcel de Zamora, estaba en la celda con Txomin Muiños, encerrados 23 horas al día y nos comunicábamos de una celda a otra a través del tubo del agua del lavabo, cuando oímos que nos tocaban en el tubo con unos golpecitos, señal que los camaradas de la celda contigua querían decirnos algo: Askatu, Txomin, la radio acaba de anunciar la muerte de Kepa. Yo llevaba en ese momento 40 días de huelga y continúe hasta los 67 ingresado en el Hospital Penitenciario de Carabanchel donde finalizó con nuestra victoria sobre aquel primer intento de exterminio por parte del Estado fascista español. Kepa se convirtió a partir de aquel momento en el símbolo de esa victoria y nunca más volvió a morir: vive siempre en nuestro recuerdo junto a otros mártires de la causa.

Mi salida de la cárcel, en el verano del 85, puso fin a esa primera etapa de mi paso por la Universidad carcelaria. Y a buen seguro que lo aprendido durante ese tiempo -en todos los planos, pero sobre todo, en el de la resistencia en un medio tan hostil como la cárcel y el espíritu de camaradería- fue tan provechoso que quedaría marcado para siempre en mí como una experiencia que reforzaba la convicción de proseguir la lucha, desbrozando el camino que algún día, aunque yo no lo vea, llevará a la liberación de la explotación a la clase obrera y a los pueblos, construyendo la sociedad socialista.

Nuevo paso a la clandestinidad: una necesidad objetiva

Tras salir de la cárcel aprovecho para estar con mi familia, los amigos y compañeros de trabajo, conocer cómo está el ánimo de los trabajadores, su nivel de conciencia política y dejar algo organizado antes de volver a pasar a la clandestinidad. Así estoy aproximadamente un año y me incorporo de nuevo a la actividad partidista fuera del control de la policía. Corre el año 1986.

Para la organización del proletariado revolucionario, la clandestinidad es una necesidad que nos viene impuesta por el carácter reaccionario del régimen político que impera en nuestro país. La clase dominante, la oligarquía financiera, y el Estado del que se sirve, nunca va a permitir a la clase obrera organizarse de forma abierta, haciendo uso de los medios legales que se han dado para ejercer su dominio. Esto, hacer uso de esa legalidad para poder organizar a los obreros, es algo que sólo se podrá alcanzar -y, previsiblemente, por cortos espacios de tiempo- a través de una prolongada lucha de resistencia que les obligue a ello. Esta es una característica general de la época en que nos toca vivir, donde la tendencia que se impone en todos los países capitalistas es a la fascistización y no a la ampliación de (os derechos democráticos.

Al poco tiempo de incorporarme -apenas dos meses- soy de nuevo detenido en París, ciudad en la que había fijado mi residencia de manera clandestina para poder ejercer mejor el trabajo de dirección de las labores partidistas. Una infiltración en nuestras filas de un supuesto colaborador internacionalista nos delató a la policía francesa dando, de nuevo, con mis huesos en la cárcel.

Soy condenado a dos años de cárcel firmes y dos en condicional. Cumplo un total de año y medio en la cárcel de Fresnes, en las afueras de París. Una macrocárcel donde el hacinamiento y la disciplina de tipo militar es el medio natural, teniendo que estar cuatro personas en una celda las 23 horas del día. En sus subsuelos todavía se conservaban las guillotinas donde los nazis ejecutaban a los resistentes franceses tras la ocupación en la II Guerra Mundial, y en los ladrillos de los patios los nombres de muchos de esos ejecutados y prisioneros. Cuando salgo de la cárcel hago el mismo recorrido que la vez anterior y en el año 89 me incorporo de nuevo a la clandestinidad.

Desde ese año hasta el 92 vuelvo a mi antiguo puesto de responsable de la Comisión de Organización del Comité Central. Las condiciones en las que tenemos que realizar el trabajo de dirección desde Francia durante esa época son extremas. Al desconocimiento de las costumbres y la lengua de un país extranjero se unen la represión policial y la escasez de medios económicos que complican aún más las labores de dirección y organización ya de por sí desesperadamente lentas, como no puede ser de otra forma en la etapa en que nos encontramos. En estas condiciones nos convertimos en expertos en alquileres de las famosas Chambre de bonne, las habitaciones de las criadas que van quedando para su alquiler. Éstas, consisten en una simple habitación sin cocina, ducha o retrete, que hay que utilizar de forma colectiva con otros vecinos en cada rellano de los pisos.

Pero ni estas ni otras dificultades hacen mella en nuestro ánimo y poco a poco vamos levantando la organización en el interior de España y creando así mejores condiciones para extender nuestra influencia entre los trabajadores y otros sectores de la sociedad. Aún con todo y como no puede ser de otra forma, insisto, un trabajo de organización desesperadamente lento.

A finales del año 91, principios del 92, la represión ha hecho mella en la organización guerrillera de los GRAPO. Se necesita gente en todos los frentes y me presento voluntario para integrarme en ella. Mi labor en la organización guerrillera pasa por todos sus eslabones: desde la dirección hasta los comandos de acción, pasando por logística o falsificación. Y, como militante de la misma, soy detenido el 1 de noviembre de 1995 en Barcelona, la misma ciudad en que había sido detenido la primera vez. Pero no iba a ser ésta la única coincidencia.

Cuando de madrugada la policía irrumpe en la casa donde vivía desde hacía dos años, en el popular barrio de El Carmel, soy arrancado de la cama por los GEOS y encapuchado, un policía de paisano me levanta la capucha y me dice: Nos volvemos a ver Quique. Eran los dos policías que más me torturaron en la detención de hacía quince años. Allí estaban, ahora ocupando un puesto de mayor rango a pesar de que en su día fueron denunciados por aquellas torturas. Una buena imagen para reflejar la esencia del tránsito democrático de nuestro país.

Nada más sacarme de la cama y semidesnudo, me subieron al monte del Carmel y allí me pusieron una pistola en la cabeza y me preguntaron dónde estaba el dinero cobrado a Publio Cordón, el resto de militantes, etc. Ante mi negativa a articular palabra hicieron varios simulacros de disparar.

Sin embargo, la lucha sí había cambiado algunas cosas. En esta ocasión en vez de 7 días sólo estuve 3 en dependencias policiales. La tortura no fue tan salvaje como la vez anterior, aunque sí más sofisticada. Al segundo día sufrí una deficiencia coronaria y lo primero que me trajeron fue un médico de su confianza. Cuando el policía me lo presentó, me dijo: Aquí tienes a un viejo amigo. Era el mismo médico que cuando me torturaron la primera vez y me habían reventado las plantas de los pies me vino a curar para que siguieran torturándome. Me dio unas pastillas para la garganta, pues también me había quedado sin voz y como la cosa no mejoraba, evidentemente, tuvieron que llamar al juzgado de guardia y a un equipo médico. Allí mismo, sobre una mesa del despacho policial me sometieron a un electrocardiograma y me diagnosticaron una taquicardia sin más.

Tras el paso de rigor ante el juez de la Audiencia Nacional para el burocrático mandato de mi ingreso en prisión, recalé en el módulo de aislamiento de la cárcel de Alcalá Meco. Un módulo entero prácticamente para mí sólo y los presos que enviaban allí castigados. Al cabo de un mes metieron a otro preso político con el que luego coincidiría varias, veces en la cárcel de Valdemoro -cuando me llevaban allí para acudir a los juicios a la Audiencia Nacional- y con el que he seguido manteniendo esa relación de amistad en nuestro periplo carcelario: Iñaki de Juana Chaos.

A los seis meses de estar en esa cárcel soy trasladado a la de Almería para reunirme con los camaradas Brotons y Hierro. Las direcciones de nuestras organizaciones nos habían elegido para representarles en las conversaciones que el gobierno de Aznar quería mantener con nosotros. Atrás quedaba una nueva huelga de hambre (he perdido ya el número que hacía de todo mi recorrido carcelario) de 30 días que hicimos todos los camaradas por las condiciones carcelarias en que nos encontrábamos.

De Almería somos trasladados a Córdoba y de allí a Sevilla, cárcel ésta, que el gobierno de Aznar había elegido para llevar a cabo los contactos con nosotros durante ese proceso de conversaciones. Allí, volví a coincidir con un grupo de camaradas a los que no veía desde hacía muchos años. Como se puede suponer la alegría fue indescriptible, no exenta de discusiones de todo tipo entre trabajo y trabajo y partida de dominó.

Este período de conversaciones acabó cuando a punto de llegarse a un acuerdo el gobierno de Aznar se echó para atrás. El motivo no era otro que su negativa a ceder ante las reivindicaciones que le exigíamos y que afectaban a la mejora de las condiciones políticas, económicas y sociales de los trabajadores y los pueblos, y que se nos permitiese poder realizar nuestro trabajo político sin ser perseguidos por ello.

Desde entonces -hace ahora 11 años- he permanecido en esta prisión. La mayoría de los camaradas con los que estaba salieron en libertad una vez cumplidas sus condenas, con sus 20 años a cuestas e incluso, alguno, con 25 años de cárcel.

En estos casi 12 años de cárcel que llevo (19, si contabilizamos el total) en esta tercera, y supongo que definitiva, entrada en prisión, el tiempo y las condiciones carcelarias me han propiciado proseguir el proceso de conocimiento de la teoría marxista, atender la correspondencia con otros camaradas que se encuentran en condiciones de un mayor aislamiento y proporcionarles así noticias y un soplo de camaradería.

Sin embargo, esta labor se ha visto entorpecida por la intervención de las comunicaciones que se nos ha impuesto. Toda la correspondencia que entra o sale es sistemáticamente retenida y enviada a Coordinación de Seguridad de Instituciones Penitenciarias. Allí se examina y te devuelven al cabo de un mes o dos meses lo que ellos consideren oportuno. Un ejemplo reciente. Hace quince días me metieron un paquete que contenía un libro e Pablo Neruda, el tomo 23 de las obras completas de Lenin y una tarjeta de felicitación por mi cumpleaños de mi mujer y mi hijo. Pues bien, todo ha sido requisado y enviado a Madrid.

Una vida al servicio del verdadero progreso social

Casi 40 años de actividad sindical, política y militar (repartidos entre los 10 primeros años de trabajo legal, los 11 siguientes de clandestinidad y, entre medias, 19 de cárcel) dan para muchas reflexiones. Cuando uno acaba de cumplir 57 años con ese bagaje a cuestas se pregunta muchas cosas. La primera de ellas es si habrá merecido la pena tanto sacrificio para la consecución de un objetivo hipotético que acaba de sufrir una derrota histórica: la construcción de la sociedad socialista; que, además, a buen seguro, no lograré ver.

La militancia revolucionaria, comunista, nunca ha sido un camino de rosas. La época que nos ha tocado vivir parece que va a contracorriente de la necesidad histórica. Cuanto más se manifiestan las causas que objetivamente empujan hacia un cambio radical en la organización económica y social de la humanidad, que supere la irracionalidad y la barbarie en que la tiene sumida el sistema capitalista, más radicales se muestran, en su reacción contra esa necesidad objetivamente histórica, las clases dominantes: la tendencia hacia la fascistización de los regímenes políticos que se erigen sobre ese modo de producción capitalista es universal, y, por tanto, la más clara manifestación del agotamiento al que ha llegado en el plano histórico.

El sacrifico del revolucionario que lucha junto a las masas obreras y populares -auténticas protagonistas del desarrollo de la historia de la humanidad-, para facilitar ese cambio progresista de la sociedad capitalista a la sociedad comunista, es una ínfima aportación, aunque decisiva, a ese proceso. Tener conciencia de ello es fa mayor satisfacción para un comunista. Sin esta convicción en lograr ese objetivo humanitario -el más grandioso y efectivo de todos- no podríamos soportar tanto sacrificio y tanta renuncia.

Pero es que también en el plano personal las satisfacciones de la militancia revolucionaria son muchas y muy intensas; por ejemplo, el conocimiento de las leyes que rigen los fenómenos sociales nos posibilita una gran libertad de pensamiento, opinión y conocimiento de esa realidad social; o el alto grado de conciencia colectiva, ética y solidaria que da sentido a nuestra práctica y vida diaria.

Esta biografía no estaría completa sin reconocer las debilidades que de continuo nos acechan: las dudas con que nos levantamos todos los días, el cansancio que a veces nos invade, la rutina que amenaza corroernos, la impotencia de lo no realizado, la frustración de lo que podía haber sido y no fue... Todo esto, también forma parte de la biografía del revolucionario y de su combate diario. De este obrero que un día, en su adolescencia, comenzó a tomar conciencia de la existencia de otros muchos como él que padecían sus mismos sufrimientos y desdichas, sus mismas luchas y alegrías y que, aún hoy, sigue fortaleciendo su conciencia de pertenecer a esa clase de iguales: los proletarios de todo el mundo.

¡¡Aurrera!!

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